CENIZAS

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Y allí estaba yo, frente al club náutico, tratando de ordenar las emociones y los recuerdos de una infancia feliz junto a mis dos seres más queridos. Sus restos se unirían simbólicamente cuando el contenido de la urna que llevaba en mis manos se sumergiera en el agua.

Golpeé ansiosa la ventanita de la gran puerta de acceso. Se abrió y una parte de un rostro oscuro e inquisidor me miró como se mira a un insecto.

¡Buenas días! Saludé amablemente al guardia de seguridad.

Buenas…— Me respondió el morocho, con cara de estreñido.

Señor, vengo a cumplir la última voluntad de mi madre. Ella pasó muchos años en este club ya que mi padre fue socio fundador y su deseo fue que sus cenizas, que traigo en esta urna, sean arrojadas al agua desde el muelle. De esta manera, sus restos acompañarán a los de mi padre que fueron lanzados desde el mismo lugar hace cinco años.

¿Es Ud. socia?— preguntó, seco, cortante.

No, pero lo fui hasta hace un año atrás.

No puede pasar— respondió con la mirada puesta en el infinito.

¡Pero señor, sólo necesito unos pocos minutos! ¡ por favor, póngase en mi lugar!

La puertita se cerró en mis narices.

Me dí vuelta desolada, sintiendo cómo mi sangre comenzaba a hervir. La actitud de ese hombre trajo a la memoria otros tiempos en los cuales los uniformes aplastaban nuestra vida. Desde entonces, cuando veo a alguien vestido de esa forma me pongo tensa, no lo puedo evitar.

El club náutico, lugar donde pasé gran parte de mi infancia ahora me recibía con un muro inexpugnable, pintado de verde y con alambres de púa en lo alto. Aquello, era tan infranqueable que me amedrentó.

Recordé un cerco de ligustro, con un portón siempre abierto, por allí entró. hace muchos años, aquel velerito que mis padres compraron con tantos sacrificios.

Quedé tan apesadumbrada que no me moví del lugar por varios minutos. Cuando reaccioné pude ver otra puerta, también verde, que tenía un cartel que me devolvió la esperanza “ADMINISTRACIÓN”. Sin dudar, pensé, —¡Debí empezar por allí!— me acerqué y apreté el botón del portero eléctrico.

¿Quién es?— preguntó una voz metálica de mujer.

¡Buenos días! Vengo a pedir autorización para llegar hasta el muelle. Debo arrojar al agua las cenizas de mi difunta madre. Estoy cumpliendo su última voluntad ya que hace cinco años, desde ese lugar, hicimos lo mismo con las de mi padre que fue socio fundador del club.

Un momento— respondió

Esperé algunos minutos y ya estaba a punto de volver a pulsar el timbre cuando volví a oír la misma voz.

¿Su madre era socia? —preguntó

No, renunció al club cuando murió mi padre. Lo hizo porque este lugar le traía recuerdos muy dolorosos— respondí algo confusa. Me era muy difícil sostener una conversación con una rejilla incrustada en la pared.

Espere por favor— Y luego de un lapso que me pareció excesivo volvió a hablar:

Mire señora: Lo siento mucho pero si su madre no era socia no la puedo dejar entrar ¿es usted socia?

No, pero…

Le repito, sólo están autorizados a entrar los socios que tengan las cuotas al día.

Escuche… fui socia desde mi nacimiento hasta la muerte de mi papá ¡Pertenecí al club treinta y dos años!

Es una pena, si fuera socia, con las cuotas al día, podría entrar aunque no puede arrojar nada al agua. Para eso están los recipientes que existen a tal efecto.

¿Se refiere a los tachos de basura?— pregunté indignada.

Señora, no lo digo yo, lo dicen los reglamentos. Lo siento mucho.

Usted es una…, no pude continuar, las lágrimas brotaban incontenibles y la indignación no me dejaba seguir pensando.

