José, el contactólogo

COMPU

Autor: Enrique Lombardo

Mi amigo José jamás se cansa de hacer favores, recurriendo a sus muchos contactos. Había decidido comprar una computadora para mi hijo que cumplía dieciséis años. Nos dijo, textualmente, que quería una “personal computer”. Mi señora me miró seria  y me preguntó al oído, disimulando, para no herir la susceptibilidad del muchacho:

—¿Qué es una persona con puter?

—Nada malo, mi amor, es una computadora.

—Tené cuidado con lo que le comprás, él es muy inocente todavía.

—No te preocupes que sabe muy bien lo que quiere, no es tan inocente como vos  creés –le dije por no revelarle que “el nene” era mucho menos inocente que ella.

—Igual fijáte bien.

—Sí querida –contesté para no preocuparla. Como andaba bastante corto de divisas pensé en  buscar precios en algunos negocios y para ello nada mejor que hablar con mi amigo José Faroleri (de los Faroleri de  Quilmes, para  más  datos)  quien  seguramente  tendría  algún  contacto,  de  los  que  hacía  alarde siempre que podía y podía siempre. Así que le hablé por teléfono a la casa, donde  me dieron el número de su móvil. Llamé.

—Hola ¿José?

—Sí ¿quién habla?

—Cornelio Pacheco habla, José ¿cómo estás?

—¡Hola varón! ¿Qué es de tu vida?

—Bien ¿por dónde andás?

—En casa estoy ¿por?

—Recién hablé a tu casa y me dieron el número del celular, creí que estabas fuera.

—No macho, les tengo dicho que cuando habla gente que no conocen le den el celular, es más importante ¿viste?

—Ah!! está bien, te quería hacer una preguntita ¿conocés alguien que venda computadoras a buen precio?

—Cornelio, si me llamaste es porque sabés de sobra que tengo esos datos, siempre  para los amigos. Esperá que miro la agenda…humm…hummmm,  computa…computado, aguantáme un poco…

—Sí, dale, no hay problema.

—Quiero que vayas al mejor ¿viste?…acá está, anotá: Carlos Medina… Corrientes  2323, no te olvides de decirle que vas de parte mía, te va a atender de diez….me debe varios favores. Te pido que  si  comprás me avises para agradecerle el favor  que me hace al atender a los amigos.

—Cómo no, José, dalo por hecho y desde ya un millón de gracias.

