VOLUMEN Nº 5

Al principio la palabra representada era intangible, después, hecha signo brotó de la memoria simiente del escritor que la hizo crecer en la buena tierra de su imaginación. Le dio vida para que trascienda y quede eternizada en el papel. Trabajó duro hasta moldear la frase y una vez hermanada con otras siguieron su curso, encontraron el ritmo adecuado, discurrieron en libertad mostrando facetas ocultas de la personalidad de quien las escribió produciendo una purificadora catarsis en él y en quien las lee.

La palabra adecuada es como la magia que logra el pintor que, después del insomnio de la búsqueda detiene el instante fugitivo en un trazo de color, o la forma recóndita que descubre quien esculpe la piedra, lastima sus manos y no siente el dolor.

 

Hoy, los miembros de la peña “El Carancho continúan despuntando el vicio de escribir y contar cuentos. El presente número de nuestra revistacuenta con el invalorable aporte del escritor invitado, Profesor Elio Aprile

 

                                        Héctor Scaglione

 

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LOS DIOSES DE LA ESQUINA

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“¿Es un imperio

esa luz que se apaga

  o una luciérnaga?”

Jorge Luis Borges

 Llegaron a la misma hora, exactos los dos. Necesitaban dejar entre los pliegues de ese encuentro señales de una puntualidad corajuda, minuciosos los dos.

 De pie, frente a frente, apenas se miraron. La esquina flameaba en la penumbra de la medianoche, expuesta a la luz de un farol arduamente sostenido en sombras.

 En algún lugar, las doce campanadas fueron una señal, En la esquina aquella no hubo más sonido que los tacos rasguñando los adoquines somnolientos. El aire pesaba como un planeta colgado en la solapa.

 Uno de los dos va a  morir… -dijo, estrujando la frase, el hombre que venía del sur.

 -Cierto, che… Acaso los dos… -agregó el segundo hombre, encimando las palabras sobre los ecos adelgazados de su rival.

 Sus cuerpos casi no daban sombra. Una extraña levedad de carne ansiosa crucificaba la calle en el antiguo mito de un duelo.

Temblaron en el aire los cuchillos, desnudos entre los suspiros furiosos y las estrellas inciertas. La lucha, eterna como siempre, se recreó así misma; una vez más. Hubo manos crispadas en torno al vacío que la vida agónica sabe anticipar. Y hubo sangre derramada, río vital salido de madre, que desborda sueños y vigilias.

El metal es frío hasta cuando mata. Lo supo el matador. Y el muerto también lo supo, al fin.

 Nunca sabremos si esos cuchillos fueron empuñados por dos hombres valientes que friccionaron un tiempo declinado en odio gentil. O si fueron tan sólo instrumentos de un dios hastiado de inventar lunas y buzones, balcones y tangos, amores y soberbias.

Lo que sí todos sabemos es que el final de estas historias suele ser sencillo: un hombre (o dos, igual da) estrena su propia muerte, ignorando que ella es apenas un pretexto para que la vida no cese en su rito.

O, tal vez, para que en Buenos Aires, un viejo poeta ciego, albacea de un dios aburrido, continúe tramando historias cuchilleras.

                                                                                           ELIO APRILE

DILEMAS

 

A medida que avanzaban fueron perdiendo el aplomo.

Siempre apareados habían ido cortando el paisaje absolutamente solitario. A la hora en que el sol esconde las sombras bajo las cosas, se apearon al amparo de un montecito tupido.

Mientras fumaban y charlaban se entretuvieron espantándose los tábanos. Los caballos bebieron del arroyo.

—Será mejor que averigüemos antes de acercarnos demasiado —dijo Santiago inquieto.

—En la Esquina de la Figura quizás sepan algo —advirtió Gregorio. —Habrá que estar alerta, cualquiera que nos encuentre podría pasarnos a degüello sin siquiera preguntar.

De repente se tumbó de panza. Estuvo un buen rato con la oreja pegada al suelo hasta que exclamó con voz contenida:

—Se acerca un montado al tranco.

Y como llevado por el diablo, trepó a un árbol para otear desde la altura.

 

Apareció cerca de las dos de la tarde.

Iba inclinado hacia adelante, con la pera golpeándole contra el pecho como si tuviese la cabeza desmontada. Traía la camisa manchada de sangre en el lado izquierdo del vientre.

Santiago quiso salirle al encuentro.

—Sosegate —dijo Gregorio reteniéndolo de un brazo, —no sea cosa que por rastrearlo a él nos encuentren a nosotros. Mejor será que nos hagamos perdiz.

—A nadie se le niega ayuda en un trance así —balbuceó el compañero zafándose de la mano que lo demoraba.

 

Detuvo su andar frente a ellos.