Puede presentar una nota a la comisión directiva del club. La van a considerar en la reunión mensual.

¡Hija de puta!¡ TENDRÍA QUE DARTE VERGÜENZA! Es lo único que salio de mi garganta antes de que un nudo la cerrara. Estrellé mi puño contra la tapa de plástico del intercomunicador, sólo logré lastimarme los nudillos. El dolor acrecentó mi furia. Estaba totalmente fuera de mí.

¡Señora contrólese! — me decían las ranuras.

El único objeto contundente, al que pude acceder, fue uno de mis zapatos que no sé cómo apareció en lai mano derecha. Los golpes con el taco fueron rompiendo el aparato hasta que la voz de la maldita bruja se extinguió.

Ni aún así salió nadie, ni siquiera el guardia de seguridad. Quedé en la más cruel soledad, parada en medio de la vereda y con la urna bajo el brazo izquierdo.

Me alejé sollozando, la angustia me doblegaba, no podía creer lo que me pasaba. Sin embargo cuanto más me alejaba, más crecía en mí la determinación por cumplir con la misión que me había impuesto. El sol bajaba y los verdes se oscurecían, dudé si no sería mejor esperar al día siguiente. En ese momento me pareció que la urna vibraba levemente. Sin dudar lo interpreté como una señal.

Mamá, yo te prometo que no voy a parar hasta que llegues junto a papá. Creo que lo dije en voz alta y con toda mi convicción. Me alejé tratando de recapacitar sobre cómo sería la próxima batalla

Varios días después, y recapacitando sobre el episodio tan frustrante del intento de ingresar al club, advertí que salvo el guardia de seguridad nadie me conocía. Por lo tanto yo podría ingresar invocando otro motivo y una vez adentro cumplir mi objetivo.

La suerte se encargó de que hubiera en la puerta un papel pegado con cinta adhesiva que decía “se busca ayudante de cocina”.

El haber vivido tanto tiempo a bordo del velero nos llevó, a mi hermana y a mí aprender a cocinar y a muchas cosas más.

Todos sabíamos hacer todo.

Cuando le comenté a Juana mi plan, dijo que estaba loca y que no valía la pena meternos en tanto lío. Era una mujer práctica y, a continuación, sugirió que alquiláramos un bote y llegáramos al muelle por el agua, de esa forma cumpliríamos nuestra misión sin entrar en conflictos con nadie.

Pero yo estaba harta de todas las estupideces de ese club. Ahora no podía entender cómo mis padres aguantaron a toda esa manada de idiotas.

Entré a trabajar a las siete de la mañana de un día que prometía ser caluroso. Cada vez que podían, los miembros de la cocina salían a tomar fresco apoyados en la baranda del muelle. Parecía que sólo allí corría un poco de aire. Eso no me ayudaba.

Decidí que debía arrojar las cenizas de una sola vez y que, cuando se dieran cuenta fuera demasiado tarde.

No me di cuenta de que mi hermana, que seguía pensando que estaba loca, venía remando, muy cerca de la orilla, en un bote alquilado en el Río Lujan, muy cerca de allí.

Yo continuaba paso a paso con mi estrategia. Convencida de que el guardia representaba el autoritarismo del gobierno, la empleada era la estupidez de la burocracia, y el presidente del club un auténtico pavo real. Ninguno de ellos, en realidad, valía nada

Me acodé en la baranda, cuando abrí la urna, estaban todos los miembros de la cocina apoyados del lado de donde venía la brisa. Pero yo sólo veía a mis padres reflejados en la superficie del agua. Parecían felices. Eso me convenció que lo que hacía era cumplir con una responsabilidad para con ellos. Di vuelta la urna y las cenizas volaron hacia el rostro de los demás. Luego, tuve la intención de tirarla al agua pero no la solté y me dejé llevar por ella.

Caí al agua. Quería terminar junto a mis padres, allí abajo.

