¿USTED NO ME CREE?

Clip_9

AUTOR: Hugo Portillo

—!Yo le digo que en el único momento que un pescador dice la verdad es cuando asegura que otro pescador está mintiendo!

—reconocía Don Jorge con una mirada maliciosa. Ya nos estábamos por ir del puente porque el viejo estaba buscando la forma de comenzar con sus exageraciones habituales. Algunos aseguraban que eran todas mentiras, pero las decía con tal convicción que provocaba la duda de quienes caían en su trampa. Nos detuvimos cuando estábamos a punto de escapar por la escalera y no desaprovechó la oportunidad que ese instante le brindaba.

—Una vez, abordo del “Maximo”, durante la noche, estábamos al garete sobre un banco que hay al sur de Necochea, había una calma chicha que aprovechábamos para dormir y, a la vez reponer fuerzas. Yo también me fui a dormir. El camarote del capitán, es decir mi camarote, como en todos los barcos estaba junto a la timonera. Como a las tres de la mañana me desperté porque el barco rolaba mucho. Pensé que ese balanceo tan pronunciado se debía al mar de fondo pero al mirar por el ojo de buey vi que no había ningún tipo de onda. Un ruido raro me sorprendió, era parecido a un bufido, salté de mi cucheta y fui al puente. Al no ver nada hacia proa me dirigí rápido hacia el costado de estribor y al llegar a la borda vi una nube de agua vaporizada que subía, cerca de la proa. Era una gran ballena que estaba con su lomo pegado al casco. En ese momento pude oír otro ruido igual pero en la otra banda. llegué al costado de babor y pude ver que teníamos otra, también con su lomo pegado al casco. El Máximo medía sólo veinticinco metros y esos monstruos parecían tener las mismas dimensiones. Bajé a la cubierta y asombrado vi que eran ellas las que provocaban los rolidos al frotar su lomo contra el casco para desprender los mejillones y otras incrustaciones que se les adhieren en el lomo. A las dos horas, se fueron y yo me fui a dormir tranquilamente— Mi miró fijo con sus ojos celestes de descendiente de dinamarqueses y se acerco hasta que su gran nariz estuvo a veinte centímetros de la mía y me desafió:

—¿Usted no me cree? Realmente, con el tiempo, ya no le dedicábamos demasiada atención al viejo, nos había cansado con tanta tomadura de pelo, pero parecía que necesitaba tener público a su alrededor, más bien creo que no podía estar solo mucho tiempo y es por eso que trataba de lograr su propósito asombrando o indignando a cualquier tripulante que estuviera cerca. En otra ocasión, estábamos pescando cerca de la costa y con un fuerte viento que venía de esa dirección. En esas ocasiones era común que diversos tipos de aves, cansadas de volar, se refugiaran en el barco. El mozo, un gordito alto e inocente estaba en mi camarote cambiando las sábanas de la cucheta. Por el ojo de buey, que obviamente estaba abierto entró un pajarito que comenzó a chocar contra los mamparos en un vuelo enloquecido tratando de encontrar una salida. Carucha, tal era el sobrenombre del mozo, se asustó y quedó inmóvil con la sábana extendida en sus manos. Fue sólo un instante, el pájaro encontró la salida y desapareció. Don Jorge justo pasó por allí y al ver al gordito en esa posición le preguntó:

—¿Qué te pasa Carucha?

—¡Don Jorge, entró un pajarito por el ojo de buey… la verdad… me asustó!