—Con quinientas mil estaba bien varón, chau y saludos a la familia. Corté y me fui al negocio de Carlos Medina. Me atendió él mismo y al decirle que  venía recomendado por José se mostró muy solícito. Compré la computadora en un precio  que no llegaba al 70 % de los negocios del centro, siendo la misma marca e igual modelo. Ofrecí  pagarla  al  contado  y  encima  me rebajó  unos  pesos.  La  pasé  a  buscar  el  día  del  cumpleaños. Luego le avisé a José de la compra, quien según dijo Medina luego pasaba a  cobrar su comisión por recomendar un cliente. Pasado un tiempo debí recurrir nuevamente a sus oficios a raíz de que el árbol de la  vereda  de  mi  casa  se  había  secado,  corría  peligro  de  caerse  y  lastimar  a  alguien.  Mis  intentos de comunicarme con el teléfono del Municipio para presentar el reclamo, fueron  infructuosos. Así que hablé a José y nuevamente me ayudó mediante un llamado que hizo  a  un  íntimo  amigo,  que  era  primo  de  la  esposa  del  chofer  del  Intendente.  Problema  resuelto  en  tres  días  y  arreglado  con  una  propina.  Se  llevaron  el  árbol  y  dejaron  todo  limpio. Igual  resultado  tuve  cuando  asaltaron  a  la  mucama  de  mi  Jefe.  La  golpearon,  robándole la cartera que contenía unos cuantos pesos, los documentos de identidad y le  rompieron los anteojos.  Le hablé de nuevo a Faroleri que inició de inmediato los contactos con individuos  de esa red oculta de personajes, que gestionan mil asuntos por el  simple  cobro de una  devolución de favores o una retribución monetaria. También esto tuvo un final feliz ya que  la  mucama  recuperó,  en  la  Comisaría,  los  documentos  personales  y  otras  chucherías.  Tuve  el  agradecimiento  de  mi  jefe,  que  lo  había recibido  de  su  mucama.  Hice  llegar  mi  reconocimiento a José, que a la vez lo trasmitió al Oficial de Policía actuante en la cuestión  y al  Comisario, quien (en nombre de la Institución) y por una buena suma, excarceló a los  ladrones,  que  conocían  de  sobra  cuál  era  el  precio  de  su  liberación. El  costo  incluía  un  pequeño monto para el oficial de Justicia que hizo desaparecer la papelería iniciada, por la  denuncia de asalto con robo y fractura. Recuerdo cuando murió mi suegra, doña Simona. Ella había pedido ser enterrada  en El  Cerrito, el pueblo donde había nacido. Me comuniqué con él que de inmediato habló  a una funeraria amiga. Ésta retiró el cuerpo del Sanatorio y contactaron a un ambulancista  para que la trasladara luego del velorio,  hasta el cementerio de El Cerrito. Los servicios se  fueron  pagando  en  sentido  inverso  a  la  prestación.  El  cementerio,  la  ambulancia,  la  funeraria, el sanatorio y al final…José. Nunca se podrá saber cuánto costó el trámite pues,  reservadamente,  se trata, se gestiona, se acuerda y se embolsa. Después  de  despedir  a  mi  suegra  compré  una  caja  de  botellas  de  champán, (del  más caro, obviamente) y no se la hice entregar por el negocio: se la llevé personalmente.  Me recibió con la cortesía que no se le desprende ni cuando pierde Boca y nos sentamos  en su ampuloso escritorio. Mientras él fue a buscar dos copas para compartir el champán,  me puse a mirar las fotografías que adornaban las paredes del lugar y no pude menos que  admirar  a  semejante  personaje.  No  solo  era  fanático  de  Boca  (Boca  Juniors  no  tiene  hinchas, únicamente  fanáticos) sino que tenía una foto abrazado con Alberto J. Armando.  Otras lo mostraban con Maradona, con un ex Presidente de la Nación de profusas patillas,  abrazados  y riendo,  con  ex  Ministros,  Ministros  actuales  o  funcionarios. Estaba  también  fotografiado con chicos de un equipo de fútbol de una villa. En  la  charla  que  siguió  luego  del  brindis  le  pregunté  acerca  de  su  vida,  ponderándole la casa, los adornos (para mi gusto, más caros que lujosos) y al llegar a mi  pregunta clave, dije como si fuera desinteresada:

—Después que te jubilaste del correo ¿a qué te dedicaste?

—Tengo una oficina.

—¿Oficina?

—Sí, soy contactólogo.

—¿Sos oculista?

—No Cornelio, hago contactos para la gente que lo necesita, soy gestor, mediador,  como con vos.

—¿Y te da para vivir?

—Vos  sabés  que  de  la  jubilación  no  se  puede  depender,  apenas  alcanza  para  comer, en cambio en los contactos siempre se pellizca alguna comisión, algún plus,  digamos. —Cometa le dicen ¿no?

—Así lo llaman los que no se animan……se llama retorno o comisión en los círculos  financieros. Vos pensá que si yo no te hubiera ayudado, en este momento no estaríamos  tomando un Moet Chandon mientras disfrutamos de nuestros ratos libres.

—Tenés razón José y te agradezco las ayudas.

—No tenés porqué, sos mi amigo. Me levanté, lo saludé con sincero afecto y le dije:

—José, si en algún momento necesitás alguna ayuda en estos trámites, llamáme,  que yo con frecuencia estoy desocupado y me vendría muy bien  una manito.