Comencé a hundirme mientras recordaba que nunca aprendí a nadar. Me convencí de que ya no había vuelta atrás y que estaba siguiendo el designio de mis padres. En ese momento sentí una mano fuerte y nudosa que me aferraba por la muñeca y tiraba para arriba.

Era mi padre que me estaba salvando.

En realidad era mi hermana que me alcanzaba una rama. En ese momento tomé conciencia de lo que estaba haciendo y la ayudé a subirme al bote.

Cuándo nos alejábamos del club, Juana, remando, no paraba de reprenderme por lo que había hecho. Me parecía oír a mi madre.

Sólo atiné a preguntar: ¿Y qué piensa papá de todo esto?

El sonido de los remos bogando pareció traerme su tan recordada carcajada.                                    

                                         HUGO PORTILLO

TANGO

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                                              TANGO

La cadencia los envuelve. El ritmo les vibra en la piel. Se buscan. Él va a su encuentro y ciñe su talle. Se deslizan, se demoran en un requiebro, un cuatro o una sentada. Simulan el beso dilatado que no es tal, pero es y en esos breves instantes de quietud, mezclan el aliento y latir de corazones al compás de la emoción. Sus manos, imperceptibles, sinuosas, acarician, exploran para dejarse explorar. Los cuerpos en unidad cómplice, acompañan sus movimientos. Los pies dibujan en el suelo una filigrana perfecta y se deslizan como flotando en el espacio hasta alcanzar el cielo.

                                     Héctor Scaglione

Cerrado hasta después.

                                              POEMA DE CARLOS PILI

Cuando las cosas que deben pasar

ya pasaron

los lugares quedan.

Las miradas

se sientan en la oscuridad

y un poco de tiempo rezagado

arrastra el vacío.

Una voz embalsamada

con la boca abierta asusta.

                                  Hojas en blanco.

Las palabras duermen lejos.

Otra mirada

desempaña el tiempo.

Está cerrado

indiferente

                              a las cosas que deberían pasar.

Tal vez mañana

cuando la oscuridad agonice

abra.

                              CARLOS PILI

1º DÉCADA DE ¨EL CARANCHO¨

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Charla pronunciada el 24 de junio de 2016, con motivo del 10° Aniversario de la Peña Gastronómico-literaria “El Carancho”, a cargo de uno de sus fundadores, el escritor Alejandro José Ramón.

Estamos aquí reunidos para conmemorar el 10° aniversario de la Peña “El Carancho“. Y lo hacemos nada menos que en el Centro Médico de Mar del Plata, al que pertenezco desde hace 45 años. Justamente en este mismo Auditorio se establecieron los principios gremiales que aún hoy rigen la profesión médica. Esta institución que siempre ha apoyado manifestaciones culturales de la ciudad, no podía estar ausente en esta oportunidad, por lo que agradezco de corazón a la Comisión Directiva que hayan cedido para este fin sus instalaciones y en especial a su presidente el Dr. Jorge Sarmiento, amigo y compañero de guardia en el viejo Hosp. Mar del Plata, hoy Materno Infantil.

Agradezco también a todos los presentes por hacer posible con su acompañamiento esta conmemoración. Es sabido que se puede andar por lo rincones llorando penas, pero las alegrías están hechas para ser compartidas. No hay festejos en solitario.

