VOLÚMEN NÚMERO CUATRO

LOS CAMINOS DE LA VIDA

“Herramienta y signo” serán ontológicamente

los mediadores necesarios e imprescindibles

para el desarrollo del hombre.

Lev Vigotsky(1896-1934)

Los hombres luchan su vida día a día. Superan dificultades con el escudo de su intelecto y los oficios. Velan por una sociedad justa y por un país que albergue sus familias y a la vez, les depare un futuro mejor. Aunque no se miren al cruzarse, siempre habrá algo que los una y el eslabón más claro de ello, es el trabajo. Tomemos por ejemplo, un día cualquiera de la década del 80:

Mientras un intendente (Luis Nuncio Fabrizio) planificaba los pasos a seguir para el mejor funcionamiento de la ciudad de Mar del Plata, un médico traumatólogo (Alejandro Ramón) salvaba con su operación, la pierna de un niño.

La vida también tiene su carga perversa y es así como un terrible delincuente, con cara de ángel, recibía su justa condena para defensa del ciudadano. Pero un oficial de justicia (Eduardo Borawski Chanes) cumplimentaba el expediente, a los fines de que dicho elemento nocivo, tuviese dentro de la cárcel el resguardo humanitario, que todo ser merece.

Las calles y sus rutas, vías indispensables de la sociedad, requieren de una mirada oficial y, para este caso, nada mejor que un representante competente (Juan C. Masochi) para hacerla cumplir.

El país también implica los mares y sus barcos. Es por eso, que la bandera argentina nos identifica el lo alto de nuestros buques. Mientras un jefe de máquinas (Héctor Scaglione) hundido en las entrañas de su nave, maniobra al máximo la potencia del mismo para tocar un puerto de Libia, en una embarcación pesquera de nuestro Atlánticos del sur, su capitán (Hugo Portillo) desde el puente de mando y con voz metálica, ordena levantar las redes, que llegarán a la superficie, con variadas especies para alimentar la necesitada humanidad. Oficio peligroso y solitario, por eso, en algún momento del día solicitarán a la radio costera, que el operador de turno (Roberto Paniagua) los comunique con sus amadas familias.

Desde antes de la antigua Roma, el juego entretiene a los pueblos con el fin de llevarles esparcimiento. Para que todo sea legal en un casino de hoy, se requiere de un gerente honesto (Enrique Lombardo) que fiscalice al personal y regule el comportamiento de un público que al ganar o perder (como todo en la vida) quiera exacerbar sus modales.

El tiempo se escapa de las manos, como arena seca. Y, a la hora de hacer el recuento, quedan las cosas más valiosas: La familia, el amor, la dicha del deber cumplido, los amigos y la cristiana voluntad, de continuar el camino que nos queda.

¿Además del trabajo, qué tendrían estos hombres en común, que hiciera unir sus vidas…?:

“La literatura y el impulso de contar”.

Querían escribir, ficcionar vivencias y para eso, a través de su retina, guardaban todo en su mente.

Guiados por su espíritu pujante, un día buscaron un taller literario.

Al verse, se miraron con recelo. Leyeron sus escritos con voz apenas audible. Sus profesores les dieron confianza. Y así comenzaron a escucharse. Intercambiaron experiencias para reír y emocionarse. Entonces, como buenos luchadores necesitaron comer y armaron una buena mesa. Pizzas, pollo glaseado, guisos, asados y hasta crucificaron un lechón a las brazas. Dejaron correr el vino por sus gargantas y soñaron. Se dieron cuenta de que todo les caía bien y comentaron que comían como “caranchos”.

Decidieron, en conjura, formar una peña y eligieron llamarla “Peña literaria y gastronómica El Carancho”

La amistad, tarea difícil en estos tiempos, la van forjando día a día y para dejar su registro ya van por su cuarta revista: ésta, que ahora está llegando a sus manos.

Que la disfrute querido lector, en ella van los cuentos y recetas salidas de ocho corazones, que para ustedes, hoy, se hacen uno.

                                        Roberto Paniagua

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PREMIOS-EDICIONES-PARTICIPACIONES-PRESENTACIONES

PREPREMIOS- EDICIONES- PARTICIPACIONES- PRESENTACIONES
Período Mayo- Diciembre del año 2009.
 
 Alejandro J. Ramón

Llevó a cabo presentaciones de su libro Cuentos del Camino Real y otros Cuentos. Editado por “Libros del Espinillo”, con diseño de Julieta Langhi. Las mismas tuvieron lugar con renovado éxito en la Biblioteca Municipal de Ayacucho el 26 de septiembre, en el Complejo Osvaldo Soriano de Mar del Plata el 2 de octubre, en el Auditorio del Centro Médico de Mar del Plata el 24 de octubre y en La Zona Urbana de Miramar el 31 de octubre.

 

Eduardo Borawski Chanes

En el Centro Cultural. Cristina. de Fercey participó como Jurado en el rubro prosa del ler. y 2do.Certamen Literario 2009

Publicación de uno de sus trabajos en la revista del Centro Cult. Cristina de Fercey

2do.premio IV Concurso. Nacional de .Narrativa “La Hora del Cuento” y participó en el V Encuentro – Cuento Corto- en Bialet Massé, Córdoba. Publicación de uno de sus cuentos en la Antología llevada a cabo. –

Diploma de honor en cuento del 7º Certámen .Provincial.2009 Premio “Eleuterio Mariño”

Participó en el II Encuentro. Internacional. de Escritores y II Encuentro. Regional. de Escritores. del Mercosur, en Gualeguaychú, Pcia. Entre Ríos, donde presentó su libro de cuentos “Veintitrés”.

