Una sombra alargada de mujer.

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La gente anda por el mundo repartiendo buenos deseos para el nuevo año. Debe ser porque nadie sabe qué sucederá dentro de un rato. Sin ir más lejos, personas, edificios, ciudades enteras, cualquier cosa puede desaparecer en un instante… La pregunta del millón es: ¿Mejorará mi vida a partir de mañana? No lo creo, más probable será que se complique. Lo malo tarda en irse y lo bueno demora aún más en llegar.

Me siento encerrado dentro de un cuerpo equivocado, sin contornos precisos, desdibujado, como si fuera ajeno. Mi cabeza no funciona normalmente, poco a poco la conciencia va abandonándome.

A lo lejos relampaguea. El viento lleva y trae voces, explosiones, aullido de sirenas, ruidos que parecen venidos de otro mundo. Las casas arden en llamas, cuelgan luces brillantes de los árboles, por encima de los techos revientan los colores. Esta no es mi calle, no la reconozco. Soy el único que quedo, es más, soy lo único real, el resto puede que sea una ilusión o que pertenezca a un universo paralelo. Quizás esto sea la muerte. O no. No puedo decir hasta cuando seguiré viviendo. De todas maneras un día también me tocará a mí. Tarde o temprano todos dejamos esta etapa transitoria. Estas cosas me dan pánico, se me corta la respiración. Es como si me zambullera en un pozo profundo. A medida que me va tragando la oscuridad, reviven mis angustias, mis miedos, la vergüenza de mis secretos. Va más allá de mi capacidad de comprensión.

Sacudo la cabeza pero las ideas no se me aclaran, sigo sin orden ni concierto. Esto me pasan por tomar más de la cuenta.

La gente pasa como en cámara lenta, sin rumbo fijo, hablando y riendo. Según tenga los ojos abiertos o cerrados sus voces suenan diferente. Hay algo de artificial en sus caras. Presiento que esos seres anónimos esconden cuestiones secretas. ¿Qué clase de personas serán, dónde vivirán, serán felices, tendrán familia, serán infieles? Con los años uno se vuelve desconfiado, empieza a buscar lo que hay oculto detrás de cada cosa.

Una sombra alargada de mujer cruza la calle. Se parece a la que produce una estaca clavada en el desierto a la caída del sol. No sé si es real o producto del alcohol o si se trata de un sueño. Esperó la oportunidad agazapada en las tinieblas, quietita, aguantando la respiración, como un paquete que alguien hubiera olvidado. Después de asestarme una puñalada por la espalda huye hacia un territorio al que yo no tengo acceso, fuera de los dominios de mi entendimiento. Me parece incomprensible. No, es sólo una de las muchas cosas que no puedo comprender. Jamás se llega a entender del todo a otro ser humano.

En algún momento, sin que me haya dado cuenta, la sombra sustituyó al cuerpo, llegó al borde del mundo y se cayó. Sin embargo, quisiera abrazarla pero ya no es posible.

Los ruidos y la tormenta se alejan. Poco a poco el mundo a mi alrededor va retornando. Cierro los ojos y trato de recordar la época en que la conocí.

                                                                                   Alejandro Ramón

Aprendizaje

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El editorial publicado en un diario español, donde describía la problemática educativa, referido a un sistema demasiado permisivo y al carácter díscolo de gran parte de los jóvenes estudiantes, aconsejaba cómo se debería educar a los chicos porque el sistema vigente tiene reglas poco claras, y pecaba, según el autor de la nota, por acción u omisión y arribando a conclusiones facilistas. Manifestaba que los jóvenes españoles, principalmente de secundaria, eran indisciplinados, irrespetuosos, muchos de ellos violentos y debían ser sometidos a la autoridad para ser reeducados, obligándolos a esforzarse en el proceso de la nueva enseñanza. ―¡Bravo, muy bien señor “consejero”! ―Tiene el mismo tacto que el elefante en un bazar. El escritor/periodista de la vieja Europa, trató el tema con tanta liviandad y facilismo que encontró al chivo expiatorio: los estudiantes de secundario.

