El regreso

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Los adolescentes se miraron. Él se derretía. Ella aceleró el pulso. A él se le agolpaban las palabras pero su lengua era en un trapo seco. Mudo, no le pudo decir. Ella, con las ganas de saber se limitó a mirarlo para adivinar qué. Después de un tiempo sin respuestas ni reacción, aburrida, se alejó de él.
Cuando la vio con otro no lo pudo soportar, se sintió culpable por no haberse dado cuenta y también la culpó a ella. Entonces desertó. Su meta fue un lugar tan lejano y grande como la desesperanza.
Se quería excluir de ese amor ignoto, aunque él sabía que no lo era pero quería creer lo contrario y repetía a la distancia el nombre de la amada, como si ésta, por arte de magia fuese a perdonarlo por la cobardía de no haberse animado.

Pasaron veinte años y regresó en el mismo tren que había partido. Nadie pudo reconocerlo después de tanto tiempo. Ignoto, recorrió el viejo barrio, averiguó y supo de ella.

— La señora Mabel es la dueña de la farmacia — le dijeron

Andaría cerca de los cuarenta, un poco menos tal vez. La recordaba adolescente, rubia, espigada de grandes ojos negros. Al seguirla desde lejos sin que ella lo supiese, la veía contoneando al caminar mientras dejaba una estela perfumada que él bebía, soñaba y sufría.

Ahora, ante el paso gigantesco que estaba por dar le temblaron las rodillas pero igual se animó. Como cualquier cliente bienintencionado se dirigió a la botica:
Lo atendió una voz áspera que nada tenía del melodioso antaño.

— ¿Qué desea el señorrr?

De apariencia descuidada, emanaba vahos de cebolla frita y otros aromas tan indefinidos como desagrables. No podía haber cambiado tanto. Qué fue de aquel grácil cuello de cisne que él recordaba, éste de piel engrosada con pliegues y arrugas exhibía unos collares grotescos y gruesos lentes culo de botella, daban marco al otrora bello rostro. No, no era posible que fuese ella, no la de sus sueños.

— ¿Me da un sobre de aspirinas?

Pagó y se marchó. Ella ni siquiera lo miró.

Con el alma hecha jirones fue directo a la estación a seguir soñando recuerdos en soledad y desde la lejanía.
Pero el destino, tejedor de urdimbres inexplicables y fuera de todo razonamiento le tenía preparado otros planes:

¡Jacintooo!…Después de tanta ausencia le extrañó escuchar ese olvidado nombre de flor.
Había llegado en secreto, sin que nadie se enterara, pero esa misma palabra se repitió imperativa y con una vibrante claridad: ¡JACINTOOO!
Dio media vuelta, estaba a pocos pasos justo detrás suyo y ésta sí, era como la había imaginado pero mejor y el tren partió sin él.