Intervino en el II Encuentro. De Poetas y Narradores “Hermanados por la Palabra”, en Goya, Pcia. de Corrientes. Presentación de su libro“Veintitrés”.

Tercer Premio en narrativa del II Concurso de Poesía y Narrativa “A.Pizarnik 2009”

Primer premio en el 18vo.Concurso Nacional. de Cuento Breve y Poesía del Multimedios La Idea .

Primer premio 1er.Concurso Literario Nacional”La Pluma de Plata” género Cuento organizado por Circulo de Escritores Pehuajenses y Grupo Literario Acuarela

Presentación de su libro “Veintitrés” en La Bodeguita, Mar del Plata, Pcia.Bs.As.

 

Enrique “Quique” Lombardo

Presentó sus libros “Cuentos de Humor” y “Cuentos de Vida” en el Encuentro de Escritores en Bialet Massé (Córdoba)el 14 de Mayo de 2009; en el Centro Cultural Casa de Madera el día 12 de Junio de 2009; en el Encuentro de Escritores de Gualeguaychú el 12 de setiembre de 2009 y en la Feria del libro de Mar del Plata el 25 de noviembre de 2009. Su cuento “Máscara Kid” fue finalista en el Concurso “Leyendas de mi lugar y mi pueblo” de la Revista Archivos del Sur y el 20 de Noviembre de 2009 su cuento “El automóvil” fue premiado con Mención de Honor en el Concurso de Narrativa de Venado Tuerto.

 

Héctor Scalione

Obtuvo la mención especial del Concurso Literario organizado por el Centro de Jefes y Oficiales Maquinistas Navales. por su cuento” Mar Profundo”.

 

 Presentación conjunta

El 25 de Noviembre, La Peña “El Carancho”, en el marco de la Feria del Libro Mar del Plata 2009, presentó los libros de tres de sus miembros:

Alejandro J. Ramón “Cuentos del Camino Real y otros Cuentos.

Eduardo Borawski Chanes “Veintitrés”

Enrique “Quique” Lombardo “Cuentos de Vida” y “Cuentos de Humor”

Jaque Mate

El Cabo Hernández comenta a su compañero que todo ha vuelto a la normalidad después de la revuelta.

Mientras recibe el parte de novedades, Bordón esboza una sonrisa. Se siente un tipo de suerte; un agente raso favorecido por las guardias nocturnas y desligado de tomar decisiones durante los motines.

Hernández sigue hablando. Bordón no lo atiende, sólo quiere que se vaya.

En cuanto queda solo controla minuciosamente los tableros de llaves y electricidad; en su rutina no hay ahora nada librado al azar. Hasta conocer a Muriel había sido un hombre mediocre, abstraído y despreocupado; ahora las cosas cambiaron.

Aunque viene de su casa recién bañado, destina varios minutos al aseo de sus manos. Cepilla sus uñas y por largo rato masajea la punta de sus dedos entre sí, con un deleite que se propaga por el resto del cuerpo.

Pasada la medianoche retira del armario, donde guarda sus pertenencias, un estuche de cuero negro. Delicadamente lo lleva hacia el pequeño escritorio. Aparta los papeles y la vieja Remington y los coloca sobre un estante. Repasa varias veces el mueble con una gamuza, frotando intensamente los bordes. Deja su pequeño punzón sobre el saliente de madera que el escritorio tiene para los bolígrafos y deposita una silla en el extremo contrario al suyo. Recién entonces abre la caja y vacía su contenido sobre un paño.

Despliega un tablero de ajedrez. Al lado, ubica unas diminutas envolturas cubiertas con fundas de terciopelo rojo.

 

A la una en punto desenvuelve parte de ellas. Son peones rústicos de exiguo tamaño; los apoya de a uno sobre la palma de su mano y los desplaza lentamente en ella con breves movimientos circulares. Con las yemas de los dedos limpia la parte superior y con sus uñas raspa entre las hendiduras para sacarle todo posible resto de polvo. Hace lo mismo con los ocho peones restantes, siguiendo las obsesivas recomendaciones que ya conoce de memoria.

Las demás piezas requieren de un tratamiento más meticuloso. Al principio, se había visto tentado de pasar el filo de un cuchillo o del punzón entre las ranuras de reyes y caballos para terminar con más premura su tarea, pero al momento desistía por temor a que Muriel no le perdonara ese desliz. Con el tiempo él mismo había descartado esa idea; una rara simbiosis se había producido entre sus manos y las figuras.

Va colocando cada pieza en el tablero como si hubiese milimetrado los espacios entre ellas. Luego se recuesta sobre el espaldar de su silla y observa detenidamente; lo fascinan esas formas trabajadas con precisión de orfebre. Sabe que tal perfección ha demandado a Muriel muchas horas de sueño, esforzando su vista bajo la poca luz de la lámpara que su complicidad le acercara durante más de un año.

Bordón toma las últimas precauciones, se asegura que todo esté en orden antes de las tres. Cruza la reja que da a los pabellones. En la oscuridad sólo escucha el involuntario movimiento de los cuerpos sobre las literas y alguno que otro insulto.

