MDQ Puerto de lectura

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Enredadera


Primer Concurso Provincial de Cuento y Poesía Dr. Enrique Falabella. 2009

AMEJU IX Distrito.

Mar del Plata.

2º Premio

  ENREDADERA                                                                              

 La muchacha saltó de la bicicleta, entró gritando que ya estaban en el pueblo y se desplomó sobre una silla. La cubría un barniz mortecino, como si estuviese untada de sebo, hasta las uñas habían perdido el color. Súbitamente salió corriendo, parecía espantada por el diablo y aferrada al inodoro vomitó pedazos de su fragmentada alma. Desde la cocina se oían las arcadas y los esfuerzos por escupir las babas amargas.

Para la viuda de cuarenta y su hija de dieciocho, los invasores eran hombres feroces, todo lo feroces que la  guerra puede volver a los hombres, y eso a ellas, que vivían solas y alejadas, las aterraba. La madre se encomendó a Dios suplicando que hasta allí no lleguen. Saldrían lo indispensable, con pantalones y pañuelos en la cabeza para “no despertar los instintos a las bestias”, dijo, y olvidarían las misas mientras durara la ocupación.

Una voluta de humo azulino se elevaba tenue desde la cazuela, metiéndose en la campana que cubría las hornallas. Ponían los platos sobre la mesa de madera, blanquecina de tanta lejía, cuando entraron. Eran cuatro. No les dieron tiempo más que para levantar las cabezas. Una seriedad grave les colgaba de la comisura de los labios. Recorrieron la finca husmeando rastros de hombre o de armas. Uno que casi no tenía cuello (parecía llevar la cabeza atornillada a los hombros), les advirtió con una ridícula vocecita aflautada que contrastaba con su aspecto rudo:

—El jefe dormirá aquí.

En la cocina los esperaba otro, también sucio y de barba revuelta, con un fusil terciado a la espalda.

—Soy el comandante –señaló –Sólo yo entraré a la casa. Disponga usted la habitación que debo ocupar. Trataré de causarles la mínima molestia. –Luego, dirigiéndose a los otros ordenó:

—Pongan vigilancia en el molino, organicen los turnos de guardia y acomódense en el galpón.

Al salir, los tacos sonaron como cascos herrados de cabalgaduras sobre el empedrado. Una estela de olor salvaje quedó flotando en el aire.

Cuando golpeó el aldabón las mujeres tejían. No quedaban ya rastros de sol en el cielo. La viuda lo hizo pasar sin contestar el saludo y se encaminó a la cocina, rozando apenas el suelo con los pies y con la mirada. Sentía a sus espaldas los pasos del miedo. El hombre se detuvo, abarcaba casi todo el vano de la puerta. Con las cabezas gachas, alcanzaron a ver un par de manos y antebrazos cobrizos de intemperie, que escapaban de la camisa remangada.

—Buenas noches señoras, espero hayan disfrutado la cena. Nuevamente me disculpo. Quisiera no perturbarlas pero… Tal vez no comprendan las razones de la revolución, ni yo estoy aquí para explicarlas. Si me lo permiten, tomaré un baño y me iré a descansar.

Su voz armoniosa hizo que a la hija le pareciese una persona educada, que trataba de suavizar el atropello de invadirlas. No había transcurrido media hora cuando reapareció. Sorprendidas, lo miraron durante un relámpago de tiempo. Esta vez notaron su gran porte, los ojos bermejos y la frente blanca (de usar sombrero todo el tiempo, comentaron después).

—No se asusten si oyen ruidos, saldré antes del amanecer. Que pasen buenas noches señoras –dijo, y se metió en el dormitorio.

Ya no olía a animal sudado. Le brillaba el pelo húmedo, negro como ala de cuervo. Mientras hablaba, ellas simularon mantenerse ajenas, concentradas en sus labores. El ovillo de lana, indócil, cayó del regazo de la joven.

Cumplió su palabra. Los hombres no se arrimaron a la casa y él lo hizo sólo para dormir. Una única vez llegó temprano, cuando todavía el sol andaba indeciso por el borde del horizonte.

—No quisiera abusar de la hospitalidad pero llevamos mucho tiempo sin probar carne. ¿Tendrían algo para ofrecernos? –dijo.

La madre señaló con la cabeza el corral de las ovejas y él volvió a hablar.