                                                                                             Héctor Scaglione

Demandas de vida

OVULO

A partir de la concepción, el ser humano en estado fetal está cómodamente instalado en el útero materno y recibe, sin demandar, todo lo necesario para seguir viviendo. Ese estado surge de la unión de otros elementos vivos, como lo son el óvulo y el espermatozoide.
Recibido lo que llamamos “el soplo de vida” el nuevo ser es maravillosamente atendido en todas sus exigencias de crecimiento en una especie de vacaciones que duran nueve lunas, aproximadamente nueve meses.
Pero como todas las holganzas duran menos de lo que quisiéramos, llega el día en que el nuevo ser, ya con su sexualidad todavía inconfundible, sale al mundo real, abandonando esa especie de pileta de natación de jugos nutritivos y lo hace emitiendo el primer estridente llanto, como una premonición de lo que le espera.
El primer período de su vida, la tierna infancia, es bastante parecida a la anterior ya que tiene a su alrededor quienes lo siguen atendiendo, tratan de divertirlo, no necesita trasladarse pues sus progenitores y el resto de la familia, se ocuparán de cargarlo.
Todas sus demandas naturales estarán asistidas y hasta sus caprichitos. Pero llegará el primer cumpleaños y a partir de entonces deberá ocuparse, personalmente, de aprender a caminar sin ayudas y soportar los primeros porrazos de su vida esto “para que vaya aprendiendo que nada es gratis”.
La cosa comienza a ponerse complicada pues tendrá que comer en adelante los que le pongan enfrente. Se acabó la teta, asunto que se resistirá admitirlo el resto de su vida, hasta con empecinamiento. Ya llegará el tiempo en que elegirá la comida, si tiene suerte y se lo permiten.
Con dolores nuevos dejará atrás la infancia y la pubertad y a esta altura se bifurcan ostensiblemente las vidas según el sexo.
Los varones, en este lado de la vereda, tendrán sus demandas en estudio y orientaciones distintas a las de la acera de enfrente y allí andarán las mujeres con las suyas propias. Aún así todos llevarán un invisible imán ubicado en la libido que se obstinará en atraerlos mutuamente, para que puedan caminar juntos en una sola vereda y fructificar una nueva vida, volviendo al primer renglón de este cuento.
En casi todas las sociedades esta etapa de la vida es en la que el hombre y la mujer renuevan las demandas y encaran una existencia productiva estudiando, trabajando, formando familia, teniendo hijos, asegurando el futuro y viviendo intensamente, para lo cual reúnen todas potencias que se lo permiten.
Pero como tampoco lo oneroso debe durar más de lo conveniente, llegará el momento en que demandarán un buen pasar más descansado, al ver que ha llegado el momento de disfrutar de todo lo logrado en los años de sacrificio. Y mientras sus hijos se abocan a recorrer el camino que ellos dejaron, comienzan a transitar una de las mejores temporadas, que no es otra que aquella donde ya no hay prácticamente nada que no sepamos y tampoco queremos que ningún cargoso venga a molestarnos preguntando sobre esas cosas que ya no existen, porque desaparecieron con el tiempo.
Este período es justamente el que aprovechamos para concurrir a un montón de talleres de entretenimientos y círculos donde el componente social es tan importante como el de actualización al nuevo mundo, donde conocemos gente maravillosa que tiene nuestras mismas demandas y aprendemos cosas sin recurrir a nuestros nietos, cuya vida lleva una velocidad que no podemos alcanzar.
Pero el largo recorrido nos ha enseñado que hay que vestirse despacio si estamos apurados y que ya no tenemos porqué apurarnos. Que el futuro que tenemos adelante no nos urge alcanzarlo y que, al no tener ninguna fecha cierta debemos proceder como si nunca fuera a llegar.
Nuestra ficha caerá solo cuando hayamos hecho aquello a lo que nunca nos habíamos animado y hayamos leído el último libro de nuestra inmensa biblioteca.

                                                                       Enrique Lombardo

El último aplauso

 