Abre la celda que da a la escalinata de los pabellones altos, toma al hombre del brazo y lo conduce por el pasillo. Lo llaman el cirujano: cumple perpetua por mutilar, aún vivas, a tres de sus mujeres.

En la pequeña sala de guardia ocupan las sillas enfrentadas para el juego. Cuando los ojos del recién llegado recorren con vista de águila las piezas del tablero, Bordón siente que Muriel lo menoscaba y no es la primera vez. Si bien su contrincante es el hacedor de las magníficas piezas, sabe que sin su colaboración jamás las hubiera logrado. El mismo ha profanado las tumbas de las víctimas de Muriel y retirado de ellas, los huesos que el preso pedía para su obra.

La celda que da a la escalinata está abarrotada de personal policial, peritos y forenses. Los reclusos no han visto ni escuchado nada.

Cierta pesadumbre embarga al Cabo Hernández; sentía un raro apego por el excéntrico de Muriel y no logra entender una decisión tan repentina. Observa indignado a Bordón quien, con los pies sobre el escritorio, limpia unas piezas de ajedrez. Le reprocha esa displicente y absurda actitud cuando, durante su guardia, un preso acaba de atravesarse un punzón en la garganta.

                                                                   Liliana Chavez

CODORNICES

 

La mujer se sentó en la sala de espera, era el lugar más fresco. En medio de la calma un rastro de humo melancólico se abría paso a tientas por el cielo.

“Qué razón tan poderosa pudo haber, qué justificativo, para que no nos hayamos visto por tantos años. Ninguno, al fin y al cabo no estábamos tan lejos. A decir verdad nunca me lo propuse realmente. Siempre surgía algo más importante. Excusas, sólo excusas. Mamá tiene el mismo olor a jabón amarillo, los mismos ojos, las mismas manos. Recién en el cementerio me di cuenta de lo chiquitita que está. Puede que la pena la haya reducido. Cuando la vi sentada junto al cajón, pensé que la vejez se había apoderado de ella de un golpe. No, ha sido de a poco, lo que ocurre es que no fui testigo. Cuando me abrazó sentí que era a mí a la que se le habían venido los años encima. Allí tomé conciencia de haber salteado unos cuantos. Papá estaba tan distinto que me costó reconocerlo. Tanto tiempo pasó que ni llorar pude, y me avergüenzo. Pobre viejo, murió orgulloso de habernos legado “su reputación”. De qué vale si no podremos usarla. Se fue y me lo perdí. Mis hijos también se lo perdieron, se quedaron sin el único abuelo que podían disfrutar. Al otro los nietos le molestan. Tal vez, aprovechen a la abuela, aunque lo dudo. Ya están grandes para querer venir. Se aburren. Envejecí más que las otras chicas. La “producción” lo disimula. Todo influye. Parece que no, pero el trabajo, siempre corriendo, la separación… Ellas llevan una vida más pausada. Hasta comen juntos todos los días. Al medio día y a la noche. Mis sobrinos casi no se acercaron. No me conocen. Quizás desconfíen de la tía “aporteñada”, de la ropa, del perfume, del maquillaje. No están acostumbrados. Los demás, distantes. Me encuentran parecida pero no igual. Deben dudar si soy o no soy. Quizás sientan algo de envidia. Creerán que trabajar en el centro, andar siempre empilchada, hacer las compras en el shopping, ver vidrieras en Alvear, es lo máximo. Soy yo la que los envidia. Si este tren sigue retrasándose llegaremos para las calendas griegas. Con las cosas que tengo que hacer.”

Un joven se paseaba sudando bajo la resolana. La mujer y él eran los únicos que aguardan. Ellos y el empleado que atisba desde su escondite, tras la reja de la boletería.

“Y esta carrindanga que no acaba de llegar. Quisiera dormirme y despertar en casa. Quién sabe cuándo podré volver. Estaré lejos para viajar a cada rato. A don Aitor se le nubló la vista cuando le dije que me iría. La tristeza se le notaba a la legua. Es lógico, después de trabajar tantos años con él. No tuve otra alternativa. Hebe dice que aquí siempre seré un dependiente de tienda y que el que no tiene ambiciones es como un muerto que camina. Lo ha repetido tantas veces que me ha hecho sentir como un idiota. Tal vez lo sea por no querer perderla. Las ciudades grandes, con mucha gente, me dan miedo. A decir verdad toda esta aventura me da miedo. A veces creo que es por un capricho. Aunque pensándolo bien, quizá no lo sea. Ella quiere que progrese, que cambien las cosas. No llego a entender qué es el progreso ni por qué tienen que cambiar las cosas. Cómo haré para vivir sin el pueblo, la familia, los amigos. Podré hacer nuevos, aunque no será lo mismo, los del colegio son como los socios fundadores. Y el olor. Cada lugar tiene el suyo. He estado en otros y huelen distinto. Los ruidos también son diferentes. Uno se acostumbra y cuando faltan los extraña. No recuerdo cuál profesora dijo que la patria no es el mapa, la bandera o el himno, sino el sitio y los afectos de la infancia. Esto será como un exilio para mí. Primero iré a lo del tío para que me oriente.”

Repechando dolorosa la mancha oscura fue agrandándose desde el horizonte. La mujer salió de la sala y caminó en silencio hasta la línea de sombra que proyectaba el techo sobre el andén. El joven esperó cerca del cartel que, en letras blancas sobre fondo negro, decía: CODORNICES.