Abrazado al cogote el hombre se descolgó como chorreándose por la paleta. Al poner pie en tierra soltó un quejido. Llevaba la melena larga y casi todo el rostro cubierto por una barba enmarañada. Con el extravío de quien no sabe lo que hace se revolvió sobre sí mismo y, como no pudiendo negarse a la fuerza interior que lo obligaba, dio unos pasos abnegados, trastabilló y cayó.

 

Respiraba entrecortado.

Le pusieron el poncho arrollado de almohada y le dieron a tomar del chifle.

—Estriba con el dedo gordo, ha de ser correntino —comentó por lo bajo Santiago.

A pesar de la prudencia el otro lo escuchó.

—Sí señor, correntino y a mucha honra —dijo con apenas un hilo de voz.

El caballo, que escarceaba cerca como a la espera de algo, bosteó junto a su cara. Entre ambos hicieron a un lado al herido.

—¿Qué le ha pasado, amigo? —quiso saber Gregorio.

—Sargento Suárez, coracero de Lavalle, servidor. Me lancearon en un topamiento con los de López y Rosas en el Puente de Márquez. Se vinieron con la indiada. Eran muchos los desgraciados pero no les fue fácil. Por servicio ¿podría encenderme una picadura? —suplicó.

No paraba de babear una aguaza sanguinolenta por la herida.

Santiago armó el cigarro y lo encendió. Después se lo puso entre los labios resecos. Suárez dio una pitada corta, lo que le permitió el dolor.

—¿Y los demás? —insistió Gregorio.

—Me les separé. No quise ser lamentación de nadie  —contestó.

Tenía el vientre hinchado.

 Resistía sin desesperar.

Se pasó la mano por la frente. El dolor le hacía forcejear de a ratos unos ¡Ajjj! que salían raspándole el garguero. A veces se acordaba de la madre de sus enemigos mascullando andanadas de lindezas.

Se apartaron unos pasos. Por un buen rato lo observaron sin articular vocablo.

 —Ya ves —dijo Santiago volteándose para esconder la voz, —aquí cualquier pleito se arregla por las armas. En el año diez, después de la caída del virrey, la Junta debía solidar gobierno y darnos leyes. Corre el veintinueve y ni miras. Esto no tiene remedio.

Tenía la piel terrosa y los ojos secos. Tal vez fuese por efecto del humo que se le escapaba por entre los dientes, tal vez nunca haya tenido lágrimas.

—No es hora de pensar en leyes sino en aliviarlo de sufrimientos —murmuró Gregorio, y agregó: —Tendremos que hacerlo.

—¿Hacer qué?

—Darle el tajo.

En ese momento lo oyeron toser. Enseguida se puso de costado.

—Ni lo pienses —se apuró a responder Santiago, —no estoy dispuesto a matar a quien no me ha hecho ningún daño.

—Peor es que muera así.

—Eso sería una herejía —replicó enérgico el otro.

—Mi padre sí que era por demás piadoso —recordó Gregorio, —una vuelta encontramos un moribundo abandonado por los indios y ahí nomás lo despenó.

Santiago quedó como encerrado en esas palabras. Luego dijo:

—Matar a un hombre por una buena la causa, es matar a un hombre. Para colmo de males ni cristiana sepultura tendrá.

Suárez había empezado a echar un líquido oscuro y maloliente por la boca. Entonces Gregorio volvió a porfiar:

—A mí me falta hiel para verlo sufrir de esta forma. Si no queda más remedio…

 

Parados a sus pies se destocaron y santiguaron.

—Señor —imploró Santiago, —ten misericordia de este pobre desdichado que ha muerto sin confesión.

—Amén —exclamaron los dos a un tiempo.

El cielo, quieto allá arriba, traslucía sus nubes entre el follaje. Rodeados de un espeso silencio volvieron a santiguarse y se alejaron despacio, con los pensamientos a la rastra.

 Sin cruces ni palmatorias el finado quedó atrás, a la intemperie.

                                                        Alejandro Ramón

 

ASCENSOR

 

Una tentadora cena convocaba al departamento situado en un importante edificio de la ciudad, a los miembros del grupo que integran la Peña Literaria y Gastronómica “Los Audaces de la Escritura” a las 20.00 horas. La reunión era en el piso nº 13 y aunque resulte una obviedad, se accedía por unos amplios ascensores, casi totalmente automáticos. Las indicaciones a los usuarios las emitía un parlante de voz femenina (tal vez debiera decir, una parlante). La cita prometía otra de las pantagruélicas tenidas gastronómicas de “Los Audaces…” ante los cuales el mítico Pantagruel es probable que se hubiese sentido un simple y disminuido ayunador y el Dios Baco, un abstemio casi absoluto.

