CENIZAS

Clip_8

Y allí estaba yo, frente al club náutico, tratando de ordenar las emociones y los recuerdos de una infancia feliz junto a mis dos seres más queridos. Sus restos se unirían simbólicamente cuando el contenido de la urna que llevaba en mis manos se sumergiera en el agua.

Golpeé ansiosa la ventanita de la gran puerta de acceso. Se abrió y una parte de un rostro oscuro e inquisidor me miró como se mira a un insecto.

¡Buenas días! Saludé amablemente al guardia de seguridad.

Buenas…— Me respondió el morocho, con cara de estreñido.

Señor, vengo a cumplir la última voluntad de mi madre. Ella pasó muchos años en este club ya que mi padre fue socio fundador y su deseo fue que sus cenizas, que traigo en esta urna, sean arrojadas al agua desde el muelle. De esta manera, sus restos acompañarán a los de mi padre que fueron lanzados desde el mismo lugar hace cinco años.

¿Es Ud. socia?— preguntó, seco, cortante.

No, pero lo fui hasta hace un año atrás.

No puede pasar— respondió con la mirada puesta en el infinito.

¡Pero señor, sólo necesito unos pocos minutos! ¡ por favor, póngase en mi lugar!

La puertita se cerró en mis narices.

Me dí vuelta desolada, sintiendo cómo mi sangre comenzaba a hervir. La actitud de ese hombre trajo a la memoria otros tiempos en los cuales los uniformes aplastaban nuestra vida. Desde entonces, cuando veo a alguien vestido de esa forma me pongo tensa, no lo puedo evitar.

El club náutico, lugar donde pasé gran parte de mi infancia ahora me recibía con un muro inexpugnable, pintado de verde y con alambres de púa en lo alto. Aquello, era tan infranqueable que me amedrentó.

Recordé un cerco de ligustro, con un portón siempre abierto, por allí entró. hace muchos años, aquel velerito que mis padres compraron con tantos sacrificios.

Quedé tan apesadumbrada que no me moví del lugar por varios minutos. Cuando reaccioné pude ver otra puerta, también verde, que tenía un cartel que me devolvió la esperanza “ADMINISTRACIÓN”. Sin dudar, pensé, —¡Debí empezar por allí!— me acerqué y apreté el botón del portero eléctrico.

¿Quién es?— preguntó una voz metálica de mujer.

¡Buenos días! Vengo a pedir autorización para llegar hasta el muelle. Debo arrojar al agua las cenizas de mi difunta madre. Estoy cumpliendo su última voluntad ya que hace cinco años, desde ese lugar, hicimos lo mismo con las de mi padre que fue socio fundador del club.

Un momento— respondió

Esperé algunos minutos y ya estaba a punto de volver a pulsar el timbre cuando volví a oír la misma voz.

¿Su madre era socia? —preguntó

No, renunció al club cuando murió mi padre. Lo hizo porque este lugar le traía recuerdos muy dolorosos— respondí algo confusa. Me era muy difícil sostener una conversación con una rejilla incrustada en la pared.

Espere por favor— Y luego de un lapso que me pareció excesivo volvió a hablar:

Mire señora: Lo siento mucho pero si su madre no era socia no la puedo dejar entrar ¿es usted socia?

No, pero…

Le repito, sólo están autorizados a entrar los socios que tengan las cuotas al día.

Escuche… fui socia desde mi nacimiento hasta la muerte de mi papá ¡Pertenecí al club treinta y dos años!

Es una pena, si fuera socia, con las cuotas al día, podría entrar aunque no puede arrojar nada al agua. Para eso están los recipientes que existen a tal efecto.

¿Se refiere a los tachos de basura?— pregunté indignada.

Señora, no lo digo yo, lo dicen los reglamentos. Lo siento mucho.

Usted es una…, no pude continuar, las lágrimas brotaban incontenibles y la indignación no me dejaba seguir pensando.

Puede presentar una nota a la comisión directiva del club. La van a considerar en la reunión mensual.

¡Hija de puta!¡ TENDRÍA QUE DARTE VERGÜENZA! Es lo único que salio de mi garganta antes de que un nudo la cerrara. Estrellé mi puño contra la tapa de plástico del intercomunicador, sólo logré lastimarme los nudillos. El dolor acrecentó mi furia. Estaba totalmente fuera de mí.

¡Señora contrólese! — me decían las ranuras.