—¡Eso no es nada!—le respondió el viejo

—A mí, una vez, me entró un delfín, eso sí, era de los chiquitos

—y se retiró tratando de contener la risa. Creo que esta costumbre de llamar la atención ya era patológica, y no parecía importarle las consecuencias ya que su credibilidad había llegado casi a cero. Sabía que el tiempo se terminaba. La jubilación se acercaba y en su fuero interno sentía el dolor de dejar una vida que transcurría entre el puerto y el mar, rodeado de gente igual a él. Lo único que le quedaría serían los recuerdos y las anécdotas. que ciertas o no, ya eran famosas en todos los bares de la ribera. Sentía que se iba quedando sin oyentes, sus historias ya no las repetía por temor a quedarse solo. Para él sería morir en vida y luchaba contra eso tratando de seguir siendo importante, o al menos así lo creía. Su sueño era pescar algo extraordinario, que lo hiciera pasar a la inmortalidad, algo que lo acompañara en los años de soledad que le esperaban. El invierno nos llevó al norte, a la altura del Río de la Plata, pero muy al este de su desembocadura. En esta zona es muy común los cambios de la corriente ya que allí se mezclan la cálida que llega del Brasil y la fría de las Malvinas. Por eso había días que en lugar de merluzas, pez de agua fría, aparecía una bolsa de peces de todos colores propios de las aguas tropicales. Cuando esto sucedía los marineros manifestaban su descontento con una silbatina generalizada. Esto hacía que Don Jorge desapareciera de la ventana del puente donde siempre se apostaba para dirigir las maniobras de pesca. Esperaba que llegara algún pez que por lo raro o lo grande lo hiciera más famoso sin tener que mentir o exagerar, como cuando dijo que, a bordo del “Roldán” había pescado una merluza ¡que en lugar de escamas tenía plumas! O la vez que dijo que pescando en la bahía de Samborombon había tantos mosquitos que al golpear una palma de una mano contra la otra se obtenía una pelota maciza de mosquitos. Se notaba su ansiedad por las recomendaciones que me hacía.

—¡No olvide decirme si ve algo raro! Finalmente sucedió que al traer la red se notó un bulto muy grande, Don Jorge gritaba como un poseído. Me gritaba

—¡Quiero ver lo que trae!

—¿Qué es?… ¿Qué es?— vociferaba sacando medio cuerpo por la ventana.

Era un pez espada, gris azulado, todavía vivo, que al moverse impresionaba a los marineros a pesar de estar acostumbrados a estas cosas.

—¡Es un pez espada! le grité desde la popa.

Comenzó a caminar por el puente gritando

—¡Yo sabía!…¡Yo sabía!

—y volvía a la ventana para ordenar que nadie se atreviera a tocar el pescado. Que era suyo, sobre todo la espada. Los marineros, con ayuda de dos aparejos lo corrieron a un costado, quedó medio oculto detrás de una red de repuesto y continuaron con su trabajo. El pez medía casi cinco metros, con la espada incluida. Era impresionante. Para mis adentros pensé “quién lo aguanta al viejo ahora” Mientras se preparaba el siguiente lance Don Jorge bajó a cubierta con aire triunfal, no faltó el obsecuente que lo aplaudió. Él sonreía dichoso mientras iba hacia la pieza tan esperada. Al llegar se frenó de golpe. abrió la boca muy grande, como para gritar, pero de su garganta no salió sonido alguno. Se dio vuelta hacia los marineros que lo miraban intrigados. Después de algunos sonidos confusos consiguió decir:

—¡Me…me afanaron la espada!— Corrimos a ver ese hermoso animal que ahora se veía ridículo, Todo su aire imperial había desaparecido y con sus ojos enormes y perplejos parecía que tampoco podía creer lo que le habían hecho.

—¡Seguro que fueron los maquinistas!¡La puta que los parió!— Gritó con todas sus fuerzas.

Para colmo la espada la habían cortado mal, realmente era una lástima. El viejo, desconsolado se fue yendo despacio hacia el puente. Algunos creímos ver lágrimas en sus ojos. ¡Le habían robado la ilusión! su sueño tan buscado había terminado en una inmensa frustración. Un silencio mortal cayó en la cubierta. Todos quedaron estáticos, nadie sabía qué hacer ni qué decir. Unos pocos maquinistas que subieron a ver la maravilla pusieron cara de yo no fui. Don Jorge se refugió en su camarote, abrió una botella de vino y cerró la puerta. No salió hasta la madrugada del día siguiente. Continuó trabajando pero triste, terriblemente triste. No volvió a contar historias, el brillo de sus ojos se apagó. El buque siguió pescando pero faltaba algo, era como una comida sin condimento, no tenía sabor, faltaba lo principal. Llegamos a puerto, Don Jorge se despidió mansamente y se fue caminando por el muelle camino a su jubilación. Nunca más volví a saber de él, solamente me quedó el infortunio de que, a mí también, me despojaron de la espada que le robé.

                                       HUGO PORTILLO