VEA…JUEZ

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Un cuento de Hugo Portillo

Vea… juez: Yo tuve muy fundadas razones para hacer lo que hice. Cuándo apareció ante mi vista ese papel, me di cuenta de que lo que yo había construido con el sacrificio de toda mi vida, corría el riesgo de derrumbarse para siempre.

Lo reconozco, lo que logré fue por la vía, digamos…”directa”. Sé que el común de la gente toma otras rutas. Rutas más largas, honestas… dicen. Eso nunca lo entendí muy bien.

Lo que sí estoy seguro, es que el hijo de puta de mi padre, estaría orgulloso si pudiera ver a dónde llegué.

Digo que era un hijo de puta porque no hizo nada en la vida. Se la pasó hablando mal de todo y golpeando a mi madre cada vez que le pedía dinero para la comida o para mandarme a la escuela. Decía que todo eso no servía para nada. Que lo único importante era aprender a no dejarse cagar por los demás y, por supuesto, si se podía tomar ventaja, a no dudarlo. Sí, como usted estará pensando, mi viejo era todo un “cagador”.

A duras penas aprendí a leer, pero después no me paró nadie. Leía todo lo que se me ponía por delante. Aún hoy cualquier inscripción me llama la atención, ¡por eso me detuve a leer ese papel!.Terminé descubriendo el diccionario y me fascinó la cantidad de palabras difíciles de pronunciar que tenía. Para mí, fue como un juego de trabalenguas. Muchas palabras difíciles pertenecían a la medicina y me detuve mucho tiempo en ellas. Con el tiempo llegué a pronunciarlas muy bien. Además, cuando estuve enfermo en el hospital, reparé en la cara de admiración de la gente -¡especialmente de las mujeres!- que quedaban fascinadas con ese aire doctoral de lo médicos.

Quise ser uno de ellos y debía buscar el camino más corto.

Utilicé influencias y conseguí entrar a trabajar en el hospital más grande que había en la ciudad. Limpiaba pisos, pero estaba cerca de mi objetivo, que era lo que yo quería.

Copiaba sus gestos, sus expresiones y también la forma como trataban a los pacientes , enfermeras, residentes y familiares de los internados. No perdía ningún detalle. Cuanto más pasaba el tiempo, más me convencía de que ese sería mi futuro. ¡Yo sería uno más!

Usted se dará cuenta, Juez… de cuánto esfuerzo deposité en mi proyecto de vida. Es por eso que creo, es más, estoy convencido, de que este ensañamiento con mi persona es absolutamente injusto y apelo a su comprensión y sentido común.

Como decía, un residente se fijó en mí y trabamos una amistad que llegó a ser muy íntima. Acepté su propuesta homosexual y me fui a vivir con él . Para mí, era una experiencia ya vivida, la conocí a través de mi propio padre y no consiguió alejarme de mi cometido. Sólo era un paso necesario para mis fines. Convivimos hasta que llegó el día en que terminó su residencia.

Esa noche lo maté.

Usurpé su lugar y finalmente le pude decir a mi madre que su hijo ya era médico. Tuve algunos tropiezos cuando me integraba a mi profesión, pero, con los años, mi vida se fue volviendo un éxito. Hasta puedo decir que se me murieron pocos pacientes. Disfruté del status, y del dinero que llegaba en abundancia.

Sólo me faltaba tener una familia y la tuve. Era la cobertura perfecta

Si no hubiera llegado a mis manos aquel anónimo, todo hubiera sido perfecto

Eran sólo dos palabras, pero envenenaron mi existencia. Un miserable papelito, de esos cuadrados, de colores, que están en todos los escritorios. Decía “Yo sé”. Recuerdo que al tomarlo miré nerviosamente hacia todas partes. Mis manos temblaban incontroladas. Me sentí desnudo, despojado de todo lo que era mío. Me indignó esa forma cobarde de atentar contra mi persona.

A partir de ese momento esa frase comenzó a perseguirme. Llegué a verla escrita en paredes, puertas, en vidrios empañados o sucios, de las ventanas o de los autos, también en los lugares más extraños. La veía borrosa, a veces casi ilegible, a veces en colores, pero era ella. ¡Estaba en todas partes!.