BAR

El Café y bar El Chino, se encuentra en un barrio silencioso, de Barracas, con sus calles empedradas y amplias veredas. Frente al local se halla un gran árbol, con un tronco inmenso, con sus copas cargadísimas de hojas negras y grandes flores blancas, que llenan todo de un olor muy agradable, son magnolias. El café en su parte externa es mediocre, sus paredes son viejas con rajaduras y lo que queda de pintura esta descascarada. En su interior es amplio, con piso de madera, hay olor a fritangas, empanadas, tortas fritas y chorizos. A este lugar, venía Irigoyen, y posteriormente se lo veía a un joven, alto apuesto, siempre con un piloto sobre los hombros y el diario bajo el brazo, era el entonces Capitán Juan Perón, que se tomaba un vermouth con chicharrones, también solía venir el Doctor: Arturo Jaureche, esta documentado en las fotos que están en la pared. O sea que el bar del Chino Galván, tiene estaño, calle. Ahora también viene la resaca de barracas, la resaca noctámbula en el buen sentido de la palabra, para dar una definición digamos. La gente que llena este lugar los viernes y los sábados, son todos laburantes, los une algo en común, la pasión por el baile y el tango. La mayoría, son separados o viudos, todo el mundo canta con guitarra y bandoleón, al dueño le dicen el chino, es un pingo, le gusta todo esto y le da oportunidades al que quiere cantar, el mismo dice las glosas de los tangos y recita. La más querida es Esther, que tiene 81 años, viene a cantar el tango Malena y de paso se come unas empanadas, la vieja valga la paradoja, lo canta como ninguna, también vienen Rosita, Gladis, Claudia, la Tana Filomena, que canta milongas y todo el mundo la aplaude, no porque cante bien, sino por su cuerpo escultural y ampulosos senos, que parecen melones, el más cómico es el “nene” Rosales, le dicen ese apodo porque mide dos metros, el nene canta bien, pero apenas toma unas copas medio adobadito, se queda dormido en la mesa. Entre ellos se ha creado un clima de hermandad, todos son perdedores, aunque ellos ahí se creen triunfadores.
Últimamente el que más se destaca es el Tolo Tolosa, que es sepulturero en el cementerio de Chacarita. Tiene la voz muy parecida al Rolo Lezica, que fue cantor de la orquesta de Héctor Varela, cuando canta el Tolo, se apagan las luces y queda iluminado sólo el escenario, ronda un clima de misterio que hace que uno se deleite, el Tolo, cuando canta se posesiona de tal manera, que el silencio es total, los tangos, “loca y la Fosforerita”, como el, no lo canta nadie, cuando termina el aplauso es estruendoso, y todo el mundo grita, bravo Tolito sos Gardel, cantate otra, es un tipazo, últimamente no es el mismo, ha cambiado, se lo ve medio bajonado, decaído, espiritualmente. Lo que pasa tuvo varias parejas, con la que más duro fue con Mabel por celos de esta, por la vida noctámbula de el, se separaron, ahora vive con su madre doña Ana a quien venera, pero él cuando recuerda a Mabel se le eriza la piel, es que fueron ocho años juntos, y estar con ella era una fiesta continua, es de esas mujeres que dejan su marca. Volviendo al café del Chino, ni los músicos ni los cantores cobran un sope. Lo hacen por amor al tango, lo llevan en la sangre. En ese lugar ellos son otros, son lo que les gustaría haber sido. Eso sí no hay levante, a lo sumo cuando se arma el bailongo, obvio por razones de espacio, se baila apretadito y bueno son seres humanos, algunos besucones y tocaditas hay, pero nada más, por lo menos ahí…
El sábado último, para el Tolo, fue una noche de gloria, en ese templo del tango, todos los temas que canto le salieron uno mejor que otro, como siempre después el aplauso y a coro ¨bravo Tolito, no te mueras nunca¨ Pero claro en la vida nada es previsible y todo tiene su tiempo. El Tolo extrañaba a Mabel y a ella le pasaba lo mismo. De pronto la vieja Esther, lo felicito y le dijo veni.
—Escúchame Tolo, ayer en un negocio estuve con Mabel, dejo entrever que te extraña. Permitime, que te diga algo, qué te pasa, ya tenes sesenta años, toda la vida no vas a vivir con tu vieja.
— Esther, gracias, mi madre me dice lo mismo, no sabes la alegría que me das, te prometo que mañana voy a visitar a Mabel. Al otro día Mabel no trabajaba porque era domingo, cuando esta lo vio se mostró feliz y dubitativa, seguro por la emoción, almorzaron juntos y hablaron amigablemente de temas diversos. Los dos hablaron al final de lo que ellos deseaban, ¡volver a estar juntos¡ siempre estuviste en mis emociones dijo Mabel, siempre te quise, pero perdóname, Tolo, no queda bien que diga esto, pero lo que hablamos es con una condición.
—Si te escucho.
—Si me amas…! yo o el tango¡ Después de un largo silencio, como si estuviera meditando.
El Tolo, dijo:
—Mabel acércate, que te respondo en susurro, ella acerco su cara a la de el.
—Escúchame mi amor, te prometo que el sábado pasado, el sábado pasado, fue el último aplauso.