Descendió un pasajero que llevaba un paquete bajo el brazo y en la otra mano una trajinada maleta con etiquetas de lejanísimos aeropuertos, luchando contra el olvido.

La mujer subió al coche de primera clase que se detuvo frente a ella. El joven, con aspecto atildado y expresión aburrida, huía en segunda clase. La locomotora lanzó un espléndido resoplido, a continuación otros menores y el estertor de tres impulsos fallidos. Tras el sacudón inicial, el monstruo echó a andar con desazonante parsimonia y dos horas de demora.

El auxiliar de estación le alcanzó algo al maquinista. Luego cerró la oficina y desapareció sin aspaviento montado en su bicicleta.

Se detuvo en la casa de Hortensia. Al asomarse le anunció su llegada. Después volvió a pedalear apurado sobre la calle cubierta de polvo seco y grueso.

En un santiamén el pasajero se encontró solo, en medio del andén, ante los dos bancos vacíos y la campana con la cuerda inmóvil que colgaba del badajo. Nada más. Todas las puertas cerradas.

Comenzó a caminar. Había escuchado tantas cosas, tantas veces, que sería capaz de encontrar la casa sin ayuda, de recorrerla a ciegas, de reconocer a amigos y parientes. Dónde estarán todos, se preguntó. Quizá tras las paredes. Tras las ventanas. Viéndolo por las hendijas de los postigos entornados. Sólo un niño vio a lo lejos y a cuatro perros cruzando la plaza al trote. Y los pájaros.

Encontró la tienda de don Aitor y siguió. Cómo lo recibirían. Hubiese deseado sentarse a descansar. Tenía la boca seca y la frente mojada. Era mejor llegar de una vez.

Y la puerta se abrió.

Qué hacía él con su acento extraño, con el paquete, frente a esa anciana enlutada y austera. Su padre no le advirtió que se quedaría mirándolo de ese modo, con los ojos turbios y apagados, perdidos en una maraña de arrugas. No supo qué decir. Lo tomó del brazo y entraron. Le acariciaba los cabellos sin hablar. Un par de lágrimas sufridas resbalaron lentas hasta la tierra. Después apareció la tía Hortensia que lo cubrió de besos. También lloraba. Tampoco habló.

––Bueno, ya está bien tía –dijo el hombre, pero ella no podía parar.

––Esperamos treinta años. –Ella hizo una pausa larga y cuando estuvo algo más compuesta continuó diciendo. –Mañana lo haremos. Es domingo. Podrán venir todos.

––Él siempre quiso que fuera bajo el algarrobo del fondo.

––Sí, allí será, bajo el algarrobo.

La mujer quitó el envoltorio del paquete y dejó la urna con las cenizas de su hermano esperando sobre el cristalero, en el comedor.

No pasará ningún tren hasta dentro de dos días. Hace mucho que en Codornices no pasa nada. Sólo arriban los que se fueron.

                                     Alejandro Ramón

DESTINO CIEGO

 Pedro iba sentado, tenso, en el asiento trasero del auto. Intentó volver su cabeza para mirar – podría ser la última vez – su campo, el monte plantado por él, y la casa. Se impuso no hacerlo. Tampoco miró cuando pasó frente a la comisaría, nunca había entrado, por la escuela, donde aprendieron sus muchachos, y por el Almacén de Ramos Generales, que juntaba muchas libretas siempre pagadas. Solo vio como escapando las pocas casas del poblado. Llevaba la vista fija en el vidrio delantero, lejos, tanto que no veía. El sol era radiante, pero parecía todo brumoso, casi un destino ciego. Veía a su hija, sentada junto al conductor, en un perfil muy nítido. Descubrió que la imagen era nueva, aquella muchachita tímida, siempre dispuesta a esconderse era ahora era una señora resuelta, firme, que mostraba en su rostro el signo del tiempo corrido. El conductor, esposo de su hija, aferrado al volante, solo le mostraba plena su cabeza, la calvicie llegaba hasta la nuca, un cordón de cabellos blancos, se instalaban para recortar aquellos que bajaban a cada lado, sobre las orejas.¿ Dónde se perdió su negra cabellera?. A los dos los veía con frecuencia, visitas que eran tomadas como escapadas de la ajetreada ciudad donde vivían juntos a sus hijos, los nietos de Pedro, con quienes ahora convivirían a diario.

Muerta su mujer, le costaba llegar hasta el cementerio en la cabeza del partido, tenía que pedir ayuda a algún voluntario para recorrer en auto los treinta y tantos kilómetros que lo separaban de su casa. Alguna vez pensó animarse a montar un caballo y recorrerlos, pero sus setenta y ocho años lo frenaban. De aquel lugar muy poco lo retenía, tan solo el recuerdo de su casamiento con la finada, la primera casa, pieza y cocina, y muchas, muchas horas de trabajo duro para sostener la familia, con alguna holgura, es verdad. La llegada de los hijos, dos, un varón y la mujer que ahora lo acompañaba. Los dos no renegaron del campo, pero los atrapó el estudio (así lo había querido la madre ) y terminaron alejados. Ahora la conclusión era terminante, no podía quedar solo, y lo llevaban para que viviera en la ciudad, en casa de su hija. No había preguntado cómo se arreglarían para encontrarle un lugar donde dormir; prefería que fuera un espacio solo para él, no quería molestar.