Quien quiera que fuese que sabía algo sobre mí, se había propuesto perseguirme sin piedad.

Más adelante comencé a sobresaltarme con la mirada de la gente. El “Yo sé” lo veía en el brillo irónico y burlón de los ojos de todos los que me miraban. ¡Hasta creí verlo en los de mi mujer!.

Angustiado trataba de saber si en mi historia podía haber quedado algún hilo suelto. Repasando mi vida descubrí muchas desprolijidades y estas, sin duda, me delataban, pero no pude saber quién estaba tras mis pasos.

Una tarde, en la soledad de mi consultorio, mientras escuchaba llover, llegué a una conclusión: Debía eliminar a la persona que más me conocía, esa era mi secretaria que también era mi amante. Sin duda era quién estaba en mejores condiciones de delatarme. Creí estar seguro de que el papel lo había escrito ella. Después de todo sentía cierto despecho, porque yo demoraba un prometido divorcio, al que no tenía intenciones de llegar.

Esa tarde de lluvia, estábamos solos y apreté con mis manos su delicado cuello hasta que dejó de respirar y murió. Usted comprenderá que era un problema en ciernes y lo solucioné. Sin embargo el “Yo sé” seguía apareciendo por todas partes.

Mi mujer siguió el camino de mi secretaria. Cuando dejó de respirar me di cuenta que no tenía nada que decir.

A mis hijos sólo los salvó Dios.

Créame…Juez, Después de esto yo llegué a pensar en morir, pero mi cerebro no me lo permitió porque no encontró una causa para hacerlo.

Aún así insisto en que la culpa de todo la tiene esa maldita frase.

Todavía la sigo viendo en todas partes.