                                                                                    Juan Carlos Masochi

La altura de las circunstancias

Hugo

Cuando decidió terminar con su vida fue porque se convenció que nada de lo que podía ofrecerle este mundo Podía ser lo suficientemente atractivo para que merezca ser vivido.
Su existencia estuvo siempre signada por una suerte extraordinaria. Cada proyecto o incluso un capricho le costaron tan poco esfuerzo que llegó a creer que su destino lo ponía cerca de Dios.
Así como todo le fue fácil, valorar cada cosa en su justa medida le resultó muy difícil. En el camino fueron quedando sus creencias, la fe en los seres humanos, la suerte, las casualidades y tantas cosas que hubieran hecho felices a mucha gente. Pero él iba dejando de valorarlas una a una a medida que comprobaba lo poco que le costaba conseguirlas.
Una de las últimas que dejó de apreciar fue la amistad y a ella le siguió el amor. La alegría fue el final. Cuando esta se alejó de su existencia supo que sus días estaban contados. A partir de ese momento su único pensamiento fue determinar cómo daría fin a su vida. Se cuidó muy bien de que nadie se enterase de su último proyecto y se podría decir que, irónicamente, éste fue el que más le costó. Cada idea que se le ocurrió la fue desechando por diversas razones. No se quería ir de este mundo de una forma vulgar o por lo menos, poco original. La idea de pegarse un tiro no prosperó por ser muy común y, sobre todo, ruidosa. Hasta se diría que le pareció poco elegante. Lo mismo le pasó con el hecho de tirarse debajo de un tren. Envenenarse también fue abandonado por las mismas razones. Pensó en muchas formas de suicidarse pero no encontró la manera de que estuviera a la altura de sus circunstancias.
Envidiado por muchos, odiado por muchos más, fue dejando en su camino un rastro de gente que, al recordarlo, un insulto saldría de sus labios casi como una escupida. Luego debería surgir una expresión de admiración que borrara el exabrupto anterior.
Pero él habría de superarlos, como sucedió siempre.
Se fue desprendiendo de a poco de todos sus bienes. Nadie debería sospechar sus intenciones. Su ida de este mundo debía ser una obra maestra. La idea fue apareciendo cuando, visitando una ciudad de Estados Unidos optó por utilizar un ascensor cuya cabina de cristal subía por fuera del edificio. El ascenso le resultó fascinante y se preguntó cómo sería el descenso en caída libre. Por ejemplo desde el techo del edificio más alto de la ciudad o, por qué no, del mundo.
Eligió el Word Trade Center de Nueva York
Le pareció que una de las torres podría ser la elegida. Cuando subió a la última terraza comprobó que eran tantos los artilugios destinados a frustrar intentos suicidas que terminó desechando el lugar. A pesar de eso estuvo un tiempo considerando alquilar una oficina en uno de los pisos más altos y desde allí realizar su descenso. Lo llamó así: descenso. En ningún momento se planteó la idea, sin duda dramática, de que estaba proyectando el fin de sus días. Lo consideró como un proyecto más pero simultáneamente comenzó a darse cuenta que éste era el que tenía aspectos más complicados. Ninguno de sus éxitos pasados necesitó tanta preparación ni tuvo que sortear tantos inconvenientes.
Se preguntó si no sería su vanidad la que lo llevaba por esos caminos y se convenció de que, efectivamente era ella la que iba por delante de sus intenciones. No le importó y hasta le pareció bien que fuera así. Toda su buena suerte y sus éxitos fáciles crearon un monstruo vanidoso que ahora ocupaba toda su mente y le hacía pensar las cosas más descabelladas.
