AL GARETE

                                                                                              Clip_2

  La emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido.
                                                        Howard P. Lovecraft (1890 – 1937)
 

El sol está cayendo, empieza a refrescar, habrá que pensar en volver. La caña ni se movió, señal que no picaron. Flor de siesta me dormí. También, el bote es como una cuna.

No tenía derecho de hacerme esto. Cuando la agarre me va a escuchar. ¿Y el otro qué, va a decir que no se enteró? No tienen perdón. Por mí que se mueran.

¡Carajo!, ¿cómo llegué hasta aquí? No se ve nada más que agua. El horizonte parece redondo. ¿Dónde estará la costa? Cuánto voy a tener que remar para volver. Pero ¿para dónde? No sea cosa que en vez de acercarme a tierra me aleje. Todo lo que flota termina en alguna orilla, pero hasta ahora la corriente me arrastró mar adentro. Más vale que me encuentren antes de que oscurezca porque si no… Nadie sabe que salí. Primero tendrán que descubrir que falta el bote, después ocurrírseles que alguien debió sacarlo. Recién entonces empezarán a buscar.

¿Cuánto aguantaré sin comer? Hasta ahora no hubo pique… Me matará el hambre. No, primero me voy a morir de sed.

En el nombre de Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. Sálvame, Señor, ten misericordia de este pobre infeliz.

Dicen que no hay que tomar agua de mar porque te volvés loco, da diarrea, vómitos y qué sé yo cuántas cosas más. Dios mío, hacé que llueva. No, mejor no, si el bote se llena de agua estoy perdido.

Padre nuestro que estás en los cielos…

Seguro papá va a decir que esto me pasa por atolondrado, por no pensar en las consecuencias. Pobre, él cree que es pero no es. Quizás lo supiera pero se aguantó de decirlo para que yo no me enterase. Para mí siempre será mi padre. Con el otro que nunca no aportó no quiero saber nada. El informe del ADN no deja dudas: Ella es pero él no. Cuando lo leí se me taparon los oídos, la cabeza empezó a darme vueltas y vomité. Parecía que me había agarrado un tornado. Me dio tanta vergüenza… No me importan las explicaciones que quieran darme. Mirar para atrás, tratar de entender, de encontrar una respuesta no va a cambiar nada.

De esta no zafo. Pensar que me subí al bote para tranquilizarme… Todo por culpa de ellos. Lo peor es que no se van a enterar. Ni remordimiento tendrán.

Dios te salve María, llena eres de gracia…

Las lanchas amarillas y los veleros ya habrán vuelto al puerto. ¿Y los petroleros, dónde se metieron los petroleros? ¿Qué pasó con el petróleo, se acabó o qué? Ni pájaros hay, debo estar muy lejos de la costa.

Llegó la noche, no hay rastros de luna ni del resplandor de la ciudad… A gatas se ven algunas estrellas. Sin bengalas ni linterna en este pozo negro no me encuentran ni que me lleven por delante. Si el sol sale por el este, cuando amanezca voy a remar para el otro lado.

Creo en Dios padre, todo poderoso, creador del cielo y de la tierra…

Dicen que la parca viene cuando uno ha cumplido con su cometido en esta vida. Yo no cumplí con ninguno, todavía soy una esperanza, apenas un proyecto.

Señor, no quiero ser héroe ni mártir ni alcanzar la paz eterna ni nada. No la culpo a mi madre ni al otro por lo que hicieron, habrán tenido sus razones. Lo único que te pido es que me dejes vivir, ¿tengo derecho, no?, soy joven.

Nos postramos ante vos, te rogamos protección, pero no te tiembla el pulso a la hora de castigarnos. No es justo, ¿no te parece que sos demasiado cruel? Estoy seguro que si alguien condenara a muerte a un chico por salir a pescar y quedarse dormido, lo mandarías directo al infierno. Sería bueno que de vez en cuando sintieras algo de miedo a equivocarte.

La sed es insoportable. Tomaría un sorbo de agua. ¿Y si me enfermo? No me importa, peor es esto. Tengo miedo, ¿y si me asomo por la borda y me caigo? Mejor junto un poco con las manos. Casi toda se escurre entre los dedos. Tomo lo poquito que queda. Por lo menos está fresca.

La Difunta Correa tiene devotos por todas partes. Pongo mi alma en tus manos milagrosas y me encomiendo a vos, santita, que sabés de estar sola en el desierto, de morir de sed…. Si me salvás de esta te juro que….

Los antiguos marineros decían haber visto salir serpientes, pulpos y medusas gigantes que hundían barcos y se comían a la gente… Si no son los monstruos serán los tiburones. Tal vez encuentren restos del bote pero lo que es de mí… «Su cuerpo sigue desaparecido», dirán en la tele. Voy a morir con toda una historia por vivir. Nadie se acordará de mí nunca más. Tanto esperar el momento de nacer para tener este final desgraciado. No me resigno, esto no puede estar pasándome a mí.

La sed me mata. Tengo la garganta hecha un fuego, debe ser por la sal. Tomo otro sorbo. El fondo del bote está lleno de agua. Siento los pies helados, no paro de temblar. Desaparecieron las estrellas. Menos mal que el mar está calmo, si el oleaje aumenta se va a poner difícil la cosa.

Oigo algo, es como un ruido de motor. Remo con desesperación, el sonido aumenta. Aparecen algunas lucecitas borrosas. Están muy alto, van arriba de un bulto oscuro grande como un edificio. Espero que no sea una alucinación. Gracias, Señor, y a vos santita, sabía que no me iban a abandonar. El ruido de la máquina tapa mis gritos. Me paro, revoleo la camisa, grito a más no poder. Señor, haz que alguien se asome y me vea.