Yo pensaba: ―¿Que formación habrá tenido éste personaje para manifestarse con palabras grandilocuentes y convicciones rayanas en el fanatismo al introducirse por caminos poco académicos o en disquisiciones filosóficas que maneja con torpeza, intentando simplificar su exposición?

Digo yo: ―que es más saludable y valioso aprender, sin someterse ni ser ordenado si se quiere. Lo de irrespetuoso tiene que ver más con la educación familiar y al referirse a las reacciones contestatarias, son propias de la edad y más cuando se los obliga sin inducirlos.

Los chicos pensarán: ―Si estudiar me va a costar tanto esfuerzo, iré por el camino más corto y que el trabajo lo haga otro. No es fraude pensar así, es sentido común: Se aprende por necesidad, no por imposición. Así de simple.

El lenguaje soberbio de este autor, que se hizo eco ante una petición del Ministerio de Educación de España “como podría ser de cualquier otro país”; le diría que, esencialmente ordene sus conceptos, objetivos y se informe cómo se debería encarar la enseñanza, adaptándola a los tiempos que corren. Invitarlo a ponerse en la piel de un estudiante de secundaria vigente: y ver cómo reaccionaría si lo obligaran a estudiar bajo presión y con motivaciones difusas o poco creíbles.

La educación secundaria en definitiva, debe inducirse desde lo práctico de la necesidad de aprender tanto un oficio como el ingreso a la Universidad, con metas claras, inculcadas con seriedad y sin violencia.

El rigor vendrá solo cuando estén convencidos de estar haciendo lo correcto y ver qué les sirve para su propia formación.

El educador deberá captar la diferencia entre la delicada línea que separa forzar y convencer, camino que llevará a los jóvenes hacia el término esperado y sin frustraciones. ¿Hay alguien que lo dude?

Sociólogos, educadores y políticos han emitido su opinión al respecto, pero los lectores, ciudadanos de a pie como en mi caso, no percibimos que se esté trabajando para revertir la tendencia. Están satanizando a los estudiantes porque es más fácil y están a la vista en su manifestación de rebeldía. Donde hay víctimas (profesores) y victimarios (alumnos). Pero el problema es más profundo y complejo. Ellos son el fruto vulnerable de las sociedades enfermas o vacías de contenidos que, parecieran haber perdido el rumbo. Fábrica de excluidos sin posibilidades de inserción, núcleos familiares que ya no son, y a una desesperanza colectiva en aumento.

La globalización, como una fatalidad, fue impregnando a la sociedad de muchos vicios y pocas virtudes; un capitalismo feroz que fomenta el consumismo como fin en sí mismo pero que ajusta a los demás valores a iguales objetos pecuniarios y nada más. La obsolescencia programada de las cosas que se fabrican y que, supuestamente hacen al confort y al uso indispensable en la vida, es cada vez es más breve y abarcadora, donde se inculca correr a comprar lo último que sale para no quedar desactualizado o no llegar nunca a la meta. Al consumir sustancias no renovables a ésta velocidad, hace que se destruya al medio ambiente en forma inexorable y sin posibilidad de reconversión, la premisa de la física teórica donde dice (nada se pierde, todo se transforma) equivale a que sanear lo transformado requeriría centurias, los resultados son devastadores y están a la vista. Entre otros factores, por la actividad minera, la explotación de hidrocarburos con sistemas altamente contaminantes y a una industria automotriz desbordante y voraz.

Es un sistema que no concibe el ocio si no es acompañado por el consumo. La poca espiritualidad es lo que se percibe de inmediato, sumada a la incomunicación generacional y como resultante, el menoscabo asociado.

Es trabajo de la sociedad en su conjunto, volver a las fuentes, a la familia, a los amigos; fomentar nuevamente el arte de la conversación, donde se gesten proyectos compartidos y las mejores ideas surjan de una necesidad colectiva; considerar al prójimo como un hermano y si ese hermano nos supera, deberá ser alguien a quien admirar y emular.