Mi función es hoy hacer una breve reseña histórica de nuestra institución… En realidad no lo es dado que ellas tienen personería, estatutos, Comisión Directiva, actas, mientras que nosotros no contamos con nada de eso. Quizás deberíamos denominarla movida cultural. Tampoco esto es convincente, suena demasiado pomposo. Si dijéramos grupito minoritario sonaría a escrache. Sería de mal gusto utilizar la palabra célula, sonaría a terrorismo. En vista de tantas dificultades para encontrar una definición que se ajuste a nuestras características, diré simplemente que “Esto” surgió en la Universidad Nacional de Mar del Plata. Vale aclarar aquí para evitar confusiones, que lejos de sus solemnes claustros, más precisamente en el taller de escritura del PUAM, que conduce la profesora Delia Saenz. Éramos la mayoría vejetes desocupados que dilapidábamos el tiempo restante de nuestras vidas jugando a tirarnos por la cabeza con palabras de “cachuza” ortografía. Después fue el profesor Guillermo Colantonio al que le tocó tragar la amarga cicuta cuando tuvo la peregrina idea de acogernos en su taller. Ambos intentaron con un empeño digno de mejores causas, vencer nuestra inconmovible resistencia al aprendizaje. En su momento debimos levantarles sendos monumentos pero no lo hicimos quién sabe por qué. Aunque no hayamos encontrado en su momento, ni encontremos ahora palabras adecuadas para expresárselo, es bueno que sepan que les guardamos eterno agradecimiento.

Las reuniones arrancaron en el mes de junio del año 2006, sin que pueda en este momento precisar con exactitud qué día. Será porque a cierta edad el pasado se extravía, el futuro pierde predicamento y todo se conjuga en presente. No creo que haya sido un 24 como hoy, lo recordaría porque se cumplen años de la muerte de Gardel, del nacimiento de Ernesto Sábato, del de Juan Manuel Fangio. Además es el aniversario de mi boda. Supongo que tan solo por eso lo tendría presnte. Lo único seguro es que fue alrededor de una mesa en Cheff Décima, un restaurante de Moreno y Dorrego. Así, cena va, cena viene, sin mucha planificación, comenzó a gestarse la Peña gastronómico-literaria o literario- gastronómica, según se lo considere.

Ni siquiera podemos establecer con seguridad cuántos fuimos los preclaros. En un comienzo 7 contando a Eduardo Borawski Chanes que no salió en la foto no sé por qué, tal vez porque es día no asistió a la cita. Después se sumó Raúl Sánchez que, como no escribía quedó por el camino. Así, pues, por orden alfabético, los fundadores fueron: Eduardo Borawski Chanes, Enrique Lombardo, Juan Carlos Masochi, Roberto Paniagua, Hugo Portillo, Alejandro Ramón y Pascual Romano.

Resulta incordioso reunirse en un restaurante. Hay que hacer reserva, no se puede levantar la voz ni cometer excesos verbales ni quedarse más de la cuenta. Así, pues, decidimos recalar alternativamente en el magnífico quincho que Hugo Portillo tiene en su casa, y en la mía, donde tengo una modesta parrilla descubierta. Como no podía ser de otra manera, en cada reunión que me tocó organizar llovió puntualmente. Cansado de mojarme mientras los otros procedían a clavarse prolijamente chorizos, achuras y carnes, propuse hacer comida de olla. Todos adhirieron rápidamente, lo cual me permitió comer seco y que los demás se anotasen haciendo más repartidas las tareas.

La denominación genérica de Peña se adoptó siguiendo los consejos del Diccionario de la Real Academia donde se lee: Grupo de amigos que participan de actividades conjuntas. Pero junto a esta definición aparece otra, ya en desuso, tal vez premonitoria. En otros tiempos los españoles solían decir que algo cuyas virtudes se extendían a lo largo del tiempo, duraba como peña.

Lo de “El Carancho” obedece a una cuestión más folklórico. Hubo en Mar del Plata un pediatra, el Dr. Alberto Martijena, de muy buen comer. Los médicos de la Clínica del Niño nos reuníamos en cenas periódicas donde el susodicho demostraba su capacidad manducatoria. Los más jóvenes le pusimos el mote de El Carancho Diente de Leche. Dadas las similitudes, sumadas a nuestros hábitos carroñeros, concluimos en denominar a “Esto”, Peña “El Carancho”

Así la peña fue avanzando a los tumbos, de modo caótico, clandestino, incierto, indocumentado, tanto que, como quedó dicho, ni siquiera consta en sus anales registro de la fecha fundacional. Es más, ni siquiera hay anales.