El auto ya entraba por las calles de la orilla de la ciudad, las casas se abigarraban, el tránsito se hacía intenso, endiablado y lo sacudía en cada momento la posibilidad de un encontronazo catastrófico.

—¿Vos no conocés el departamento nuevo? — preguntó la hija

—No, íbamos a venir, pero pasó lo que pasó, y la visita no se hizo.

“Lo que pasó” era la muerte de su mujer. Comenzaban las incógnitas, y algo se sumó a su preocupación. La hija le había dicho “vos”, se preguntó: ¿siempre lo hacía?, creyó recordar que se dirigía a él diciendo, usted papá. Aceptó que así serían las cosas en adelante, pero una pizca de disgusto se sumaba. Luego de vueltas, de cruzar y sobrepasar autos y más autos y pesados colectivos y camiones, llegaron a destino. El yerno, apretó el llavero electrónico que tenía en sus manos y el portón de la cochera comenzó a elevarse.

—¿Todas las puertas se abrirían así? — se preguntó Pedro, siempre dentro del auto.

Finalmente descendieron todos, dentro del guarda coches. Él bajó lo poco que traía y siguió detrás de su hija, que se sumergió apresurada en el ascensor.

— Apurate que las puertas cierran rápidas.

El hombre repitió para sí mentalmente, “cierran rápidas”. Tenía que ir aprendiendo como moverse en aquel mundo nuevo. El brumoso fondo del camino, no se disipaba, las complicaciones seguían. Su destino ciego estaba allí.

Llegaron al sexto piso, allí vivía el matrimonio con sus hijos, en el departamento B, y ese sería a partir de que cruzara la puerta, su domicilio. Confundido, casi deslumbrado, entró con pasos inseguros, llegó hasta el amplio ventanal que daba a la calle. Ya oscurecía, quiso ver el cielo y no estaba a su alcance, lo tapaban otros edificios tan altos como donde estaba él. Su hija, acomodó paquetes que traía, y lo llamó, camino hasta la cocina, llegó hasta una puerta. Al abrir se encontró parado en un patio de pequeñas dimensiones, se abrió una puerta, y exclamó:

— Este es tu dormitorio, aquí tenés el baño, para bañarte podés hacerlo en el nuestro.¿Está bien?

Pedro calló , qué podía decir, claro que la habitación era pequeña, para una cama y un pequeño ropero, el baño estaba saliendo al patio, pero él nada podía cambiar, debía aceptar, callado, “ para no estar solo “, como le decían. Hizo esfuerzo para encontrar el cielo, las estrellas, pero las paredes no le dejaron ver nada.

— Vení, vení, — volvieron al comedor, sillones, mesas, sillas un televisor tamaño mayor— quiero mostrarte nuestro dormitorio y los de los chicos.

Camas y muebles raros para él, pero aceptó que no estaban mal, y todo era de calidad, para su escaso entendimiento sobre ese tema.

Volvieron al comedor, su yerno buscó una botella de un licor muy rubio, le ofreció

— Es wisky, Don Pedro, algo fuerte, pruebe.

— No muchacho, un vino, sin pretensiones, un vaso solamente.

Su hija comenzó haciendo movimientos en la cocina, advirtió que faltaban “los chicos”, Hacía mucho que no los veía. Cuando el velatorio de su mujer no fueron porque tenían exámenes, no recordaba la última vez que los había visto. El varón, cuando era un chiquilín pasaba semanas en la chacra, y él estaba seguro de que la pasaba bien. Ahora sería ya un mozo entrando en hombre. Y la muchachita quién sabe cómo estaría.

— ¿Tenés hambre? Ya pedimos la comida, unos minutos más y cenamos. Hoy empanadas, de noche cenamos generalmente bien, porque a mediodía casi nunca estamos. Los fines de semana sí..

La información corría a cargo de la dueña de casa, como cumpliendo con la necesidad de imponer al nuevo habitante las costumbres de la familia.

— A propósito — continuó — nosotros nos vamos temprano, cada uno a su trabajo, vos podés dormir tranquilo, nada te apura, te levantás cuando tengas ganas. Aquí cerca, a una cuadra tenés un plaza muy linda, es una manera de estar junto a los árboles que te gustan y tomar sol. Te recomiendo cuidado, hay que cruzar una calle con mucho tránsito. Convendría que te corrieras una cuadra más, tiene un semáforo para cruzar seguro.

Pedro escuchaba impávido tantas recomendaciones, tan solo para caminar una cuadra.

Llegó la comida, alguien la había traído y Amalia- su hija- . fue hasta la entrada a recibirla. Él comió. Tres empanadas. No estaban mal, pero nada que ver con las de su mujer – se dijo – y ahora sí tomó su vino. Su yerno sentado frente al televisor, quedó absorbido por las imágenes y la mujer comenzó a revisar una cantidad de hojas sueltas, pruebas de sus alumnos, trabajo de profesora. Se fijó en la hora que marcaba un reloj, y consideró que no estaba lejos de la que tenía por costumbre acostarse.

Tímido preguntó — ¿Me puedo acostar?