­­—Indíqueles señora, por favor, ellos no tocarán nada sin orden suya.

Mientras iba hacia la sala le preguntó a la hija si era ella la que tocaba el piano. La pobrecita sintió que las sienes le zumbaban. Muda lo observó levantar la tapa y ejecutar algunos aires populares. Le faltaba práctica, pero eso a ella no le importaba.

Una noche entre las noches en que algunas estrellas sueltas parpadeaban olvidadas y las mujeres tejían (como cada día, después de que los pájaros despiden la tarde) les anunció la partida. Las agujas de la muchacha hurgaron el aire como brazos de ciego, el ovillo peregrino vagó por el suelo, sus ojos cándidos se metieron en los de él hasta el fondo, llevaban una pena que tenía el fragoso rodar de los torrentes.

A las dos de la mañana seguía despierta. La idea de proclamarle su amor y unirse a la causa espoleaba su timidez. Oyó unos pasos leves, sonámbulos. Con el rostro que parecía haber surgido de la lluvia saltó arrastrada por el ansia. Palabras masculladas flotando en el silencio la llevaron hasta la ventana del comandante. Se volvieron quejidos que traspasaban la penumbra, que tajeaban su alma. Por una hendija los vio en la cama, su madre como una enredadera, él como una estatua temblorosa y blanca.

Cargando sus olores y sus armas, se fueron con el gris del alba. Las mujeres ventilaron las piezas, cambiaron las sábanas y salieron temprano para la labranza. Como de piedra eran las caras que llevaban, parecían máscaras.

                                                                                                                       Alejandro Ramón

Ella y yo

  Ella y yo

  Los jardines nos deleitan tras los ventanales. La primavera va mostrando sus primeros pimpollos; el aire levemente tibio y húmedo los acaricia y los nutre. Ese panorama muestra nuevos ropajes en plantas y árboles y el clima nos acerca el piar de polluelos, en un renacer de la vida misma. En mi paseo de hoy debí recoger un pichón recién caído del nido y trepar en la escalera de podar, para volverlo junto a la camada. Observé la llegada inmediata de la madre, que seguramente me vigilaba desde alguna rama cercana.

Al volver a la casa, en el sillón del living estaba sentada mi hija tejiendo una ropita para su futura bebé. Quedé en silencio mirándola. Era la perfecta imagen de la madre en espera y no pude dejar de recordar aquellos dulces momentos en que la sentía latir en mí.

De pronto, algo molesta, se levantó y quedó de pie frente a la poltrona. Con suavidad, sus tiernas manos recorrieron lentamente el contorno de aquel redondo vientre. Un casi imperceptible sobresalto hizo que me mirara sonriendo. Su hija parecía haber respondido a las caricias, en una comunicación maravillosa.

—Tus manos te comunican con ella – le dije.

—Sí –me contestó con mirada luminosa, como agradecida por haberla comprendido.

—Así me comunicaba contigo antes de que nacieras.

Llegó hasta mí y me abrazó.

—Quiero que seamos con mi hija, como somos nosotras ¿cómo haré?

—La querrás como yo te quiero. Ese vínculo comienza a través de tu vientre, en tus manos y luego serán ellas las que la recibirán y cobijarán entre los brazos como si fuera la prolongación del útero. Serán las que la apretarán al pecho en su primer llanto, sollozo que significará su saludo.

—No quisiera verla llorar.

—Solo te estará hablando, oliendo, reconociéndote y esa identificación será para siempre.

—Así seguramente ha sido entre nosotras, siempre he sentido que soy parte tuya.

—¡Y cómo! creciste en mí y luego crecimos juntas, cada una a su manera, en su edad y en su misión. Tomada de mis manos diste los primeros pasos sin temor, en el hueco de ellas pusiste las tuyas para que te guiara en los trazos y las primeras letras.

Ella siguió abrazada con la cabeza apoyada en mi hombro. Tiernamente, evocó:

—Recuerdo haber imitado la postura de tus manos en rogativa, cuando a la noche rezábamos pidiendo a Dios una noche en paz y al acostarme, me separabas el mechón de la frente para darme el beso de las buenas noches. Esas cosas para mí son inolvidables.

—Las manos de las madres son las que hacen la comida que los hijos nunca olvidan –le dije tomando las suyas- las que siembran el jardín que les harán amar los colores y los aromas, sus dedos el ábaco que les enseñará a contar y marcarán el ritmo de los cantos que los acercarán a la música. También los brazos que rodean, aprietan y consuelan cuando algún desengaño les golpea el corazón, tenlo en cuenta.