Mamá, el monstruo se acerca, viene directo hacia mí…

                                                                                                                                             Alejandro Ramón

LAS PALABRAS Y EL AUTOR

 

 

A partir de fonemas orales que los hombres primitivos querían transmitir y perpetuar, los impulsaron a inventar signos inteligibles desde donde surgieron las palabras.

Y, en la tarea de construir el relato, al vocablo inicial se le generó otro y otro hasta entrelazarse en un aluvión de caracteres; verbos, sustantivos, sujetos y predicados, sin olvidar los adjetivos y gerundios estrictamente necesarios hasta formar oraciones con sentido y, a través de esa verdad manifiesta, el autor hizo que los personajes cobren vida. Uno en especial e inevitablemente al superarlo, debió pactar él para continuar enriqueciendo el manantial creativo desde un propio origen.

Esas criaturas, muchas veces disconformes, deambulaban por la mente del autor que hasta podía verlas merodear al costado del cuaderno de notas, o detrás de una pila de libros asomando unas cabecillas de energúmenos para hacerle morisquetas. En los aciertos desaparecían y eso alarmaba un poco al autor que debía esforzarse en guiarlos a tientas, pero llegaba a la conclusión de que tenían un acuerdo tácito con el personaje principal, quién desde su liderazgo, señalaba el camino al conjunto.

Al llegar al punto final, acabará definitivamente el vínculo social autor-personajes, aunque algunos salten a otras historias, estos terminaron y para siempre. Luego, hasta que ese mismo libro, a la espera de ser leído permanezca cubierto de polvo en el rincón más apartado de ignota biblioteca, alguien lo tome, sople esa nube de tiempo y al recorrer las páginas amarillas, lo tornará a ser como cuando esas mismas palabras fueron recién impresas y vuelvan a transmitir emociones, risas, lágrimas o provoquen alguna reflexión. Entonces cobrará vida y seguirá justificando su razón de ser.

                      Héctor scaglione

 

 

 

 

BASURA

BASURA

 

 

Entrábamos por primera vez al edificio y… ¡no me gustó como le miró el culo a Marta!

El encargado era panzón, desprolijo. Sucio. Siempre apoyado en el mugroso palo de escoba. Nunca lo vi barrer nada.

Con el correr de los días, comenzó a tratarme con cierta deferencia. Esta se manifestaba con unas obsecuentespalmaditas en el hombro, mientras yo, trataba de pasar a su lado a toda la velocidad que alcanzaban mis piernas.

Transcurrieron algunos meses. Mientras nos acomodábamos a las rutinas de la nueva vivienda. Marta y yo trabajábamos las habituales nueve horas diarias, a las cuales, a veces, se agregaban algunas extras, que nos obligaban a llegar más tarde de lo acostumbrado. Sin embargo, jamás pudimos escapar al control del encargado, que desde su departamento, al final del pasillo de entrada, fiscalizaba todo el movimiento de y hacia los dos pequeños ascensores. La puerta, siempre entornada, denunciaba al espía en guardia permanente. Se llamaba Crisólogo Farofa. En poco tiempo llegó a hartarnos.

Si la que llegaba más tarde era mi esposa, a la mañana siguiente, el tipo no se privaba de hacerme algún comentario mal intencionado, mientras me daba los consabidos golpecitosen la espalda. Esto hacía que me pasara el día odiándolo.

Animarme a frenarlo me costó mucho y cuándo lo conseguí, me devolvió una sonrisa socarrona y otra vez esa aborrecida mano en mi hombro, seguidas de confianzudas expresiones de amabilidad.

¡No se caliente, don Juan Carlos! ¡Ja!, ¡Ja!, ¡Ja!. ¡Es una broma!

¡Y la p…! balbuceaba impotente mientras me alejaba.

Después de mucho tiempo de lamentarnos de su insolencia, descubrimos que su mujer no se quedaba atrás. Era un ejemplar de muy poca estatura, gorda, con un busto prominente, vestida eternamente de gris. Mi mujer estuvo muy acertada al bautizarla “Corchito”, por su semejanza con los de las botellas de sidra. El colmo fue cuando en una reunión de consorcio, deslizó el siguiente comentario:

-¡Pero señora: ustedes sí que comen naranjas! ¡Qué cantidad de cáscaras! ¡Por Dios!

Quedamos estupefactos

¡Éstos dos revisan nuestra basura! —murmuró Marta mientras me miraba con asombro.

El descubrimiento nos agobió.

¡La basura es nuestra!— Meterse con ella es invadir agresivamente nuestra intimidad. Nos sentimos vulnerados, agraviados. Habíamos perdido algo, que resultó ser valioso cuando alguien metió sus manos en el interior de nuestras bolsas de residuos.

Cuando con el resto de los propietarios, hacíamos algún comentario criticándolos, y no respondían, o bajaban la mirada, comprendimos que les temían. Algunos se animaron a confesar que sacaban oculta una parte de su basura, para evitar la requisa de este dúo.

¡Por culpa de ellos, llevan una vida miserable!— exclamé indignado.

¡Esos dos son unos hijos de puta!—agregó Marta. Esta expresión, viniendo de ella, me sorprendió. Pero luego, con su fino sentido del humor, logró cambiar mi inquina por algo que nos pareció mucho más divertido. En adelante administraríamos nuestros desechos de manera tal de provocar, en los dos, todo tipo de expectativas y frustraciones.

Entonces, si debíamos desechar un par de zapatos, en la bolsa solo depositábamos uno; el otro lo sacábamos del edificio en la cartera de Marta o en mi portafolios. O al revés, importábamos basura, y hasta llegamos a comprarla, cuando nos parecía interesante para nuestros fines.

¡Mirá lo que traje!— exclamó Marta al llegar, agitando una bolsa llena de cajas de aspirinas vacías, acto seguido arrojó el contenido a la basura (debo aclarar que es farmacéutica). Al día siguiente “Corchito” me preguntó si alguno de nosotros estaba enfermo, a lo que yo respondí, con mucha naturalidad, que en realidad éramos adictos.