                                      Hugo Portillo

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PASOS

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PASOS

Un cuento de Alejandro José Ramon

Me siento amparado en medio del silencio. La oscuridad es tan cerrada que los andamios parecen flotar en el vacío.
Por estos barrios la ciudad ya no palpita bajo los pies, ni se ve el resplandor de las luminarias ni se escucha el barullo de las calles. El tipo se metió en una obra en construcción y se quedó detrás de la cerca. Como arrastrado por la brisa le llega el sonido opaco de sus pasos breves. Al oír los primeros la descarga de adrenalina lo pone en estado de alerta máximo, tenso como la cuerda de un violín. Aguza los sentidos, se le seca la boca, siente como si le clavasen miles de agujitas por todo el cuerpo.
Sí, son inconfundibles. Tantas veces los he escuchado que tengo registrados hasta los más mínimos detalles. Sé qué cadencia y qué ritmo tienen, con qué fuerza impacta cada taco, que con el derecho raspa el piso cada dos pasos, los reconocería entre una multitud a ojos cerrados. ¿Entonces por qué tanta excitación, qué duda hay que son los de ella? Ninguna, tal vez se deba a que hoy será un día distinto a todos los demás.
A los pasos se le suma un roce contra la cerca. Supone que alguien debe haberse recostado para encender un cigarro. Se acuclilla junto a las tablas y vuelve a esforzar el oído. Ahora distingue una respiración contenida mezclándose con el minúsculo “fru fru”. Supone que se trata de un hombre porque a ninguna mujer se le ocurriría emboscarse en medio de una negrura tan honda.
Espía por una hendija y lo ve, allí está, apenas están separados por una delgada tabla de madera. Tiene un abrigo oscuro, hasta puede oler el tufo a sudor viejo, a tabaco y a humedad mixturados. Haciendo memoria se da cuenta de que cuando llegó no estaba. Entonces debió llegar después. Sin embargo tampoco había oído sus pasos. Tal vez use calzado con suela de goma. Aunque fuese así, por qué no produjo el menor ruido de hojas secas o baldosas flojas, se pregunta. Deduce que debe ser alguien muy sigiloso, que no quiere delatarse, quizás un asaltante.
Él no sabe que estoy aquí, por lo tanto no se oculta de mí. Pero se oculta. ¿De quién? No sé, quizás esté asechando a una presa.
En medio de semejante oscuridad en la que no se distinguen formas ni colores, su presencia resulta al menos inquietante.
Atraviesa la noche con el mismo ritmo, a la misma velocidad. La oscuridad no le produce esa clase de aprensión que suele despertar en las mujeres, y en no pocos hombres. Siempre pensé que era una piba segura de sí misma y esto lo confirma. Va despreocupa, no debe haber visto al tipo que está afuera y que quizás la esté asechando. Podría ser un conocido que no le despierte temores. Aunque, si fuese así, no tendría por qué esconderse. ¿Y si la ataca? Por lo pronto trataré de que no me vea, al fin y al cabo no es más que una extraña con la que no mantengo ninguna relación. Por otra parte no podrán acusarme de no haber actuado porque nadie sabe que estoy aquí. Aunque a decir verdad no se trata de una absoluta desconocida, además de conocer sus pasos sé cómo se llama, dónde trabaja, sus horarios, el micro en que viaja y unas cuantas cosas más.
¿Y si se tratarse de un secuestro? En ese caso llegarán los cómplices, la amordazarán, la subirán a un vehículo y desaparecerán en un santiamén. Frente a varios no podré defenderla, me matarían, quizás los dos terminemos muertos. Tampoco podré ir por ayuda, sería inútil, le perdería el rastro dejándola librada a su suerte. Yo, que pensaba pasar desapercibido, voy camino de convertirme en protagonista. Está visto que muchas veces no se puede decidir nada antes de que las cosas y las situaciones lo hagan por sí mismas. Llegado el momento tendré que improvisar. A la mierda, ¿qué fue ese ruido?
Vuelan varias tablas. Por el hueco abierto entran trenzados dos bultos rodando, forman una sola sombra que para contra el montículo de arena.
—Dejame, no, por favor te lo pido, socorro.
Demasiado tarde para chillar, ya la pasó del otro lado. A esta hora no anda ni un alma por la calle. Nadie la va a escuchar.
—Ayúdenme, alguien que me ayude, me están asaltando.
Resiste por instinto. La pobre está a su merced. Sin embargo forcejea. Es brava la piba.
—Si no te callás te corto.
Qué voz rasposa tiene el desgraciado. Cuando siente el filo del cuchillo contra la cara se larga a llorar.
—No me mates, por favor no me mates.
Suplicando no va a conseguir gran cosa.
—Te dije que no grites, ¿querés que te desfigure? Ya vas a ver que te va a gustar, a las putitas como vos les encanta.
Le refriega la boca babosa por el cuello, la oreja, los labios. Es asqueroso. Se siente dominador. Le hace saltar los botones de la camisa. Desde aquí los pechos parecer cenicientos. Qué majestuosos son y qué indefensos están al manoseo.
La piba se está agotando, apenas suelta una especie de graznido. Concentra la poca energía que le queda en juntar las piernas a riesgo de que la maten. El otro no afloja. Le levanta la falda y le arranca la bombacha de un tirón.
Hasta ahora aguantó, pero cuando ve que el tipo se baja el cierre de la bragueta se le acerca por detrás. Apenas si puede contener la excitación. Otro chorro de adrenalina entra en su sangre. Los latidos se le aceleran, siente punzadas en las sienes.
Lo agarro con una mano por esos pelos grasientos que tiene y tiro hasta que la cabeza queda de costado, le apoyo el caño de la pistola en la nuca y disparo.
La pobrecitas ni parpadea, se queda con la mirada fija, perdida, ni siquiera atina a cubrirse. El terror la tiene paralizada. No veo en sus ojos repugnancia ni sed de venganza ni desolación, solamente miedo en su estado más puro. La entiendo, el tiro, el cuerpo aplastándola, la sangre mojándole la cara, la desnudez expuesta, es demasiado para ella.
De un empujón se lo saco de encima. El cuerpo rueda y queda boca arriba con una mueca grotesca dibujada en su cara.
Le separo las piernas. No se resiste, se queda quietita sin soltar un solo lamento. Al fin a eso vine.