El jardín despedía a ese agradable atardecer, cuando la penumbra invadió la casa y ella y yo, seguimos hablando como lo hemos hecho siempre, en esa maravillosa relación de dos seres que en un momento de sus vidas fueron uno solo.

Hoy simplemente nos separan unos cabellos blancos y algún testigo de la edad en el rostro y las manos.

                                                                                                              Enrique Lombardo

Pronóstico resevado

Mis problemas empezaron esa mañana que, en ayunas, dijo “si realmente me querés hacé que mañana llueva” Era imposible conseguirlo con tan poco tiempo. Al mediodía me llamó a la oficina. Hablamos. Lo más interesante lo dijo después de haber colgado. Pero yo no alcancé a oírlo. Imposible olvidar como lo había pronunciado, sin mirarme, la vista fija en el interior de sus párpados “si me querés; si realmente me querés, hace que mañana llueva” Ya no alcanzan los dulces, las salidas a cenar, ni siquiera ignorar a los demás. Mordió cada palabra de una forma triste, cierto temblor en el labio de abajo confirmaba que era una última oportunidad. Según el pronóstico no llovería en ningún lado de los que podía alcanzar a pie, o en coche. Hacía tiempo que me estaba poniendo a prueba, había bajado de peso, dejado de fumar; pero como esta vez, nunca.

La reconstrucción de los hechos no pudo aclarar los motivos. No encontraron nada que anticipara ese resultado. Algunos, los mas necesitados de una explicación, sostuvieron que cuando colgó tenía una expresión extraña mientras decía “mañana el sol no saldrá para todos” Casi nunca miento. Hace tiempo le dije a mi amigo Ramón que una vez estuve a punto de ver un fantasma. Se me podrá tildar de pretencioso, pero cuesta mantener que mentí. Si lo menciono ahora es para que nadie ponga en duda la tormenta del día siguiente, las gotas viajaban con tal fuerza que parecían salivazos de un Dios enojado. En esas condiciones un entierro pierde toda su dignidad, las carreras, las prisas, no combinan con un acto así. Por suerte, yo no estaba para verlo.

                                                                                                            Gustavo Gonzalez

Mar profundo

El veterano marinero que deambulaba por los muelles, se detuvo a dialogar con un viejo buque amarrado, tocó su casco como si lo acariciara. Al achicar los ojos de mirar lejanías encendió su pipa y comenzó a desmenuzar recuerdos de cuando batallaran aventuras y el mar los abrigara juntos. Al terminar el soliloquio, bajó la mirada, giró lentamente su cansino cuerpo, y dándole la espalda se fue alejando. El buque que fuera hogar, lugar de trabajo y trajinante de vida, ahora cubierto de óxido y radiado de servicio, quedaba solo, acompañado tal vez por los viejos fantasmas que se resistían a abandonarlo.

 Sobre la platea del astillero había comenzado a “ser”. Al principio era un hierro del largo de su eslora. Después le nacieron costillas que apuntaban al cielo, y sobre éstas se le fue adhiriendo la piel de acero. Los hombres trabajaban durante el día, también de noche. Lo maleaban dándole forma. Curvaban sus planchas continuación del pantoque. Envuelto en chispas aquí y allá se parecía a lo que pronto iba a ser. Terminado y con su nombre estampado a proa, una madrina según la tradición, brindó con él una botella de champaña que, al arrojarla sobre su roda estalló en mil pedazos de vidrio y espuma de buen augurio. El buque, en medio de aclamaciones, se fue deslizando suavemente por la platea hasta el agua. Recién nacido pusieron a punto su razón de ser. Olía a nuevo y una hélice brillante enroscaba el agua empujándolo hacia delante. ¡Podía navegar! Era su primera singladura e iniciaba la historia que se volcaría día a día al libro de bitácora.

Los tripulantes se encomendaban a él como si fuese un dios pagano; otros dialogaban con el corazón ruidoso en sus entrañas para descifrar sus misterios. Entre esos primeros hombres, sin saberlo, estaba quien lo acompañaría a lo largo de su extensa vida.

Al comenzar su primer viaje, las roncas pitadas que dio el capitán sonaron desoladas, mientras en cubierta persistía el perfume del amor dejado en tierra.