Cuando Marta llegó más tarde de lo habitual, Farofa me insinuó una supuesta aventura de mi mujer. Al comentarlo con mi esposa surgió la idea que nos cambió la vida. Fingiríamos una infidelidad real.

Mientras volvíamos en nuestro auto, ella se vistió de una manera muy provocativa, con una peluca rubia de cabellos largos, zapatos con tacos altísimos y una falda muy corta. De reojo vi sus piernas. ¿Cómo me había olvidado de lo hermosas que eran? Entramos furtivamente y por supuesto, no escapamos a la mirada del guardián. Subimos en el ascensor conteniendo la risa…

Llegamos a nuestro departamento, al cerrar la puerta quedamos muy juntos, nos miramos intensamente y nos fuimos uno contra el otro hasta quedar fundidos un violento abrazo. El calor de mi cuerpo la encendió. Su respiración entrecortada, junto a mi oído, me transformó en un volcán a punto de estallar

¡Besame, guacho!— me dijo casi con un grito, mientras nos arrancábamos la ropa. Mis manos buscaban su piel. Nuestras prendas fueron quedando en el piso sin que le prestáramos la menor atención.

Apenas pudimos llegar al sofá del living, y en él, tuvimos el sexo más apasionado de nuestros diez años de casados.

Un par de horas después, la rubia, salió con cierto sigilo y se perdió en la calle. Marta volvió al rato, sus mejillas la traicionaban. (Esa noche descubrió que podía ser una mujer muy seductora y quizás esto fue lo que abrió la caja de Pandora).

Una bombachita rota y unas medias muy finas totalmente despedazadas aparecieron, al día siguiente, en la bolsa de residuos.

Farofa, vino a mi encuentro con esas ridículas caras de: “¡No se preocupe! ¡Yo no vi nada!” Y, obviamente, me sobó la espalda. Continué mi camino hacia la cochera como si nada pasara. A su vez Marta recibió del Corchito una larga mirada de conmiseración, dudando si informarle o no acerca de la aventura de su marido la noche anterior.

Se me ocurrió que si, después de que la revisaran, les robaba nuestra propia basura y se la devolvía al día siguiente, eso los confundiría aún más. Marcamos las bolsas para identificarlas con facilidad y, de vez en cuando, poníamos en práctica esta nueva estrategia. A la noche, las tomaba del canasto en la vereda y mediante una cuerda la subíamos hasta nuestro balcón. Más adelante lo hicimos también con algunas bolsas de otros propietarios. Nuestras víctimas comenzaron a presentarse con sus rostros confundidos y de una forma casi imperceptible sus conductas también parecieron cambiar. Se volvieron menos estrictos en su vigilancia y esto se comentó en los ascensores.

La vez siguiente fue mi mujer la que llegó con un acompañante vestido con pantalones y campera de cuero negro. Su cabeza ostentaba una melena, tipo afro, que combinaba muy bien con sus anteojos de sol y una gran cadena dorada al cuello. Mi aspecto era muy convincente.

Si el encuentro anterior fue excitante, ¿qué puedo decir del que le siguió? Nuestra sexualidad se derramó, como si todos los diques que la contenían, se hubieran roto produciendo un aluvión de lujuria y placer. Estábamos asombrados porque los orgasmos se sucedían sin control alguno. No podíamos articular palabra, nuestras miradas, veían en el otro, a la persona que estuvo oculta durante tantos años, revelando que en nuestro interior existía un promiscuo que solo necesitó la oportunidad para emerger.

A partir de esta segunda vez nuestros porteros dejaron de tener el protagonismo del principio. Los seguimos utilizando como una excusa, tal vez innecesaria. Era el disparador que desencadenaba nuestra pasión. Gozábamos, pero no teníamos noción de cómo incluir todo esto en nuestra apagada vida cotidiana. Fueron muchas las personalidades que adoptamos: colegiala, jugador de básquet con pelota y todo, mujer policía, delivery de pizzas, monja, rabino, enfermera, service de heladeras son solo algunas de las que recuerdo.

Al poco tiempo de comenzar con esta farsa, observamos que la curiosidad de Farofa y su mujer, se fueron a niveles solo comparables con el de nuestra lascivia. Cuando llegábamos al cuarto piso, quedábamos observando el cartel indicador del ascensor, éste nos decía que la cabina volvía a la planta baja, para subir inmediatamente.

Corríamos a encerrarnos en el departamento, donde la música, ya preparada de antemano, indicaba, a quién quisiera oírlo, que allí existía un encuentro amoroso particularmente intenso.

Al apagar la luz, veíamos claramente por debajo de la puerta, la sombra de unos zapatos.

Las mejores ideas siempre fueron de Marta. Esta vez, con una mecha muy fina, perforé la madera de la puerta a la altura de la pelvis del espía y por el orificio, con una jeringa jugábamos s arrojar pequeños chorritos de lavandina. A la mañana siguiente nos divertíamos viendo cómo el pantalón del encargado iba destiñendo en la zona próxima a la entrepierna.

Esto trajo su problema porque comenzó a interpretar mal las miradas de Marta en esa dirección y, en su momento, ella tuvo que frenar sus incipientes avances. Farofa resentido, comenzó a mirarla con odio, y una mañana no dudó en contarme con todo detalle qué clase de mujer tenía yo por esposa.

¡Yo se lo digo porque lo aprecio, don Juan Carlos! Y no por otra cosa, ¡no vaya a creer!– decía mi ahora “protector”, mientras que de los ojos de “Corchito”, desde la oscuridad de su apostadero salían filosos destellos. No demostré el menor asombro, por lo que debieron haber interpretado que tenía asumida mi correspondiente cornamenta.