                                                       Alejandro José Ramón

 

El Falcon azul

El Falcon azul


RUBEN y el Falcon azul

Mi amigo y colega Rubén Dipaula envió estas fotos relacionadas con aquel hecho, fueron tomadas por su papá, Rubén Alberto en el año 1969. Amante de la fotografía y filmes en las viejas super-8 que, en el lugar indicado sirvió para inmortalizar estas tomas de valor histórico.

Fragmento publicado el 17 de mayo de 2016:

¨El conductor, a bordo del Falcon azul tomó distancia para asegurarse una buena velocidad final y, aferrado fuertemente al volante como para acentuar la resolución tomada…                                                                                                                                             Aceleró a fondo, dejando a su paso un chirrido de neumáticos y olor a goma quemada. En alocada carrera cuando sobrepasó el borde de la pared de piedra del muelle, el auto voló por los aires, en un momento pareció detenerse en el espacio como una marioneta que realiza su última contorsión y cayó al agua en un estrépito silencioso¨
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                                                        Héctor Scaglione

El niño y la cabra

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EL NIÑO Y LA CABRA
Un cuento de 
Alejandro José Ramon

Nadie piensa que cada comida puede ser la última. En esta guerra es mejor no pensar. En cualquier guerra es mejor no pensar, ni hablar. Cuanto menos se sabe del que está al lado, menos se sufre su muerte. De tanto tenerla cerca, el soldado cree que no le teme. Pero no es verdad. Al comienzo llora, pero las lágrimas se secan pronto y deja de llorar. El soldado termina por habituarse, no se despierta con las bombas, anda con la muerte al lado sin darse cuenta porque se le hace costumbre, como los viejos, pero el miedo no deja de perseguirlo, es tan profundo, está tan dentro que parece un gusano anidado en los tuétanos. La diferencia es que los viejos saben con certeza cuál será el lugar donde se volverán polvo.
Su capitán le ordena tirar sobre el que intente entrar o salir del edificio, cualquiera sea. Él se niega. El día anterior vio un niño, no tendría más de diez años, pálido como un ángel, casi transparente, que llevaba una cabra atada con una soga. Al fin acató, el soldado siempre acata, no piensa, no interpreta, se convierte en un extraño animal, el único que no huye del dolor.
Antes de amanecer, se situó en el punto de observación y esperó quieto. Tres horas después estaba muerto. Bastó un solo disparo. Cayó con un hueco sangriento que le agrandaba un ojo.

