LAS PALABRAS Y EL AUTOR

Autor: Héctor Scaglione

A partir de fonemas orales que los hombres primitivos querían transmitir y perpetuar, los impulsaron a inventar signos inteligibles desde donde surgieron las palabras.

Y, en la tarea de construir el relato, al vocablo inicial se le generó otro y otro hasta entrelazarse en un aluvión de caracteres; verbos, sustantivos, sujetos y predicados, sin olvidar los adjetivos y gerundios estrictamente necesarios hasta formar oraciones con sentido y, a través de esa verdad manifiesta, el autor hizo que los personajes cobren vida. Uno en especial e inevitablemente al superarlo, debió pactar él para continuar enriqueciendo el manantial creativo desde un propio origen.

Esas criaturas, muchas veces disconformes, deambulaban por la mente del autor que hasta podía verlas merodear al costado del cuaderno de notas, o detrás de una pila de libros asomando unas cabecillas de energúmenos para hacerle morisquetas. En los aciertos desaparecían y eso alarmaba un poco al autor que debía esforzarse en guiarlos a tientas, pero llegaba a la conclusión de que tenían un acuerdo tácito con el personaje principal, quién desde su liderazgo, señalaba el camino al conjunto.

Al llegar al punto final, acabará definitivamente el vínculo social autor-personajes, aunque algunos salten a otras historias, estos terminaron y para siempre. Luego, hasta que ese mismo libro, a la espera de ser leído permanezca cubierto de polvo en el rincón más apartado de ignota biblioteca, alguien lo tome, sople esa nube de tiempo y al recorrer las páginas amarillas, lo tornará a ser como cuando esas mismas palabras fueron recién impresas y vuelvan a transmitir emociones, risas, lágrimas o provoquen alguna reflexión. Entonces cobrará vida y seguirá justificando su razón de ser.

                      Héctor scaglione

 

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BASURA

BASURA

 

 

Entrábamos por primera vez al edificio y… ¡no me gustó como le miró el culo a Marta!

El encargado era panzón, desprolijo. Sucio. Siempre apoyado en el mugroso palo de escoba. Nunca lo vi barrer nada.

Con el correr de los días, comenzó a tratarme con cierta deferencia. Esta se manifestaba con unas obsecuentespalmaditas en el hombro, mientras yo, trataba de pasar a su lado a toda la velocidad que alcanzaban mis piernas.

Transcurrieron algunos meses. Mientras nos acomodábamos a las rutinas de la nueva vivienda. Marta y yo trabajábamos las habituales nueve horas diarias, a las cuales, a veces, se agregaban algunas extras, que nos obligaban a llegar más tarde de lo acostumbrado. Sin embargo, jamás pudimos escapar al control del encargado, que desde su departamento, al final del pasillo de entrada, fiscalizaba todo el movimiento de y hacia los dos pequeños ascensores. La puerta, siempre entornada, denunciaba al espía en guardia permanente. Se llamaba Crisólogo Farofa. En poco tiempo llegó a hartarnos.

Si la que llegaba más tarde era mi esposa, a la mañana siguiente, el tipo no se privaba de hacerme algún comentario mal intencionado, mientras me daba los consabidos golpecitosen la espalda. Esto hacía que me pasara el día odiándolo.

Animarme a frenarlo me costó mucho y cuándo lo conseguí, me devolvió una sonrisa socarrona y otra vez esa aborrecida mano en mi hombro, seguidas de confianzudas expresiones de amabilidad.

¡No se caliente, don Juan Carlos! ¡Ja!, ¡Ja!, ¡Ja!. ¡Es una broma!

¡Y la p…! balbuceaba impotente mientras me alejaba.

Después de mucho tiempo de lamentarnos de su insolencia, descubrimos que su mujer no se quedaba atrás. Era un ejemplar de muy poca estatura, gorda, con un busto prominente, vestida eternamente de gris. Mi mujer estuvo muy acertada al bautizarla “Corchito”, por su semejanza con los de las botellas de sidra. El colmo fue cuando en una reunión de consorcio, deslizó el siguiente comentario:

-¡Pero señora: ustedes sí que comen naranjas! ¡Qué cantidad de cáscaras! ¡Por Dios!

Quedamos estupefactos

¡Éstos dos revisan nuestra basura! —murmuró Marta mientras me miraba con asombro.

El descubrimiento nos agobió.

