Reencuentro en año nuevo

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Esta historia que narro paso hace mucho tiempo. Con Erica nos conocíamos de siempre, sus abuelos y parientes míos vinieron de Dinamarca en el mismo barco, junto con holandeses, turcos y todo el crisol de razas inmigratorio en el siglo XIX. Llegaron a este lugar cuando no era nada. Había que tener temple para hacer carpa e instalarse en estos lares, pululaban matreros, y de vez en cuando solían azolar las tribus del Cacique Calfucurá, aunque estos ya habían sido vencidos.

Por parte de mi madre Celina. Mis tíos, los Monteros, Juan, el popular zurdo, Braulio, Aurelio, Raúl y Cachila, también ellos hicieron su aporte y junto con otros son fundadores de este hospitalario lugar. Trabajaron la tierra del alba hasta el anochecer, hombreando bolsas, levantando cosechas, sembrando con el arado, y desmontando. El tiempo fue pasando, se hizo el tendido de rieles hasta que por fin llegó el primer tren. Posteriormente se edificó la escuela, donde nuestros padres aprendieron las primeras letras y los que vinieron en el barco se acriollaron, andaban a caballo y sin olvidar su origen asimilaron nuestras costumbres. A este lugar primero se lo denomino José Guisásola, dado que un estanciero del mismo apellido donó tierras para que se construyera el pueblo, que después pasó a llamarse “El Perdido”. Esta localidad, hace unos años fue pujante, compuesta por unos tres mil habitantes, rica en ganadería y cereales. Sus pobladores son cálidos, solidarios y sufridos, acostumbrados a los embates impiadosos de la naturaleza ya sea por la sequía o las malas cosechas. En la actualidad sus habitantes, no alcanzan a mil, es que al no pasar más el tren la población quedo aislada, involuciono.

Generalmente por razones de estudios y trabajo los jóvenes tuvieron que emigrar en busca de mejores horizontes.

Con Erica hicimos la primaria juntos, íbamos a la calesita del dinamarqués Larsen, de chicos jugábamos a que éramos novios; todavía está el tronco del ombú en la plaza, tallado con un corazón y los nombres de “Erica y Adán” Gracias al esfuerzo sus padres lograron una posición económica sólida. Terminó la primaria y la enviaron a hacer el secundario a la ciudad de La Plata. Estaba en primer año en la Universidad cuando Erica no pudo vencer la nostalgia que siempre sintió por su familia, las reuniones sociales, en casas de amigos o en el club el Progreso, y un amor platónico indecible. Todo esto a ella la hacía sentir un inmigrante en su propio país. A mi me pasaba lo mismo, parecía que la vida sin ella había perdido encanto. Iba al Club el progreso a jugar con los muchachos a la pelota, al truco o a las bochas, pero siempre se me aparecía su imagen. Siempre ella estaba ahí. Hubiera preferido que me fuera indiferente. Pero cuando más la quería alejar de mis pensamientos, más me atraía.

Aunque no nos habíamos escrito. De todas maneras por ese poder que tienen los sentimientos, los dos pensábamos igual.

Una tarde soleada de octubre, me puse las mejores ropas y me dirigí a la estación del ferrocarril, al lugar que van todos a ver llegar el tren de la seis de la tarde, simplemente para observar gente distinta, saber quien se va o quién viene, o comprar revistas que traen los comisionistas. A lo lejos se sentía el traqueteo del tren que cada vez se hacía más fuerte con su característico silbato. Campeaba en la estación que estaba casi desbordada por la gente una especie de emoción retenida. Cuando la locomotora paró, empezaron a bajar los pasajeros. Una de las últimas en hacerlo fue ella, habían pasado muchos años sin verla, hermosa como la imaginaba, con un vestido floreado, el cabello rubio le llegaba a la cintura y una valija en la mano. Nos miramos una y otra vez, los dos nos reconocimos, sin decirnos nada intuíamos que era lo que estábamos esperando. Me acerque y le ayude con la valija. Por la emoción no podíamos hilvanar conversación alguna en forma coherente. Comenzamos a tratarnos y a salir juntos, siempre tomados de la mano, diciéndonos en susurro palabras de enamorados. Indiferente ante las miradas de los demás. Con el tiempo, por falta de experiencia, por ser tan jóvenes nos desencontramos. Siempre nuestras discusiones eran por celos infundados, quedamos amigos. Ella tomó su camino y yo el mío.