Lejos de amilanarnos por las posibles consecuencias de este juego inofensivo, ¡nos estimuló todavía más! Continuamos cargando las tintas y gozando de nuestros instintos a más no poder.

Una noche, mientras permanecíamos en silencio, exhaustos, un ruido hizo evidente que había alguien en el departamento de al lado. Sabíamos que estaba desocupado. Sin embargo, volvimos a oír algunos ruidos, casi imperceptibles..

¡Es él! –dije mientras corría descalzo hacia el ventanal.

Tratando de sorprenderlo, intenté salir silenciosamente al balcón y casi me muero del susto. En ese momento el gordo saltaba al otro lado en una huida precipitada. Fue evidente que, al aumentar nuestra audacia, simultáneamente crecía su curiosidad. Era un desafío mutuo por una apuesta cada vez más peligrosa.

¡Entrá, vení que estás desnudo!— dijo Marta, también desnuda desde la cama.

Nuestra guerra de desechos continuaba sin pausa. En la bolsa de cada día iban, fragmentos de cartas muy apasionadas. Restos de accesorios eróticos que yo, venciendo mi timidez, adquiría en un negocio de pornografía al que nunca, tiempo atrás, me hubiera atrevido a entrar. (Aprendimos a usarlos, ¡todos!). Luego los destruíamos, con mucha pena, pero con la promesa de volverlos a comprar.

Esto dejaba bastante contrariada a la encargada. La descarga de su frustración, naturalmente, vino por el lado de confesarle a mi mujer qué clase de sinvergüenza era yo.

Sin darnos cuenta, durante el tiempo que asumíamos otra personalidad, nos fuimos metiendo en la piel de los personajes que interpretábamos. Nuestra complicidad era deliciosa. Recuerdo la ocasión en que Marta era una mujer policía. Fue notable la violencia y el lenguaje que ella empleó, terminé bastante maltrecho y no podía creer, después, que hubiera sido la causante de tantos hematomas. Mientras que yo, debo confesar que aquel castigo me produjo un placer inmenso.

No puedo explicar cómo se produjo esa sucesión de transformaciones. Sin dudar reconozco que, aún ahora, me traen recuerdos reconfortantes.

Gastamos bastante dinero, pero fue el mejor gastado de nuestra vida. Recuerdo, por ejemplo, la cifra sideral que me costaron las mínimas prendas de cuero que tuve que ponerme para ser un striper. Esta escalada de audacias, nos llegó a convencer que éramos capaces de hacer cuanto se nos ocurriera y que todo se justificaba al creer, que seguíamos burlándonos de ese dúo de ingenuos espías.

La noche que Farofa huyó de nuestro balcón, tratando de desaparecer cuanto antes, dejó olvidada la llave en la puerta de entrada de ese departamento.

¡Andá a sacar una copia!— me ordenó mi mujer, cuando superamos nuestro asombro

Fui a la cerrajería de la estación del subte, en poco tiempo me hicieron la llave y volví a colocar el original en la cerradura.

Al entrar en el dormitorio la vi tendida en la cama, su rostro tenía una expresión pícara. Comenzó a explicarme su idea: repetir nuestros apasionados encuentros, esperando que el curioso, se tentara y fuera otra vez al balcón. Marta llegaría vestida de colegiala y se quitaría la ropa de la forma más sensual posible. Cuando terminó la explicación su cara era decididamente diabólica.

Era pleno invierno cuando decidimos llevar a la práctica nuestro número, el frío era intenso. Esperamos hasta que pudimos confirmar que el mirón estaba firme en su puesto, yo lo veía desde la ventana de la cocina. Marta comenzó a desnudarse. Su cuerpo, ahora muy estilizado, por alguna razón había cambiado: ¡se había convertido en una diosa! Sus movimientos contenían tanto erotismo que casi me olvidé de Farofa. Creo que, al saberse mirada por alguien que no era yo, hizo que se excitara mucho más.

Se suponía que, a continuación, yo entraría al departamento vecino y cerraría la puerta del balcón dejándolo a la intemperie toda la noche.

Cuando llegué un placer morboso me invadió al comprobar que nuestra treta había dado resultado.

Allí estaba. Espiando entre las ranuras de la persiana y con una mano entre las piernas ¡se estaba masturbando!

Al cerrar la puerta-balcón la cerradura hizo un ruido que me delató. Farofa volvió su rostro hacia mí y rápidamente saltó en mi dirección. Al llegar comenzó a golpear el vidrio mientras me miraba con sus ojos desorbitados. Yo percibí que el placer de verlo allí me generaba nuevas ideas por lo que me volví a buscar a Marta.

¡Vení que lo vamos a matar de calentura! — le dije y volvimos desnudos y tomados de la mano. Llegamos hasta tocar el vidrio empañado en el que se adivinaba la voluminosa masa de nuestra víctima.

Marta comenzó a apoyar su cuerpo en él. Se movía lenta, voluptuosa. El contacto de su pelvis con el vidrio formaban figuras extrañas mientras que, simultáneamente, con sus erectos pezones dejaba finas líneas en el dibujo que ejecutaba ¡bailando!¡Sí!, bailaba con un deleite increíble. La música que llegaba desde nuestro living nos transportaba. Con mis manos en su cintura y una erección inigualable, la guiaba a todo lo ancho del ventanal, íbamos y veníamos, parecía que una danza ritual nos poseía.

Estábamos desenfrenados. Más lo estuvimos cuando el gordo comenzó a emitir unos rugidos grotescos, casi bestiales, mientras golpeaba el vidrio desesperado. Temimos que lo rompiera.