Dispara con precisión, es uno de los mejores. Ha raspado el pulpejo del índice hasta dejarlo casi sin piel, para que las terminaciones nerviosas apoyen directamente sobre el gatillo, para que el acero se convierta en una prolongación de su propia carne. Aprendió a utilizar la inmovilidad y el silencio. Su vida se ha convertido en la suma de solitarios e intratables momentos. Un gesto, un ruido, un reflejo y no se cuenta el cuento. Los francotiradores llegan a congelarse luchando estáticos contra el frío y contra el sueño.
Al edificio, tan lastimado, ya no le queda techo. Pese a estar lleno de boquetes y tener las columnas quebradas, se refugia gente. No se las ve pero hay gente escondida. La mira telescópica recorre los agujeros. De vez en cuando un movimiento fugaz, ligero. No se distingue si es un hombre o es el viento. Oscuramente palpitan las incógnitas. Ayer el niño dejó la cabra atada a un hierro, cruzó la calle y desapareció tras un tanque deshecho.
Nieva sin cesar. Una colcha blanca lo cubre todo por completo. El frío lo aletarga. Entorna los ojos, sólo eso. Por alguna razón siente que se ha abierto su cabeza, como si los huesos se hubiesen separado. Alka entra como un chorro de luz helada. Lleva ropa liviana y guantes, los que usa cuando poda los rosales. La brisa le hunde la falda entre las piernas. Tiene los cabellos derramados sobre la cara. Mirko juega en el parque, lleva un cesto. Mirko, su pequeño. Han saltado desde el sueño a la penumbra del escondite, con esa extraña habilidad que tienen los muertos.
Como siempre que Alka lo mira, un resplandor le anda por la sangre. Se pregunta si será su pelo, su cara redonda o sus ojos celestes. Se pregunta qué hace Alka frente a él, que acecha a un niño camuflado entre los escombros. Qué hace con un sobrero de paja, caminando entre las flores, arrancando hojas secas. El sol ya abandonó su escondite tras la tierra, ha trepado en el cielo. Alka no habla. Por lo visto, ella también sabe que no debe hablar ni moverse. Sin embargo, se mueve, ahora viene hacia él con Mirko, que arrastra el cesto de los juguetes. El niño lo ha visto y agita su mano. Todo es tan extraño… Abre los ojos y se sorprende. Vuelve a ver el edificio lleno de agujeros. Parece como si nada hubiese pasado, sin embargo ve la cabra atada a un hierro. El niño no está. “Puede que haya salido -piensa-. Acaso haya ido tras de Alka. Eso no es posible porque Alka está en… ¿Dónde está Alka? ¿Dónde está Mirko? No son soldados ni son prisioneros. Ellos no forman parte de esta guerra, están lejos, están en el verano, los he visto en el parque, bajo el sol”.
Espera a que el niño vuelva. Esa es la orden. No quiere mirar. Si lo descubre deberá dispararle, y no quiere. Abre los ojos, porque ese es su deber, y se queda inmóvil, agobiado, aguardando que aparezca de un momento a otro. Se tornaba más dudosa, más fantástica y a la vez más real la aproximación a la muerte. Vuelve al lugar donde había dejado sus pensamientos. Ese niño flaco no es Mirko. Los dos tienen el pelo negro, pero Mirko no es flaco. Ellos comen, Alka y Mirko comen todos los días, él les manda dinero, el que le pagan por matar albaneses, o croatas, o servios. Ni recuerda a quienes debe matar. El mata a los que le mandan. No sabe si son musulmanes, o católicos, o judíos. No se fija sin son jóvenes o viejos. Pero a los niños no, no quiere hacerlo. Todos los niños se parecen entre ellos, se parecen a Mirko. Estos niños son flacos, pero se le parecen.
Alka apoya la cabeza en su pecho, es como de piedra. No puede acariciarla con sus dedos tiesos. Las ruinas están cubiertas por una bella alquimia de luz y nieve, sin tiempo. Mirko cruza corriendo. Lleva la cabra con una soga atada al cuello. Siente que comienza a morir, que la muerte va metiéndosele, lenta y fría, adentro. En medio de ese momento de incandescencia grita
––Mirko –Su grito retumba en el silencio de los bombardeos.
Suena un disparo. Un ojo se le transforma en hueco.

                           Alejandro José Ramón

CENIZAS

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Autor: Hugo Portillo

Y allí estaba yo, frente al club náutico, tratando de ordenar las emociones y los recuerdos de una infancia feliz junto a mis dos seres más queridos. Sus restos se unirían simbólicamente cuando el contenido de la urna que llevaba en mis manos se sumergiera en el agua.

Golpeé ansiosa la ventanita de la gran puerta de acceso. Se abrió y una parte de un rostro oscuro e inquisidor me miró como se mira a un insecto.

¡Buenas días! Saludé amablemente al guardia de seguridad.

Buenas…— Me respondió el morocho, con cara de estreñido.

Señor, vengo a cumplir la última voluntad de mi madre. Ella pasó muchos años en este club ya que mi padre fue socio fundador y su deseo fue que sus cenizas, que traigo en esta urna, sean arrojadas al agua desde el muelle. De esta manera, sus restos acompañarán a los de mi padre que fueron lanzados desde el mismo lugar hace cinco años.

¿Es Ud. socia?— preguntó, seco, cortante.

No, pero lo fui hasta hace un año atrás.

No puede pasar— respondió con la mirada puesta en el infinito.

¡Pero señor, sólo necesito unos pocos minutos! ¡ por favor, póngase en mi lugar!

La puertita se cerró en mis narices.

Me dí vuelta desolada, sintiendo cómo mi sangre comenzaba a hervir. La actitud de ese hombre trajo a la memoria otros tiempos en los cuales los uniformes aplastaban nuestra vida. Desde entonces, cuando veo a alguien vestido de esa forma me pongo tensa, no lo puedo evitar.