 

El menú prometido eran unos platos de origen moscovita. A sugerencia de uno de los veteranos Audaces –que esa noche vestiría de cosaco- se iniciaría con unos “zakusky” entremeses con embutidos varios, caviar y ensalada rusa, luego una sopa Borsch de caldo hecho con remolacha, coles, papas, tomate y carne.  Seguirían las Pastas Rusas que, según el cosaco, serán acompañadas con panceta cortada en daditos, tomate, crema de leche, sal y media copa de vodka, que generalmente se agrega al final de la cocción, mezclada con la crema de leche. Esta parte del menú era recomendación especial del Audaz Escritor y Cocinero Mayor  Toda la comida estuvo acompañada por una botella de vino de Georgia, de bouquet dulzón, como les gusta a los rusos.

 

Puntuales como es la costumbre, el grupo ingresó al elevador con 15 minutos de adelanto al tiempo del encuentro, hábito que cumplía con el simple detalle de no perder un sólo instante y llegar antes del descorche. El ascensor demoró en cubrir el cupo para elevarse pues lo ocuparon además una agraciada señorita de generoso escote y una pompa trasera más espléndida aún, un sacerdote de vientre abultado, un portador de “delivery” con cuatro cajas de cartón que despedían un tentador tufo a pizza de cancha y una anciana que regresaba de pasear a un perrito pequinés increíblemente parecido a su ama, animalito que en ese momento aparentaba sufrir de un violento ataque de histeria.  

Juan Carlos, Hugo, Roberto y Alejandro, se ubicaron en el fondo del cubículo y con los ojos fijamente atentos a las partes más notables (es decir, todas) de la señorita que quedó en el centro de la escena. El cura (de soslayo) y el pizzero también estaban atentos a los mismos detalles. Comenzó a subir el artefacto después de unos momentos que necesitó la anciana para encontrar el nº 22, planta a la que viajaba. Las cosas se desarrollaron normalmente hasta  que, entre el piso 8 y el 9, se detuvo bruscamente después de unos pequeños corcovos. Inmediatamente la voz parlante comenzó a emitir un escueto comunicado: “¡¡¡Momentáneo inconveniente!!!  Por favor mantener la calma….- repitiéndolo cada 15 segundos.

El perrito pareció asustarse porque comenzó a ladrar con aullidos agudos, la señora lo alzó, lo besó en la trompa, le habló quedamente y el can pareció entender, pues se calmó. El cura miró a todos con cierto asombro y tomó el rosario que pendía de su cinturón tal vez pensando que si el ascensor se despeñaba, él quedaría colgando de su rosario. Todos se miraron sonriendo, disimulando el verdadero sentir cobardón que los embargaba y siguieron mirando a la señorita que se meneaba nerviosa y con la misma sonrisa falsa. Era un espectáculo fuera de hora, aunque no era momento para los deleites. El pizzero se preocupaba porque se enfriaban las pizzas, había dejado la moto en la puerta y ya le habían robado dos. “Los Audaces…” se mostraban muy ansiosos porque no llegarían a la hora del destape.

El repartidor comedido, inmediatamente hizo sonar el timbre de alarma y pasados unos cuantos minutos (les parecieron horas) se oyó la voz del encargado del edificio que se interesaba por el inconveniente. Les pidió calma y se fue. Nadie logró calmarse pensando que pendían de una larguísima cuerda de acero (¿sería de acero?) y debajo del piso que los sostenía había unos 30 metros, es decir un gran vacío. Alguien dijo, seguramente con el fin de tranquilizar al grupo y engañarse  a sí mismo:

— Estos aparatos tienen un freno especial para el caso de que haya una caída.

— El asunto es que funcionen – lo secundó el pizzero.

— En todos los edificios tienen un “service” que los controla mensualmente –terció el cura.

— El asunto es que este mes hayan venido –completó el repartidor.

— Vd. que tiene banca con el cielo Padre, pídale a Dios que ponga la mano abajo para sostenernos –dijo la joven.

—Ya he rezado, quédese tranquila –respondió el religioso.

Para colmo de males en ese momento se apagaron luces del ascensor. La confusión fue total, el cuzquito volvió a chillar y la exclamación de todos los presentes fue variada.

— ¡Cagamos!! – dijo Juan Carlos y agregó- ¡perdón, Padre! –y luego- ¡perdón, señoras!

— ¡¡Señorita!!! – gritó la anciana orgullosa de su situación, sin saber lo que se había perdido.

Las risas se confundían con el ladrido estridente del perrito y las exclamaciones de miedo de

alguno. La oscuridad era total pues se habían apagado las luces de todo el edificio. En medio del embrollo sonó un bofetazo:

— ¡¡¡Atrevido!!! -gritó la señorita.