¡La basura es nuestra!— Meterse con ella es invadir agresivamente nuestra intimidad. Nos sentimos vulnerados, agraviados. Habíamos perdido algo, que resultó ser valioso cuando alguien metió sus manos en el interior de nuestras bolsas de residuos.

Cuando con el resto de los propietarios, hacíamos algún comentario criticándolos, y no respondían, o bajaban la mirada, comprendimos que les temían. Algunos se animaron a confesar que sacaban oculta una parte de su basura, para evitar la requisa de este dúo.

¡Por culpa de ellos, llevan una vida miserable!— exclamé indignado.

¡Esos dos son unos hijos de puta!—agregó Marta. Esta expresión, viniendo de ella, me sorprendió. Pero luego, con su fino sentido del humor, logró cambiar mi inquina por algo que nos pareció mucho más divertido. En adelante administraríamos nuestros desechos de manera tal de provocar, en los dos, todo tipo de expectativas y frustraciones.

Entonces, si debíamos desechar un par de zapatos, en la bolsa solo depositábamos uno; el otro lo sacábamos del edificio en la cartera de Marta o en mi portafolios. O al revés, importábamos basura, y hasta llegamos a comprarla, cuando nos parecía interesante para nuestros fines.

¡Mirá lo que traje!— exclamó Marta al llegar, agitando una bolsa llena de cajas de aspirinas vacías, acto seguido arrojó el contenido a la basura (debo aclarar que es farmacéutica). Al día siguiente “Corchito” me preguntó si alguno de nosotros estaba enfermo, a lo que yo respondí, con mucha naturalidad, que en realidad éramos adictos.

Cuando Marta llegó más tarde de lo habitual, Farofa me insinuó una supuesta aventura de mi mujer. Al comentarlo con mi esposa surgió la idea que nos cambió la vida. Fingiríamos una infidelidad real.

Mientras volvíamos en nuestro auto, ella se vistió de una manera muy provocativa, con una peluca rubia de cabellos largos, zapatos con tacos altísimos y una falda muy corta. De reojo vi sus piernas. ¿Cómo me había olvidado de lo hermosas que eran? Entramos furtivamente y por supuesto, no escapamos a la mirada del guardián. Subimos en el ascensor conteniendo la risa…

Llegamos a nuestro departamento, al cerrar la puerta quedamos muy juntos, nos miramos intensamente y nos fuimos uno contra el otro hasta quedar fundidos un violento abrazo. El calor de mi cuerpo la encendió. Su respiración entrecortada, junto a mi oído, me transformó en un volcán a punto de estallar

¡Besame, guacho!— me dijo casi con un grito, mientras nos arrancábamos la ropa. Mis manos buscaban su piel. Nuestras prendas fueron quedando en el piso sin que le prestáramos la menor atención.

Apenas pudimos llegar al sofá del living, y en él, tuvimos el sexo más apasionado de nuestros diez años de casados.

Un par de horas después, la rubia, salió con cierto sigilo y se perdió en la calle. Marta volvió al rato, sus mejillas la traicionaban. (Esa noche descubrió que podía ser una mujer muy seductora y quizás esto fue lo que abrió la caja de Pandora).

Una bombachita rota y unas medias muy finas totalmente despedazadas aparecieron, al día siguiente, en la bolsa de residuos.

Farofa, vino a mi encuentro con esas ridículas caras de: “¡No se preocupe! ¡Yo no vi nada!” Y, obviamente, me sobó la espalda. Continué mi camino hacia la cochera como si nada pasara. A su vez Marta recibió del Corchito una larga mirada de conmiseración, dudando si informarle o no acerca de la aventura de su marido la noche anterior.

Se me ocurrió que si, después de que la revisaran, les robaba nuestra propia basura y se la devolvía al día siguiente, eso los confundiría aún más. Marcamos las bolsas para identificarlas con facilidad y, de vez en cuando, poníamos en práctica esta nueva estrategia. A la noche, las tomaba del canasto en la vereda y mediante una cuerda la subíamos hasta nuestro balcón. Más adelante lo hicimos también con algunas bolsas de otros propietarios. Nuestras víctimas comenzaron a presentarse con sus rostros confundidos y de una forma casi imperceptible sus conductas también parecieron cambiar. Se volvieron menos estrictos en su vigilancia y esto se comentó en los ascensores.

La vez siguiente fue mi mujer la que llegó con un acompañante vestido con pantalones y campera de cuero negro. Su cabeza ostentaba una melena, tipo afro, que combinaba muy bien con sus anteojos de sol y una gran cadena dorada al cuello. Mi aspecto era muy convincente.

