Editorial: “Por qué escribimos”

Hagamos un juego de imaginación para arribar a un punto que permita dejar plasmada la razón de estas entregas. Para ello retornemos imaginariamente al tiempo de las voces guturales de nuestros antepasados, significantes de dolor, miedo, desagrado o afecto, cuestiones básicas que devinieron en una posterior necesidad de precisiones acordes a estadios de esos sentimientos o reacciones. Así deben haber aparecido los sonidos relativos a molestias placenteras, simples aprensiones, desconfianza o indiferencia. En su lenta marcha hacia una evolución que no cesa, la demanda de formas que faciliten el vuelco de los procesos internos hacia el mundo, luce en avance.

La carencia de ideaciones precisas determina la adopción de formas expresivas disvaliosas. Ejemplificar restará a esta reflexión parte de su interés, pero es necesario. En ese intento decimos que, demandando un mínimo de esfuerzo y un bagaje cultural previo, ante un empellón recibido, en vez de reclamar mayor cuidado o sugerir un pedido de disculpas, una trompada bien aplicada hará sus veces, generando situaciones cuya adopción debe desalentarse.

Vista así la importancia en una sociedad organizada -que se vanaglorie de adulta y que persiga la superación de sus miembros- de tener palabras que describan conceptos que permitan su unión metódica, para volcarlas luego en un intento de interactuación plausible, debe analizarse el campo al cual se proyectará dicha labor intelectual. Por razones de búsqueda de precisión, diremos que habría un grupo a) de comunicaciones (“Don Francisco, ¿a cuánto tiene la escarola?”), un grupo b) (Rocío va a pasar las fiestas con sus suegros. Yo no sé qué pensar, viejo. ¡Decí algo, sos el padre!), un grupo c) (Pedimos la confianza del pueblo a través del voto porque nuestro partido…). La enumeración no se detiene allí, pero lo que se quiere decir es que escribiendo armonizamos términos, precisamos situaciones, describimos sentimientos, realizamos relaciones lógicas más complejas cuanto más precisos sean los procesos definidos, vertimos nuestro pensamiento y demandamos el auxilio del ajeno. Y escribiendo describimos además situaciones que luego analizamos en las tareas posteriores a la primera plasmación en un papel o un archivo virtual.

Escribiendo estamos evidenciando una decidida toma de conciencia de la pertenencia a una sociedad demandante de individuos que practiquen esa forma de hacer conocer sus ideas, de modo similar al gesto del ofrecimiento de una mano abierta para que otro la estreche viendo que nada hay que permita inferir una agresión. Y en esa mano, como una línea de lectura quiromántica que es el escrito elaborado, va a estar volcada parte de nuestra existencia que quizás sea imposible exhibir de otra manera. De la labor del lector surgirá la aceptación de la tarea; de la entrega del autor, la liberación de su alma y de su mente. Y de la acción conjunta, un mundo de relaciones de mutua entrega, facilitador de la convivencia.-

                                                  Eduardo Borawski Chanes

Visita a Domicilio

Visita a domicilio

He escrito este libro en la creencia de que mucha gente desgraciada puede ser feliz mediante un esfuerzo hábilmente dirigido.

Uno de los peores aspectos de la fatiga nerviosa es que obra como una especie de cortina entre el hombre y el mundo exterior; las impresiones llegan a él opacas y mudas; no ve en la gente que trata sino engaños y amaneramientos, no le interesa la comida ni el sol, y tiende a concentrarse sobre unas cuantas cosas con absoluta indiferencia para todo lo demás.

Ya desde el prólogo supe que iba a leer entero el libro de Bertrand Russell. Sí, hay libros que marcan un antes y un después en la vida de sus lectores y este fue, para mí, uno de esos.

Recuerdo que lo compré un sábado al mediodía, con el que concluía una semana de intenso trabajo en la cátedra; el lunes siguiente vencía el plazo para la presentación de trabajos científicos a un congreso internacional, y allí debimos reunirnos todos sus autores –o mejor dicho, casi todos- para terminar de consensuar errores y desvíos con significaciones, causalidades con casualidades, palabras que faltaban con palabras que sobraban, y que debían ser envasadas en formatos editoriales demasiado rígidos que encorsetaban nuestras mentes hasta la cefalea. En fin…

La caminata en soledad no me vino nada mal; tampoco el relajado café, la medialuna de grasa y el diario de arriba en el bar de los gallegos; y, mucho menos, mi intuición que, como por arte de magia, me fue llevando hasta esa librería de viejos, hasta esa mesa de saldos, hasta ese ejemplar polvoriento de La Conquista de la Felicidad.

