Las no respuestas

Además de la adorable hermosura, poseía el don de la “no respuesta”

Pero… ¿Qué era la “no respuesta”?

Era una táctica que respondía a una extraordinaria habilidad para replicar al instante con otra pregunta. Esta maniobra cambiaba en forma radical el eje del diálogo.

A continuación, con una pericia diabólica, te llevaba por otros laberintos y cuando recordabas tus preguntas, ya habían quedado muy atrás. Al reiterarlas, su mirada no dejaba lugar a dudas, eras un boludo.

Estas estrategias, tan elaboradas, la hacían reinar en el centro de una multitud de hombres que hormigueaban caóticamente a su alrededor.

Aunque no lo creas fueron varias las oportunidades que quedé atrapado en esa telaraña.

Al contrario, cuando estabas fuera de su vida, sobrevivías en el borde del limbo, casi cayendo al infierno del olvido.

Sin embargo, si eras el elegido, eran muy pocas las posibilidades de escapar. Era así porque no encontrabas la voluntad para evadirte.

Comenzaba con halagos e insinuaciones que te iban despegando de todos tus afectos anteriores.

Llegado el momento, tu mente se había transformado en un feudo de su propiedad.

Allí se cerraba la malla y comenzaba el juego. Soñabas con el más dulce de los placeres en el más delicioso de los abandonos y cuando flotabas en medio de tanto amor, te descerrajaba una pregunta como:

— ¿Qué pensarías si yo saliera con otro hombre y al mismo tiempo con vos?

El aterrizaje era violento pero sólo lo suficiente como para dejarte aún más sometido.

Ella quería todo y a cambio prometía todo. Siempre doblaba la apuesta ofreciendo más de lo esperado y lograba hacerte creer que la felicidad te esperaba a la vuelta de la esquina.

Esa era la esquina de “la buena y la mala noticia” porque al llegar allí no había nada y entonces, en forma imprevista, eras desalojado de su vida.

¿Cómo me salvé?

Un ente mínimo, tal vez un anticuerpo, sin darme cuenta, se fue instalando en mi mente.

Un día, al verla dormir, mi vista se detuvo en el dedo gordo del pie derecho que aparecía como escapando del blanco de las sábanas.

¡Era gordo! Pero no gordito, de esos que a uno lo enternecen y le dan ganas de morderlo con cariño. ¡No! Era un gordo amorfo. Estaba a una distancia abismal de los dedos gordos de Botero, del cual yo me reconocía como un ferviente admirador. Y la uña, abominable, era algo feo incrustado en el final de algo más feo aún. En mi cabeza, la perfección del resto de su cuerpo se hacía pedazos a medida que iba corriendo la sábana milímetro a milímetro. Cuando comenzó a insinuarse el siguiente dedo no lo pude resistir.

Me fui moviendo con lentitud hacia el borde de la cama. Apoyé mis pies en la alfombra y con un impulso casi demencial escapé desesperado mientras manoteaba la poca ropa que encontré en mi camino.

Cuando estaba cerrando la puerta le escuché murmurar su frase más recurrente.

— Ahora no querido, quiero dormir.

                                                                  Hugo Portillo