—Seguro Cornelio, muchas veces me falta alguien que me haga gestiones o que  vaya a alguna oficina donde hay que hacer cola, que me hace perder trabajitos por  no tener tiempo. Yo te llamo, quedáte tranquilo.Y nos despedimos muy amistosamente, aunque a partir de ahí, quedaba supeditado  a las “changas” que me tirara mi amigo José, lo que me hizo pensar que si la cosa era fácil  como parecía, podría abrir mi propia empresita de contactos.

                                                 Enrique Lombardo

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Margot

TRASPLANTE

Autor: Héctor Scaglione

Una parte del cuerpo, su cabeza nada menos, por ser compatible iría a parar al cuerpo de un ruso que, salvo el cráneo deshecho a causa de un accidente estaba intacto. El hecho de ser donante de órganos, hizo que se lo mantuviera artificialmente con vida.

Para Margot, ser trasplantada  era el único camino que tenía para seguir viviendo. Continuar en un cuerpo parapléjico tal como si estuviese muerta, ya lo consideraba inviable. No se resignada a simplemente aguardar, sus ansias de vivir eran una luz a las esperanzas.

Con la suerte de que la comunidad científica, se haya interesado y en la factibilidad de poder realizarlo. Revolucionó a la opinión pública, que se preguntaba: ¿Cómo, la cabeza de una mujer en el cuerpo de un hombre? Y bué, la ciencia también experimenta. Todo el mundo expectante.

Con el sostén de la familia en busca de soluciones imposibles, les resultaba terrorífico tan siquiera pensarlo, pero lo sufría ella. El cerebro le funcionaba a mil pero el cuerpo era una carga y todas las preguntas quedaban sin respuesta. El paso gigantesco que, convencida se dispuso a dar, le haría experimentar qué sucedería después. Sin proponérselo acompañaría los avances de la ciencia que, ante lo desconocido, permanecía expectante. Nunca antes se había llegado a tanto.

Después de una larguísima cirugía, lentamente se fue recuperando. Aunque al principio los ojos  no los abría, bajo los párpados se notaba movimiento. Parecía soñar. Había actividad cerebral y el corazón le funcionaba de maravillas. Los médicos, con las dudas lógicas del caso, apostaban a que la intervención fuera un éxito pero, no creyeron que Margot pudiera llegar a recuperarse tan pronto. Comenzó a mover una mano, al principio con inseguridad, después, aunque ella fuese diestra, sincronizó el movimiento de los dedos de la mano izquierda como si tamborillara, y lo hacía con soltura.

Al abrir totalmente los ojos, se le  alteró el ritmo cardíaco. Uno de los monitores conectados a su cuerpo, detectó el TAC-PUM profundo y desenfrenado, audible en toda su potencia. Alarmó los médicos que esperaron por más datos. Había una causa; el sistema hormonal del ¨nuevo¨ cuerpo, le estaba haciendo experimentar sensaciones que creía olvidadas. Cuando uno de los profesionales, para testear sus reacciones, le pasó las manos sobre la piel, Margot lo sintió como una caricia, dando como resultado que le produjera una oleada de placer indescriptible y se le desbocara el ritmo del corazón.      

                                                     Héctor Scaglione              

Solo unas gotas

EL RATA

Autor: Hugo Portillo

Las celdas vuelven a llenarse después de que asumió el nuevo comisario. Es más joven que el anterior. Después los detenidos son liberados uno a uno.

Ahora sólo queda él…”

El sólo recordar al Rolo en esa silla, que ni siquiera es de ruedas, le hace hervir la sangre. Con los codos apoyados en las rodillas, sus manos sostienen la cabeza mientras los dedos se pierden entre los pelos duros y grises.

Antes, la yuta se llevaba una parte, y todo andaba bien. Pero ahora es otra gente, más joven y ambiciosa. Reflexiona en el silencio de su celda.

Por lo menos, hasta hace poco, le daban tres o cuatro horas para ver a su mujer. La Elvira era buena para la cama. Pero si el Rolo estaba despierto el sólo hecho de verlo le mataba todas las ganas.