El club náutico, lugar donde pasé gran parte de mi infancia ahora me recibía con un muro inexpugnable, pintado de verde y con alambres de púa en lo alto. Aquello, era tan infranqueable que me amedrentó.

Recordé un cerco de ligustro, con un portón siempre abierto, por allí entró. hace muchos años, aquel velerito que mis padres compraron con tantos sacrificios.

Quedé tan apesadumbrada que no me moví del lugar por varios minutos. Cuando reaccioné pude ver otra puerta, también verde, que tenía un cartel que me devolvió la esperanza “ADMINISTRACIÓN”. Sin dudar, pensé, —¡Debí empezar por allí!— me acerqué y apreté el botón del portero eléctrico.

¿Quién es?— preguntó una voz metálica de mujer.

¡Buenos días! Vengo a pedir autorización para llegar hasta el muelle. Debo arrojar al agua las cenizas de mi difunta madre. Estoy cumpliendo su última voluntad ya que hace cinco años, desde ese lugar, hicimos lo mismo con las de mi padre que fue socio fundador del club.

Un momento— respondió

Esperé algunos minutos y ya estaba a punto de volver a pulsar el timbre cuando volví a oír la misma voz.

¿Su madre era socia? —preguntó

No, renunció al club cuando murió mi padre. Lo hizo porque este lugar le traía recuerdos muy dolorosos— respondí algo confusa. Me era muy difícil sostener una conversación con una rejilla incrustada en la pared.

Espere por favor— Y luego de un lapso que me pareció excesivo volvió a hablar:

Mire señora: Lo siento mucho pero si su madre no era socia no la puedo dejar entrar ¿es usted socia?

No, pero…

Le repito, sólo están autorizados a entrar los socios que tengan las cuotas al día.

Escuche… fui socia desde mi nacimiento hasta la muerte de mi papá ¡Pertenecí al club treinta y dos años!

Es una pena, si fuera socia, con las cuotas al día, podría entrar aunque no puede arrojar nada al agua. Para eso están los recipientes que existen a tal efecto.

¿Se refiere a los tachos de basura?— pregunté indignada.

Señora, no lo digo yo, lo dicen los reglamentos. Lo siento mucho.

Usted es una…, no pude continuar, las lágrimas brotaban incontenibles y la indignación no me dejaba seguir pensando.

Puede presentar una nota a la comisión directiva del club. La van a considerar en la reunión mensual.

¡Hija de puta!¡ TENDRÍA QUE DARTE VERGÜENZA! Es lo único que salio de mi garganta antes de que un nudo la cerrara. Estrellé mi puño contra la tapa de plástico del intercomunicador, sólo logré lastimarme los nudillos. El dolor acrecentó mi furia. Estaba totalmente fuera de mí.

¡Señora contrólese! — me decían las ranuras.

El único objeto contundente, al que pude acceder, fue uno de mis zapatos que no sé cómo apareció en lai mano derecha. Los golpes con el taco fueron rompiendo el aparato hasta que la voz de la maldita bruja se extinguió.

Ni aún así salió nadie, ni siquiera el guardia de seguridad. Quedé en la más cruel soledad, parada en medio de la vereda y con la urna bajo el brazo izquierdo.

Me alejé sollozando, la angustia me doblegaba, no podía creer lo que me pasaba. Sin embargo cuanto más me alejaba, más crecía en mí la determinación por cumplir con la misión que me había impuesto. El sol bajaba y los verdes se oscurecían, dudé si no sería mejor esperar al día siguiente. En ese momento me pareció que la urna vibraba levemente. Sin dudar lo interpreté como una señal.

Mamá, yo te prometo que no voy a parar hasta que llegues junto a papá. Creo que lo dije en voz alta y con toda mi convicción. Me alejé tratando de recapacitar sobre cómo sería la próxima batalla

Varios días después, y recapacitando sobre el episodio tan frustrante del intento de ingresar al club, advertí que salvo el guardia de seguridad nadie me conocía. Por lo tanto yo podría ingresar invocando otro motivo y una vez adentro cumplir mi objetivo.

La suerte se encargó de que hubiera en la puerta un papel pegado con cinta adhesiva que decía “se busca ayudante de cocina”.