Desde la costa se lo veía remontar el canal rumbo a puertos lejanos. Avanzaba con pereza en busca de las grandes aguas que, sin haberlas degustado era sediento de ellas. Al final del cauce los bajíos quedaban atrás y el mar profundo lo acogió en el reino sagrado. Vibrando con vigor enfiló rumbo a su destino. Hombres y buque fundidos en una sola unidad, enfrentaban la tormenta. Era el comienzo.

 Solos los que quedaban. Solos los que partían envueltos en sombras de lejanías y adioses, compensaban los emocionados encuentros del arribo. Él era testigo, latía vida en su interior, tenía espíritu y en la inmensidad del océano, casi sin notarlo, era amo y señor e invitaba a sus pasajeros y tripulantes a sentirse poetas, y bajo la luz de las estrellas soñar con el amor lejano.

 Su avance dejaba en las aguas una estela turbulenta que se prolongaba a popa hasta perderse en la lejanía. Formaba camino al navegar. A proa, un mar límpido sin calles ni señales; el rumbo se lo indicaban los astros, era el misterio a descubrir y el comienzo de la aventura.

 Del primer viaje regresó victorioso y el mejor premio fue que lo consideraran “buque muy marinero” Con el deber cumplido, se acercó suavemente al muelle. Ahora, las pitadas que dio el capitán, sonaron a música de promesas que renacían.

Surcó mares plenos de vida, delfines, peces voladores que aterrizaban en cubierta con un chasquido fatal, gaviotas, petreles y cormoranes lo acompañaron en vuelos rasantes hasta detenerse en su arboladura y viajar como polizones. Cruzaban los océanos a bordo y al avistar tierra cercana se alejaban. Subían otros en extraño intercambio. Escuchó el canto de las sirenas que endulzaban sus oídos hasta subyugarlo, no del todo, y las lenguas diferentes habladas en su derrotero universalizaron su índole, lo volvieron sabio. En la tormenta montaba las olas como avezado jinete, y al crecer de tamaño las ascendía como si escalara montañas. Al sumergirse, rechinaba, y al aflorar en medio del rugir del viento demostró su carácter ante la adversidad. El mar lo golpeaba con furia, como si fuese un gigante maléfico, él resistía y en cada bandazo sobre su estructura, descomponía el agua en miles de gotas saladas que se expandían en la atmósfera, y al estrellarse contra los cristales del puente, semejaban astros desprendidos de un firmamento invisible mezclándose en las crestas de las olas cual niebla fantasmal. Repetía esta acción sin solución de continuidad mientras duraba la borrasca. Al reverberar el sol en los trópicos y cuando los vientos alisios refrescaban la canícula, era momento de descansar y apurar la marcha para llegar pronto. La tormenta quedaba atrás.

 Sus desafíos fueron rutina, le sobraba oficio y la experiencia lograda año tras año le agregó capas de pintura hasta formar una gruesa costra sobre la piel. Sus dueños lo notaron avejentado y se lo hicieron notar. Condenado a sucumbir no se resignaba a que un último marinero transite sus cubiertas, ni que su sirena, órgano de expresión, deje de mostrar tristeza o alegría y no vuelva a sonar.

Una ley de causa y efecto, inexorable, marca los tiempos; se nace y se muere, no hay vuelta atrás pero quedan los recuerdos. No haber vivido en vano es el mensaje que los hombres sabrán interpretar.

 A la espera del desguace, entre los buques abandonados, sin lastre ni carga flotaba con levedad de gaviota y en el ocaso del día su silueta resaltaba con el sol detrás, mostrándolo ennegrecido, con su piel ajada y manchones de herrumbre que lo diezmaban. A su pesar permanecía erguido, sin perder las esperanzas. Listo para un próximo viaje y volver cruzar la inmensidad marina con el entusiasmo de siempre.