¡Esta tristeza nos está liquidando! —dice por lo bajo.

Cuando la visitaba, sentados en la cocina, con la desolación en su mirada, ella le recordaba que la culpa la tuvo él. Le hacía sentir una piedra en su garganta. Entonces se levantaba de la silla, miraba a sus otros hijos, todos flacos, todos tristes. Sin poder resistir más, se encaminaba a la calle. Sabía que la noche lo cubriría con un poco de piedad, mientras arrastrando sus viejas zapatillas, se dirigía de vuelta a la comisaría.

Cuando cambiaron el comisario, metieron en cana a todo el mundo. Pero nadie se asustó. Todos sabían que era para arreglar la nueva tarifa, después los soltaban y a trabajar otra vez.

Fueron saliendo todos, menos él.

Le extrañó, pero todavía no sintió miedo. Comenzó a temer cuando un oficial, el de más graduación, lo llevó al despacho del Jefe y éste le informó que tenía varias causas pendientes. El fiscal anticipaba que pasaría muchos años en la cárcel. La mirada de hielo del uniformado lo atemorizó todavía más. Su rostro debe haber reflejado su desesperación.

El comisario cambió una mirada con su segundo y ambos sonrieron.

¡Si no querés pudrirte en la cárcel, de ahora en adelante afanás para nosotros! Le dijo el oficial.

El Rata levantó sus hombros y al bajarlos, más tranquilo, respondió: —Pero si siempre lo hice, siempre les di el treinta y hasta el cuarenta.

No, vos no entendiste nada. ¡Ahora es el cien!, eso sí, nosotros te damos casa y comida ¿entendiste? —Sus ojos lo atravesaban como un puñales .

Pero… ¿Y cómo hago con mi familia? interrogó con angustia.

¡Ese es tu problema, si quieren comer, que tu mujer trabaje de puta! Pensalo muy bien y después me contestás. Un agente, a los empujones, lo devolvió a su celda.

Reflexionó durante largas horas, su familia estaba primero. Cuando se lo dijo al oficial, le comenzaron a pegar en el cuerpo. Las manos, las respetaban. Le dieron tal paliza que el Rata creyó que su vida terminaba allí mismo.

Después de varios días, una mañana lo llevaron a la misma oficina. Olmo, el oficial lo recibió sonriendo y, con un movimiento de cabeza, le señaló el tubo del teléfono que estaba apoyado en el escritorio.

Lo acercó a su oído, temeroso:— ¿hola?— del otro lado, la voz llorosa de Elvira le decía que el Rolo, su hijo mayor estaba en el hospital desde la noche anterior. Un auto con cuatro tipos lo interceptó cuando volvía a casa y casi lo matan. Le preguntó, desesperada, qué estaba pasando porque en el barrio decían que eran policías.

En silencio, fue bajando el tubo hasta apoyarlo en la mesa, miró al uniformado, tuvo que decir que sí, no le quedaba otra.

Entonces le explicaron: lo soltaban por algunas horas, debía robar un auto y una casa señalados por ellos. Se llevaría todo lo que pudiera cargar y lo debía dejar estacionado en un lugar a establecer. A partir de ese momento le daban…cuatro horas para ir a su casa. No debía ni siquiera pensar en quedarse con algo o no volver a la comisaría.

Esa fue su vida durante varios meses. Los resultados no conformaron a sus amos. Un día el comisario lo llamó a su despacho para enrostrarle el poco rendimiento de su labor.

El Rata, con humildad, se limitó a decir que iba donde lo mandaban y que cumplía minuciosamente con el trato. También le explicó algunos detalles a tener en cuenta cuando se elije una casa, esto interesó al uniformado que volvió a llamarlo varias veces.

El Rata se dio cuenta de que el Jefe no quería esperar para ser rico y que, de a poco, se iba estableciendo entre ellos algún tipo de entendimiento.