Un aullido agudo, inhumano. nos trajo a la realidad. El miedo me impulsó a tirar de la correa de la persiana y esta se desplomó violentamente aislándonos de nuestro espectador. Oí el estruendo de su cuerpo cayendo mientras se trataba de apoyar en la persiana. Salimos precipitadamente de allí y nos encerramos en nuestro departamento para sentirnos seguros.

Temerosos, permanecimos expectantes, no oímos más ruidos. La excitación dejó paso a la incertidumbre. Nuestra respiración fue volviendo al ritmo normal. Pasaron unos minutos y luego, con cautela, levanté la persiana del balcón. No alcancé a ver nada. Muy despacio, abrí el ventanal. Farofa yacía en el suelo, inmóvil. Era sólo una mancha oscura en posición fetal. Las manos, sobre su corazón, delataban algún problema cardíaco.

Estaba extremadamente confuso en ese momento. Me limité a hacer lo que Marta me ordenaba.

Levantálo, ¡vamos, hacé fuerza, boludo! — me decía como gritando pero en voz baja, mientras lo sostenía por los pies. Con gran esfuerzo lo fuimos pasando por encima de la baranda hasta que quedó casi en equilibrio sobre ella. Y desde allí, con una alegría salvaje, lo empujamos al vacío. Cuando sentimos el golpe sordo contra la vereda nos enfrentamos. Permanecimos un largo rato mirándonos el uno al otro .

No nos reconocimos.

                                                                          Hugo Portillo

 

 

LA CASA PATERNA

ABUELO NIETO

 

El matrimonio de Jacinto y Remedios disfrutaba desde tiempos inmemoriales de una casa muy amplia, tres habitaciones, un baño integrado a los ambientes interiores, otro servicio sanitario en los fondos, cocina y comedor con las medidas adecuadas a la familia numerosa, como lo han sido esta pareja y sus cuatro hijos. Los grandes jardines, el clásico zaguán y el recibidor con mesa de mármol rodeada de sillones, constituía el clásico y antiguo ámbito familiar, heredado de los padres de Jacinto

Pero el pasar de los años y el casamiento de los hijos -que se mudaron a sus propias viviendas- dejaron a los padres en una incómoda soledad y al caserón, casi vacío. Solo ha quedado una habitación armada para cuando algunos de sus nietos quieren quedarse a dormir o reciben a algún familiar de visita.

La habitación de los padres, la cocina, el baño principal y el taller de don Jacinto, tienen vida aún. El resto termina siendo depósito de aquellas cosas en desuso, de triciclos, bicicletas, cajas y muebles de los que nadie se quiere desprender. Ya no tienen utilidad pero tienen significado.

¿Cómo no guardar del primer triciclo que tuvo el mayor de los hijos y luego sirvió para los otros? Imposible olvidarse de las bicicletas que de vez en cuando desempolvan los nietos para sus excursiones. Con que se use una sola vez más, ya merece esa custodia.

Ninguno de los hijos se atrevería a separar a don Jacinto del tallercito donde tiene sus herramientas para trabajos de carpintería, de plomería o jardinería y de cualquier reparación que haga falta en el caserón, en la casa de sus hijos o algún vecino del barrio que lo requiera.

Los hijos saben que un día, uno de los padres se irá definitivamente y también que el otro no podrá con su soledad y se marchará a buscar esa compañía sin la cual no tendrá sentido la vida aquí.

No han faltado sugestiones para ubicarlos en otra vivienda más adecuada a esta actualidad, pero la sola mención recibía como respuesta unos gestos sobradamente elocuentes de los viejos, que no dejaban dudas sobre sus sentimientos. Allí estaba toda su vida y todas las cosas importantes de esa existencia dentro de las paredes. Sus últimos suspiros también serían allí.

Ella, silenciosamente, un día no despertó. Jacinto llamó a sus hijos y mientras pudo quedó a su lado apretando las frías manos. Al volver de la despedida, una de sus hijas quedó con él hasta la noche. Jacinto, luego de cenar en silencio, abrazó a su hija y le dijo que se sentía bien y que volviera a su casa a atender a los suyos. Ante una inútil negativa, le dijo:

Estoy bien hija, la vida es así y todos sabemos que un día tenía que pasar y volverá a suceder conmigo. Necesito estar solo para poder llorar.

Un fuerte abrazo los unió y con mucho dolor la hija comprendió. Lo dejó con sus

sentimientos y el desahogo.

Al día siguiente, luego de la escuela, uno de sus nietos vino a verlo y pedirle que lo ayudara en un trabajo práctico de manualidades. Fueron al taller del abuelo y pasaron la tarde en el trabajo escolar. Esto se repitió casi diariamente con varios de sus nietos y alguno de los hijos. Los nietos con frecuencia quedaban a dormir con él.

El hombre, con gran fuerza espiritual había comenzado una nueva vida, que no era la misma de antes, pero era la que le tocaba. Recorriendo los ambientes, evocaba lo que otrora había sido, llena de actividad, de voces, de ruidos, de olores. Hoy no había dentro de ella nada más importante que las ausencias.

                                                       Enrique Lombardo

 

Lo importante es la etiqueta

 

Clip_7

 

Rogelio Rivarola, Capitán de Ultramar y además, comandante del “Rio de la Plata”, buque insignia de la Flota Mercante del Estado, terminó de abotonarse la chaqueta. Los botones dorados parecían soles que resplandecían sobre el azul marino del uniforme. No pudo menos que sentirse satisfecho de ver la imagen que el espejo le devolvía. Un suspiro de satisfacción escapó de su boca.

Faltaba poco para la cena. Entraría al comedor de primera clase mientras la orquesta ejecutaba los acordes de una marcha irlandesa, por supuesto elegida por él. Cualquiera se preguntaría por qué una marcha irlandesa en un barco argentino. La respuesta la tenían pocos. Uno de ellos era el comisario de abordo que lo esperaba de pie y junto al asiento que ocuparía en la cabecera de la mesa en donde ya aguardaban los pasajeros más notables.

