EL FALCON AZUL

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Autor: Héctor Scaglione

El sol fulguraba con presagios del verano que se acercaba y el paseo por la Bristol hasta el Torreón era un ritual convocador de marplatenses y turistas. José Luis, dueño de la “Sedería Reims” también paseaba junto a algunos amigos aprovechando el sol para alejar la palidez invernal. Alegre y ocurrente, con una sonrisa a flor de labios, querido por sus empleados, amigos y vecinos con quienes siempre hacía algún comentario risueño o alguna chanza con los chismes locales. Mar del Plata en los años sesenta era un pueblo grande y todos se conocían.

Un día, el extrovertido José Luis desapareció sin avisar, ni siquiera a sus familiares o amigos; se esfumó. Se tejieron diversas hipótesis: Que se había ido de viaje a alguna provincia con alguna amante, que andaría medio rayado; que se había tomado un recreo y ya aparecería. De acuerdo con su personalidad esto no era normal en él. Familiero y muy apegado a sus rutinas. Hasta se llegó a decir que lo habían llevado los extraterrestres con auto y todo.

Los secuestros extorsivos existían pero eran una rareza, de manera que nadie mencionó esa posibilidad. La policía a instancias de su familia lo buscaba intensamente. Al no haber dejado nota alguna, no existía ni la más mínima pista para encontrar la punta al ovillo y seguirle el rastro. Con el tiempo todo el mundo se fue olvidando de José Luis. Las autoridades judiciales cerraron el caso y su desaparición quedó como una anécdota picaresca o escabrosa que causó sufrimiento a sus seres queridos.

Sin relación aparente entre un hecho y otro, seis años después, uno de los cruceros internacionales que solían recalar en nuestra terminal marítima, al momento de zarpar, cuando ya se había separado del muelle tocó con la quilla algo en el fondo, deteniendo la arrancada. Tal acaecimiento puso sobre aviso a las autoridades portuarias que decidieron investigar. Y aquella tarde de primavera de 1969 cuando en esos momentos paseaba por el Bulevar Marítimo, en el extremo de la escollera norte se habían juntado muchos curiosos, entre ellos yo. Una grúa de brazo extensible estaba sacando algo del mar. Me acerqué entre los que se agolpaban para ver mejor. Decían que eran los restos de un automóvil, más precisamente de la parte delantera. Cuando los buzos, en el lecho marino pasaban las eslingas de acero para izarlo a superficie, apareció la parte de un coche fácilmente identificable, un Ford Falcon chorreando agua. Bien conservado como si fuese reciente. El paragolpe estaba entero y el cromado perfecto, las dos cubiertas infladas, la carrocería de color azul oscuro y la chapa patente mostraba impecable la numeración; había que mirarlo bien para notar que el agua había roído el tapizado y parte de la carrocería, salvo por el corte transversal, como si hubiese sido con un cuchillo gigante -la quilla del buque, cortó al auto en dos- el resto se encontraba bastante bien conservado. Uno de los buzos que realizaba las tareas, había visto algo en el asiento delantero. Al sacarlo para llevarlo a superficie se encontró con la risa macabra de una calavera. La tomó en sus manos con delicadeza pero en el camino a superficie, se desintegró. La acción del agua, de todas formas, no alcanzó a borrar todos los rastros de su único ocupante. Del lado del conductor, enredados entre los pedales, un par de zapatos con sus medias curiosamente conservadas con restos de huesos en su interior, quedaron expuestos impúdicamente a los curiosos junto a la mitad rescatada del auto.

Atando cabos para dilucidar el misterio. Sucedió una noche, la elegida seis años atrás, lluviosa, fría y desapacible por demás. La escollera norte en esa época, era un terreno llano, sin construcciones ni obstáculos, se encontraba libre de buques amarrados, pescadores nocheros y parejas de enamorados a bordo de sus autos.

Con mala iluminación y descuidada como siempre, un hombre desesperado, consideró atractivo el lugar y el momento. La escena tantas veces elaborada en sus pensamientos, estaba al alcance y en ese momento podía concretarla.

El conductor, a bordo del Falcon azul tomó distancia para asegurarse una buena velocidad final, y aferrado fuertemente al volante como para acentuar la resolución tomada. Con una sonrisa cargada de presagios, inducida tal vez por los fantasmas que no dejarían de atormentarlo, le iba a hacer un clic a la vida para acabar de una vez.

Aceleró a fondo, dejando a su paso un chirrido de neumáticos y olor a goma quemada. En alocada carrera cuando sobrepasó el borde de la pared de piedra del muelle, el auto voló por los aires, en un momento pareció detenerse en el espacio como una marioneta que realiza su última contorsión y cayó al agua en un estrépito silencioso.

Al hacerse los peritajes a pesar de los seis años transcurridos, la parábola que realizó el auto en su vuelo como si fuese un proyectil, cubrió una distancia considerable desde el muelle hasta donde fue encontrado. Según cálculos, en el tramo de unos ochenta metros aceleró a fondo, superando los cien kilómetros por hora y al caer al agua se sumergió enterrándose en el barro del fondo, lejos del lugar de amarre de los buques.

No hubo dudas sobre la identidad de los restos humanos. Los datos del coche por su patente hablaban de la filiación del dueño.

Se intentó descubrir sin éxito qué laberintos intrincados de la mente le provocaron tomar semejante determinación.