El haber vivido tanto tiempo a bordo del velero nos llevó, a mi hermana y a mí aprender a cocinar y a muchas cosas más.

Todos sabíamos hacer todo.

Cuando le comenté a Juana mi plan, dijo que estaba loca y que no valía la pena meternos en tanto lío. Era una mujer práctica y, a continuación, sugirió que alquiláramos un bote y llegáramos al muelle por el agua, de esa forma cumpliríamos nuestra misión sin entrar en conflictos con nadie.

Pero yo estaba harta de todas las estupideces de ese club. Ahora no podía entender cómo mis padres aguantaron a toda esa manada de idiotas.

Entré a trabajar a las siete de la mañana de un día que prometía ser caluroso. Cada vez que podían, los miembros de la cocina salían a tomar fresco apoyados en la baranda del muelle. Parecía que sólo allí corría un poco de aire. Eso no me ayudaba.

Decidí que debía arrojar las cenizas de una sola vez y que, cuando se dieran cuenta fuera demasiado tarde.

No me di cuenta de que mi hermana, que seguía pensando que estaba loca, venía remando, muy cerca de la orilla, en un bote alquilado en el Río Lujan, muy cerca de allí.

Yo continuaba paso a paso con mi estrategia. Convencida de que el guardia representaba el autoritarismo del gobierno, la empleada era la estupidez de la burocracia, y el presidente del club un auténtico pavo real. Ninguno de ellos, en realidad, valía nada

Me acodé en la baranda, cuando abrí la urna, estaban todos los miembros de la cocina apoyados del lado de donde venía la brisa. Pero yo sólo veía a mis padres reflejados en la superficie del agua. Parecían felices. Eso me convenció que lo que hacía era cumplir con una responsabilidad para con ellos. Di vuelta la urna y las cenizas volaron hacia el rostro de los demás. Luego, tuve la intención de tirarla al agua pero no la solté y me dejé llevar por ella.

Caí al agua. Quería terminar junto a mis padres, allí abajo.

Comencé a hundirme mientras recordaba que nunca aprendí a nadar. Me convencí de que ya no había vuelta atrás y que estaba siguiendo el designio de mis padres. En ese momento sentí una mano fuerte y nudosa que me aferraba por la muñeca y tiraba para arriba.

Era mi padre que me estaba salvando.

En realidad era mi hermana que me alcanzaba una rama. En ese momento tomé conciencia de lo que estaba haciendo y la ayudé a subirme al bote.

Cuándo nos alejábamos del club, Juana, remando, no paraba de reprenderme por lo que había hecho. Me parecía oír a mi madre.

Sólo atiné a preguntar: ¿Y qué piensa papá de todo esto?

El sonido de los remos bogando pareció traerme su tan recordada carcajada.                                    

                                         HUGO PORTILLO

TANGO

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                                              TANGO

La cadencia los envuelve. El ritmo les vibra en la piel. Se buscan. Él va a su encuentro y ciñe su talle. Se deslizan, se demoran en un requiebro, un cuatro o una sentada. Simulan el beso dilatado que no es tal, pero es y en esos breves instantes de quietud, mezclan el aliento y latir de corazones al compás de la emoción. Sus manos, imperceptibles, sinuosas, acarician, exploran para dejarse explorar. Los cuerpos en unidad cómplice, acompañan sus movimientos. Los pies dibujan en el suelo una filigrana perfecta y se deslizan como flotando en el espacio hasta alcanzar el cielo.

                                     Héctor Scaglione

Cerrado hasta después.

                                              POEMA DE CARLOS PILI

Cuando las cosas que deben pasar

ya pasaron

los lugares quedan.

Las miradas

se sientan en la oscuridad

y un poco de tiempo rezagado

arrastra el vacío.

Una voz embalsamada

con la boca abierta asusta.

                                  Hojas en blanco.

Las palabras duermen lejos.

Otra mirada

desempaña el tiempo.

Está cerrado

indiferente

                              a las cosas que deberían pasar.

Tal vez mañana

cuando la oscuridad agonice

abra.

                              CARLOS PILI