El Capitán tendría, previamente, la gentileza de permitir que las damas, todas de vestido largo, tomaran asiento antes que él. No olvidaba que lo importante era respetar la etiqueta.

Cada pasajero tenía su lugar asignado de acuerdo al nivel social que representaba. De eso se encargaba el Comisario. Éste, después de comprobar que en la otra cabecera estuviera sentado el Jefe de Máquinas procedería a ocupar su asiento en medio de dos damas muy escotadas, lo haría con toda la eficiencia que el protocolo exigía.

La marcha irlandesa iba moderando su volumen y los últimos acordes se oyeron en el instante en que Rogelio Rivarola se sentó.

Como dije, pocos sabían que esa era la marcha que el Almirante Brown ordenaba tocar antes de entrar en combate y que una parte de la tripulación, irlandeses como él, cantaban con una ferocidad digna de la furia con la que combatirían pocos instantes después. Al Capitán Rivarola esa historia lo emocionaba. Sin embargo esta era la primera vez que podía oírla tocar en su honor. No era poco como corolario de una vida profesional tan sacrificada como la que le tocó vivir hasta ese momento.

Después de pasar por casi todos los barcos de carga de la empresa, su mala suerte quiso que, su último barco, naufragara en una playa solitaria de Santa Cruz. Su temple y gran pericia lograron embarrancar la nave sobre un fondo pedregoso en momentos en que comenzaba la bajamar. El barco quedó en seco, asentado sobre el suave declive de la playa. Una vez comprobado que la avería no tenía solución no tuvieron otro recurso que desembarcar y alejarse caminando hacia los acantilados más próximos. Casi se podría decir que no fue una experiencia traumática. Los tripulantes salvaron sus efectos personales y él bajó con el Diario de Navegación bajo el brazo. Luego, al reparo del viento intentó describir lo acaecido dándole un aire heroico pero, por más que se esforzó, el resultado fue frustrante. Y lo fue porque simplemente no hubo nada notable en la pérdida del barco más viejo de la empresa. Esa nave debería haber sido desguazada mucho tiempo antes pero algún funcionario, desde su oficina y a sotavento del escritorio, decidió que podía seguir dando alguna ganancia.

Cuando entró a la oficina del Gerente de Personal, Rivarola tuvo la convicción que saldría de allí despedido. Pero no sin antes, se prometió, haber descargado todas las frustraciones acumuladas en tantos años de comandar chatarras que todavía flotaban gracias a un milagro inexplicable.

No llegó a decir más que:

¡Buenos días, señor gerente!

Éste, un antiguo capitán, le contestó sin levantar la vista de unas planillas que estaba controlando.

Va al “Rio de la Plata” ¿Tiene todos los uniformes en condiciones? Embarca hoy y zarpa pasado mañana. Buenos días.

Se retiró caminando hacia atrás. Cuando se dio cuenta, se volvió y transformó la retirada en una huída. No paró hasta la puerta del ascensor. Recién allí fue consciente de que, al darle el comando del buque insignia, lo habían convertido en el Comodoro de la Flota.

No hizo falta que nadie lo previniera, del resultado de este viaje, dependía su futuro. Algo así como todo o nada.

Cuando llegó al muelle y bajó del taxi, sus ojos al ver esa masa blanca, inmaculada, no pudieron con su asombro. En la proa, con letras doradas se leía: “RIO DE LA PLATA”. Comenzó a subir por la escala real sintiendo que su valijita, que contenía todos sus efectos personales, tenía un tamaño tan pequeño como ridículo.

Dicen que antes de que embarque un nuevo capitán primero llega su fama. Siempre hay alguien que antes oyó hablar de él. Sus antecedentes no lo ayudaban, no tenía idea de cómo llegó allí, pero no estaba dispuesto a perder la oportunidad que el destino le puso por delante.

Todos estos pensamientos llenaban su mente cuando sintió unos golpes discretos en la puerta del camarote. Ésta se abrió tan solo unos centímetros y la voz del camarero le avisó que faltaban cinco minutos para su entrada al salón de primera clase. Desde esa noche en adelante, durante la cena, debía presidir la mesa principal.

Con otro suspiro decidió que su destino estaba jugado Su imagen en el espejo, impecable, llamó su atención. Su uniforme todavía le quedaba bien, pero le asombró el brillo de los botones. Lucían como nuevos. Sin duda, ese fenómeno se debía a la eficiencia del camarero.

Al salir al pasillo, el segundo oficial le entregó una tarjeta con el membrete de la empresa. En ella estaba escrita la posición actual del buque, las millas navegadas en las últimas veinticuatro horas, la velocidad y también la fecha y hora que se estimaba arribar a Nueva York. Leyó esos datos atentamente, sabía que los pasajeros le preguntarían todo lo que figuraba allí. Mientras se dirigía al ascensor no pudo menos que reflexionar que otro de sus sueños más preciados se estaba cumpliendo. Estaba navegando con rumbo a los Estados Unidos, uno de los países que más admiraba.

Cuando se quiso dar cuenta ya estaba sentado en su sillón. Todo se cumplía a la perfección. Tenía la sensación de estar en medio de un ballet. Las mujeres muy elegantes, los hombres de riguroso smoking. Nadie olvidaba lo más importante, respetar la etiqueta.

Pudo apreciar que cada uno de ellos tenía delante de su plato una tarjeta con su nombre. No hicieron falta las presentaciones y directamente comenzó la cena. Las conversaciones se generalizaron aunque poco a poco el tema que se impuso fue el que sostenía el capitán con las dos parejas que tenía a ambos lados.

¿Capitán, que velocidad desarrolló el buque en las últimas veinticuatro horas? — preguntó el señor Rossembaun, conocido joyero de Buenos Aires.

