El niño y la cabra

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EL NIÑO Y LA CABRA
Un cuento de 
Alejandro José Ramon

Nadie piensa que cada comida puede ser la última. En esta guerra es mejor no pensar. En cualquier guerra es mejor no pensar, ni hablar. Cuanto menos se sabe del que está al lado, menos se sufre su muerte. De tanto tenerla cerca, el soldado cree que no le teme. Pero no es verdad. Al comienzo llora, pero las lágrimas se secan pronto y deja de llorar. El soldado termina por habituarse, no se despierta con las bombas, anda con la muerte al lado sin darse cuenta porque se le hace costumbre, como los viejos, pero el miedo no deja de perseguirlo, es tan profundo, está tan dentro que parece un gusano anidado en los tuétanos. La diferencia es que los viejos saben con certeza cuál será el lugar donde se volverán polvo.
Su capitán le ordena tirar sobre el que intente entrar o salir del edificio, cualquiera sea. Él se niega. El día anterior vio un niño, no tendría más de diez años, pálido como un ángel, casi transparente, que llevaba una cabra atada con una soga. Al fin acató, el soldado siempre acata, no piensa, no interpreta, se convierte en un extraño animal, el único que no huye del dolor.
Antes de amanecer, se situó en el punto de observación y esperó quieto. Tres horas después estaba muerto. Bastó un solo disparo. Cayó con un hueco sangriento que le agrandaba un ojo.

Dispara con precisión, es uno de los mejores. Ha raspado el pulpejo del índice hasta dejarlo casi sin piel, para que las terminaciones nerviosas apoyen directamente sobre el gatillo, para que el acero se convierta en una prolongación de su propia carne. Aprendió a utilizar la inmovilidad y el silencio. Su vida se ha convertido en la suma de solitarios e intratables momentos. Un gesto, un ruido, un reflejo y no se cuenta el cuento. Los francotiradores llegan a congelarse luchando estáticos contra el frío y contra el sueño.
Al edificio, tan lastimado, ya no le queda techo. Pese a estar lleno de boquetes y tener las columnas quebradas, se refugia gente. No se las ve pero hay gente escondida. La mira telescópica recorre los agujeros. De vez en cuando un movimiento fugaz, ligero. No se distingue si es un hombre o es el viento. Oscuramente palpitan las incógnitas. Ayer el niño dejó la cabra atada a un hierro, cruzó la calle y desapareció tras un tanque deshecho.
Nieva sin cesar. Una colcha blanca lo cubre todo por completo. El frío lo aletarga. Entorna los ojos, sólo eso. Por alguna razón siente que se ha abierto su cabeza, como si los huesos se hubiesen separado. Alka entra como un chorro de luz helada. Lleva ropa liviana y guantes, los que usa cuando poda los rosales. La brisa le hunde la falda entre las piernas. Tiene los cabellos derramados sobre la cara. Mirko juega en el parque, lleva un cesto. Mirko, su pequeño. Han saltado desde el sueño a la penumbra del escondite, con esa extraña habilidad que tienen los muertos.
Como siempre que Alka lo mira, un resplandor le anda por la sangre. Se pregunta si será su pelo, su cara redonda o sus ojos celestes. Se pregunta qué hace Alka frente a él, que acecha a un niño camuflado entre los escombros. Qué hace con un sobrero de paja, caminando entre las flores, arrancando hojas secas. El sol ya abandonó su escondite tras la tierra, ha trepado en el cielo. Alka no habla. Por lo visto, ella también sabe que no debe hablar ni moverse. Sin embargo, se mueve, ahora viene hacia él con Mirko, que arrastra el cesto de los juguetes. El niño lo ha visto y agita su mano. Todo es tan extraño… Abre los ojos y se sorprende. Vuelve a ver el edificio lleno de agujeros. Parece como si nada hubiese pasado, sin embargo ve la cabra atada a un hierro. El niño no está. “Puede que haya salido -piensa-. Acaso haya ido tras de Alka. Eso no es posible porque Alka está en… ¿Dónde está Alka? ¿Dónde está Mirko? No son soldados ni son prisioneros. Ellos no forman parte de esta guerra, están lejos, están en el verano, los he visto en el parque, bajo el sol”.
Espera a que el niño vuelva. Esa es la orden. No quiere mirar. Si lo descubre deberá dispararle, y no quiere. Abre los ojos, porque ese es su deber, y se queda inmóvil, agobiado, aguardando que aparezca de un momento a otro. Se tornaba más dudosa, más fantástica y a la vez más real la aproximación a la muerte. Vuelve al lugar donde había dejado sus pensamientos. Ese niño flaco no es Mirko. Los dos tienen el pelo negro, pero Mirko no es flaco. Ellos comen, Alka y Mirko comen todos los días, él les manda dinero, el que le pagan por matar albaneses, o croatas, o servios. Ni recuerda a quienes debe matar. El mata a los que le mandan. No sabe si son musulmanes, o católicos, o judíos. No se fija sin son jóvenes o viejos. Pero a los niños no, no quiere hacerlo. Todos los niños se parecen entre ellos, se parecen a Mirko. Estos niños son flacos, pero se le parecen.
Alka apoya la cabeza en su pecho, es como de piedra. No puede acariciarla con sus dedos tiesos. Las ruinas están cubiertas por una bella alquimia de luz y nieve, sin tiempo. Mirko cruza corriendo. Lleva la cabra con una soga atada al cuello. Siente que comienza a morir, que la muerte va metiéndosele, lenta y fría, adentro. En medio de ese momento de incandescencia grita
––Mirko –Su grito retumba en el silencio de los bombardeos.
Suena un disparo. Un ojo se le transforma en hueco.

                           Alejandro José Ramón

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