Si el encuentro anterior fue excitante, ¿qué puedo decir del que le siguió? Nuestra sexualidad se derramó, como si todos los diques que la contenían, se hubieran roto produciendo un aluvión de lujuria y placer. Estábamos asombrados porque los orgasmos se sucedían sin control alguno. No podíamos articular palabra, nuestras miradas, veían en el otro, a la persona que estuvo oculta durante tantos años, revelando que en nuestro interior existía un promiscuo que solo necesitó la oportunidad para emerger.

A partir de esta segunda vez nuestros porteros dejaron de tener el protagonismo del principio. Los seguimos utilizando como una excusa, tal vez innecesaria. Era el disparador que desencadenaba nuestra pasión. Gozábamos, pero no teníamos noción de cómo incluir todo esto en nuestra apagada vida cotidiana. Fueron muchas las personalidades que adoptamos: colegiala, jugador de básquet con pelota y todo, mujer policía, delivery de pizzas, monja, rabino, enfermera, service de heladeras son solo algunas de las que recuerdo.

Al poco tiempo de comenzar con esta farsa, observamos que la curiosidad de Farofa y su mujer, se fueron a niveles solo comparables con el de nuestra lascivia. Cuando llegábamos al cuarto piso, quedábamos observando el cartel indicador del ascensor, éste nos decía que la cabina volvía a la planta baja, para subir inmediatamente.

Corríamos a encerrarnos en el departamento, donde la música, ya preparada de antemano, indicaba, a quién quisiera oírlo, que allí existía un encuentro amoroso particularmente intenso.

Al apagar la luz, veíamos claramente por debajo de la puerta, la sombra de unos zapatos.

Las mejores ideas siempre fueron de Marta. Esta vez, con una mecha muy fina, perforé la madera de la puerta a la altura de la pelvis del espía y por el orificio, con una jeringa jugábamos s arrojar pequeños chorritos de lavandina. A la mañana siguiente nos divertíamos viendo cómo el pantalón del encargado iba destiñendo en la zona próxima a la entrepierna.

Esto trajo su problema porque comenzó a interpretar mal las miradas de Marta en esa dirección y, en su momento, ella tuvo que frenar sus incipientes avances. Farofa resentido, comenzó a mirarla con odio, y una mañana no dudó en contarme con todo detalle qué clase de mujer tenía yo por esposa.

¡Yo se lo digo porque lo aprecio, don Juan Carlos! Y no por otra cosa, ¡no vaya a creer!– decía mi ahora “protector”, mientras que de los ojos de “Corchito”, desde la oscuridad de su apostadero salían filosos destellos. No demostré el menor asombro, por lo que debieron haber interpretado que tenía asumida mi correspondiente cornamenta.

Lejos de amilanarnos por las posibles consecuencias de este juego inofensivo, ¡nos estimuló todavía más! Continuamos cargando las tintas y gozando de nuestros instintos a más no poder.

Una noche, mientras permanecíamos en silencio, exhaustos, un ruido hizo evidente que había alguien en el departamento de al lado. Sabíamos que estaba desocupado. Sin embargo, volvimos a oír algunos ruidos, casi imperceptibles..

¡Es él! –dije mientras corría descalzo hacia el ventanal.

Tratando de sorprenderlo, intenté salir silenciosamente al balcón y casi me muero del susto. En ese momento el gordo saltaba al otro lado en una huida precipitada. Fue evidente que, al aumentar nuestra audacia, simultáneamente crecía su curiosidad. Era un desafío mutuo por una apuesta cada vez más peligrosa.

¡Entrá, vení que estás desnudo!— dijo Marta, también desnuda desde la cama.

Nuestra guerra de desechos continuaba sin pausa. En la bolsa de cada día iban, fragmentos de cartas muy apasionadas. Restos de accesorios eróticos que yo, venciendo mi timidez, adquiría en un negocio de pornografía al que nunca, tiempo atrás, me hubiera atrevido a entrar. (Aprendimos a usarlos, ¡todos!). Luego los destruíamos, con mucha pena, pero con la promesa de volverlos a comprar.

Esto dejaba bastante contrariada a la encargada. La descarga de su frustración, naturalmente, vino por el lado de confesarle a mi mujer qué clase de sinvergüenza era yo.

Sin darnos cuenta, durante el tiempo que asumíamos otra personalidad, nos fuimos metiendo en la piel de los personajes que interpretábamos. Nuestra complicidad era deliciosa. Recuerdo la ocasión en que Marta era una mujer policía. Fue notable la violencia y el lenguaje que ella empleó, terminé bastante maltrecho y no podía creer, después, que hubiera sido la causante de tantos hematomas. Mientras que yo, debo confesar que aquel castigo me produjo un placer inmenso.