— ¡¡¿Porqué?!! –gritó el cura -¿porqué me pegó?

— Porque me tocó el culo.

— Yo no fui, estúpida –dijo el cura y se persignó.

— Ah!!! perdóneme Padre, no lo vi.

— ¡¡¡A usted la tocaron de atrás y yo estoy adelante!!!! ¡¡Y cómo me va a ver si no hay luz,

estúpida!!!

— A mí no me diga estúpida –se ofendió la muchacha.

Las risas y el nerviosismo habían caldeado el ambiente. La afectada por el toqueteo se dio vuelta para sopapear al que estaba atrás y le pegó el primer manotón al paquete de las pizzas, que voló por los aires y terminó en el piso. La chica se agachó en medio de la oscuridad y agarró una pizza que se había salido del paquete y se la incrustó en la cara de Juan Carlos que, instintivamente largó una trompada y se la pegó a  Hugo en plena nariz.

— La puta que te parió- gritó Hugo, como si el improperio lo repusiera o lo vengara de la piña recibida.

— Al cuatro…. que yo soy dos –gritó Roberto, recordando algunas respuestas del truco.

Un grito enérgico de Alejandro calmo los ánimos y todos quedaron callados. Ante el silencio,

recomendó tener calma y esperar el salvataje por parte del portero. Algunos vecinos provistos de linternas, que habían salido de sus departamentos, se acercaron a las puertas del ascensor con palabras solidarias. En unos minutos apareció el portero y les anunció que la empresa que atendía el abono de los ascensores había sido notificada y llegaría en aproximadamente 40 minutos a solucionar el inconveniente. El coche había quedado detenido al pasar el 8º piso y abriendo la puerta quedaba un espacio de unos 50 cm., por los cuales alguien se podía deslizar al piso del 9º, con la ayuda de los de afuera y los de adentro.

Un vecino propuso intentarlo y todos estuvieron dispuestos a colaborar. Por el espacio se intentó la salida del perrito, pero la anciana se negaba a separarse de su mascota. El primero en decidirse fue Hugo, ya que se trataba de una persona lo suficientemente delgada para poder pasar por el lugar libre. Alejandro y Juan Carlos lo alzaron de las piernas y ayudado por los de afuera, salió. Inmediatamente la señorita pidió ser la siguiente ante lo cual hubo varios que se ofrecieron a colaborar. El repartidor la alzó de una pierna y Alejandro la tomó de la otra, la elevaron lo suficiente como para que asomara hasta los hombros. En el segundo empujón pasó el pecho y en el último la situación se resolvió cuando Juan Carlos, Alejandro y el repartidor la empujaron de las posaderas con gran entusiasmo.

       Al querer levantar al cura, él mismo renunció al intento sabiendo que por su dilatada cintura sería imposible pasar por el espacio aquel. Luego ayudaron al pizzero que salió con facilidad y pidió que le pasaran las pizzas, para volver al local a cambiarlas. Quedaron en el coche la viejita con su perro, el cura, Alejandro, Roberto, Juan Carlos quienes debieron esperar unos cuantos minutos más hasta que volvió la energía y las luces se encendieron. El portero habilitó el ascensor, la voz informó que el servicio estaba reiniciado y todos los afectados quedaron reunidos en el pequeño hall del 9º piso. Hugo había detenido la sangre de su nariz, que ya se mostraba hinchada. Juan Carlos mostraba un aspecto lamentable con sus ropas y rostro adornado con tomate y muzzarella de la pizza. El Sacerdote seguía aferrado a su rosario y mostraba su mejilla izquierda de color rosado por el bofetón, la joven agradeció a todos la ayuda y cada uno siguió hacia su destino en el edificio. Eso sí, por las escaleras.  

El grupo de la Peña “Los Audaces de la Escritura” cumplieron con el ritual del descorche con unos minutos de tardanza, pero felices de poder hacerlo. Juan Carlos pensaba en explicaciones que darle a su señora respecto de las manchas de la ropa, quien era difícil que creyera en la excusa que le daría su esposo, conociéndole las mañas, al igual que Hugo con su nariz inflamada. Por eso es que resignadamente llegaron a la única conclusión:

— Cuando decís la verdad no te creen. –dijo Juan Carlos.

— Es más fácil salir de estas situaciones, si mentís –concluyó Hugo.

— Y ahora aclaremos ¿quién le tocó el culo a la piba? –dijo inquisitivo Roberto.

Hubo un momentáneo silencio y todos a la vez se dieron vuelta despacio y miraron acusadoramente a Juan Carlos, que con la mejor cara de angelito, dijo:

— Y a mí ¿porqué me miran? –al tiempo que todos largaban la risa.

— Porque vos eras el que estabas atrás.