Muchas son las razones que se podrían explicar el porqué de ser 7. Según la cábala el 7 representa la ley divina que rige el universo. 7 son los brazos del candelabro judío. También 7 son los días que empleó Dios en crear al mundo según la Biblia, 7 los pecados capitales y 7 las virtudes que los combaten, 7 los sacramentos, las frases que pronunció Jesús en la cruz, las peticiones al Padre Nuestro, las plagas de Egipto. Sin embargo, también podríamos decir que son 7 los enanitos, los colores del arco iris, los días de la semana, las notas musicales… y el número más jugado en casinos y máquinas tragamonedas.

La verdadera razón de ser siete es porque son los que cabemos alrededor de nuestras mesas, dejando un lugar libre para algún eventual invitado. Todo lo demás es leyenda

Si en este momento yo dijese ACE, ustedes podrían pensar que me estoy refiriendo a un jabón para la ropa, y estarían cometiendo un error. Se trata de una sigla compuesta por tres letras, cada una de las cuales representa las únicas tres reglas que han regido hasta hoy esta Peña:

A de asistir.

Es bastante obvio que si no se asiste no hay Peña. En las cenas mensuales escuchamos lo que los otros dicen o escriben y nos escuchan lo que decimos y escribimos. Asistir es como volver a casa después de un terremoto y encontrarla que sigue en pie.

C de cocinar, comer y beber. Porque es lo que nos gusta. Quizá más de lo debido.

E de escribir.

No olvidemos que es una peña de escritores. Además, sin eufemismos, llega el momento en que las palabras se hacen pesadas, indigeribles. Los sentimientos, cualesquiera sean, se atascan en la garganta y de alguna forma hay que escupirlos.

Escribimos para encontrarle sentido a la vida, para tolerarla, nada más. Nuestros escritos transitan por el humor, el amor, el furor o lo que sea, sin leyes que se opongan o impongan.

No estamos todos los que empezamos. Algunos nos dejaron por diversas razones. Uno solo lo hizo para asistir a la cita impostergable. Luis Nuncio Fabrizio. Nilda es testigo de cuánto lo apreciábamos y cuánto nos apreciaba él a nosotros. Dejó un hueco donde todavía resuena su voz.

Después llegaron otros: Héctor Scaglione y Gustavo González. Hasta aquí, todos narradores, y Carlos Pili, el último, curiosamente el primer poeta, el que desde hace un tiempo lucha con denuedo por familiarizarnos con el ritmo, la cadencia, la musicalidad de las palabras y el poder de la síntesis.

Se preguntarán cómo este puñado de viejitos carcamanes ha logrado mantener la comandita 10 años viva. Sinceramente no lo sé, sólo digo que todo tiene un costo. La convivencia se construye, como una casa, de los cimientos al techo. Pero se equivocará el que crea que con la colocación del último cerámico se termina todo. Después hay que mantenerla día a día o se vuelve tapera.

Actualmente dos de nosotros somos médicos, uno policía, dos marinos mercantes, un abogado y un gerente de Casino. Lo que se dice un grupo heterogéneo. No hay uno igual a otro, tampoco lo hay en todo el universo. Tal vez nuestro éxito también se apoye en un trípode: TEA, que no es una antorcha aunque podría ser la que ilumina el camino, según cómo se lo mire. Esta también es una sigla: Tolerarnos, Escucharnos, Apreciarnos.

Ya Marco Tulio Cicerón, que vivió entre los años 106 y 43 a.C., había dicho que “si la amistad desapareciera de la vida, sería como si se apagara el sol”.

¿Cómo llegamos hasta aquí? Parafraseando a José Martí

Cultivo una rosa blanca
en junio como en enero
para el amigo sincero
que me da su mano franca.
Y para el cruel que me arranca
el corazón con que vivo,
cardo ni ortiga cultivo;
cultivo la rosa blanca.

