AMOR PROPIO

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Él, Esteban, era perfectamente conciente de su fealdad, es más, al mirarse en el espejo reconocía que su falta de atractivo físico era extrema. Por eso nunca se ilusionó con llegar a conseguir pareja.

Sin embargo era un hombre especialmente concebido para vivir en compañía, desde mucho tiempo atrás ya tenía la certeza de guardar en su interior a la mujer con quien compartiría todo.

Esa tontería de la belleza interior y otras virtudes nunca sirvieron para que alguna reparara en él.

Se acostumbró a vivir así, pero tenía la absoluta seguridad de que algún día transitaría por la vida acompañado, ¡él lo lograría!

Esta afirmación sonaba, cada vez, con más fuerza dentro de su voluntad.

Ya que no podía tener una mujer que quisiera ser su compañera;—¡entonces tendría la mejor!, además sería la más bella, dulce y buena; alegre, inteligente y discreta; elegante, sensata y romántica; habilidosa, respetuosa y silenciosa; no cambiaría jamás las cosas de lugar sin avisarle y, sobre todo, nunca invadiría sus zonas en los estantes; en fin:¡la compañera perfecta!

Como además ya la sentía a su lado la llamó Próxima. Ese era el nombre adecuado. Se le ocurrió al percibir en el borde exterior de uno de sus brazos, no recuerda cual, un leve roce a flor de piel. Lo sintió muchas veces pero, solo después de un tiempo, lo relacionó con que esto sucedía cuando él se trasladaba de un lugar a otro, era como que Próxima caminaba a su lado.

Esto lo llevó a amarla mucho más porque, es preciso decirlo, esta mujer vino como consecuencia del amor que albergaba en su interior, aún antes de conocerla. Era un sentimiento que se retroalimentaba, una secuencia perpetua de causa y efecto. Fue él quien creó el lugar para recibirla y ella ocupó ese vacío. Lo transformó en su espacio dentro del sentimiento que Esteban tenía disponible mientras esperaba y desesperaba, Esto se llevó muchos años de su vida, tantos que ya su paciencia casi traspasaba todos los límites.

Debo reconocer que también era muy cuidadoso de no compartir esto con nadie, no quiso que se conociera su relación secreta. Trataban de no conversar en voz alta, por otra parte no lo necesitaban, sus plácidos coloquios se desarrollaban en el más profundo de los silencios. De esta manera todo fue cada vez mejor.

Para completar tanta dicha solo faltaba algún detalle de carácter físico, el sexo, porque el roce del que ya hablé era sólo una sensación, sin embargo no le costaba conformarse con lo que Próxima y él habían conseguido y no ansiaba nada más.

Pasaron los años y cierta tarde, mientras el sol terminaba de ocultarse y ellos leían cómodamente instalados en el jardín, Esteban creyó ver una sombra cerca, fingió no darse cuenta pero por el rabillo del ojo derecho confirmó que algo había allí, detrás, no muy cerca…

La silueta de una mujer que recostaba su espalda en un poste le hacía notar sus contornos y éstos eran muy sensuales.

Una alarma estalló en su mente, ¡finalmente sucedió!, la otra mujer estaba allí, la partícipe necesaria para que el drama se desencadenara. El sabía que esto podía suceder, con frecuencia se decía a sí mismo que la dicha es finita y por lo tanto había disfrutado cada instante de su relación con Próxima.

Todavía no se explica por qué ella no luchó para cuidar lo que era de los dos y permitió que la sombra descubriera y ocupara los territorios que ellos dejaron libres, tal vez porque creían tener todo el tiempo del mundo.

Y llegó la pasión, el descontrol, el deseo y finalmente el sexo hasta la lujuria, la posesión y los celos, todo con la intensidad y la fuerza de un torrente desbordado que, como sabemos, siempre está esperando dentro del ser humano.

La intrusa le trajo todo lo que hace que el hombre no pase de ser una pobre criatura a merced de sus instintos primarios. Descubrió el inconcebible placer del sufrimiento.

Ella no caminaba a su lado como lo hacía Próxima, ¡esa mácula iba dentro de él! Por las noches ocupaba sus sueños y lo paseaba por el goce infinito o el terror desgarrante, todo según como a sus caprichos se les ocurriera.

Escapaba desesperado despertándose con su corazón desbocado.

Llegado el día se refugiaba en Próxima, pero ella ya no estaba tan cerca, se alejaba lenta pero inexorablemente. Su porción en la vida de Esteban se empequeñecía hasta llegar a la dimensión de un punto en el espacio sideral de su universo.

Entonces recordó que la mujer de la sombra no tenía nombre. Ella lo había ocupado totalmente, hasta desbordarlo, avasallándolo por completo y todavía no sabía como llamarla, porque no hacía falta, llegaba por sí sola y se quedaba cuanto quería. No tuvo que pensar demasiado, desde mucho antes él conocía su nombre:

-Demencia, no está mal. Pensó.

Con su último destello inteligente comprendió que el destino, con los dos nombres, le estuvo revelando su futuro.

-Próxima….Demencia…pronunció lacónicamente y partió para siempre.

                                                                   Hugo Portillo