Alejandro, pacificador, propuso un brindis y se dispusieron una vez más a terminar con las

viandas mensuales reglamentarias y con el líquido azul que desde tiempos evangélicos forma parte de los alimentos bíblicos y acabaron cantando la célebre canción Occhi Chornia, una vez más abrazados, seguramente más por la amistad que los une que por los efluvios etílicos.

La historia nunca se ocupó de anécdotas en que el Sagrado vino de Misa (¿o de mesa?) haya causados ningún problema, como no sea la unión amistosa de los seres, máxime que los Audaces solo le dedican los brindis a San Huberto.

                                                                   Henrique Lombardo

DON NELSON

 

— Tendremos que convocar a una reunión— dijo el burro mientras masticaba ruidosamente.

— No servirá de nada, ha tomado la decisión y no habrá forma de convencerlo—  contestó la cebra mientras con la patita delantera alisaba el mantel de cuadros.

— Jamás me doy por vencido — insistió el burro. Además supondría un desequilibrio ecológico inaceptable—  farfullaba entre bocado y bocado—  No podemos permitirlo y se acabó—  acentuó golpeando la mesa.

— Yo sí puedo permitirlo— dijo el conejo, siguiendo la conversación desde una piedra redonda que todavía guardaba algo del calor el sol–. Puedo entenderlo y aceptarlo, incluso elogiarlo. Tanta muerte y tanta sangre a la larga tienen que joderte el sueño, no sé, aparecerse por las noches los finados o algo así. No me gustaría estar en su lugar cuando eso pasa.

— No tiene nada que ver con eso, simplemente el médico le aconsejó comer menos carne— intervino la serpiente, quien hasta ese momento había pasado desapercibida  — ¿desde cuándo los leones tienen sentimientos? Y, menos que ninguno, Nelson.

— Hay que ir a ver a ese médico. Será un jovencito con grandes ideas modernas, por las que cada vez nacen menos niños y hay más guerras—  gritó el burro y sufrió un ataque de tos al atragantarse con algo que no entraba ni salía. Con un resto de voz cada vez mas finita y los ojos enrojecidos, dijo: “debe ser maricón y comunista!”

— No te pongas así Berto,  te va a dar algo y tendremos que llevarte al consultorio del …—  estaba diciendo el conejo, cuando gritó el burro.

— Prefiero la muerte; antes que ese degenerado me toque prefiero ir a un lugar donde no se haya perdido el respeto por las cosas como Dios manda— sentenció el burro y comenzó a sacudirse con un nuevo ataque de tos.

— ¿Y que garantías tiene Don Berto tal vez por arriba las cosas también han cambiado?  Acababa de preguntar sibilinamente la serpiente cuando apareció Nelson, el león, mordiendo un tomate que le goteaba por las barbas hasta el pecho.

— ¿Que ocurre Bertito que te veo tan agitado?

— Nada Don Nelson, simplemente me preguntaba en voz alta si será conveniente para su salud un cambio tan radical en la dieta como el que usted piensa hacer. La verdad es que yo lo veo estupendamente, magnífico, cada día más majestuoso, si me lo permite.

— Gracias Bertito, pero últimamente ando estreñido, tengo la digestión pesada y los gases me dan unos dolores horribles. Las noches son una pesadilla. Mi mujer duerme a cien metros. Algo debe cambiar en mi dieta Bertito, palabras del médico.

— Si él lo dice, y a usted le parece correcto Don Nelson, déle nomás.

—Lo estoy intentando—  respondió el león mientras hacía desaparecer en su boca unas zanahorias a puñados —  Pero extraño la carne y no sé si podré aguantarme.

— Somos lo que comemos—  intervino la lechuza que hasta ese momento se había limitado a pasar la mirada sobre los comensales.

—Y lo que no—  agregó el zorro mientras trabajaba con una astilla para desatascar unas plumas que le habían quedado encajadas entre los dientes.

                                                                            Gustavo Gonzalez

El apocalipsis del Zoilo

Dadas las circunstancias, los habitantes del pueblo se dispusieron a organizar “La fiesta del último día”. Como no habría otra, el intendente  dio su autorización y adecuaron el centro de actividades vecinales en la plaza principal. Cada familia aportó los enceres necesarios. Poderosos equipos de música fueron provistos por el club social, más toda una batería de bombas de estruendo y fuegos artificiales que pudieron conseguir. En el menú habría carne al asador, de la mejor y gratis para todos. Los organizadores, atareados y a mil, ni se detuvieron a pensar en un futuro que no habría y del que no se hablaba. Las profecías apocalípticas que anunciaran el fin del cosmos cercenaban las esperanzas. De modo que ‘el hoy’ era un valor absoluto y fuera de toda discusión. Cuando corrió la noticia, el aporte del rumor sumó matices, y siguió en crecimiento induciendo al pánico a los más impresionables, desquiciando voluntades débiles  y promoviendo suicidios colectivos.