 La modorra senil se estaba apoderando de su voluntad, pero las condiciones meteorológicas cambiarían su suerte; los vientos huracanados volvieron a rugir, voló la espuma de mar sobre cubierta y el soplido infernal bramó cantarín sobre la arboladura. Pareció despertar del largo sopor en medio de los demás buques que ya no navegan, y comenzó a moverse inquieto. Intentaba soltarse de las amarras pero necesitaba ayuda. El viejo que miró distancias, ahora a paso vivo se arrimó solícito a su costado. Del bolsillo del gabán raído sacó una navaja marinera y aplicó certeros cortes a los cabos de amarre. El temporal completó la proverbial ayuda como si su hélice, rediviva, volviese a enroscar agua y en medio del torbellino navegar al comando de diestro timonel. Nuevamente avanzaba en ruta hacia el mar profundo, pero el destino tenía otros planes, una roca sumergida rasgó su vientre y las frías aguas comenzaron a invadirlo. Herido de muerte chirrió en feroz bramido. Detuvo la marcha. Se inundaba rápido. Con el último aliento alcanzó a hacer fondo en un bajío y antes de detenerse por completo apuntó con la proa a la Cruz del Sur. Ahí quedó. Bien montado sobre la restinga, donde luce triunfal en medio de surtidores de agua que su casco roto provoca con la marea.

 En la taberna se escuchan decir simplezas sobre el buque encallado. El viejo, sin pronunciar palabra, entre irónico y satisfecho, sonríe feliz ante a su copa de licor.

                                                                                       Héctor Scaglione

El Papanicolau

Recuerdo que me pregunté: ¿Por cuál de las dos mujeres optaría mi amigo el ladrón? Me sorprendió llamarlo “mi amigo”. Me escandalicé, ¡nunca soñé tener un sentimiento de amistad hacia un delincuente! Sin embargo la última vez que estuvo al alcance de mi vista nos miramos con picardía. El rubor hizo hervir mis mejillas y desvié la mirada.

Mi vergüenza aumentó, todavía más, al reconocer que todos esos pensamientos no encajaban con una persona como yo, lo que se dice una mujer “normal”.

Volví sobre el análisis de quién sería la víctima y me decidí por la chica de la mochila. Al estar parada, la maniobra era más sencilla, alejarse también parecía simple.

Recordé que el carterista se quedaba en el vagón después del robo y creí que buscaba mi mirada. Me convencí de que lo hacía por algún tipo de exhibicionismo. O tal vez me desafiaba ¡Estaba seguro de que yo no sería capaz de delatarlo!

Admití que atreverse a realizar un robo requería mucho valor, pero… ¿Estaba loca? ¡Lo pensaba con fascinación!

Me serené, no podía, de ninguna manera, admirar a alguien que despoja a los demás.

Para alejarme de estos pensamientos vergonzantes comencé a reflexionar sobre mi vida tan carente de emociones. El papanicolau, que hoy iba camino a hacerme, significaba un gran acontecimiento. Este viaje en tren era la excusa para salir fuera del pequeño espacio en el que me movía habitualmente.

No pude evitar volver sobre el tema y me pregunté: Si fuera yo la que realizara el robo ¿Cómo encontraría el valor para hacerlo? Sin duda sería difícil, al principio. Por ser mujer, despertaría menos sospechas. También estaba la ventaja de que, por mi aspecto insignificante, me sería muy fácil pasar desapercibida. Me sentí segura y hasta capaz de hacerlo. Reaccioné como si despertara de un sueño.

El tren ya dejaba la última estación antes de llegar a Constitución. Comprobé que mi cartera estuviera bien cerrada y la colgué de mi brazo izquierdo. El derecho lo usaba para tomarme de los pasamanos. Me levanté y caminé hacia delante siguiendo a otras personas que hacían lo mismo. Los vagones se bamboleaban al entrar en la zona de cambio de vías. Cuando me acercaba a la chica, vi que el cierre de su mochila estaba un poco abierto. En su interior, se veía parte de una billetera roja. Todavía no puedo explicarme cómo, después de pasar por detrás, ésta apareció en mi mano.

El temor me invadió y la oculté rápidamente en el bolsillo de mi abrigo. ¿Cómo llegó eso a mi poder? La mujer que cometió ese robo era otra. Ahora sólo quería escapar y continué apresuradamente mi camino, los nervios me consumían pero necesitaba saber si alguien me había visto. Antes de pasar al siguiente vagón me paré y giré con lentitud. Ni la chica ni nadie se dieron cuenta de nada. Mi cabeza, por el contrario, era un terremoto que a duras penas conseguía disimular que mi yo anterior había quedado muy atrás,

La sangre fluía por mis venas en un vértigo que me hacía sentir sensaciones más que reveladoras. La excitación me hormigueaba hasta en las partes más íntimas. Nunca imaginé algo semejante. El alivio llegó al ver por las ventanillas que el tren comenzaba a detenerse.