En una oportunidad, estaba frente al escritorio y a pesar de tener la mirada baja, su vista experimentada vio el papel. Se trataba de la nómina de todos los presos con su número de expediente .

Su nombre no figuraba.

Casi se le escapó la pregunta pero logró mantener la boca cerrada. No era un preso normal. Se dio cuenta que cuando no lo necesitaran más, sencillamente lo borrarían del mapa. A la vez, por encima de estos pensamientos, venían otros más rápidos. No se lo llevarían de este mundo sin cobrarse la que le hicieron al Rolo.

El Rata siguió cumpliendo con su misión pero, al terminar, en lugar de ir a su casa, él, que era tan menudo, se escondía en el auto, en medio de la mercadería robada. Así descubrió la casa del reducidor.

Comenzó a deambular por las cercanías sabiendo que allí encontraría más información. Una noche de lluvia vio llegar a los dos policías.

Después que entraron, se introdujo en el baúl, era el auto del comisario, y de esta manera llegó al domicilio de su amo.

A partir de ese momento su vigilancia se centraría en esa casa.

Otra noche vio llegar al fiscal y al defensor de oficio. Desde el borde de un ventanal pudo ver cómo estos recibían suculentas sumas de dinero. Era evidente que los cuatro formaban parte de una banda que esclavizaba a pobres infelices como él. Sabía que solo, no podría contra ese poderoso aparato. Su modesto objetivo se concentró en sus opresores inmediatos.

Continuó atisbando por las ventanas. Vio a una hermosa mujer que, dedujo, sería la esposa del comisario. Los funcionarios judiciales se retiraron y quedaron el oficial y la pareja. Charlaban y se reían. Le pareció que eran felices.

Poco le costó filtrarse en aquella mansión. Incluso le asombró que no tuviera ninguna seguridad. Los policías creen que su poder es tan grande que nadie se atrevería a entrar en sus propias casas, pero ahí estaba, caminando con sigilo por la alfombra del dormitorio, hurgando en los cajones del vestidor mientras allí, a pocos metros, reposaba el cuerpo de su enemigo.

Quiso verlo más de cerca. Casi al alcance de su mano, colgando del respaldo de una silla estaba el arma reglamentaria. Esta situación lo hacía sentirse poderoso casi reivindicado. Tuvo la intención de tomarla, algo de ella lo atraía con una fuerza casi incontrolable. La proximidad de la mujer dormida y el suave perfume femenino le trajo el procedimiento que concretaría su revancha.

Se acercó todavía más y rodeó la cama hasta llegar al costado de ese cuerpo hermoso. Se inclinó sobre su cuello. El aroma lo subyugó. Con un sobresalto apenas contenido se retiró de esas proximidades. Él jamás estuvo tan cerca de una hembra como esa.

No sabía expresarlo con palabras pero su instinto le decía que la balanza cambiaba de manera caprichosa y ahora, en ese momento, su plato era el más pesado. Esta incursión detrás de las líneas enemigas lo conquistó. Volvió otras noches, solamente con el propósito de sentir esa impunidad que lo igualaba al que dormía junto a la mujer.

Cada vez que se deslizaba al interior del dormitorio era recibido por la fragancia que lo enervaba. Se hacía la ilusión de que lo estaba esperando. Tenía derecho a disfrutar de esa proximidad. Hubo veces que debió alejarse con el máximo de cautela porque llegó a sentir el comienzo de una erección y no quiso que su sensualidad lo traicionara.

Descubrió donde estaba guardado el frasco que contenía la loción y pasó una pequeña cantidad a una botellita que, esta vez, había tenido la precaución de llevar. Revisando cajones, su adiestrado tacto le dijo que estaba palpando ropa interior femenina, no dudó, era de la mejor calidad. Sus dedos capturaron una minúscula bombachita y la guardó en su bolsillo. Nunca supo por qué se la llevó pero, hacerlo, le pareció que ejercía un derecho.