El Padre Agustín no paraba de sermonear a sus feligreses y a cualquiera que por curiosidad, se detuviese a escucharlo. Clamaba a los cuatro vientos: Pecadores, llega ‘El Juicio Final’ arrepentíos. Daba misas matutinas y vespertinas sin olvidarse de las de gallo, además repartía estampitas y bendiciones a todos, hasta a los pecadores más recalcitrantes. Los poco crédulos lo tomaban en broma. Otros se dedicaban a confortar a quienes creían hasta que parecían resignarse. Total, el fin sería tan rápido que no valdría la pena desesperarse.

 

Tal era la  psicosis que se vivía en el pueblo, que días previos vieron aparecer señales reforzando las palabras del Cura; forasteros recién llegados  y con aspecto estrafalario, gallos que cantaban a medianoche, gatos negros que se cruzaban en los caminos, luces malas, roturas de espejos, etc. etc.  Realimentaron un temor que se agigantaba con el paso del tiempo, y enrarecía las relaciones entre los buenos vecinos del pueblo que generaban desconfianzas mutuas.

El encargado del despacho de bebidas y un paisano de a caballo, charlaban al respecto:

 

— ¿Vio el cielo don Rosendo?

— Cómo no quiere que lo vea ¡Se nos cái encima don Antenor!

— ¡Dicen que se viene la fin del mundo!

— ¿Y quién lo dice?

— Además del Padre Agustín, don Zoilo, el que lo sabe todo dice. Le contaron de un adivino…Nostra…no sé cuánto.

— ¿…damus?

— Sí, algo así.

— ¿Y usté le cree?

— Nooo, mire qué le voy a creer.

— ¿Y pa’ cuando será la cosa?

— Según don Zoilo, el primer día de 2012.

—.¡Qué lo parió falta poco!

Tomándolo a la ligera:

— Bueno, me voy pa’  juntá loj animalej.

— No se moleste don Rosendo, no va a hacer falta.

— ¿Y si cai juego ‘el cielo como dijo el padre?

— Ni los animales se van a salvar.

La  vieja sabiduría transfundida desde antiguo, no les alcanzaba.  En medio de una ignorancia nueva, trataban de entender. Se sentían huérfanos:

— Es lo que dicen, don Rosendo…

 

En el día previo al anunciado desde temprano aparecieron nubes aborregadas como de tormenta, ni una gota de viento y el aire cargado de estática. Después, en medio de relámpagos nunca vistos, continuos y de gran luminosidad. La gente de muy creyente que era, se persignaba y caía de rodillas donde se encontrara. La tormenta se desató y fue tan poderosa como un huracán, tanto que hasta las vacas salieron volando. Según un paisano las escuchó mugir por encima de los eucaliptos. Al flaco ‘Silbido de Ánima’ lo vieron flamear como bandera  agarrado al mástil de la plaza, que de no haberlo tenido cerca se volaba también. A continuación, ante la sorpresa de todos, repentinamente calmó el vendaval. Mal presagio. Esperaban lo peor.

 

Los organizadores no perdieron tiempo, barrieron los charcos de agua y comenzaron el baile antes de la puesta del sol. La fiesta se animó como en las mejores épocas, pero más. Autoridades del pueblo, pobres y ricos, todos juntos se sentaron a las mismas mesas. El vino que mitigaba miedos quitando inhibiciones, corría generoso. A medida que la ingesta crecía, los gestos torvos de quienes codiciaban los bienes del otro, ahora se sabían sin razones para ocultarlo, y ni pensar en agachar la cabeza ante la autoridad del patrón. Ahora cruzaban miradas desafiantes, eran iguales. El alcohol, la oscuridad y las dudas, fueron la mezcla fatal para inducir a la  disipación. Una pulsión de muerte volcó torrentes de adrenalina en ansiosos ríos de sangre. Jóvenes y de mediana edad comenzaron disputándose a las mujeres, con anuencia de algunas de ellas, en la cima de un interés recíproco y envueltos en un libertinaje sin límite, otras eran tomadas por la fuerza. Los viejos miraban con ojos desorbitados, después, recogidos en sus pensamientos murmuraban algún rezo.

Antes de las 12 de la noche, hora del supuesto final, comenzaron con las bombas de estruendo, cañitas voladoras, petardos y todo lo imaginable para hacer ruido, tanto como para alejar los fantasmas de los malos augurios antes que el cielo se caiga en pedazos y sea demasiado tarde.

Entre destellos de petardos y fuegos artificiales, no solo se veía el desplazamiento de personas en la oscuridad, también se podía identificar quién era. Con los ojos inyectados en sangre infundían un terror que se acentuaba al acceder a las propiedades ajenas profiriendo aullidos salvajes. 