Veinticinco nudos de promedio. Podemos decir que es una velocidad excelente— respondió el Capitán.

¡Qué bien, no veo la hora de llegar a Nueva York! ¡Adoro Nueva York!— afirmó la Sra. Rossenbaum

Sin duda, es uno de los puertos más atractivos— acotó Rivarola

¡Por fin llegaremos a un país como la gente, no veía la hora de hacer este viaje!— la mujer no podía con su entusiasmo.

El mejor país del mundo— comentó su esposo.

El Capitán, tratando de incluir en la conversación a la pareja que estaba al otro lado, se dirigió al hombre preguntando:

¿Su destino también es Nueva York, señor Pickempack?

No, descendemos allí pero continuamos viaje en avión hacia Alemania.

Otro país ejemplar— afirmó el capitán creyendo estar cumpliendo con eficiencia sus funciones de anfitrión.

No se pueden comparar— intercedió la Sra. Rossenbaum.

Yo creo que sí. — Contestó Rivarola tratando, al mismo tiempo, de entender el mensaje de alerta que le enviaban los ojos del Comisario— En pocos años Alemania estará entre los primeros países del mundo

La mujer no se detuvo allí sino que comenzó a degradar cada opinión favorable a Alemania que exponía cualquiera de los demás pasajeros. Intervino el Sr. Pickempack, que no podía ocultar su ascendencia germana. Lo hizo con mucho tacto pero la guerra estaba desatada y el Capitán no sabía cómo detenerla. Como solución se le ocurrió alabar la eficiencia de las autoridades migratorias de ambos países y, sobre lo bien que recibían a los pasajeros. En especial a los de primera clase.

Fue como echar nafta al fuego. Recién en ese momento el Capitán comprendió la mirada del Comisario. La mujer, en su brazo derecho llevaba un apósito color piel, creyó, con ingenuidad, que tal vez cubría una afección cutánea. Pero fuera de sí, la Sra.Rossenbaum se arrancó el apósito y allí, algo borrosos, aparecieron tatuados una serie de números.

Al mostrárselos le dijo: —Esto me lo hicieron en Alemania ¿Qué opina de algo así?

El Capitán Rivarola, acorralado sólo atinó a contestar…

Bueno, ya ve de qué forma eficiente y práctica eliminaron los pasaportes, los documentos de identidad y todos esos papeles inútiles que piden los funcionarios de migración ¿no le parece?

                                                                                                         Hugo Portillo

 

Demandas de vida

OVULO

A partir de la concepción, el ser humano en estado fetal está cómodamente instalado en el útero materno y recibe, sin demandar, todo lo necesario para seguir viviendo. Ese estado surge de la unión de otros elementos vivos, como lo son el óvulo y el espermatozoide.
Recibido lo que llamamos “el soplo de vida” el nuevo ser es maravillosamente atendido en todas sus exigencias de crecimiento en una especie de vacaciones que duran nueve lunas, aproximadamente nueve meses.
Pero como todas las holganzas duran menos de lo que quisiéramos, llega el día en que el nuevo ser, ya con su sexualidad todavía inconfundible, sale al mundo real, abandonando esa especie de pileta de natación de jugos nutritivos y lo hace emitiendo el primer estridente llanto, como una premonición de lo que le espera.
El primer período de su vida, la tierna infancia, es bastante parecida a la anterior ya que tiene a su alrededor quienes lo siguen atendiendo, tratan de divertirlo, no necesita trasladarse pues sus progenitores y el resto de la familia, se ocuparán de cargarlo.
Todas sus demandas naturales estarán asistidas y hasta sus caprichitos. Pero llegará el primer cumpleaños y a partir de entonces deberá ocuparse, personalmente, de aprender a caminar sin ayudas y soportar los primeros porrazos de su vida esto “para que vaya aprendiendo que nada es gratis”.
La cosa comienza a ponerse complicada pues tendrá que comer en adelante los que le pongan enfrente. Se acabó la teta, asunto que se resistirá admitirlo el resto de su vida, hasta con empecinamiento. Ya llegará el tiempo en que elegirá la comida, si tiene suerte y se lo permiten.
Con dolores nuevos dejará atrás la infancia y la pubertad y a esta altura se bifurcan ostensiblemente las vidas según el sexo.
Los varones, en este lado de la vereda, tendrán sus demandas en estudio y orientaciones distintas a las de la acera de enfrente y allí andarán las mujeres con las suyas propias. Aún así todos llevarán un invisible imán ubicado en la libido que se obstinará en atraerlos mutuamente, para que puedan caminar juntos en una sola vereda y fructificar una nueva vida, volviendo al primer renglón de este cuento.
En casi todas las sociedades esta etapa de la vida es en la que el hombre y la mujer renuevan las demandas y encaran una existencia productiva estudiando, trabajando, formando familia, teniendo hijos, asegurando el futuro y viviendo intensamente, para lo cual reúnen todas potencias que se lo permiten.
Pero como tampoco lo oneroso debe durar más de lo conveniente, llegará el momento en que demandarán un buen pasar más descansado, al ver que ha llegado el momento de disfrutar de todo lo logrado en los años de sacrificio. Y mientras sus hijos se abocan a recorrer el camino que ellos dejaron, comienzan a transitar una de las mejores temporadas, que no es otra que aquella donde ya no hay prácticamente nada que no sepamos y tampoco queremos que ningún cargoso venga a molestarnos preguntando sobre esas cosas que ya no existen, porque desaparecieron con el tiempo.
Este período es justamente el que aprovechamos para concurrir a un montón de talleres de entretenimientos y círculos donde el componente social es tan importante como el de actualización al nuevo mundo, donde conocemos gente maravillosa que tiene nuestras mismas demandas y aprendemos cosas sin recurrir a nuestros nietos, cuya vida lleva una velocidad que no podemos alcanzar.
Pero el largo recorrido nos ha enseñado que hay que vestirse despacio si estamos apurados y que ya no tenemos porqué apurarnos. Que el futuro que tenemos adelante no nos urge alcanzarlo y que, al no tener ninguna fecha cierta debemos proceder como si nunca fuera a llegar.
Nuestra ficha caerá solo cuando hayamos hecho aquello a lo que nunca nos habíamos animado y hayamos leído el último libro de nuestra inmensa biblioteca.