Tratar de lograr una muerte que lo diferenciara realmente sólo su vanidad podía concebirlo. No pensó más en el asunto y siguió adelante. Cuantas más dificultades encontraba más se daba cuenta de que, en realidad, él no estaba preparado para afrontar algo tan complicado. Pero supo que, en verdad, lo complicado era hallar la fórmula de la originalidad.
Tirarse desde lo alto de un edificio, por más que fuera el más alto del mundo no tenía mucho de original. Eso lo pensó desde un principio. Creyó que lo original pasaba por “cómo” se tiraría. Este aspecto del problema comenzó a desvelarlo. Mientras pensaba en esto su mirada se detuvo en un hombre que sobre una plataforma limpiaba los vidrios de las ventanas del edificio de enfrente. Al contrario de lo que hace todo el mundo, él se tiraría mirando a la pared. De esa forma su cuerpo no correría la suerte de ser un punto en el centro del vacío. Su descenso sería acompañado por las imágenes que le daría cada ventana. Como una galería de cuadros que pasaría frente a sus ojos. La originalidad también estaría en que la sucesión de figuras animadas correría en forma vertical. Cuando logró imaginar todo lo que acababa de crear no pudo menos que sentirse muy satisfecho. Esa noche, después de mucho tiempo pudo dormir sin despertar una sola vez.
Al día siguiente, mientras se dirigía a la escribanía donde dejaría establecido el destino de toda su fortuna, supo de boca de su chofer que las torres gemelas acababan de ser destruidas. Todo su plan se desplomó de la misma forma. Le costó superar esta adversidad pero su entusiasmo volvió al enterarse que en Dubai se estaba construyendo el edificio más alto del mundo. Se apresuró a comprar una oficina en el último piso y después, ya más tranquilo se limitó a esperar la inauguración.
Varios días después tuvo que reconocer que su buena suerte estaba cambiando. En el diario de ese día aparecía un dibujo del futuro edificio más alto del mundo. Se estaba construyendo en Arabia Saudita. Esto lo deprimió y más todavía cuando leyó, poco tiempo después, que en China habían comenzado la construcción de otro que superaría a este.
Volvió a desvelarse pensando cómo resolver este nuevo problema. Debería replantear todo porque la capacidad del hombre para superarse a sí mismo no tiene límites.
Esa noche soñó que lograba arrojarse desde lo alto de alguna torre y pudo ver como las ventanas iban pasando hacia arriba. En la primera estaba un chico que, extrañamente, se parecía a él en su infancia. Lo vio pasar sin ningún gesto de sorpresa. En las siguientes fueron apareciendo escenas con personas que lo conocieron en diferentes momentos de su vida. Comenzando por sus padres y hermanos y siguiendo por otros familiares. No vio amigos. Las ventanas pasaban cada vez más rápido, pero su mente funcionaba también a más velocidad. Esto le permitía detenerse en cada abertura la misma fracción de tiempo. Se dio cuenta que no había visto amigos porque, en realidad, nunca los tuvo. Todo lo que iba viendo en su caída era un inventario de su vida. Lo diferente era que, por primera vez, podía verla desde afuera. Cuando alcanzó la mitad de la altura, las ventanas le mostraban simples repeticiones de lo ya visto. Comenzó a perder interés en lo que pasaba y llegó a preguntarse si valió la pena tanto esfuerzo. Al faltar veinte pisos para llegar al suelo lo único que sentía era hastío e impaciencia por llegar. A cinco pisos de altura de su boca salieron cuatro palabras:
— ¡Qué suerte de mierda!— Y entonces se despertó. 