A altas horas ya estaban todos borrachos, algunos algo tristes pese al desenfreno o en razón de él. Después de la lujuria llegó el cansancio que detuvo el daño provocado por pacíficos paisanos convertidos en vándalos.

Entre los canteros de la plaza, sin discriminar sexo ni edad, se acostaron muy próximos unos de otros, cerraron los ojos y se quedaron dormidos a la misma hora y bajo las estrellas… que  titilaban en un cielo profundo y límpido.

Cuando el sol en su avance comenzó a calentar como un horno. Fueron saliendo del sopor en medio de la resaca del mal vino. Voces somnolientas, pastosas, ojos chicos por la molestia de tanta luz y un inocultable signo de vergüenza. Estrechaban en torpes abrazos a quienes tenían cerca, con el ‘feliz año nuevo’ de rigor y una disimulada felicidad de seguir vivos. En silencio cada cuál rumbeó para sus casas.

 

Con el tiempo, los sucesos formaron parte del anecdotario del pueblo, pero  antes debieron recomponer el orden, reparar los destrozos. Y con la ayuda del Cura nuevo, intentarían mirar hacia el futuro aunque ya no volvieran a ser los mismos.

Una tarde en el despacho de bebidas, ante un generoso vaso de tinto, los dos amigos comentaban lo que otrora sucediera en el lugar:

 

— A la final, jué todo cháchara e’ pueblero.

— ¡No! pa’ mi que jué cosa e’ mandinga porque el cura se mandó a mudar.

— ¿Se acuerda e’ los  muchachos e’ porra?

— Como pa’ olvidarse.

— ¿Y de los  paisanos d’ ley?

— No se puede creer pero siguen en el pueblo.

—  ¿Y lo de las mujeres?

— ¡No sé! ¿qué les pasó?

— Quedaron gruesas.

— Jueno, se supone que les habrá gustao.

— Mire usté don Antenor.

—  Algunas esperan, otras están pariendo.

— ¡Claro, pasaron nueve meses!

— ¡Hasta la Etelvina que anda por los cincuenta!

— ¿No me diga que también parió?

— ¡Sí, como lo escucha!

— ¡Pero la Etelvina es monja!

— Sí, lo sé, y el crío que le nació tiene la mesma jeta q’ el Padre Agustín.

— ¡Ni que lo diga don Rosendo!

— ¡Por ésta se lo juro!

— No jure así que es de mal agüero.

 

El juramento realimentó la superstición latente y a flor de piel en los habitantes del pueblo. Los dos salieron del boliche como si algo los atrajera, dirigieron las miradas al cielo y justo en ese instante un resplandor penetrante los encegueció:

 

— Como usté ha dicho don Rosendo; ‘jué cosa e’ mandinga’

                                                              Héctor Scaglione

ASIMETRÍAS

 

Omar, Diego y yo salimos en auto para pasar un fin de semana cazando. Debimos desviarnos por el centro de Buenos Aires, para buscar a Laino que estaba en su oficina. Era viernes al mediodía. Sólo algunos privilegiados, entre ellos él, podían abandonar sus trabajos a esa hora.

Paramos frente al imponente edificio de la multinacional y arriesgándonos a una multa esperamos hasta que nuestro amigo apareció en la puerta. Lo vimos aproximarse acompañado por su exuberante secretaria quien  cargaba un enorme bolso deportivo.

Luego de una despedida cariñosa, dejó el bolso en el baúl y subió al auto saludando con un seco:

— ¡Hola!

Laino siempre había despertado asombro y admiración por vivir al filo de los límites. Toda su vida era una sucesión de hechos insólitos y audaces. Muchos lo envidian, sobre todo cuando de mujeres o negocios se trata.

— ¡¿Cuándo tendré algo así?! —suspiró Omar. refiriéndose a la secretaria— aunque sea para que me lleve el bolso.

Laino lo miró enigmáticamente —¿Traen las escopetas? No voy a perdonar  un solo pato— dijo con dureza.

Fue lo  último que habló en las tres horas que tardamos en llegar a destino. Normalmente él es quién acorta el viaje con sus divertidas historias, siempre verdaderas.  Sin duda pertenecía a ese exclusivo grupo al que le suceden  cosas dignas de contar.

Después de pasar por Cacharí comenzaba un camino de tierra bordeados de zanjones y lagunas. Ya estábamos en zona de caza por lo que cargamos las escopetas y las alistamos dejando que sus cañones asomaran por las ventanillas.

Llevábamos recorridos unos 5 kilómetros cuando una bandada de patos, asustados por el ruido del motor, levantó vuelo a nuestro costado. Iban a la misma velocidad que el auto. Laino sin decir nada disparó y tres de ellos cayeron al agua a unos diez metros de la orilla.