— Sí, vos hacé tu voluntad. Te levantás cuando se te antoje y te acostas cuando te venga en ganas. Estás en tu casa

Permanecía todavía como aturdido, le decían que estaba en su casa, pero no era su casa, se obligaba a solicitar la autorización para cumplir cada una de las cosas que pretendía hacer, por educación y porque nada era suyo, “estoy de prestado” pensó. Se acostó, tenía buena luz, el baño era pequeño pero cómodo. Repasando ese día y los últimos días, finalmente se durmió.

Por una pequeña ventana entraba la claridad exterior, de la primera mañana en la ciudad Se levantó, lavo sus manos, su cara, y ya en la cocina buscó una silla donde sentarse. Estaba solo Buscó el reloj que le diera la hora. Eran las seis. Ningún movimiento en la casa, nada que se viera dispuesto para unos mates. A la hora justa, aparecieron de a uno, su hija, la primera, después el marido y luego la hermosa señorita que era su nieta, que no la habría reconocido jamás y más tarde el muchacho. Los dos fueron cariñosos. Pocas palabras Apurado cada uno se marchó.

— Ahora viene la muchacha — le decía su hija mientras trataba de cerrar la puerta

— Tengo que hacerte una llave para vos. Cuando venga, decíle que limpie bien las dependencias de servicio, señalando su cuarto. Hasta luego —

Volvió a estar solo, le habían dicho “no podés estar solo”, tenés que venir con nosotros al pueblo, pero parecía que ese era su destino, aquí también, “iba a estar solo” Le resultó curioso eso de la “dependencia de servicio”

Cuando llegó la muchacha que atendía los quehaceres de la casa, tímidamente saludó. El aspecto de la mujer le ofreció confianza. Su rostro era el de tantas que había conocido, en los años en el campo, típicamente criolla. Tez oscura, la vio huesuda, piernas arqueadas, y la cara con toque livianos de pintura. Ella sabia que estaría.

— ¿Aquí no hay mate?

— No aquí no toman. ¿A usted le gusta? A mí también, yo lo acompaño

— Pero hay que buscar, calabaza, yerba, sin azúcar, amargo nomás.

— Y lo buscamos. Bueno… hoy no puede ser, hay que ir al súper, no está cerca, me llevará tiempo. Mañana se lo traigo del almacén de mi barrio

¿Yerba del súper? Qué complicado y nada más que para unos mates. Sería el primer día en mucho, pero mucho tiempo, que empezaba el día sin un mate.

La música estridente de una radio, le sacudió la tranquilidad. Aceptó que así sería, porque la dueña de casa se lo permitía. El ruido transitaba orondo por todos los espacios del departamento, seguro de que los vecinos también los oían. Y volvió a su resignación: Y será así nomás. Quería ver el sol, el cielo, y sin muchas explicaciones anunció que salía un momento. Miró con recelo el ascensor, sabía que se llamaba apretando el botón, pero estar alerta porque las “las puertas cierran rápidas” Ya en la vereda, recordó las recomendaciones, el tráfico. La verdad que en esa cuadra la cosa no era tan terrible, pero cuando dobló la esquina, la nueva calle parecía contener todos los autos de la ciudad. Se propuso rodear la manzana, por la calle enloquecida llegó a una avenida. Allí el frenesí se multiplicaba por dos, llegó a la otra calle y la locura seguía, el ruido y la velocidad lo aturdían, no se atrevió mirar hacia el cielo, y tuvo que asegurarse de que había sol mirando la sombra en el suelo. Nuevamente en la calle de su departamento, pasando la esquina apretado entre dos altos edificios, quedaba un viejo chalet, muy cuidado, con altas ventanas que permitían la vista de una sala amplia. Miró a señoras viejitas como su Carmela, sentadas, quietas, calladas como mirando sin ver, que llenaban el espacio. Había algunos hombres ancianos como él. Sobre la pared un letrero pintado con la cara de una señora alegre decía LA CASA DE LOS ABUELOS. Y será así, se dijo, una “dependencia de servicio grande”. Entró a su edificio y enfiló para el ascensor, cauteloso, atento a las puertas que “cierran rápidas.”

                   Luis N. Fabrizio

 

El judío Luciano

En una apacible tarde del mes de Octubre, cuando ya la tarde caía, el Bar “El Escondido” del Bocha Rosales estaba como se dice en la jerga “bote a bote”, con todas sus mesas ocupadas y parroquianos de pie, el clima es de fiesta, en los rostros de la mayoría denotan cierta ansiedad, complicidad y no era para menos, esa tarde hacían su debut dos de las prostitutas mejor dotadas de la zona. Etelvina la hija de la polaca y la uruguaya Esther, las dos tienen esos encantos físicos que ponen nervioso a cualquiera.

“El Escondido“ no es un bar más, no … no es un peregundín, todo lo contrario es un lugar sociable, de encuentro, de relación, a la mayoría de los habitúes del lugar los une algo en común, la necesidad de comunicarse con el otro, de charlar de contarse cosas existenciales de la vida, con sus momentos de dichas y desdichas, o sea … es un lugar mágico donde uno ve pasar la vida. Ahora claro, desde que esta el nuevo dueño la cosa cambió, ya no es lo mismo, al bocha le gusta aglutinar gente, ahora dos o tres veces al mes viene un musiquero y chicas de vida mundana. Obvio que aquí nadie es santo, los placeres de la vida nos gustan a todos. El nuevo dueño no es un mal tipo, al contrario es amigo de hacer gauchadas, pero eso sí es vividor y putaniero, en su juventud tuvo cuentas con la justicia, pago sus deudas con la sociedad, ahora esta todo bien, con la taquería de la jurisdicción tiene buena onda.