Así entramos a la 2ª década, sin leyes que se opongan o impongan, con los anales deteriorados, la ortografía caída y cada vez más esporádicas acogidas. Muchas gracias y ósculos para todos.

 

 

EL FALCON AZUL

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Autor: Héctor Scaglione

El sol fulguraba con presagios del verano que se acercaba y el paseo por la Bristol hasta el Torreón era un ritual convocador de marplatenses y turistas. José Luis, dueño de la “Sedería Reims” también paseaba junto a algunos amigos aprovechando el sol para alejar la palidez invernal. Alegre y ocurrente, con una sonrisa a flor de labios, querido por sus empleados, amigos y vecinos con quienes siempre hacía algún comentario risueño o alguna chanza con los chismes locales. Mar del Plata en los años sesenta era un pueblo grande y todos se conocían.

Un día, el extrovertido José Luis desapareció sin avisar, ni siquiera a sus familiares o amigos; se esfumó. Se tejieron diversas hipótesis: Que se había ido de viaje a alguna provincia con alguna amante, que andaría medio rayado; que se había tomado un recreo y ya aparecería. De acuerdo con su personalidad esto no era normal en él. Familiero y muy apegado a sus rutinas. Hasta se llegó a decir que lo habían llevado los extraterrestres con auto y todo.

Los secuestros extorsivos existían pero eran una rareza, de manera que nadie mencionó esa posibilidad. La policía a instancias de su familia lo buscaba intensamente. Al no haber dejado nota alguna, no existía ni la más mínima pista para encontrar la punta al ovillo y seguirle el rastro. Con el tiempo todo el mundo se fue olvidando de José Luis. Las autoridades judiciales cerraron el caso y su desaparición quedó como una anécdota picaresca o escabrosa que causó sufrimiento a sus seres queridos.

Sin relación aparente entre un hecho y otro, seis años después, uno de los cruceros internacionales que solían recalar en nuestra terminal marítima, al momento de zarpar, cuando ya se había separado del muelle tocó con la quilla algo en el fondo, deteniendo la arrancada. Tal acaecimiento puso sobre aviso a las autoridades portuarias que decidieron investigar. Y aquella tarde de primavera de 1969 cuando en esos momentos paseaba por el Bulevar Marítimo, en el extremo de la escollera norte se habían juntado muchos curiosos, entre ellos yo. Una grúa de brazo extensible estaba sacando algo del mar. Me acerqué entre los que se agolpaban para ver mejor. Decían que eran los restos de un automóvil, más precisamente de la parte delantera. Cuando los buzos, en el lecho marino pasaban las eslingas de acero para izarlo a superficie, apareció la parte de un coche fácilmente identificable, un Ford Falcon chorreando agua. Bien conservado como si fuese reciente. El paragolpe estaba entero y el cromado perfecto, las dos cubiertas infladas, la carrocería de color azul oscuro y la chapa patente mostraba impecable la numeración; había que mirarlo bien para notar que el agua había roído el tapizado y parte de la carrocería, salvo por el corte transversal, como si hubiese sido con un cuchillo gigante -la quilla del buque, cortó al auto en dos- el resto se encontraba bastante bien conservado. Uno de los buzos que realizaba las tareas, había visto algo en el asiento delantero. Al sacarlo para llevarlo a superficie se encontró con la risa macabra de una calavera. La tomó en sus manos con delicadeza pero en el camino a superficie, se desintegró. La acción del agua, de todas formas, no alcanzó a borrar todos los rastros de su único ocupante. Del lado del conductor, enredados entre los pedales, un par de zapatos con sus medias curiosamente conservadas con restos de huesos en su interior, quedaron expuestos impúdicamente a los curiosos junto a la mitad rescatada del auto.