Hay quien dude y está en su derecho pero, en tal complejidad aunque no se avizore un cambio a mediano plazo, cuando llegue será profundo y los jóvenes de las nuevas generaciones, tal vez los mismos que fueron despreciados, serán los protagonistas. Una fuerza vital está despertando en ellos y por eso mismo el cambio será radical. Salvar al planeta es la premisa ¿Cómo lo harán? Nadie puede saberlo con exactitud pero no será una revolución armada como las tradicionales que ensangrentaron la historia sin dar con las soluciones buscadas. Tampoco se apelará al nacionalismo chauvinista que encienda la hoguera alimentadora de los vientos de guerra, explotado desde y por la máquina propagandística de cualquier índole y color político.

La solidaridad, el respeto por la vida y el resguardo de la naturaleza serán los fines supremos y estarán en manos de los jóvenes.

Enfrentamos un fin de ciclo y el comienzo de otro ¿Hay quien lo dude? Yo tampoco.

                                                           Héctor Scaglione

Rutinas gauchas

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El paisano madruga por costumbre.

No ha llegado aún la luz del día,

Más le sobra claridad pa’ que lo alumbre.

Fiel, el mate lo espera en la cocina.

Llena en la bomba la vieja palangana

Y espabila la cara en agua fría.

Va clareando despacio la mañana

Y tranquilo comienza sus rutinas.

La pava chifla bajito y avisando

Que ya puede cebar el cimarrón,

Meten bulla las gallinas cacareando

Pa’ que el gaucho les abra el portón.

Con el rayo de sol que está asomando

Aparecen la calandria y el hornero,

El caballo está inquieto, relinchando,

A la espera que lo saquen al potrero.

Carga montura ya listo pa’ ensillar

Apera matra, bastos y lomillo,

Cincha, correones, estribos y bozal

Con freno, rienda, lazo y cojinillo

Monta al pingo y empieza sus tareas.

Recorre el campo, revisa el alambrado,

Echa un vistazo a la vieja tapera,

Y vuelve al trote pa’ empezar con el arado.

El sol del mediodía lo sorprende

Con unas cuantas melgas terminadas,

Para, se seca la sudada frente,

Y sigue firme hasta acabar la arada.

Tardía brisa, le arrima un buen alivio,

Vuelve a las casas con la labor cumplida.

La anochecida trae un aire tibio,

Aroma a campo y a flor de cina-cina.

El cuzco se adelanta y lo recibe.

La patrona le da la bienvenida

Aguardándolo apoyada en el aljibe.

Luego se sientan a matear en la cocina.

El mate amargo y su áspero sabor

Lo compensan de todas las fatigas,

El trabajo que asume con fervor.

Y el dulzor de los labios de su china.

                                                      Enrique Lombardo

Una tarde de perros.

Una tarde de perros 1

Era una tarde me llevaba el diablo, no tengo ninguna duda, sino ¿cómo explicarlo?

La ruta acumulaba varios centímetros de algo gris amarillento, muy parecido al talco. Caminaba sobre esa carpeta, blanda e hirviente, bajo un sol rabioso que caía a plomo. Ya estaban a la vista los primeros ranchos de las afueras del pueblo. Sobre el camino , parecido a un espejismo. una mancha oscura en medio de una nube de polvo, se fue convirtiendo en un perro que venía hacia mí.

Además del calor, debía sufrir el ataque de unos tábanos inmisericordes que descargaban sus aguijones a través de la ropa ensañándose, implacables, en mi cuerpo. Sus picaduras me ponían al borde de la locura.

La transpiración me corría por la espalda hasta perderse entre los glúteos en su camino a mojar la entrepierna de los pantalones. El polvo, por efecto del viento, se iba pegando en mi cara que ya era casi una máscara de barro. Mis ojos también acusaban los efectos de las partículas en suspensión. Llevaba demasiado tiempo por ese camino de mierda. Había perdido el único tren diario que llegaba a Dique Luján y tuve que hacer el camino a pie.