Asiduo concurrente del lugar es el judío Luciano Stein, hombre de elevada estatura y con el sello inconfundible de sus ancestros en el rostro, siempre anda impecablemente vestido, un mechón de pelo canoso le cae sobre la frente, en su juventud curso estudios universitarios, hasta que tropezó con una mujer mayor que él y ahí termino todo. Sus padres quedaron azolados por la vida transgresora que él llevaba. Al morir estos se quedo huérfano afectivamente, hasta que recaló en esta ciudad … y conoció a Etelvina, cuando esta aún no era prostituta. Salieron un par de veces y de común acuerdo se fueron a vivir juntos, después de dos años y pico por problemas de pareja, un día ella se marcho para no volver, Luciano nunca la olvido, es más, no había noche que no la recordara, que no la anhelara, es que estar junto a ella era una verdadera fiesta.

 

Paso el tiempo y un buen día Luciano se entero que, junto con otra chica, venía esa tarde a alegrar a los muchachos del “ Escondido” y bueno tenía ganas de verla … y ahí estaba, en dos habitaciones que el Bocha hizo construir al fondo del pasillo una frente a la otra, las chicas atendían por una suma módica aquellos sedientos de amor carnal. El Ruso se halla sentado frente a un gran ventanal, junto al Vasco Retegui y el Coco Martín produciéndose entre ellos el siguiente diálogo— Luciano hace tiempo que no venías … dijo él Coco — sabes lo que pasa Martín, la mano viene complicada hermano, es que el mundo moderno no ha suavizado para nada la vida, ahora todo es conflicto y bueno uno tiene necesidad también de vivir para uno … — claro Luciano, si no vivís ahora, cuando te quieras acordar te ponen el sobretodo de madera y ¡Zaz¡ ahí se termina todo … – – y sí Vasco, pero a pesar de todo tenemos que entusiasmarnos, convencernos que el mundo es mejorable y que vivir mejor es posible ¿sino que sentido tiene la vida … – – Che a propósito … dijo el Coco, ¿ustedes van a pasar? las chicas están refuertes … — no, yo no paso … dijo Luciano – – cuando quiero una mujer me la gano yo, no concibo el amor pago, voy hablar con la Etelvina sí, pero son cosas personales … en ese momento se acerco el rengo Pepe que es el ladero del bocha y le dijo al Rusito que pasara, y que fuese breve … – – decile al Bocha que yo que pago la cuota como todos, ¡que no se equivoque conmigo¡… Ya dentro de la habitación, cuando Etelvina vio a Luciano, su rostro empalideció y cambió su estado de ánimo … dijo con palabras entrecortadas – – no esperaba verte … — es que vine porque tenía ganas …de hablar con vos, dijo Luciano – – mira Etelvina estoy apremiado por tu patrón, es decir necesitaría más tiempo, pero te lo digo igual, ya estamos grandes los dos y a esta altura acepto la vida como es — no te entiendo Luciano – – te quiero decir que la perfección no existe en nada, vos sabes que yo te quiero y te necesito, dejemos el orgullo de lado que no sirve para nada, mira Etelvina todavía estamos a tiempo, intentémoslo, siempre hay tiempo para volver a empezar, no te olvides que ya pasaste los cuarenta, toda la vida no vas hacer esto … — pero no Luciano eso es impensable, yo estoy marcada, vos necesitas algo mejor … — no digas boludeces Etelvina, te estoy hablando en serio, si cambias de parecer tu casa es mi casa pensalo … acá esta la suma chau…

Cuando Luciano salió a la calle, el Bocha lo llamo y dijo: — ¡escúchame hermano, yo se todo lo que hubo con Etelvina y vos, pero mira, hace rato que nos conocemos no? ¿nosotros no podemos, mejor dicho .. tenemos prohibido enamorarnos, porque ahí sonamos, mira … el amor es un invento más, cuando te enamoras perdiste y pasas hacer un dominado, perdes hasta tu identidad, acordate ruso, yo se lo que te digo Luciano se abrocho el saco y siguió caminando por la vereda, una brisa de aire fresco le acaricio la cara. Ya en su casa mientras pensativo fumaba un cigarrillo en la cama, pensaba que Etelvina, cuando le dijo que estaba vacía, lo miro y le hablo con el alma sin decir palabra alguna y a veces las miradas y los silencios valen más que mil palabras. No podía conciliar el sueño y en ese instante se dio cuenta que las primeras luces del amanecer penetraban por las hendijas de la ventana, el perro Tomas como siempre dormía en el umbral de la puerta. De pronto sintió el chillido de la puerta de rejas que da a la vereda y en seguida unos inconfundibles tacos altos y una vos suave que mientras golpeaba la puerta con los nudillos decía: abrime Luciano, que soy yo … Luciano nervioso y no muy seguro sobre sí mismo abrió la puerta y ahí estaba ella, bolso en mano, con el rostro desencajado y el ánimo ensombrecido. Desesperadamente se abalanzo sobre él y lo beso en los labios y dijo — me avergüenza decirlo, pero estuviera donde estuviera pensaba en vos. Ya le dije al bocha que dejaba todo, quiero estar junto a vos, me quedo gravado eso que me dijiste de volver a empezar”… Luciano pensó que hay momentos en la vida que deberían demorarse, detenerse, acaricio su cabello y la beso tiernamente en las mejillas, luego dijo — pasa, ponete cómoda, se nota que estas cansada. Estas helada, acostate que te hago un té calentito, fíjate la colcha que compre, ah … y también la muñeca que a vos te gustaba tanto ¿te acordas?, mejor ahora acostate , mañana será otro día, iremos de compras al mercado, como antes. En realidad no tenemos mucho porque todavía no cobre, pero eso entre nosotros es lo de menos, en definitiva lo más importante es que el amor pudo más que los “desencuentros”, porque mira Etelvina, lo mas valedero que es nuestro amor se ha fortalecido tanto, que … ¡dalo por hecho!, ya nunca más seremos pobres Etelvina con la cara mojada por las lagrimas sonrió y lo volvió a besar, Luciano experimento algo que no se puede explicar con palabras, le pareció que, en ese momento “el mundo era más amable”.