Atando cabos para dilucidar el misterio. Sucedió una noche, la elegida seis años atrás, lluviosa, fría y desapacible por demás. La escollera norte en esa época, era un terreno llano, sin construcciones ni obstáculos, se encontraba libre de buques amarrados, pescadores nocheros y parejas de enamorados a bordo de sus autos.

Con mala iluminación y descuidada como siempre, un hombre desesperado, consideró atractivo el lugar y el momento. La escena tantas veces elaborada en sus pensamientos, estaba al alcance y en ese momento podía concretarla.

El conductor, a bordo del Falcon azul tomó distancia para asegurarse una buena velocidad final, y aferrado fuertemente al volante como para acentuar la resolución tomada. Con una sonrisa cargada de presagios, inducida tal vez por los fantasmas que no dejarían de atormentarlo, le iba a hacer un clic a la vida para acabar de una vez.

Aceleró a fondo, dejando a su paso un chirrido de neumáticos y olor a goma quemada. En alocada carrera cuando sobrepasó el borde de la pared de piedra del muelle, el auto voló por los aires, en un momento pareció detenerse en el espacio como una marioneta que realiza su última contorsión y cayó al agua en un estrépito silencioso.

Al hacerse los peritajes a pesar de los seis años transcurridos, la parábola que realizó el auto en su vuelo como si fuese un proyectil, cubrió una distancia considerable desde el muelle hasta donde fue encontrado. Según cálculos, en el tramo de unos ochenta metros aceleró a fondo, superando los cien kilómetros por hora y al caer al agua se sumergió enterrándose en el barro del fondo, lejos del lugar de amarre de los buques.

No hubo dudas sobre la identidad de los restos humanos. Los datos del coche por su patente hablaban de la filiación del dueño.

Se intentó descubrir sin éxito qué laberintos intrincados de la mente le provocaron tomar semejante determinación.

     Héctor Edgardo Scaglione

Nota: El hecho aconteció, fue real, los nombres ficticios.

EL ÚLTIMO APLAUSO

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El Café y bar El Chino, se encuentra en un barrio silencioso, Barracas, con sus calles empedradas y amplias veredas. Frente al local un gran árbol, con tronco inmenso, con su copa cargada de hojas negras y grandes flores blancas, magnolias que llenan todo de su perfume. El café en la parte externa es mediocre, paredes viejas con rajaduras y lo que queda de pintura descascarada. El interior es amplio, con piso de madera. Hay olor a fritanga, empanadas, tortas fritas y chorizos. A este lugar, venía Irigoyen, y además un joven alto apuesto, siempre con un piloto sobre los hombros y el diario bajo el brazo, era el entonces Capitán Juan Perón, que se tomaba un vermouth con chicharrones, también solía venir el Doctor: Arturo Jaureche, está documentado en las fotos exhibidas en la pared. O sea que el bar del Chino Galván, tiene estaño, calle. Ahora también viene la resaca de barracas, la resaca noctámbula en el buen sentido de la palabra, para dar una definición digamos. La gente que llena este lugar los viernes y lo sábados, son todos laburantes, los une algo en común, la pasión por el baile y el tango. La mayoría, son separados o viudos, todo el mundo canta con guitarra y bandoneon, al dueño, le dicen el chino, es un pingo, le gusta todo esto y le da oportunidades al que quiere cantar, el, mismo dice las glosas de los tangos y recita. La más querida es Esther, que tiene 81 años, viene a cantar de paso se come unas empanadas, el tango Malena, la vieja valga la paradoja, lo canta como ninguna, también vienen Rosita, Gladis, Claudia, la Tana Filomena, que canta milongas y todo el mundo la aplaude, no porque canta bien, sino por su cuerpo escultural y ampulosos senos, que parecen melones, el más cómico es el “nene” Rosales, le dicen ese apodo porque mide dos metros, el nene canta bien, pero apenas toma unas copas medio adobadito, se queda dormido en la mesa. Entre ellos se ha creado un clima de hermandad, todos son perdedores, aunque ellos ahí se creen triunfadores.