No puedo explicar cómo se produjo esa sucesión de transformaciones. Sin dudar reconozco que, aún ahora, me traen recuerdos reconfortantes.

Gastamos bastante dinero, pero fue el mejor gastado de nuestra vida. Recuerdo, por ejemplo, la cifra sideral que me costaron las mínimas prendas de cuero que tuve que ponerme para ser un striper. Esta escalada de audacias, nos llegó a convencer que éramos capaces de hacer cuanto se nos ocurriera y que todo se justificaba al creer, que seguíamos burlándonos de ese dúo de ingenuos espías.

La noche que Farofa huyó de nuestro balcón, tratando de desaparecer cuanto antes, dejó olvidada la llave en la puerta de entrada de ese departamento.

¡Andá a sacar una copia!— me ordenó mi mujer, cuando superamos nuestro asombro

Fui a la cerrajería de la estación del subte, en poco tiempo me hicieron la llave y volví a colocar el original en la cerradura.

Al entrar en el dormitorio la vi tendida en la cama, su rostro tenía una expresión pícara. Comenzó a explicarme su idea: repetir nuestros apasionados encuentros, esperando que el curioso, se tentara y fuera otra vez al balcón. Marta llegaría vestida de colegiala y se quitaría la ropa de la forma más sensual posible. Cuando terminó la explicación su cara era decididamente diabólica.

Era pleno invierno cuando decidimos llevar a la práctica nuestro número, el frío era intenso. Esperamos hasta que pudimos confirmar que el mirón estaba firme en su puesto, yo lo veía desde la ventana de la cocina. Marta comenzó a desnudarse. Su cuerpo, ahora muy estilizado, por alguna razón había cambiado: ¡se había convertido en una diosa! Sus movimientos contenían tanto erotismo que casi me olvidé de Farofa. Creo que, al saberse mirada por alguien que no era yo, hizo que se excitara mucho más.

Se suponía que, a continuación, yo entraría al departamento vecino y cerraría la puerta del balcón dejándolo a la intemperie toda la noche.

Cuando llegué un placer morboso me invadió al comprobar que nuestra treta había dado resultado.

Allí estaba. Espiando entre las ranuras de la persiana y con una mano entre las piernas ¡se estaba masturbando!

Al cerrar la puerta-balcón la cerradura hizo un ruido que me delató. Farofa volvió su rostro hacia mí y rápidamente saltó en mi dirección. Al llegar comenzó a golpear el vidrio mientras me miraba con sus ojos desorbitados. Yo percibí que el placer de verlo allí me generaba nuevas ideas por lo que me volví a buscar a Marta.

¡Vení que lo vamos a matar de calentura! — le dije y volvimos desnudos y tomados de la mano. Llegamos hasta tocar el vidrio empañado en el que se adivinaba la voluminosa masa de nuestra víctima.

Marta comenzó a apoyar su cuerpo en él. Se movía lenta, voluptuosa. El contacto de su pelvis con el vidrio formaban figuras extrañas mientras que, simultáneamente, con sus erectos pezones dejaba finas líneas en el dibujo que ejecutaba ¡bailando!¡Sí!, bailaba con un deleite increíble. La música que llegaba desde nuestro living nos transportaba. Con mis manos en su cintura y una erección inigualable, la guiaba a todo lo ancho del ventanal, íbamos y veníamos, parecía que una danza ritual nos poseía.

Estábamos desenfrenados. Más lo estuvimos cuando el gordo comenzó a emitir unos rugidos grotescos, casi bestiales, mientras golpeaba el vidrio desesperado. Temimos que lo rompiera.

Un aullido agudo, inhumano. nos trajo a la realidad. El miedo me impulsó a tirar de la correa de la persiana y esta se desplomó violentamente aislándonos de nuestro espectador. Oí el estruendo de su cuerpo cayendo mientras se trataba de apoyar en la persiana. Salimos precipitadamente de allí y nos encerramos en nuestro departamento para sentirnos seguros.

Temerosos, permanecimos expectantes, no oímos más ruidos. La excitación dejó paso a la incertidumbre. Nuestra respiración fue volviendo al ritmo normal. Pasaron unos minutos y luego, con cautela, levanté la persiana del balcón. No alcancé a ver nada. Muy despacio, abrí el ventanal. Farofa yacía en el suelo, inmóvil. Era sólo una mancha oscura en posición fetal. Las manos, sobre su corazón, delataban algún problema cardíaco.