                                                                                               Hugo Portillo

¿Quién se anima?

Alejandro

Llueve torrencialmente. El pobre ha estado esforzándose por encontrar tema de conversación. Aunque hubiese dicho algo interesante no lo hubiera escuchado. Estoy como ausente. Veo pasar desde la cama las gotas en caída libre. ¿Tanto apuro para qué, para estrellarse contra los vidrios, el techo, los mosaicos del balcón? Cada golpecito separa el tiempo perdido en pequeños fragmentos.
¿Nunca más sentiré deseos de escuchar su voz? Nunca más, oigo que gritan. Deben ser las gotas. Me distraigo imaginándolas saltar ciegas al vacío sin ofrecer la menor resistencia. Que espíritu de kamikaze tienen, qué vocación suicida. Qué estupidez. Todo por no romper con el mandato. Pero, ¿cuál mandato, el de la naturaleza, el del instinto, el de la rutina? Si una de ellas se revelase quizás las demás tomarían su ejemplo. Pero no hay por qué inquietarse, ninguna se animará a ser la primera. Hay cosas que jamás cambian.
Puede perderse el rumbo de distintas maneras. Una es caer en el infierno. Otra, sin necesidad de salirse de los carriles, es aminorar la marcha hasta detenerse por completo. Eso es exactamente lo que me ocurre. ¿Por qué? Y qué se yo por qué.
Hace un tiempo opté por callar. Ahora vivo en paz. Es cierto que es como la paz de los sepulcros, pero paz al fin.
Como siempre ocurre en estos casos, el principio fue esplendoroso. No me importó que tuviese veinte años más que yo, al contrario. Canas, atenciones, detalles, escapadas fuera de la ciudad, sitios elegantes… Él y su mundo glamoroso me sedujeron. Hasta que llegó a mi vida, nadie me había respetado y valorado de ese modo. Ni antes ni después conocí un solo joven de mi edad que le llegase a la altura de sus zapatos. ¡Y era casado, con hijos! Eso sólo basta para que cualquiera parezca buena persona. Además, no por haberse equivocado de mujer una vez debía ser infeliz per secula seculorum. Siempre tuve a los hombres casados como misteriosos, más apetecibles. De por sí era un desafío.
Y a él ¿le importó que yo fuera veinte años más joven? Tampoco. En medio de la pasión no se sintió ni un minuto más viejo. El embelesamiento amoroso vuelve a las personas estúpidas y perpetuamente jóvenes.
Pero como todo lo que empieza inexorablemente termina, en el día 73 aparecieron las primeras palabras agrias. A partir de allí fueron saliendo a la superficie las pequeñeces propias de nuestras existencias mínimas. Y el estado de encantamiento fue apagándose. No fue sólo por causa de la diferencia de edades, mucho tuvo que ver la diferencia de necesidades.
Tantas veces le repetí que lo había estado esperando toda mi vida… Imposible hacer que un hombre casi viejo, dominado por el deseo, crea semejante tontería.
Mientras él buscaba el Paraíso, sin que me diese cuenta, en mi interior fue creciendo un agujero oscuro. El aire empezó a helarse. La relación se tensó.
Hace un buen rato que forcejea entre mis piernas. Quizá tema no estar a la altura de las circunstancias. Mientras cumple con su penoso trabajo yo sigo pensando en el destino de las gotas que veo pasar por la ventana. Van tan rápido que parecen filamentos plateados.
Al fin culmina con éxito su esfuerzo. Da un brinco y se echa, jadeante, a mi lado. Entonces, de repente, sin pensarlo, digo:
—Vayámonos a vivir juntos.
Lo hago nada más que para molestarlo. Y lo consigo. Se pone de pie de un salto, desnudo, con la frente sudada. Todavía está agitado. A contraluz se le marca una incipiente curva en la espalda, el abdomen flácido y las extremidades sin enjundia.
—¿Por qué me hacés esto? Querés volverme loco? ¿No estamos bien así? ¡Qué habilidad tenés para complicarlo todo! —grita.
Claro, para él, que tiene mujer e hijos, así está bien. ¿Así cómo, viéndonos de vez en cuando, a escondidas? Y yo, que no soy esposa ni concubina ni mujer libre, ¿qué papel juego? Si, ya sé, el de vivir en el limbo, en ese estado intermedio tan parecido a la nada.
Da media vuelta y entra al baño.
Estoy molesta, tengo la entrepierna mojada de secreciones. Me seco con la sábana. No siento nada. No siento miedo. De pronto tomo consciencia del silencio. Siempre me gustó el silencio pero este no. Me falta algo. La respiración. La respiración no me vuelve. Lloro. Veo asomar fugazmente su cara por la puerta del baño. Me mira y desaparece sin decir nada. ¿Y si no vuelve? Este es un juego de mierda. Ya no hay lazos. Mejor dicho, los que quedan alcanzan apenas a unir los breves momentos del encuentro. Después, chau, otra vez dos desconocidos y a esperar que llame, que vuelva… Los hombres son unos hijos de puta, nunca vuelven.
Pero vuelve. Se acuesta a mi lado. Está envuelto en un toallón. Acaba de bañarse. Huele bien pero no se lo digo. No está triste. A mí, en cambio, me arden los pulmones de llorar. Creo que si no estuviese sola podría encontrar la felicidad.
Comienza a acariciarme el cabello. Me besa en los párpados, en el cuello, en los hombros. Yo lo dejo.

                                                                                                                     Alejandro Ramón