COMUNICACIÓN VISUAL

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   AUTOR: Héctor Scaglione

Hay miradas de ojos entornados, miradas mansas, amigables.

Hay otras de curiosidad, interrogantes y con los ojos muy abiertos, complementadas con la proyección gestual del mentón hacia el objeto de interés como señalándole.

Las hay libidinosas en desacuerdo con quienes no están receptivos y que rechazarán.

Si la capta un receptor afín y la devuelve, es mirada pasional.

Hay miradas que se cruzan, se enfocan directo a los ojos, bajan de la nariz a la boca, el cuello, vuelven a subir. Recorren al otro como una caricia, ambas miradas se envuelven una y otra vez, cumpliendo un código culminan en los ojos del otro, quedando liados en mutua atracción. Las palabras que seguidamente brotan, sin ser empalagosas complementan la aproximación del primer encuentro.

La mirada del violento en busca de un contrincante, es vector y arma. Quien la cruza y la devuelve, si carece de la carga emocional agresiva con que cuenta el otro, es lazo de realimentación que le transmite el miedo, y se presta al sometimiento del agresor. En las artes marciales se recomienda evitar la mirada directa de quien está en actitud belicosa.

Se miran, se estudian, pueden tener historias compartidas o diferentes y en ese intercambio, si no hay aceptación pueden resultar inquisitivas, molestas.

Ante un par de ojos escrutadores, penetrantes, hay dos caminos, o se baja la mirada a ras del suelo, en otra dirección o se desafía al mirón/mirona.

¡Qué te pasa! ¡Te debo algo!

No, nada, simplemente te miro porque me despertaste la curiosidad.

¿Tengo algo raro que te llama la atención? ¿O pretendés algo más?

No, mirá es simple, me resultaste parecida al personaje de una historia que estoy escribiendo

y aparentemente tenés sus características.

La idea parece interesarle.

Escuchame bien lo que te voy a preguntar la tipa de tu historia, digo, de qué la va, es una mina piola o ¿simplemente una atorranta?

La toma amigablemente de los hombros y, con delicadeza la aparta.

Vení que te explico.

                                   Héctor Scaglione

 

VEA…JUEZ

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Un cuento de Hugo Portillo

Vea… juez: Yo tuve muy fundadas razones para hacer lo que hice. Cuándo apareció ante mi vista ese papel, me di cuenta de que lo que yo había construido con el sacrificio de toda mi vida, corría el riesgo de derrumbarse para siempre.

Lo reconozco, lo que logré fue por la vía, digamos…”directa”. Sé que el común de la gente toma otras rutas. Rutas más largas, honestas… dicen. Eso nunca lo entendí muy bien.

Lo que sí estoy seguro, es que el hijo de puta de mi padre, estaría orgulloso si pudiera ver a dónde llegué.

Digo que era un hijo de puta porque no hizo nada en la vida. Se la pasó hablando mal de todo y golpeando a mi madre cada vez que le pedía dinero para la comida o para mandarme a la escuela. Decía que todo eso no servía para nada. Que lo único importante era aprender a no dejarse cagar por los demás y, por supuesto, si se podía tomar ventaja, a no dudarlo. Sí, como usted estará pensando, mi viejo era todo un “cagador”.

A duras penas aprendí a leer, pero después no me paró nadie. Leía todo lo que se me ponía por delante. Aún hoy cualquier inscripción me llama la atención, ¡por eso me detuve a leer ese papel!.Terminé descubriendo el diccionario y me fascinó la cantidad de palabras difíciles de pronunciar que tenía. Para mí, fue como un juego de trabalenguas. Muchas palabras difíciles pertenecían a la medicina y me detuve mucho tiempo en ellas. Con el tiempo llegué a pronunciarlas muy bien. Además, cuando estuve enfermo en el hospital, reparé en la cara de admiración de la gente -¡especialmente de las mujeres!- que quedaban fascinadas con ese aire doctoral de lo médicos.

Quise ser uno de ellos y debía buscar el camino más corto.