Estaba extremadamente confuso en ese momento. Me limité a hacer lo que Marta me ordenaba.

Levantálo, ¡vamos, hacé fuerza, boludo! — me decía como gritando pero en voz baja, mientras lo sostenía por los pies. Con gran esfuerzo lo fuimos pasando por encima de la baranda hasta que quedó casi en equilibrio sobre ella. Y desde allí, con una alegría salvaje, lo empujamos al vacío. Cuando sentimos el golpe sordo contra la vereda nos enfrentamos. Permanecimos un largo rato mirándonos el uno al otro .

No nos reconocimos.

                                                                          Hugo Portillo

 

 

LA CASA PATERNA

ABUELO NIETO

 

Autor: Enrique Lombardo

El matrimonio de Jacinto y Remedios disfrutaba desde tiempos inmemoriales de una casa muy amplia, tres habitaciones, un baño integrado a los ambientes interiores, otro servicio sanitario en los fondos, cocina y comedor con las medidas adecuadas a la familia numerosa, como lo han sido esta pareja y sus cuatro hijos. Los grandes jardines, el clásico zaguán y el recibidor con mesa de mármol rodeada de sillones, constituía el clásico y antiguo ámbito familiar, heredado de los padres de Jacinto

Pero el pasar de los años y el casamiento de los hijos -que se mudaron a sus propias viviendas- dejaron a los padres en una incómoda soledad y al caserón, casi vacío. Solo ha quedado una habitación armada para cuando algunos de sus nietos quieren quedarse a dormir o reciben a algún familiar de visita.

La habitación de los padres, la cocina, el baño principal y el taller de don Jacinto, tienen vida aún. El resto termina siendo depósito de aquellas cosas en desuso, de triciclos, bicicletas, cajas y muebles de los que nadie se quiere desprender. Ya no tienen utilidad pero tienen significado.

¿Cómo no guardar del primer triciclo que tuvo el mayor de los hijos y luego sirvió para los otros? Imposible olvidarse de las bicicletas que de vez en cuando desempolvan los nietos para sus excursiones. Con que se use una sola vez más, ya merece esa custodia.

Ninguno de los hijos se atrevería a separar a don Jacinto del tallercito donde tiene sus herramientas para trabajos de carpintería, de plomería o jardinería y de cualquier reparación que haga falta en el caserón, en la casa de sus hijos o algún vecino del barrio que lo requiera.

Los hijos saben que un día, uno de los padres se irá definitivamente y también que el otro no podrá con su soledad y se marchará a buscar esa compañía sin la cual no tendrá sentido la vida aquí.

No han faltado sugestiones para ubicarlos en otra vivienda más adecuada a esta actualidad, pero la sola mención recibía como respuesta unos gestos sobradamente elocuentes de los viejos, que no dejaban dudas sobre sus sentimientos. Allí estaba toda su vida y todas las cosas importantes de esa existencia dentro de las paredes. Sus últimos suspiros también serían allí.

Ella, silenciosamente, un día no despertó. Jacinto llamó a sus hijos y mientras pudo quedó a su lado apretando las frías manos. Al volver de la despedida, una de sus hijas quedó con él hasta la noche. Jacinto, luego de cenar en silencio, abrazó a su hija y le dijo que se sentía bien y que volviera a su casa a atender a los suyos. Ante una inútil negativa, le dijo:

Estoy bien hija, la vida es así y todos sabemos que un día tenía que pasar y volverá a suceder conmigo. Necesito estar solo para poder llorar.

Un fuerte abrazo los unió y con mucho dolor la hija comprendió. Lo dejó con sus

sentimientos y el desahogo.

Al día siguiente, luego de la escuela, uno de sus nietos vino a verlo y pedirle que lo ayudara en un trabajo práctico de manualidades. Fueron al taller del abuelo y pasaron la tarde en el trabajo escolar. Esto se repitió casi diariamente con varios de sus nietos y alguno de los hijos. Los nietos con frecuencia quedaban a dormir con él.

El hombre, con gran fuerza espiritual había comenzado una nueva vida, que no era la misma de antes, pero era la que le tocaba. Recorriendo los ambientes, evocaba lo que otrora había sido, llena de actividad, de voces, de ruidos, de olores. Hoy no había dentro de ella nada más importante que las ausencias.

                                                       Enrique Lombardo