El hecho de no escuchar ningún ladrido me tranquilizó. Al llegar, el animal, grande, feo y de origen desconocido, adoptó un trotecito casi amigable y me sobrepasó algunos metros. Estaba volviendo a prestar atención a los tábanos cuando, sin mediar ningún anticipo, la bestia se prendió con fuerza, clavándome sus colmillos en el tobillo izquierdo. Era evidente, no tenía ninguna intención de soltarme. Mi boca se abrió para liberar un aullido penetrante que se perdió en los juncales del costado del camino. El dolor dejó paso a una furia incontenible mientras trataba, pateándolo con el otro pie, que sus mandíbulas aflojaran la presa. Finalmente lo logré. La planta de la zapatilla se iba mojando con la viscosidad de mi sangre, primero unas gotas y después el pie resbalaba en todo su interior. El animal quedó mirándome desde poca distancia. Sus ojos estaban rojos en sangre, el hocico, arrugado, hacía que se viera su temible dentadura. El hijo de puta mostraba sus armas.

Me sentí engañado porque no ladró. Por descuido o tal vez ingenuidad me había tomado el pelo, el muy hijo de puta no respetó las reglas. Un odio, inmenso, desbordó como un volcán dentro de mi mente. Ese perro no merecía vivir, no pertenecía al mundo. Al saltar sobre él, otro alarido me salió de la garganta, un grito, era casi un rugido que logró paralizarlo. Aprisioné su pescuezo dispuesto a no soltarlo por ningún motivo. Mis manos se transformaron en garras y al sentir la presión, el animal se retorció con una violencia inaudita. Trataba de desprenderse con toda la desesperación que su instinto le dictaba. Sus uñas laceraban mis brazos, vi los surcos rojos cómo brillaban al sol. Solo logró que apretara más todavía, ni aún así, emitió el menor sonido. Me convencí de que era Lucifer mismo y entonces todo tomó una dimensión que me aplastó. Ya estaba de rodillas sobre él tratando de que sus mandíbulas no alcanzaran mis carnes. No lo logré, sus caninos se hundieron en el muslo de mi pierna derecha. Mis manos no podían apretar más, sólo me quedaba esperar que, al no poder respirar, las mandíbulas aflojaran la presión. Nos neutralizamos, esto no era bueno y me desesperé porque, reconocí que mi vida estaba en juego. Después supe que las fuerzas me iban abandonando. El perro se resistía débilmente y yo también acusaba el agotamiento que esa lucha me imponía. Deslicé una mano hacia la quijada. Sentí su lengua reseca y sucia por el polvo. Mi boca también lo estaba, me oía respirar con mucha dificultad, jadeaba y resoplaba penosamente. Abrió sus fauces y me soltó. Sentí el fluir de un líquido denso y caliente, una mancha de barro se formaba en el suelo, cerca de mi pie. Estábamos en igualdad de condiciones y ya la lucha era a muerte ¡qué duda cabía!. Si se soltaba, su próxima presa sería la garganta. Decidí hacer lo mismo con la suya. Solté un grito, con un sonido que jamás había oído, bestial. Brotaba de las profundidades de mi laringe. Me asusté. Hay quien dice que ese es el grito animal del hombre. Sentí que la boca se me llenaba de pelos, no sé por cuánto tiempo apreté los maxilares con todas mis fuerzas, me dolían hasta lo indescriptible, pero la lengua sentía el palpitar en su yugular y supe que mi voluntad no claudicaría mientras ese latido estuviera allí. Seguí apretando con los ojos cerrados fuertemente. Creí que, de esa forma, me concentraba más en el esfuerzo, que así podía hacerle más daño, quería hacerle mucho daño. Logré soportar las arcadas que los pelos provocaban al rozar mi campanilla. El paso del tiempo ya no tuvo ningún valor, todo lo que podía hacer, lo hice y mi cuerpo no daba para más.

Volví en mí cuando un líquido caliente entraba por mi garganta. No era una sensación agradable. Era como plomo derretido lo que entraba a la fuerza en mi estómago. Ya no sentía el ataque de los tábanos.

Aflojé mi mandíbula, dejé de sentir los pelos y la sensación de náuseas que me provocaban.