     Héctor Edgardo Scaglione

Nota: El hecho aconteció, fue real, los nombres ficticios.

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EL ÚLTIMO APLAUSO

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Autor: Juan Carlos Masochi

El Café y bar El Chino, se encuentra en un barrio silencioso, Barracas, con sus calles empedradas y amplias veredas. Frente al local un gran árbol, con tronco inmenso, con su copa cargada de hojas negras y grandes flores blancas, magnolias que llenan todo de su perfume. El café en la parte externa es mediocre, paredes viejas con rajaduras y lo que queda de pintura descascarada. El interior es amplio, con piso de madera. Hay olor a fritanga, empanadas, tortas fritas y chorizos. A este lugar, venía Irigoyen, y además un joven alto apuesto, siempre con un piloto sobre los hombros y el diario bajo el brazo, era el entonces Capitán Juan Perón, que se tomaba un vermouth con chicharrones, también solía venir el Doctor: Arturo Jaureche, está documentado en las fotos exhibidas en la pared. O sea que el bar del Chino Galván, tiene estaño, calle. Ahora también viene la resaca de barracas, la resaca noctámbula en el buen sentido de la palabra, para dar una definición digamos. La gente que llena este lugar los viernes y lo sábados, son todos laburantes, los une algo en común, la pasión por el baile y el tango. La mayoría, son separados o viudos, todo el mundo canta con guitarra y bandoneon, al dueño, le dicen el chino, es un pingo, le gusta todo esto y le da oportunidades al que quiere cantar, el, mismo dice las glosas de los tangos y recita. La más querida es Esther, que tiene 81 años, viene a cantar de paso se come unas empanadas, el tango Malena, la vieja valga la paradoja, lo canta como ninguna, también vienen Rosita, Gladis, Claudia, la Tana Filomena, que canta milongas y todo el mundo la aplaude, no porque canta bien, sino por su cuerpo escultural y ampulosos senos, que parecen melones, el más cómico es el “nene” Rosales, le dicen ese apodo porque mide dos metros, el nene canta bien, pero apenas toma unas copas medio adobadito, se queda dormido en la mesa. Entre ellos se ha creado un clima de hermandad, todos son perdedores, aunque ellos ahí se creen triunfadores.

Últimamente el que más se destaca es el Tolo Tolosa, sepulturero en el cementerio de Chacarita. Tiene una voz muy parecida al Rolo Lezica, que fue cantor de la orquesta de Héctor Varela. Cuando canta el Tolo, se apagan las luces y queda iluminado sólo el escenario, ronda un clima de misterio que hace que uno se deleite, el Tolo, cuando canta se posesiona de tal manera, que el silencio es total, los tangos, “loca¨ y ¨Fosforerita”, como el, no los canta nadie, cuando termina el aplauso es estruendoso, y todo el mundo grita, bravo Tolito sos Gardel, cántate otra, es un tipazo, últimamente no es el mismo, ha cambiado, se lo ve medio bajoneado, decaído espiritualmente. Lo que pasa tuvo varias parejas, con la que más duro fue con Mabel, por celos de esta, por la vida noctámbula de él, se separaron, ahora vive con su madre doña Ana, a quien venera, pero el cuando recuerda a Mabel, se le eriza la piel, es que fueron ocho años juntos, y estar con ella era una fiesta continua, es de esas mujeres que dejan su marca. Volviendo al café del Chino, ni los músicos ni los cantores cobran un sope. Lo hacen por amor al tango, lo llevan en la sangre. En ese lugar ellos son otros, son lo que les gustaría haber sido. Eso sí no hay levante, a lo sumo cuando se arma el bailongo, obvio por razones de espacio, se baila apretadito y bueno son seres humanos, algunos besucones y tocaditas hay, pero nada más, por lo menos ahí¡…

El sábado último, para el Tolo, fue una noche de gloria, en ese templo del tango, todos los temas que canto le salieron uno mejor que otro, como siempre después el aplauso y a coro ¨bravo Tolito, no te mueras nunca” Pero claro en la vida nada es previsible y todo tiene su tiempo. El Tolo, extrañaba a Mabel y a ella le pasaba lo mismo. De pronto la vieja Esther, lo felicito y le dijo:

—Vení, escúchame Tolo, ayer en un negocio estuve con Mabel, dejo entrever que te extraña. Permitime, que te diga algo, que te pasa, ya tenes sesenta años, toda la vida no vas a vivir con tu vieja.

—Esther, gracias, mi madre me dice lo mismo, no sabes la alegría que me das, te prometo que mañana voy a visitar a Mabel.

Al otro día Mabel, no trabajaba porque era domingo, cuando esta lo vio se mostró feliz y dubitativa, seguro por la emoción, almorzaron juntos y charlaron amigablemente de temas diversos. Los dos hablaron al final de lo que ellos deseaban. Dijo Mabel:

—¡Sueño con volver a estar juntos! siempre estuviste en mis emociones, siempre te quise pero, perdoname Tolo, no queda bien que lo diga, pero es con una condición.

—Si te escucho.

—Si me amas ¡soy yo o el tango¡ Después de un largo silencio, como si estuviera meditando.

El Tolo, dijo:

—Mabel acercate —le respondió en un susurro, y ella acerco su mejilla a la de él.

—Escuchame amor, el sábado pasado, escuchá bien, el sábado pasado fue el del último aplauso.

                                                      JUAN CARLOS MASOCHI