No volvió más. A partir de ese momento sus pocas horas libres se concentrarían en el oficial.

Con este secuaz llevó a cabo el mismo procedimiento pero, a último momento, desistió de llevarse alguna prenda íntima. Le pareció casi una infidelidad.

El comisario y su compinche usaban indistintamente sus respectivos autos. La mayoría de las veces iban juntos en cualquiera de ellos. Por las noches comenzó a rociar unas pocas gotas de las esencias en los respaldos correspondientes al acompañante… pero en los autos cambiados.

Cuando el comisario se hacía llevar por su subordinado comenzó a percibir una fragancia que le pareció conocida, era muy tenue y no supo identificarla.

Varias semanas después, un golpe de aire le trajo el perfume en toda su intensidad. Al entrar, cuando su mujer vino a su encuentro todo se volvió claro como el agua. Al ver su expresión la mujer se angustió.

Lo mismo le sucedió al subalterno con su pareja.

Los policías, son programados para desconfiar, también para disimular.

Esto fue lo que hizo el Jefe pero, a partir de ese momento, su paranoia lo llevó a considerar cada hecho, cada palabra, cada gesto como un acto de complicidad manifiesta.

Olmos reconoció cierta animosidad hacia él, al mismo tiempo que identificaba el perfume de su pareja en el vehículo de su superior.

Comenzaron a recelar de sus mujeres y con el agregado de las mutuas sospechas la vida se les volvió un infierno. El ambiente en la dependencia policial se enrareció tanto que el Fiscal no pudo menos que darse cuenta. Intuyó el peligro y comenzó a tomar distancia. Rápido de reflejos, el Defensor de Oficio también se dio cuenta:

¡Esto se va al carajo! no sé que le pasa a estos dos. Parece que no saben que aquí hay mucho en juego.

¡Sí! —respondió preocupado el fiscal—será mejor que todos los comisarios lo sepan y así decidir qué hacer. Tenemos muchos chorros trabajando, no quiero pensar que pasaría si esto se descubriera. Quedate tranquilo, a éstos los frenamos en seco.

El Rata se enteró de la noticia a través de los rumores que corren de celda en celda. Era música para sus oídos. Dicen que fue un accidente automovilístico, el coche volcó y se incendió. Algunos agentes comentaron que los cadáveres tenían manos y pies atados con alambre, pero eso no apareció en la investigación.

El Rata nunca supo hasta donde llegaron las consecuencias de su pequeña venganza.

¨Las celdas volvieron a llenarse después que asumió el nuevo comisario. Este era más joven que el anterior. Después los detenidos fueron liberados uno a uno.

Ahora sólo quedaba él…”

                                                          Hugo Portillo

Mutis

ESTATUA

Cuento de Alejandro Ramón

En silencio, casi inmóvil frente al ventanal de la sala, la mirada del hombre vaga sin destino. No soy tonto, piensa, me doy cuenta de las cosas. Su cuerpo no ha entrado en descomposición, todavía está viva, pero es como si poco a poco fuese secándose. Tengo que poner a Walter al tanto de lo que está pasando con Marina, es nuestro hermano mayor. Siempre fue muy equilibrado y sensato, verá el problema desde otra perspectiva, seguramente será más objetivo que yo. Voy a escribirle.

Nunca sospeché que el temor en sus ojos, la rabia en su corazón, la fatiga en su voz, fueran el anuncio de algo más serio. Solamente sale de la habitación para ir al baño y a la cocina. Dicho sea de paso, come bastante poco, debe ser por eso que perdió tanto peso. No queda en ella ni un aire de vida, ni un asomo de deseo. Parece que actuase en forma semiconsciente, como si no supiese muy bien lo que está haciendo ni exactamente por qué lo hace. Se la pasa leyendo, está como obsesionada. Siempre le gustó pero de ahí a no levantar la vista del libro en todo el día hay una gran distancia. Creo que también escribe pero no estoy seguro, recién me pareció que hacía algo de eso. Lo grave es que desde hace más de seis meses no habla, dejó todo y enmudeció. No sé cuál será el significado de ese silencio. Se ha convertido en otra persona, una desconocida que no se comunica ni presta atención a quienes tratan de comunicarse con ella, que lee y que probablemente escriba, pero que no habla. No sé qué pudo pasarle para que se encapsulara dentro de sí misma de semejante manera, nunca me dijo nada. Quizás un desengaño o alguna otra cosa que la esté agobiando. La pobrecita debe estar volviéndose loca. No puedo creerlo pero es lo único que se me ocurre.

