Pronóstico resevado

Autor: Gustavo Gonzalez

Mis problemas empezaron esa mañana que, en ayunas, dijo “si realmente me querés hacé que mañana llueva” Era imposible conseguirlo con tan poco tiempo. Al mediodía me llamó a la oficina. Hablamos. Lo más interesante lo dijo después de haber colgado. Pero yo no alcancé a oírlo. Imposible olvidar como lo había pronunciado, sin mirarme, la vista fija en el interior de sus párpados “si me querés; si realmente me querés, hace que mañana llueva” Ya no alcanzan los dulces, las salidas a cenar, ni siquiera ignorar a los demás. Mordió cada palabra de una forma triste, cierto temblor en el labio de abajo confirmaba que era una última oportunidad. Según el pronóstico no llovería en ningún lado de los que podía alcanzar a pie, o en coche. Hacía tiempo que me estaba poniendo a prueba, había bajado de peso, dejado de fumar; pero como esta vez, nunca.

La reconstrucción de los hechos no pudo aclarar los motivos. No encontraron nada que anticipara ese resultado. Algunos, los mas necesitados de una explicación, sostuvieron que cuando colgó tenía una expresión extraña mientras decía “mañana el sol no saldrá para todos” Casi nunca miento. Hace tiempo le dije a mi amigo Ramón que una vez estuve a punto de ver un fantasma. Se me podrá tildar de pretencioso, pero cuesta mantener que mentí. Si lo menciono ahora es para que nadie ponga en duda la tormenta del día siguiente, las gotas viajaban con tal fuerza que parecían salivazos de un Dios enojado. En esas condiciones un entierro pierde toda su dignidad, las carreras, las prisas, no combinan con un acto así. Por suerte, yo no estaba para verlo.

                                                  Gustavo Gonzalez

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El Papanicolau

Autor: Hugo Portillo

Recuerdo que me pregunté: ¿Por cuál de las dos mujeres optaría mi amigo el ladrón? Me sorprendió llamarlo “mi amigo”. Me escandalicé, ¡nunca soñé tener un sentimiento de amistad hacia un delincuente! Sin embargo la última vez que estuvo al alcance de mi vista nos miramos con picardía. El rubor hizo hervir mis mejillas y desvié la mirada.

Mi vergüenza aumentó, todavía más, al reconocer que todos esos pensamientos no encajaban con una persona como yo, lo que se dice una mujer “normal”.

Volví sobre el análisis de quién sería la víctima y me decidí por la chica de la mochila. Al estar parada, la maniobra era más sencilla, alejarse también parecía simple.

Recordé que el carterista se quedaba en el vagón después del robo y creí que buscaba mi mirada. Me convencí de que lo hacía por algún tipo de exhibicionismo. O tal vez me desafiaba ¡Estaba seguro de que yo no sería capaz de delatarlo!

Admití que atreverse a realizar un robo requería mucho valor, pero… ¿Estaba loca? ¡Lo pensaba con fascinación!

Me serené, no podía, de ninguna manera, admirar a alguien que despoja a los demás.

Para alejarme de estos pensamientos vergonzantes comencé a reflexionar sobre mi vida tan carente de emociones. El papanicolau, que hoy iba camino a hacerme, significaba un gran acontecimiento. Este viaje en tren era la excusa para salir fuera del pequeño espacio en el que me movía habitualmente.

No pude evitar volver sobre el tema y me pregunté: Si fuera yo la que realizara el robo ¿Cómo encontraría el valor para hacerlo? Sin duda sería difícil, al principio. Por ser mujer, despertaría menos sospechas. También estaba la ventaja de que, por mi aspecto insignificante, me sería muy fácil pasar desapercibida. Me sentí segura y hasta capaz de hacerlo. Reaccioné como si despertara de un sueño.

El tren ya dejaba la última estación antes de llegar a Constitución. Comprobé que mi cartera estuviera bien cerrada y la colgué de mi brazo izquierdo. El derecho lo usaba para tomarme de los pasamanos. Me levanté y caminé hacia delante siguiendo a otras personas que hacían lo mismo. Los vagones se bamboleaban al entrar en la zona de cambio de vías. Cuando me acercaba a la chica, vi que el cierre de su mochila estaba un poco abierto. En su interior, se veía parte de una billetera roja. Todavía no puedo explicarme cómo, después de pasar por detrás, ésta apareció en mi mano.

El temor me invadió y la oculté rápidamente en el bolsillo de mi abrigo. ¿Cómo llegó eso a mi poder? La mujer que cometió ese robo era otra. Ahora sólo quería escapar y continué apresuradamente mi camino, los nervios me consumían pero necesitaba saber si alguien me había visto. Antes de pasar al siguiente vagón me paré y giré con lentitud. Ni la chica ni nadie se dieron cuenta de nada. Mi cabeza, por el contrario, era un terremoto que a duras penas conseguía disimular que mi yo anterior había quedado muy atrás,

La sangre fluía por mis venas en un vértigo que me hacía sentir sensaciones más que reveladoras. La excitación me hormigueaba hasta en las partes más íntimas. Nunca imaginé algo semejante. El alivio llegó al ver por las ventanillas que el tren comenzaba a detenerse.

Todavía me deleitaba con lo que sentía cuando vi al ladrón avanzando hacia mí. Estaba concentrado en la mochila, su rostro demostró contrariedad al no encontrar lo que buscaba. Sin dudar continuó su camino y lo sentí pasar por detrás mío sin reparar en mi persona.

Un espejo me devolvió una cara pálida, casi cadavérica.

El tren se detuvo, rogué que mis piernas me respondieran y salí a la plataforma. Caminé con la multitud hacia la salida. Mi mano derecha apretaba con fuerza la billetera.

Unos metros más adelante apareció él junto a otro hombre. Estaban parados dejando pasar a la gente. Era evidente que buscaban a alguien. ¡Debí suponer que los carteristas nunca trabajan solos! El compinche, muy agitado, le hablaba al oído. Un momento después me descubrieron.

Nuestros ojos se clavaron uno en el otro. Ninguno desvió su mirada. Seguí caminando como pude, pasé a su lado en dirección a la estación del subte y, al llegar, dejé que la escalera mecánica me tragara.

Un tiempo después recordé este día. ¡Qué revelación fue comprobar lo que fui capaz de hacer!

No sabía que dentro de mí estaba esperando otra mujer, audaz, desinhibida y dispuesta a tomar todo lo que aparecía por delante.

Claro que ahora esa emoción está amortiguada por el paso del tiempo.

Con mi maestro, nos saludamos con la mirada al cruzarnos en un pasillo o en algún andén. Cuidamos de no interferirnos.

Nunca hablamos, no conozco su voz.

¡Ah!… ¡el Papanicolau sigue dando bien!

                                                                          Hugo Portillo