Todavía me deleitaba con lo que sentía cuando vi al ladrón avanzando hacia mí. Estaba concentrado en la mochila, su rostro demostró contrariedad al no encontrar lo que buscaba. Sin dudar continuó su camino y lo sentí pasar por detrás mío sin reparar en mi persona.

Un espejo me devolvió una cara pálida, casi cadavérica.

El tren se detuvo, rogué que mis piernas me respondieran y salí a la plataforma. Caminé con la multitud hacia la salida. Mi mano derecha apretaba con fuerza la billetera.

Unos metros más adelante apareció él junto a otro hombre. Estaban parados dejando pasar a la gente. Era evidente que buscaban a alguien. ¡Debí suponer que los carteristas nunca trabajan solos! El compinche, muy agitado, le hablaba al oído. Un momento después me descubrieron.

Nuestros ojos se clavaron uno en el otro. Ninguno desvió su mirada. Seguí caminando como pude, pasé a su lado en dirección a la estación del subte y, al llegar, dejé que la escalera mecánica me tragara.

Un tiempo después recordé este día. ¡Qué revelación fue comprobar lo que fui capaz de hacer!

No sabía que dentro de mí estaba esperando otra mujer, audaz, desinhibida y dispuesta a tomar todo lo que aparecía por delante.

Claro que ahora esa emoción está amortiguada por el paso del tiempo.

Con mi maestro, nos saludamos con la mirada al cruzarnos en un pasillo o en algún andén. Cuidamos de no interferirnos.

Nunca hablamos, no conozco su voz.

¡Ah!… ¡el Papanicolau sigue dando bien!

                                                                                                   Hugo Portillo

El negro Tadeo

Tres años hace que murió papá aunque pareciera que fuera ayer. Para mí siempre esta presente, me parece que lo veo sentado en la cocina, tomando mate, o en la quinta preparando la tierra, para sembrar toda clase de verduras, o dándole de comer a las gallinas.

Durante todo este tiempo Rosa Santuli, mi madre, como verdadera tana que es, guardo luto y no permitió que una sola vez se escuchara radio en casa. Todos los días iba a misa a la iglesia del barrio. A orar, por el eterno descanso del viejo. Yo adoraba a mi madre. Sobre todos por las muestras de amor y cariño hacia papá. De pronto de un día para otro hubo un cambio abismal en mamá, se sacó el luto, el rodete y el pañuelo, vestía ropas floreadas, juveniles y sobre todo escotadas. Mi trabajo como traductor de cartas en la aduana me llevaba mucho tiempo, pero gracias a dios con mi trabajo pagaba los impuestos y mantenía la casa. Un día le dije ¿mamá que te pasó, que cambiaste tanto? —Carlo hijo querido la vida sigue.” Los otros días me mire en el espejo y parezco una verdadera vieja,” y tengo cuarenta y siete años, me dije a mi misma así no puedo seguir. El cariño y el recuerdo de Vicente van por dentro, también tengo derecho ha vivir mi vida. — Yo para mis adentros me decía acá hay algo raro, ¡la vieja le agarro un ataque de pendejaje!..Pocos días después, me entere de todo. Una sensación de insufrible tristeza penetro en mi espíritu. Mamá andaba en amores con el negro zaparrastroso de Tadeo, de profesión cuida coche y marginal. Lo peor del caso, que al poco tiempo. Decidieron vivir juntos y se instalaron en la pieza que compartía con mi siempre querido padre.