 

 

                                         Juan Carlos Masochi

El mugik

Estaba Iván Gunov trabajando en su granja, como lo había hecho desde que era jovencito, junto a su padre. Esta granja había formado parte del patrimonio de toda su familia desde tiempos inmemoriales, es decir desde las antiguas épocas de los zares. La revolución rusa había modificado las vidas de aquellos terratenientes y el comunismo imperante a partir de ella, también las posibilidades de posesión y disposición de las tierras y sus productos. El Estado -todopoderoso imperante- se consideraba dueño de vidas y haciendas. No obstante, muchos labriegos seguían trabajando la tierra y regocijándose con el nacimiento de los frutos de sus esfuerzos.

Era aún temprana la mañana cuando se detuvo un vehículo junto al borde de los sembradíos y de él se apearon tres hombres vestidos con oscuras ropas, casi talares. Se dirigieron directamente hacia donde se encontraba Iván y lo saludaron, con cierto autoritarismo y se identificaron con sendos carnets, extendidos por el Politburó.

— Buenos días camarada Gudov, – dijeron uno por vez.

— Buenos días, -contestó Iván-, descubriéndose y sosteniendo su gorro en la mano izquierda, presumiendo que alguno le extendería la suya. No fue así.

— Hemos sido delegados por el Partido con el fin de hacer una encuesta a la que deberá contestar y una supervisión, para lo cual nos habilitan los carnets que le hemos mostrado.

— ¿Qué he de contestar?

— Acerca de su posición política y sus propiedades.

La voz cantante era ejercida por uno solo de los hombres. Los otros dos permanecían callados, simplemente respaldando con gestos al que preguntaba.

— Pregunte usted, entonces. Soy comunista.

— ¿Es usted propietario de este campo?

— Sí, lo soy, y lo han sido mi padre, mis abuelos y los abuelos de mis abuelos.

— ¿Tiene algún otro campo además?

— No, no tengo más que éste.

— Bien. Ahora puede decirme si usted tuviera otro campo ¿le cedería uno al Estado para poder darlo a otro campesino que no tenga?

— Si, lo haría.

— Bien, camarada. ¿Es usted dueño de la casa donde vive?

— Sí.

— ¿Tiene alguna otra vivienda?

— No.

— Si tuviera otra casa ¿se la daría al Gobierno para destinarla a otro camarada?

— Sí.

— Excelente, camarada. Veo que tiene su tractor ¿tiene algún otro tractor?

— No, sólo este.

— Si tuviera otro, ¿lo donaría al Ministerio de Agricultura, para otro labrador?

— Sí.

— Veo que tiene un hermoso caballo, ¿si tuviera otro, lo donaría para otro campesino?

— No.

— Puede decirme, ¿por qué en este caso no donaría el otro caballo?

— Porque ese sí lo tengo.

Los tres funcionarios se miraron sorprendidos y el que dirigía la encuesta le reprochó la falta de generosidad y de adhesión a la política del Estado al negarse a ceder el caballo, a lo que Iván respondió.

— Les he regalado un campo, una casa y un tractor ¿le parece a usted falta de generosidad? Finalmente, ¿no es eso mismo lo que hace el Estado, regalando bienes que no posee?

— Camarada Gunov, ahora procederemos a revisar las instalaciones, si no tiene inconveniente.

— No tengo inconveniente, pero debo aclararles que no pueden ingresar al predio que tiene aquel establo –dijo señalando un establo en medio de un amplio cercado.

— Debemos aclararle que el carnet que portamos nos habilita para revisar absolutamente todas las instalaciones.

— Si es así, revisen nomás, no me opondré.

Los tres funcionarios, como era previsible, se dirigieron directamente al establo que se suponía vedado, ante la mirada impávida del señor Gunov. Cuando llegaron al gran portón, procedieron a abrirlo e ingresaron a su interior. Solo pasaron unos segundos, cuando se vio salir a los tres matones políticos en una desenfrenada carrera perseguidos por un toro enfurecido, que bufaba su saña. Los tres gritaban:

— ¡¡¡Socorro!!! ¡¡¡Socorro!!! – y uno de ellos, agregó:

— ¡¡¡Párelo!!! don Gunov, ¡¡¡párelo!!!!

El mujik, muy sereno, recurrió a su potente voz, gritando:

— ¡¡¡Muéstrenle los carnets!!! ¡¡¡Muéstrenle los carnet!!!!.

                                                           Enrique Lombardo