EL MAR

 

EL MAR

           EL MAR

I
Dicen que las mañanas
traen de vuelta a los pájaros
desde el lado oscuro de la luna.
Disfrazan al sol
y dejan las sombras
a los pies de la tierra.
Pero si está el mar
no veremos disfraces
sombras ni pájaros
porque el mar 
traga todas las miradas.

II
Desde su encierro                                                                                                                               mira su propio diluvio.                                                                                                                     Estalla cóncavo y convexo.                                                                                                               Acústica foto en sol menor                                                                                                               donde el viento escribe                                                                                                                             un poema al sur.

              Carlos Pili

DESANGELADO

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Merodeaba en los alrededores de la plaza. Todos lo conocían pero nadie sabía su nombre, si tenía familia o desde dónde había llegado. Era uno de esos personajes oscuros y de edad indefinida que suelen vivir en la intemperie, cerca de donde puedan conseguir un poco de piedad y algún mendrugo de comida. De lo primero, poco, nada a decir verdad. De lo segundo, algo de quienes despertara la caridad o escarbando en los contenedores de desperdicios, pero el hambre continuaba retorciéndole las tripas.

A veces parecía llegar a las capas profundas de su conciencia y entonces, alguna evocación lo retornaba al mundo brumoso que lo envolvía, jugándole bromas pesadas y tenía miedo, un miedo que brotaba desde el laberinto de los recuerdos olvidados o de estar sepulto en vida, entonces emanaba un hedor de espanto.

En lucha con sus fantasmas siempre perdía y se burlaban de él. Los chicos, cuando lo encontraban durmiendo en algún cantero de la plaza, le tiraban piedras, le ataban petardos a los andrajosos pantalones o se los metían en los bolsillos. Él corría para escapar, pero las risas lo seguían junto al ruido infernal que explotaba en los oídos y le quemaba la piel. Entonces, escondido detrás de las plantas se quedaba muy quieto esperando a que se fueran. Pero el corazón era un animal que se le escapaba por la garganta haciéndolo bramar de dolor.

  Había un amor secreto, diferente, solo de él y que nadie se lo podría quitar. La otra, la que lo dejó, a veces llega por las noches para hablarle al oído y él huele el perfume de su aliento mientras suspira abrazado a ella. Cuando tirita de frío, sus caricias lo hacen entrar en calor, y entre los pliegos neblinosos de la mente, ella vuelve a ser real y puede soñar, sueñan juntos, pero en seguida se le escapa, hace piruetas extrañas para recuperarla, se eleva, salta para intentar atraparla, cae y vuelve a saltar pero cuando casi la alcanza, se le escurre entre los dedos, se evapora en el aire, entonces llora mal, sin lágrimas, a los gritos.

  Después de repetir escenas que por lo grotescas alteraban el orden público, los hombres sensatos mandaron a aprehenderlo. Tenía las manos heridas. La ropas hecha jirones y manchadas  con sangre. Al verlos llegar se abrazó fuertemente a su amada, tanto que a los guardianes vestidos de blanco les costaba trabajo arrancarlo. Cuando lo lograron, de su garganta rota brotó un alarido espantoso que pudo ser escuchado en los alrededores de la plaza. Finalmente se lo llevaron abrazado a un chaleco de fuerza con los pies a la rastra mientras lanzaba patadas al aire clamando por su amor. 

  Ella con los senos desnudos, el pubis y gran parte de la piel salpicados por  gotas  púrpura, pareció conmoverse. De sus párpados entrecerrados asomó una línea de luz e hizo un leve movimiento en su dirección… pero no, el rostro permanecía inescrutable y no se movió del lugar en que estaba. Él, cuando giró la cabeza para despedirse, por las mejillas de su amada corrió el rocío de la noche como si fuesen lágrimas, eran lágrimas.

   El tiempo pasó demasiado rápido, él se fue desvaneciendo en el olvido, pero ella, desde su proverbial pasividad pareciera seguir esperando por ese amor extraviado. Continúa en el mismo sitio donde se encuentra tal cuál estuvo siempre, exhibiendo una torneada y perenne figura de piedra.  

                                          Héctor Scaglione