La mujer se recuesta contra el respaldo de la silla y suelta un suspiro. Parece aliviada. Antes de ensobrarla, relee la carta que acaba de escribir.

Querido Walter:

Siendo vos el mayor, te escribo alarmada por el estado de salud de Raúl. Desde hace ya algún tiempo nuestro hermano se ha vuelto un lector compulsivo, algo bastante extraño en él teniendo en cuenta que jamás le gustaron los libros. Sin embargo eso no es lo más grave, desde hace varios meses ha dejado por completo de hablar. Creo que ha perdido el juicio. Te parecerá ridículo pero de gracioso no tiene nada. No te he escrito antes porque, como siempre sucede en estos casos, los últimos en darse cuenta son los que conviven con el enfermo. La situación es dramática. Como comprenderás, me encuentro desorientada, sin valor ni fuerza para poner orden en este caos.

Me despido de vos con un beso rogándote encarecidamente acudas a la brevedad en mi auxilio. Marina.

                                                   Alejandro Ramón

El conventillo

EL CONVENTILLO

Autor: Juan Carlos Masochi

Cuando vine de la colimba, iba seguido al conventillo de la calle Marconi. Me había hecho amigo del Telo García, un vago y putañero de ley. Él vivía ahí con su madre. El patio era el lugar de relación, de complicidad, reinaba la solidaridad, siempre había buena honda, charlas, tomábamos mate con tortas fritas, se compartía lo que se tenía. Todos aportaban algo. Se escuchaba música con una radio y si había ambiente se bailaba en la azotea del primer piso. Era un lugar sociable de encuentros, donde se fortalecían los afectos. En definitiva todos eran una gran familia. Algo que yo desconocía absolutamente. El conventillo es un lugar entrañable. No se porque últimamente lo recuerdo tanto, lo recuerdo como si esas vivencias que añoro hubiesen ocurrido ayer. Esto que relato sucedió hace cuarenta y pico de años. Al regresar del servicio militar me había alejado de la familia, por culpa de un cuñado que vivía en casa y me quería poner límites. En realidad nunca nos llevamos bien, para conservar la armonía familiar, decidí irme. Le pedí al gerente de la empresa metalúrgica donde yo trabajaba un mes adelantado, le planteé el problema y me entendió. Por la tarde me fui con las pocas pertenencias que tenía al conventillo, quería experimentar una nueva experiencia y no depender de nadie. Esa tarde cuando llegué, dije que necesitaba por un tiempo una pieza. Me atendió el turco Abraham, que era el dueño y no vivía ahí, enseguida me puso los puntos.

Usted, ¿Trabaja?

Si. Dije

¿Dónde?

En la Metalúrgica local.

Bueno tiene que pagar ya, un mes adelantado que son cuarenta pesos,” Acá no quiero vagos ni quilombo.” Y, hay una regla de oro que la hago respetar a rajatabla. “Todo el mundo sabe todo y nadie sabe nada” ¡Muzzarela!

Bueno Don, no me apure de entrada, porque soy de pocas pulgas.

Eso es cosa suya, si le gusta bien y si no se va.

Bueno está bien, no me queda otra. Tome la plata.

Ocupará la pieza diez del primer piso, que está frente a la azotea.

Fueron pasando los días y ya era parte del conventillo, enseguida me integré como uno más, como dije anteriormente la gente era macanuda, hice amistades nuevas, me sentía cómodo. Eso sí, permanentemente se sentía olor a fritangas, de día y de noche estaba en mis fosas nasales.