Últimamente el que más se destaca es el Tolo Tolosa, sepulturero en el cementerio de Chacarita. Tiene una voz muy parecida al Rolo Lezica, que fue cantor de la orquesta de Héctor Varela. Cuando canta el Tolo, se apagan las luces y queda iluminado sólo el escenario, ronda un clima de misterio que hace que uno se deleite, el Tolo, cuando canta se posesiona de tal manera, que el silencio es total, los tangos, “loca¨ y ¨Fosforerita”, como el, no los canta nadie, cuando termina el aplauso es estruendoso, y todo el mundo grita, bravo Tolito sos Gardel, cántate otra, es un tipazo, últimamente no es el mismo, ha cambiado, se lo ve medio bajoneado, decaído espiritualmente. Lo que pasa tuvo varias parejas, con la que más duro fue con Mabel, por celos de esta, por la vida noctámbula de él, se separaron, ahora vive con su madre doña Ana, a quien venera, pero el cuando recuerda a Mabel, se le eriza la piel, es que fueron ocho años juntos, y estar con ella era una fiesta continua, es de esas mujeres que dejan su marca. Volviendo al café del Chino, ni los músicos ni los cantores cobran un sope. Lo hacen por amor al tango, lo llevan en la sangre. En ese lugar ellos son otros, son lo que les gustaría haber sido. Eso sí no hay levante, a lo sumo cuando se arma el bailongo, obvio por razones de espacio, se baila apretadito y bueno son seres humanos, algunos besucones y tocaditas hay, pero nada más, por lo menos ahí¡…

El sábado último, para el Tolo, fue una noche de gloria, en ese templo del tango, todos los temas que canto le salieron uno mejor que otro, como siempre después el aplauso y a coro ¨bravo Tolito, no te mueras nunca” Pero claro en la vida nada es previsible y todo tiene su tiempo. El Tolo, extrañaba a Mabel y a ella le pasaba lo mismo. De pronto la vieja Esther, lo felicito y le dijo:

—Vení, escúchame Tolo, ayer en un negocio estuve con Mabel, dejo entrever que te extraña. Permitime, que te diga algo, que te pasa, ya tenes sesenta años, toda la vida no vas a vivir con tu vieja.

—Esther, gracias, mi madre me dice lo mismo, no sabes la alegría que me das, te prometo que mañana voy a visitar a Mabel.

Al otro día Mabel, no trabajaba porque era domingo, cuando esta lo vio se mostró feliz y dubitativa, seguro por la emoción, almorzaron juntos y charlaron amigablemente de temas diversos. Los dos hablaron al final de lo que ellos deseaban. Dijo Mabel:

—¡Sueño con volver a estar juntos! siempre estuviste en mis emociones, siempre te quise pero, perdoname Tolo, no queda bien que lo diga, pero es con una condición.

—Si te escucho.

—Si me amas ¡soy yo o el tango¡ Después de un largo silencio, como si estuviera meditando.

El Tolo, dijo:

—Mabel acercate —le respondió en un susurro, y ella acerco su mejilla a la de él.

—Escuchame amor, el sábado pasado, escuchá bien, el sábado pasado fue el del último aplauso.

                                                      JUAN CARLOS MASOCHI

EL MAR

 

EL MAR

           EL MAR

I
Dicen que las mañanas
traen de vuelta a los pájaros
desde el lado oscuro de la luna.
Disfrazan al sol
y dejan las sombras
a los pies de la tierra.
Pero si está el mar
no veremos disfraces
sombras ni pájaros
porque el mar 
traga todas las miradas.

II
Desde su encierro                                                                                                                               mira su propio diluvio.                                                                                                                     Estalla cóncavo y convexo.                                                                                                               Acústica foto en sol menor                                                                                                               donde el viento escribe                                                                                                                             un poema al sur.

              Carlos Pili