Me tendí boca arriba.

Creo que me dormí.

                                                 Hugo Portillo

Reencuentro en año nuevo.

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Esta historia que narro paso hace mucho tiempo. Con Erica nos conocíamos de siempre, sus abuelos y parientes míos vinieron de Dinamarca en el mismo barco, junto con holandeses, turcos y todo el crisol de razas inmigratorio en el siglo XIX. Llegaron a este lugar cuando no era nada. Había que tener temple para hacer carpa e instalarse en estos lares, pululaban matreros, y de vez en cuando solían azolar las tribus del Cacique Calfucurá, aunque estos ya habían sido vencidos.

Por parte de mi madre Celina. Mis tíos, los Monteros, Juan, el popular zurdo, Braulio, Aurelio, Raúl y Cachila, también ellos hicieron su aporte y junto con otros son fundadores de este hospitalario lugar. Trabajaron la tierra del alba hasta el anochecer, hombreando bolsas, levantando cosechas, sembrando con el arado, y desmontando. El tiempo fue pasando, se hizo el tendido de rieles hasta que por fin llegó el primer tren. Posteriormente se edificó la escuela, donde nuestros padres aprendieron las primeras letras y los que vinieron en el barco se acriollaron, andaban a caballo y sin olvidar su origen asimilaron nuestras costumbres. A este lugar primero se lo denomino José Guisásola, dado que un estanciero del mismo apellido donó tierras para que se construyera el pueblo, que después pasó a llamarse “El Perdido”. Esta localidad, hace unos años fue pujante, compuesta por unos tres mil habitantes, rica en ganadería y cereales. Sus pobladores son cálidos, solidarios y sufridos, acostumbrados a los embates impiadosos de la naturaleza ya sea por la sequía o las malas cosechas. En la actualidad sus habitantes, no alcanzan a mil, es que al no pasar más el tren la población quedo aislada, involuciono.

Generalmente por razones de estudios y trabajo los jóvenes tuvieron que emigrar en busca de mejores horizontes.

Con Erica hicimos la primaria juntos, íbamos a la calesita del dinamarqués Larsen, de chicos jugábamos a que éramos novios; todavía está el tronco del ombú en la plaza, tallado con un corazón y los nombres de “Erica y Adán” Gracias al esfuerzo sus padres lograron una posición económica sólida. Terminó la primaria y la enviaron a hacer el secundario a la ciudad de La Plata. Estaba en primer año en la Universidad cuando Erica no pudo vencer la nostalgia que siempre sintió por su familia, las reuniones sociales, en casas de amigos o en el club el Progreso, y un amor platónico indecible. Todo esto a ella la hacía sentir un inmigrante en su propio país. A mi me pasaba lo mismo, parecía que la vida sin ella había perdido encanto. Iba al Club el progreso a jugar con los muchachos a la pelota, al truco o a las bochas, pero siempre se me aparecía su imagen. Siempre ella estaba ahí. Hubiera preferido que me fuera indiferente. Pero cuando más la quería alejar de mis pensamientos, más me atraía.

Aunque no nos habíamos escrito. De todas maneras por ese poder que tienen los sentimientos, los dos pensábamos igual.

Una tarde soleada de octubre, me puse las mejores ropas y me dirigí a la estación del ferrocarril, al lugar que van todos a ver llegar el tren de la seis de la tarde, simplemente para observar gente distinta, saber quien se va o quién viene, o comprar revistas que traen los comisionistas. A lo lejos se sentía el traqueteo del tren que cada vez se hacía más fuerte con su característico silbato. Campeaba en la estación que estaba casi desbordada por la gente una especie de emoción retenida. Cuando la locomotora paró, empezaron a bajar los pasajeros. Una de las últimas en hacerlo fue ella, habían pasado muchos años sin verla, hermosa como la imaginaba, con un vestido floreado, el cabello rubio le llegaba a la cintura y una valija en la mano. Nos miramos una y otra vez, los dos nos reconocimos, sin decirnos nada intuíamos que era lo que estábamos esperando. Me acerque y le ayude con la valija. Por la emoción no podíamos hilvanar conversación alguna en forma coherente. Comenzamos a tratarnos y a salir juntos, siempre tomados de la mano, diciéndonos en susurro palabras de enamorados. Indiferente ante las miradas de los demás. Con el tiempo, por falta de experiencia, por ser tan jóvenes nos desencontramos. Siempre nuestras discusiones eran por celos infundados, quedamos amigos. Ella tomó su camino y yo el mío.