Un halo de ternura y nostalgia, siempre marco esta relación. Pasaron los años. Nos volvimos a reencontrar, en una fiesta campestre cuando se cumplieron los cien años de la fundación de este querido e hospitalario pueblo. No faltó nadie, ni bien la vi, se me hizo un nudo en la garganta, seguido de una leve agitación interior. La vida ha sido generosa con ella pensé, los años la hacían más interesante que nunca. Mientras me acerque para saludarla mis latidos cardíacos se aceleraron, es que siempre he sido muy sensible a los encantamientos espirituales. Superado el momento emocional, pude ordenar mis pensamientos y dije esas cosas que todos dicen cuando se quiere agradar al otro. Después de algunos encuentros ocasionales y otros buscados. Decidimos formar pareja. Fue un vínculo deseado, armónico, todo parecía un sueño, donde no hacían faltas las grandes palabras. Nos bastaba con sentirnos bien el uno con el otro. Las miradas y los silencios lo decían todo. Éramos una pareja como cualquiera, con sueños, ilusiones y proyectos, que se consolidaban día a día. De pronto ocurrió, lo que uno siempre teme cuando es tan feliz y nunca lo dice. Fue un sábado por la mañana cuando regrese del correo, descubrí su esquela hecha con letra temblorosa arriba de la radio. En ella me decía que se iba para no volver. Fue un desgarro interior difícil de explicar y más aún de superar. Un vacío espiritual, que obsesionaba y no dejaba pensar. Y, se repetía constantemente. Emocionalmente me sentía atribulado. Ha pasado el tiempo, no me he resignado, ni pude olvidar. Su imagen siempre está presente en mi retina. Es que pienso en ella y mi estado anímico cambia. Siempre la espero. Cuanta razón tiene el viejo sabio don Isaías, cuando dice: a veces hay que salir con una dosis de optimismo aunque sea inventada, sino se nos achata el alma. Hacía tiempo que pensaba que tal vez Erica, pensará lo mismo que yo. Es que ella me marco y tal vez halla sido porque en definitiva nunca llegamos a formar una pareja estable. Ese primero de enero se me ocurrió ir a la estación a la, llegada del tren de las diez, como siempre la estación estaba desbordada de gente, acá, somos todos conocidos frente a la misma, bajo una arboleda se aliñaban sulkys jardineros y chatas rusas por doquier. Hay expresiones de júbilo, es que en los pueblos chicos como es este, ir a la llegada del tren, es una fiesta, es todo un acontecimiento social. Algo me decía interiormente que iba ser una mañana distinta plena de emociones. Cuando paro el tren, después de bajar los pasajeros del primer vagón, la mayoría eran recibidos por familiares, del segundo bajo Erica, ni bien me vio, con una sonrisa me hizo señas con la mano, vino directamente hacia mi, y nos dimos un prologado beso y abrazo. ¡Como sabias que venia ¡me dijo.— Porque siempre te espere, por eso no me fui. Sabia que vendrías porque como yo te quiero nadie te podrá querer. ¡Me imagino que te habrás dado cuenta no ¡… me miro fijamente y. Dijo. — ya estamos grandes y siempre nos quisimos, también yo nunca me olvide de vos ¿Qué nos paso mi amor? inclino su cabeza hacia atrás y dijo, ahora, he vuelto para siempre, acércate que te digo un secreto en el oído: envejeceremos juntos, Adán, siempre fuiste mi ilusión, me volvió a besar. En ese momento dichoso, me pareció, que el mundo era más agradable.

                                                                                    Juan Carlos Masochi

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