Utilicé influencias y conseguí entrar a trabajar en el hospital más grande que había en la ciudad. Limpiaba pisos, pero estaba cerca de mi objetivo, que era lo que yo quería.

Copiaba sus gestos, sus expresiones y también la forma como trataban a los pacientes , enfermeras, residentes y familiares de los internados. No perdía ningún detalle. Cuanto más pasaba el tiempo, más me convencía de que ese sería mi futuro. ¡Yo sería uno más!

Usted se dará cuenta, Juez… de cuánto esfuerzo deposité en mi proyecto de vida. Es por eso que creo, es más, estoy convencido, de que este ensañamiento con mi persona es absolutamente injusto y apelo a su comprensión y sentido común.

Como decía, un residente se fijó en mí y trabamos una amistad que llegó a ser muy íntima. Acepté su propuesta homosexual y me fui a vivir con él . Para mí, era una experiencia ya vivida, la conocí a través de mi propio padre y no consiguió alejarme de mi cometido. Sólo era un paso necesario para mis fines. Convivimos hasta que llegó el día en que terminó su residencia.

Esa noche lo maté.

Usurpé su lugar y finalmente le pude decir a mi madre que su hijo ya era médico. Tuve algunos tropiezos cuando me integraba a mi profesión, pero, con los años, mi vida se fue volviendo un éxito. Hasta puedo decir que se me murieron pocos pacientes. Disfruté del status, y del dinero que llegaba en abundancia.

Sólo me faltaba tener una familia y la tuve. Era la cobertura perfecta

Si no hubiera llegado a mis manos aquel anónimo, todo hubiera sido perfecto

Eran sólo dos palabras, pero envenenaron mi existencia. Un miserable papelito, de esos cuadrados, de colores, que están en todos los escritorios. Decía “Yo sé”. Recuerdo que al tomarlo miré nerviosamente hacia todas partes. Mis manos temblaban incontroladas. Me sentí desnudo, despojado de todo lo que era mío. Me indignó esa forma cobarde de atentar contra mi persona.

A partir de ese momento esa frase comenzó a perseguirme. Llegué a verla escrita en paredes, puertas, en vidrios empañados o sucios, de las ventanas o de los autos, también en los lugares más extraños. La veía borrosa, a veces casi ilegible, a veces en colores, pero era ella. ¡Estaba en todas partes!.

Quien quiera que fuese que sabía algo sobre mí, se había propuesto perseguirme sin piedad.

Más adelante comencé a sobresaltarme con la mirada de la gente. El “Yo sé” lo veía en el brillo irónico y burlón de los ojos de todos los que me miraban. ¡Hasta creí verlo en los de mi mujer!.

Angustiado trataba de saber si en mi historia podía haber quedado algún hilo suelto. Repasando mi vida descubrí muchas desprolijidades y estas, sin duda, me delataban, pero no pude saber quién estaba tras mis pasos.

Una tarde, en la soledad de mi consultorio, mientras escuchaba llover, llegué a una conclusión: Debía eliminar a la persona que más me conocía, esa era mi secretaria que también era mi amante. Sin duda era quién estaba en mejores condiciones de delatarme. Creí estar seguro de que el papel lo había escrito ella. Después de todo sentía cierto despecho, porque yo demoraba un prometido divorcio, al que no tenía intenciones de llegar.

Esa tarde de lluvia, estábamos solos y apreté con mis manos su delicado cuello hasta que dejó de respirar y murió. Usted comprenderá que era un problema en ciernes y lo solucioné. Sin embargo el “Yo sé” seguía apareciendo por todas partes.

Mi mujer siguió el camino de mi secretaria. Cuando dejó de respirar me di cuenta que no tenía nada que decir.

A mis hijos sólo los salvó Dios.

Créame…Juez, Después de esto yo llegué a pensar en morir, pero mi cerebro no me lo permitió porque no encontró una causa para hacerlo.

Aún así insisto en que la culpa de todo la tiene esa maldita frase.

Todavía la sigo viendo en todas partes.

                                      Hugo Portillo