El único objeto contundente, al que pude acceder, fue uno de mis zapatos que no sé cómo apareció en lai mano derecha. Los golpes con el taco fueron rompiendo el aparato hasta que la voz de la maldita bruja se extinguió.

Ni aún así salió nadie, ni siquiera el guardia de seguridad. Quedé en la más cruel soledad, parada en medio de la vereda y con la urna bajo el brazo izquierdo.

Me alejé sollozando, la angustia me doblegaba, no podía creer lo que me pasaba. Sin embargo cuanto más me alejaba, más crecía en mí la determinación por cumplir con la misión que me había impuesto. El sol bajaba y los verdes se oscurecían, dudé si no sería mejor esperar al día siguiente. En ese momento me pareció que la urna vibraba levemente. Sin dudar lo interpreté como una señal.

Mamá, yo te prometo que no voy a parar hasta que llegues junto a papá. Creo que lo dije en voz alta y con toda mi convicción. Me alejé tratando de recapacitar sobre cómo sería la próxima batalla

Varios días después, y recapacitando sobre el episodio tan frustrante del intento de ingresar al club, advertí que salvo el guardia de seguridad nadie me conocía. Por lo tanto yo podría ingresar invocando otro motivo y una vez adentro cumplir mi objetivo.

La suerte se encargó de que hubiera en la puerta un papel pegado con cinta adhesiva que decía “se busca ayudante de cocina”.

El haber vivido tanto tiempo a bordo del velero nos llevó, a mi hermana y a mí aprender a cocinar y a muchas cosas más.

Todos sabíamos hacer todo.

Cuando le comenté a Juana mi plan, dijo que estaba loca y que no valía la pena meternos en tanto lío. Era una mujer práctica y, a continuación, sugirió que alquiláramos un bote y llegáramos al muelle por el agua, de esa forma cumpliríamos nuestra misión sin entrar en conflictos con nadie.

Pero yo estaba harta de todas las estupideces de ese club. Ahora no podía entender cómo mis padres aguantaron a toda esa manada de idiotas.

Entré a trabajar a las siete de la mañana de un día que prometía ser caluroso. Cada vez que podían, los miembros de la cocina salían a tomar fresco apoyados en la baranda del muelle. Parecía que sólo allí corría un poco de aire. Eso no me ayudaba.

Decidí que debía arrojar las cenizas de una sola vez y que, cuando se dieran cuenta fuera demasiado tarde.

No me di cuenta de que mi hermana, que seguía pensando que estaba loca, venía remando, muy cerca de la orilla, en un bote alquilado en el Río Lujan, muy cerca de allí.

Yo continuaba paso a paso con mi estrategia. Convencida de que el guardia representaba el autoritarismo del gobierno, la empleada era la estupidez de la burocracia, y el presidente del club un auténtico pavo real. Ninguno de ellos, en realidad, valía nada

Me acodé en la baranda, cuando abrí la urna, estaban todos los miembros de la cocina apoyados del lado de donde venía la brisa. Pero yo sólo veía a mis padres reflejados en la superficie del agua. Parecían felices. Eso me convenció que lo que hacía era cumplir con una responsabilidad para con ellos. Di vuelta la urna y las cenizas volaron hacia el rostro de los demás. Luego, tuve la intención de tirarla al agua pero no la solté y me dejé llevar por ella.

Caí al agua. Quería terminar junto a mis padres, allí abajo.

Comencé a hundirme mientras recordaba que nunca aprendí a nadar. Me convencí de que ya no había vuelta atrás y que estaba siguiendo el designio de mis padres. En ese momento sentí una mano fuerte y nudosa que me aferraba por la muñeca y tiraba para arriba.

Era mi padre que me estaba salvando.

En realidad era mi hermana que me alcanzaba una rama. En ese momento tomé conciencia de lo que estaba haciendo y la ayudé a subirme al bote.

Cuándo nos alejábamos del club, Juana, remando, no paraba de reprenderme por lo que había hecho. Me parecía oír a mi madre.

Sólo atiné a preguntar: ¿Y qué piensa papá de todo esto?

El sonido de los remos bogando pareció traerme su tan recordada carcajada.                                    

                                         HUGO PORTILLO

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2 comentarios el “CENIZAS

  1. walter reynoso dice:

    HUGO EXCELENTE TU AMIGO EL CORSARIO WALREY

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