                                                                       Enrique Lombardo

El último aplauso

 

BAR

El Café y bar El Chino, se encuentra en un barrio silencioso, de Barracas, con sus calles empedradas y amplias veredas. Frente al local se halla un gran árbol, con un tronco inmenso, con sus copas cargadísimas de hojas negras y grandes flores blancas, que llenan todo de un olor muy agradable, son magnolias. El café en su parte externa es mediocre, sus paredes son viejas con rajaduras y lo que queda de pintura esta descascarada. En su interior es amplio, con piso de madera, hay olor a fritangas, empanadas, tortas fritas y chorizos. A este lugar, venía Irigoyen, y posteriormente se lo veía a un joven, alto apuesto, siempre con un piloto sobre los hombros y el diario bajo el brazo, era el entonces Capitán Juan Perón, que se tomaba un vermouth con chicharrones, también solía venir el Doctor: Arturo Jaureche, esta documentado en las fotos que están en la pared. O sea que el bar del Chino Galván, tiene estaño, calle. Ahora también viene la resaca de barracas, la resaca noctámbula en el buen sentido de la palabra, para dar una definición digamos. La gente que llena este lugar los viernes y los sábados, son todos laburantes, los une algo en común, la pasión por el baile y el tango. La mayoría, son separados o viudos, todo el mundo canta con guitarra y bandoleón, al dueño le dicen el chino, es un pingo, le gusta todo esto y le da oportunidades al que quiere cantar, el mismo dice las glosas de los tangos y recita. La más querida es Esther, que tiene 81 años, viene a cantar el tango Malena y de paso se come unas empanadas, la vieja valga la paradoja, lo canta como ninguna, también vienen Rosita, Gladis, Claudia, la Tana Filomena, que canta milongas y todo el mundo la aplaude, no porque cante bien, sino por su cuerpo escultural y ampulosos senos, que parecen melones, el más cómico es el “nene” Rosales, le dicen ese apodo porque mide dos metros, el nene canta bien, pero apenas toma unas copas medio adobadito, se queda dormido en la mesa. Entre ellos se ha creado un clima de hermandad, todos son perdedores, aunque ellos ahí se creen triunfadores.
Últimamente el que más se destaca es el Tolo Tolosa, que es sepulturero en el cementerio de Chacarita. Tiene la voz muy parecida al Rolo Lezica, que fue cantor de la orquesta de Héctor Varela, cuando canta el Tolo, se apagan las luces y queda iluminado sólo el escenario, ronda un clima de misterio que hace que uno se deleite, el Tolo, cuando canta se posesiona de tal manera, que el silencio es total, los tangos, “loca y la Fosforerita”, como el, no lo canta nadie, cuando termina el aplauso es estruendoso, y todo el mundo grita, bravo Tolito sos Gardel, cantate otra, es un tipazo, últimamente no es el mismo, ha cambiado, se lo ve medio bajonado, decaído, espiritualmente. Lo que pasa tuvo varias parejas, con la que más duro fue con Mabel por celos de esta, por la vida noctámbula de el, se separaron, ahora vive con su madre doña Ana a quien venera, pero él cuando recuerda a Mabel se le eriza la piel, es que fueron ocho años juntos, y estar con ella era una fiesta continua, es de esas mujeres que dejan su marca. Volviendo al café del Chino, ni los músicos ni los cantores cobran un sope. Lo hacen por amor al tango, lo llevan en la sangre. En ese lugar ellos son otros, son lo que les gustaría haber sido. Eso sí no hay levante, a lo sumo cuando se arma el bailongo, obvio por razones de espacio, se baila apretadito y bueno son seres humanos, algunos besucones y tocaditas hay, pero nada más, por lo menos ahí…
El sábado último, para el Tolo, fue una noche de gloria, en ese templo del tango, todos los temas que canto le salieron uno mejor que otro, como siempre después el aplauso y a coro ¨bravo Tolito, no te mueras nunca¨ Pero claro en la vida nada es previsible y todo tiene su tiempo. El Tolo extrañaba a Mabel y a ella le pasaba lo mismo. De pronto la vieja Esther, lo felicito y le dijo veni.
—Escúchame Tolo, ayer en un negocio estuve con Mabel, dejo entrever que te extraña. Permitime, que te diga algo, qué te pasa, ya tenes sesenta años, toda la vida no vas a vivir con tu vieja.
— Esther, gracias, mi madre me dice lo mismo, no sabes la alegría que me das, te prometo que mañana voy a visitar a Mabel. Al otro día Mabel no trabajaba porque era domingo, cuando esta lo vio se mostró feliz y dubitativa, seguro por la emoción, almorzaron juntos y hablaron amigablemente de temas diversos. Los dos hablaron al final de lo que ellos deseaban, ¡volver a estar juntos¡ siempre estuviste en mis emociones dijo Mabel, siempre te quise, pero perdóname, Tolo, no queda bien que diga esto, pero lo que hablamos es con una condición.
—Si te escucho.
—Si me amas…! yo o el tango¡ Después de un largo silencio, como si estuviera meditando.
El Tolo, dijo:
—Mabel acércate, que te respondo en susurro, ella acerco su cara a la de el.
—Escúchame mi amor, te prometo que el sábado pasado, el sábado pasado, fue el último aplauso.

                                                                                    Juan Carlos Masochi