Trenes

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Llegó la hora. Entro resignado. Falta el aire. Me aflojo el nudo de la corbata y desprendo el cuello de la camisa. Basta que alguien pulse el botón para que el hermético sarcófago se desplome. Quince pisos de caída libre. Cincuenta metros de aguantar el grito sudando frio y “rajuñando” la chapa de acero inoxidable.

Tan pronto la puerta vuelve a abrirse salgo disparado hacia la calle. ¡Aleluya, otra vez a cielo abierto!

Me dirijo al paso a nivel. Bajan las barreras. Los vehículos se estancan. El tiempo que permanecen levantadas no alcanza para que el embotellamiento se disuelva. Dejando el auto del otro lado de las vías evito estas demoras. Se oye el silbato de la locomotora. La gente llega corriendo, pasa por debajo y sigue corriendo. Me detengo.

Mientras espero hago un paneo a mi alrededor. Veo caras de preocupación, de impaciencia, de contrariedad. Nadie ríe, ni siquiera sonríe. Un conductor, aferrado al volante, completamente abstraído, mira al frente y habla solo.

Lo descubro a un costado, apartado de todos. Lleva una bolsa terciada en bandolera. Pelo largo, barba larga, canas, uñas negras, mugre. Pantalón atado a la cintura con hilo sisal, camisa deshilachada, mugre. Gorro de lana, campera manchada, mugre.Mugre, mugre, mugre, mugre.

Cuando se da cuenta de que lo estoy mirando se acerca a pasos cortitos y rápidos. Habla atropellado, sin parar.

Cigarro, un cigarro, dame un cigarro, ¿tenés un cigarro?, dame uno.

No fumo.

Pero el tipo insiste.

Comprame.

¿Querés un sándwich?

Bueno.

Cabellos y faldas flamean al paso de la mole. Las barreras se alzan. Los vehículos se ponen lentamente en marcha. La gente pasa corriendo. Sólo queda él moviéndose sin ton ni son.

No te vayas que te traigo uno.

Pronto, que sea pronto.

¿Estás apurado?

Sí, tengo cosas que leer.

¡Está apurado, tiene cosas que leer! Es fascinante.

En la esquina hay un almacén. Compro y vuelvo. La columna de vehículos sigue allí, larguísima, como si nada hubiese pasado. A la distancia lo distingo dando saltitos como si tuviera frío. Agito el sándwich en lo alto. Al verme viene hacia mí al trote, frotándose las manos. Me lo arrebata y se va sin siquiera mirarme. Pasa junto a la barrera y empieza a caminar al costado de las vías.Me ha dejado tan intrigado que lo sigo.

¿Así que leés?

Apenas vuelve la cabeza y contesta sin detenerse.

Sí. ¿Vos no?

De vez en cuando.

Yo siempre leo.

¡No me digas!

Sí.

Se para y me espera. Cuando me le pongo a la par reanuda la marcha a paso normal. Da mordiscos chicos, come con la boca cerrada. Cada tanto saca un pañuelo sucio y se lo pasa por los labios. Cerca, detrás de un matorral, tiene un fueguito encendido, bolsas con trapos y papeles, unos cuantos tarros y un cajón.

Otro tren estruendoso arremolina las llamas. Se quita la bolsa que lleva terciada y pone una pava tiznada a calentar. Llena el mate con yerba y dice:

¿Te tomás unos amargos?

Ahora habla pausado.

No, gracias, tengo úlcera, tomá vos.

Sentate en el cajón, yo prefiero la piedra.

¿Estás solo?

Siempre ando solo, los linyeras no son buena compañía.

Ceba el primero y lo escupe.

¿Por qué cambiaste la manera de caminar y de hablar?

Porque con vos no tengo necesidad de parecer loco.

¿Qué estás leyendo?

Aullido.

¿Es una novela?

No, es un poema de Ginsberg.

¡Qué cavernícola, la poesía es un arte de catacumbas!

¿Grimberg?

Allen Ginsberg —remarca—, ¿nunca lo escuchaste nombrar?

No, no me suena.

El tipo abre la bolsa que llevaba terciada y revuelve los papeles que hay en su interior. Saca un manojo abrochado, le echa una mirada de felicidad y dice:

A ver qué te parece esto: I saw the best minds of my generation destroyed by madness…

No entiendo inglés.

Perdón. Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, famélicas histéricas desnudas muertos de hambre arrastrándose por las calles al amanecer negros buscando furiosos una dosis, hipsters con cabezas de ángel abrazadas por la antigua conexión celestial al dínamo estrellado de la maquinaria de la noche, quienes pobres y andrajosos y ojerosos y drogados pasaron la noche fumando en la oscuridad sobrenatural de los departamentos con agua fría flotando sobre las cimas de las ciudades contemplando el jazz.

Se queda callado, pensativo, como extasiado. De repente exclama:

¡Eh, qué tal!

Sí… sí… muy bueno.

Es más largo, mucho más largo. No tiene desperdicio. Cada tanto vuelvo a leerlo. Te lo recomiendo. Aullido y otros poemas. Allen Ginsberg. Pensar que el tipo lo escribió en los 50. Un monstruo. Es el poeta más grande que dio el siglo XX.La primera vez se lo escuche decir en New York.

¿A Ginsberg?

Parece sorprendido por la pregunta.

Sí, a él.

¿En Nueva York?

Sí, el tipo venía de encabezar una manifestación contra la guerra de Vietnam. Me rompió la cabeza. Después de eso nada volvió a ser igual.

Sigue traduciendo. Los trenes pasan a cada rato. Van y vienen. La tierra trepida. Las llamas tambalean. Espero que termine el poema. Tenía razón, era largo. Me despido, le dejo unos pesos para los “vicios” y me voy.

El encierro es mortal. Cuánto mejor se siente uno al aire libre.

                                                                                                        Alejandro Ramón

                                                                                                

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