Mutis

ESTATUA

En silencio, casi inmóvil frente al ventanal de la sala, la mirada del hombre vaga sin destino. No soy tonto, piensa, me doy cuenta de las cosas. Su cuerpo no ha entrado en descomposición, todavía está viva, pero es como si poco a poco fuese secándose. Tengo que poner a Walter al tanto de lo que está pasando con Marina, es nuestro hermano mayor. Siempre fue muy equilibrado y sensato, verá el problema desde otra perspectiva, seguramente será más objetivo que yo. Voy a escribirle.

Nunca sospeché que el temor en sus ojos, la rabia en su corazón, la fatiga en su voz, fueran el anuncio de algo más serio. Solamente sale de la habitación para ir al baño y a la cocina. Dicho sea de paso, come bastante poco, debe ser por eso que perdió tanto peso. No queda en ella ni un aire de vida, ni un asomo de deseo. Parece que actuase en forma semiconsciente, como si no supiese muy bien lo que está haciendo ni exactamente por qué lo hace. Se la pasa leyendo, está como obsesionada. Siempre le gustó pero de ahí a no levantar la vista del libro en todo el día hay una gran distancia. Creo que también escribe pero no estoy seguro, recién me pareció que hacía algo de eso. Lo grave es que desde hace más de seis meses no habla, dejó todo y enmudeció. No sé cuál será el significado de ese silencio. Se ha convertido en otra persona, una desconocida que no se comunica ni presta atención a quienes tratan de comunicarse con ella, que lee y que probablemente escriba, pero que no habla. No sé qué pudo pasarle para que se encapsulara dentro de sí misma de semejante manera, nunca me dijo nada. Quizás un desengaño o alguna otra cosa que la esté agobiando. La pobrecita debe estar volviéndose loca. No puedo creerlo pero es lo único que se me ocurre.

La mujer se recuesta contra el respaldo de la silla y suelta un suspiro. Parece aliviada. Antes de ensobrarla, relee la carta que acaba de escribir.

Querido Walter:

Siendo vos el mayor, te escribo alarmada por el estado de salud de Raúl. Desde hace ya algún tiempo nuestro hermano se ha vuelto un lector compulsivo, algo bastante extraño en él teniendo en cuenta que jamás le gustaron los libros. Sin embargo eso no es lo más grave, desde hace varios meses ha dejado por completo de hablar. Creo que ha perdido el juicio. Te parecerá ridículo pero de gracioso no tiene nada. No te he escrito antes porque, como siempre sucede en estos casos, los últimos en darse cuenta son los que conviven con el enfermo. La situación es dramática. Como comprenderás, me encuentro desorientada, sin valor ni fuerza para poner orden en este caos.

Me despido de vos con un beso rogándote encarecidamente acudas a la brevedad en mi auxilio. Marina.

                                                                  Alejandro Ramón

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