Lo que más bronca me daba a parte de los celos que obviamente sentía, que cuando estamos en la mesa para almorzar o cenar, él coso este, comía desaforadamente y se tomaba un litro de vino tinto por comida. Aparte era avariento, se servía un plato tras otro a veces comía parte de lo que a mi me correspondía, hoy mamá hizo puchero y se comió los choclos que me pertenecían. Para colmo me miraba de reojo y ensayaba una sonrisa sobradora de negro barato. Hasta que dije basta, esto no da para más. Este negro es corpulento de aspecto intimidatorio, en realidad yo le tenía miedo, sino seguro que lo recagaba a trompada. Tome una determinación me dije yo mismo, mejor me voy, puse todas mis cosas en una valija inmensa de grande, por miedo que se rompiera el cierre, la ate con un cinto en el medio. La mañana estaba húmeda y perezosa, los zapatos que tenía me quedaban un poco grande le puse para disimular papel en la punta y me puse medias de lana.canzado y transpirado, arrastraba los pies y me dolían los hombros, caminaba ensimismado en mis pensamientos, sin saber donde ir. Me encontraba apenado y confundido. De pronto me encontré con un amigo y con vergüenza le conté lo que me pasaba. Me dijo. — No te hagas problemas por eso, son cosas que pasan en las mejores familias, mira de parte mía, toma mi tarjeta, me conocen del banco, anda a esta pensión, esta frente a la plaza y al lado de la panadería “La Estrella.” Tieneuna puerta verde arriba hay un cartel que dice pensión “La Mimosa”, ahí son todas medias putas, pero si no te metes con nadie la vas a pasar bien. Cuando llegue toque timbre, al cabo de unos segundos se abrió la puerta y apareció una mujer inmensa de grande rubia, con unas tetas inmensas, que parecían dos sandías, me examino de arriba abajo. Y, con una mirada autoritaria me dijo que desea. —Señora vengo de parte del Señor Lázaro, el bancario acá tengo su tarjeta. —Ya se necesita hospedarse. —Sí señora. —No me diga señora. Me llamo Beba, donde trabaja en la aduana, como traductor de cartas. —Que edad tiene. —Veinticinco y monedas. —Bien pase, ocupara la pieza de arriba, usted, es joven y puede subir las escaleras, son cuatrocientos pesos por mes incluido almuerzo y cena, paga la mitad por adelantado, eso sí, no quiero chismes ni quilombo, si tiene radio póngala baja, acá la gente es de trabajo y no tendrá problema alguno…Bueno fueron pasando los días y me adapte enseguida, todos eran macanudos y solidarios, con Beba, nos hicimos amigos, a menudo charlábamos de cosas comunes y tomábamos mate juntos eso sí,” últimamente note que me miraba de una manera diferente”. Yo me encontraba bien y se me había pasado la bronca que tenía con mamá y el negro Tadeo. Una noche mientras fumaba semivestido en la cama, sentí unos pasos en la escalera, una voz dijo.       —Carlo soy yo Beba, puedo pasar. —Sí como no ¡—Molesto dijo. —No en absoluto. —Bueno te vengo hacer compañía, vos estas sólo y, yo también necesito, a veces que alguien, me toque de vez en cuando. Y, sí me gusta, desde ya te digo, soy media pedigüeña —Bueno a mi me daba vergüenza porque tendría la edad de mi madre. Pero en definitiva no era mi madre y para nada me era indiferente, tenía un físico espectacular, fue lo que se dice una noche inesperada, cargada de caricias, besos y jadeos y así siguieron muchas noches más. Un día a la mañana una de las chicas de la pensión.dijo. —Carlo lo buscan, cuando salí al patio, me encontré con el negro Tadeo, sonamos me dije a mi mismo, no parecía el mismo de traje oscuro aunque le quedaba sumamente apretado, pensé en cualquier momentos se le revientan los botones del saco. —Carlo me dijo con voz seria y apagada. —Sí, dije. —Mira quería decirte que yo forme pareja con tu mamá porque la amo, sí bien es cierto que los dos andamos por los cincuenta, uno nunca pierde eso de enamorarse nuevamente y te juro que la quiero y soy feliz a su lado. He venido un poco a pedido de ella, te extraña, quiere que vayas a verla, sí queres podes venir a vivir con nosotros. Mira Carlo. A mí nunca me fue bien en la vida, las veces que quise nunca me correspondieron. Perdóname, sí no me expreso bien, soy un poco bruto, porque tengo muy poca escuela. Ah…conseguí trabajo efectivo en la municipalidad, a tu mamá no le va a faltar nada, eso sí, los dos queremos que vengas o que nos visites. Ah… te manda este paquete de caramelos, son los que a vos te gustan. —Gracias, decile que la quiero mucho. ¡En cualquier momento los voy a ver, mándele un beso. Cuando se despidió me tendió su mano ruda y fuerte, observe que sus ojos estaban llorosos, le dí un fuerte y sentido abrazo, que fue correspondido. Mientras él se alejaba yo sentí una sensación rara. Como sí algo me hubiera sacudido interiormente, que cosa extraña, algo muy parecido a la felicidad.

                                                                                                   Juan Carlos Masochi