— No tenemos los perros, no podremos sacarlos del agua—  me dije mientras lo veía bajar del vehículo.

Vistiendo un traje de la mejor marca, corbata al tono y mocasines italianos estiró su metro ochenta y cinco y dejó la escopeta en mis manos. Comenzó a caminar hacia la orilla y se fue internando en la laguna hasta que el agua le llegó al pecho. Esta acción absurda no nos asombró, cosas así eran habituales en él. Alcanzó las tres aves que flotaban entre algunos juncos y volvió hacia la orilla. Su cara tenía la extraña expresión anterior, pero más acentuada. Me pareció que ahogaba un sollozo.

Los demás, en silencio, nos miramos sin comprender.

—Pero… ¿Qué te pasa?—  preguntó finalmente Omar.

Con su ropa chorreando agua, se sentó cerca de la orilla, y después de unos segundos habló:—Se los cuento porque son mis mejores amigos y si piensan que estoy loco por favor no lo digan: Esto comenzó hace unos días. Ustedes saben que a mí no me asusta casi nada. Sin embargo tengo miedo, mucho miedo. Me está pasando algo que es imposible de comprender— Su voz sonaba como si cada palabra saliera de ella después de un proceso de parto— La semana anterior me llevé un susto muy grande cuando el ascensor del edificio donde trabajo cayó en caída libre desde el piso 56. Comenzó a frenar en el 15 y finalmente se detuvo en el tercero. Después de eso empecé a sentirme raro. Por momentos me parecía flotar en el aire, luego esa sensación fue desapareciendo y en un par de días me olvidé por completo del accidente—¿Vieron a mi secretaria?— agregó.

— ¡Sí!— respondimos con entusiasmo.

—Hace unos días miraba distraído a través del vidrio de mi oficina, entró y se apoyó en el marco de la ventana. Cuando vi en el vidrio que la imagen reflejada correspondía a una mujer por lo menos diez años mayor. Sonreía, igual que la Laura real, hablaba como ella y sus gestos se reproducían en sincronismo pero su edad era otra .¡Lo que veía  me abrumó como si sintiera sobre mí el peso de una enorme piedra!. Me atacó un temblor que no podía controlar, transpiraba y el sudor mojaba mi camisa, todo comenzó a darme vueltas. Laura debe haber pensado que algo grave me pasaba, no sé qué preguntó y tampoco qué  le respondí.

Cuando se fue, me toqué la frente, estaba helada.

Media hora después traté de mirar mi imagen reflejada y con sorpresa comprobé que no podía verla, no estaba. Cambié varias veces de posición y el resultado fue el mismo. Corrí al baño y al enfrentar al espejo no vi a nadie. Después de un rato entró el gerente— ¿Laino, se siente bien?— Su figura no se reflejaba en el vidrio de la ventana. Logré serenarme un poco, lo suficiente como para inventar cualquier excusa. Creo que lo convencí de que lo mío no era grave — ¡No dude en consultar al médico de la empresa!— dijo al salir. Durante el día fueron entrando algunos empleados, sus figuras reflejadas parecían más viejas o, en algunos casos, no aparecían. Salí de la oficina y, aterrado, tomé un taxi para volver a mi departamento.

Al entrar al edificio me encontré con una vecina muy joven y sus dos hijitos

—¡Buen día Laino! Me saludó con alegría.

Cuando iba a contestar, pude ver que el espejo de la entrada la reflejaba como a una mujer madura junto a muchacho de unos quince años, pero faltaba el otro hijo.

Sólo después, cuando me quedé solo, comencé a darme cuenta de que en el vidrio aparecía  la persona pero como si tuviera diez años más. Si embargo lo peor  fue cuando descubrí que si no había imagen era porque antes de diez años estarían muertos ¿Se dan cuenta? ¡Yo puedo saber quienes van a morir, por eso tampoco aparecía yo! Eso significa que no llegaré a cumplir cuarenta y cinco.

Nunca lo vi tan agobiado, su aspecto era conmovedor, permanecimos en silencio esperando oír el resto de su historia.

— Yo, que vivo el presente como quien bebe la copa hasta la última gota, de una forma incomprensible puedo ver el futuro. Es muy penoso saberlo. No puedo acercarme a ninguna superficie que refleje algo— dijo con voz temblorosa.

Tratábamos de asimilar el relato, Diego reaccionó primero y preguntó:

— ¿Por qué llorabas al salir del agua?

— Porque cuando volvía hacia la orilla, el agua reflejaba el auto, la costa, los árboles, todo…menos la imagen de ustedes tres.

                                                                             Hugo Portillo