Un sábado, las mujeres en la azotea escuchaban las novelas por la radio que estaba debajo de una parra, después se armó el bailongo entre los inquilinos, la gente ahí se divertía sanamente. La Perla, o Perlita, como la llamaban, que también se alojaba ahí. Papá, decía que era prima lejana a la cual yo no conocía, el viejo últimamente, decía cualquier cosa, ella enseguida me sacó a bailar, la verdad que estaba muy bien, la apreté un poquito, es que ante una situación así uno se inquieta. Perla, posteriormente, me presentó a la chilena, Laura, a quien invité a bailar. Su pieza estaba en el mismo piso que la mía. Mientras bailábamos, me dijo que era casada, el marido trabajaba en el campo y venia cada quince días, ella lavaba ropa para afuera. Pusieron un bolero del “Trío Los Panchos”, razón por la cual tuve que acercarla más, bailar apretadito en realidad tenia ganas de sentirla cerca, ella me respondía en un momento dado entre risas y cantos, me clavó las uñas en la espalda.

Esa noche yo creí que la tenía y le hice una invitación, no aceptó y me dejó plantado. Me dijo que sí aceptara eso sería una” traición”, mi marido se rompe el lomo trabajando en el campo, para que yo la pase mejor. Bueno la cosa quedo así. Pensaba que a veces hay circunstancias que los impulsos naturales se imponen sobre los sentimientos. Todo es cuestión de tiempo. Fueron pasando los días, y por las noches no podía dormirme estaba obsesionado con los pechos de la escultural Laura. A los pocos días, era un domingo, después del partido que ganó boca, para festejar, se armó el bailongo nuevamente. Enseguida no muy seguro, saqué a Laura, quien vino sonriente, bailamos más de una hora, sus senos enormes se bamboleaban, y me rozaban el pecho, me pareció ver que movía los labios como si se le secaran, al bailar cara a cara, noté que sus mejillas estaban ardientes. En un momento dado me dijo.

Juan, me voy a la pieza estoy cansada, mañana me tengo que levantar temprano tengo mucha ropa que lavar.

Esa noche a una hora prudencial también me retiré, hice coraje y lentamente fui hasta su pieza, que estaba semiabierta; ella estaba parada, con una leve sonrisa se puso un dedo en la boca indicándome que hiciera silencio. Esa noche inolvidable, irrepetible, de común acuerdo hicimos el amor. Ambos quedamos extenuados. Con ella tuvimos encuentros ocasionales. Se puede decir que con Laura, me hice hombre, me dejó muy buenos recuerdos. Como mujer era excelente. Ella sin saberlo durante mucho tiempo estuvo en mis pensamientos. Después le perdí el rastro. Me fui de ese templo que para mi fue el conventillo. Siempre recuerdo ese lugar como algo sagrado, sobretodo por la solidaridad de la gente. Es que en ese tiempo venir del interior y ubicarse digamos cómodamente no era fácil, el trabajo escaseaba y sí uno no dependía de un buen sueldo, la vida se tornaba sumamente difícil. A pesar de todo eso teníamos ilusiones, proyectos de vida, sobretodo para nuestros hijos. Para que aprendieran un oficio o estudiaran. Y, aquí quiero detenerme, y destacar que con el tiempo supe que muchos hijos de esas familias, que conocieron la adversidad extrema, con esfuerzo y sacrificio, se elevaron socialmente, algunos llegaron a ser profesionales. Es que en ese tiempo estudiar y esforzarse era algo normal para ellos. Tenían metas, ilusiones esperanzas No lo tomaban como un sacrificio. Siempre pienso, que esa es la cultura que debiéramos rescatar, la del esfuerzo personal. Pareciera que en lugares como ese el ser humano, se esforzara para hacer el mundo mínimamente más agradable.

                                                                  Juan Carlos Masochi