Un halo de ternura y nostalgia, siempre marco esta relación. Pasaron los años. Nos volvimos a reencontrar, en una fiesta campestre cuando se cumplieron los cien años de la fundación de este querido e hospitalario pueblo. No faltó nadie, ni bien la vi, se me hizo un nudo en la garganta, seguido de una leve agitación interior. La vida ha sido generosa con ella pensé, los años la hacían más interesante que nunca. Mientras me acerque para saludarla mis latidos cardíacos se aceleraron, es que siempre he sido muy sensible a los encantamientos espirituales. Superado el momento emocional, pude ordenar mis pensamientos y dije esas cosas que todos dicen cuando se quiere agradar al otro. Después de algunos encuentros ocasionales y otros buscados. Decidimos formar pareja. Fue un vínculo deseado, armónico, todo parecía un sueño, donde no hacían faltas las grandes palabras. Nos bastaba con sentirnos bien el uno con el otro. Las miradas y los silencios lo decían todo. Éramos una pareja como cualquiera, con sueños, ilusiones y proyectos, que se consolidaban día a día. De pronto ocurrió, lo que uno siempre teme cuando es tan feliz y nunca lo dice. Fue un sábado por la mañana cuando regrese del correo, descubrí su esquela hecha con letra temblorosa arriba de la radio. En ella me decía que se iba para no volver. Fue un desgarro interior difícil de explicar y más aún de superar. Un vacío espiritual, que obsesionaba y no dejaba pensar. Y, se repetía constantemente. Emocionalmente me sentía atribulado. Ha pasado el tiempo, no me he resignado, ni pude olvidar. Su imagen siempre está presente en mi retina. Es que pienso en ella y mi estado anímico cambia. Siempre la espero. Cuanta razón tiene el viejo sabio don Isaías, cuando dice: a veces hay que salir con una dosis de optimismo aunque sea inventada, sino se nos achata el alma. Hacía tiempo que pensaba que tal vez Erica, pensará lo mismo que yo. Es que ella me marco y tal vez halla sido porque en definitiva nunca llegamos a formar una pareja estable. Ese primero de enero se me ocurrió ir a la estación a la, llegada del tren de las diez, como siempre la estación estaba desbordada de gente, acá, somos todos conocidos frente a la misma, bajo una arboleda se aliñaban sulkys jardineros y chatas rusas por doquier. Hay expresiones de júbilo, es que en los pueblos chicos como es este, ir a la llegada del tren, es una fiesta, es todo un acontecimiento social. Algo me decía interiormente que iba ser una mañana distinta plena de emociones. Cuando paro el tren, después de bajar los pasajeros del primer vagón, la mayoría eran recibidos por familiares, del segundo bajo Erica, ni bien me vio, con una sonrisa me hizo señas con la mano, vino directamente hacia mi, y nos dimos un prologado beso y abrazo. ¡Como sabias que venia ¡me dijo.— Porque siempre te espere, por eso no me fui. Sabia que vendrías porque como yo te quiero nadie te podrá querer. ¡Me imagino que te habrás dado cuenta no ¡… me miro fijamente y. Dijo. — ya estamos grandes y siempre nos quisimos, también yo nunca me olvide de vos ¿Qué nos paso mi amor? inclino su cabeza hacia atrás y dijo, ahora, he vuelto para siempre, acércate que te digo un secreto en el oído: envejeceremos juntos, Adán, siempre fuiste mi ilusión, me volvió a besar. En ese momento dichoso, me pareció, que el mundo era más agradable.

                                           Juan Carlos Masochi