Todavía no sé bien si fue por la seducción de sus páginas iniciales que no se diluyó con el correr las siguientes, por un estado levemente contrariado de mi ánimo, o por la ayuda del insomnio que venía propinándome un castigo como pocas veces lo había hecho antes, lo cierto es que pude leerlo completo, a pesar de la necesidad que tenía de estudiar otros textos vinculados con mi profesión.

Recuerdo también que, por esos días, no me estaba sintiendo físicamente bien; un dolor poco intenso, pero persistente en todas mis articulaciones, un desgano general, especialmente por las mañanas, y la percepción de una náusea más anímica que digestiva, me ayudaron a tomar la decisión; con la ayuda de unos colegas amigos, de esos que nunca faltan, pude conseguir que me concediesen unos días de licencia por enfermedad. Ese lunes, y hasta el próximo, no fui a trabajar.

Descansé, como hacía mucho tiempo no lo hacía; además, ordené placares, ropas, cuentas, documentos, directorios, relaciones con amigos; saldé viejas deudas con mis tarjetas de crédito y, también, con algunos de mis amores postergados; repasé libros, releí artículos, refloté ideas que alguna vez fueron proyectos, y hasta tuve tiempo de buscar en los diccionarios acepciones diversas para la palabra futilidad.

Una sensación de aire renovado comenzó a merodear mi espíritu y, por momentos, me devolvía la ilusión de esa dichosa noción de bienestar que había perdido; claro, al mismo tiempo me advertía sobre la condición siempre inestable y efímera del reposo, porque, casi como si hubiesen estado espiándome a través de no sé bien qué mirilla del espacio, varios de mis pacientes comenzaron a depositar sus llamados en la casilla de mensajes del teléfono de mi casa; algunos de ellos -me pareció- resultaban imposibles de rehusar, como los que me dejó la hija de Goytylha porque, claro, todas las semanas venía visitando yo a su padre desde que le amaneció el ocaso, y no tuve más remedio que acudir.

Pero aquella mañana fue distinta: con su flamante pijama blanco, el viejo irrumpió por la arcada del living –ornamentada como su resignación- apoyado sobre una antigua mesa de televisor que su hijo, el ingeniero, le había adaptado para compensar esa marcha insegura y de pasos cortos que tanto lo mortificaba.

En cuanto lo vi, mis sentidos comenzaron a dibujar una tonalidad entre onírica y teatral; eran tardes de mucho frío y, con su respiración alcanforada, una pava sobre la estufa aportaba la cuota necesaria de complicidad. El viejo se puso muy contento cuando me vio y, además de regalarme su sonrisa eternamente agradecida, comenzó a vociferar de pronto unos gritos incomprensibles que, sin embargo, permitían adivinar la tonalidad de su lengua natal: -Fajlatii… Fajlatii…

Inmediatamente lo imaginé heladero; heladero de carrito Laponia:

-Helados… Helados Laponia, helados…

Me sonreí, con menos vehemencia por fuera que por dentro porque su hija soltera, que vivía con él, escudriñaba cada uno de mis movimientos mientras lo acompañaba tomándolo del brazo.

-¿Cómo le va don Goytylha?, lo saludé con un beso en la frente y palmadas sobre sus mejillas, a su pesar, barbadas. El viejo intentó balbucear una respuesta pero su hijo se lo impidió.

-Es un cabezadura, doctor, ¡no hace caso!

Nos sentamos en los sillones de recibir. Mientras ellos me iban poniendo al tanto de las novedades, yo fingía escuchar y, al mismo tiempo, trataba de encontrar en mi galera algún otro argumento que pudiese renovarles la confianza por los próximos siete días.

Luego, con gran esfuerzo –reconozco- y una precisión ritual, me puse a examinar el empedrado cuerpo del pobre Goytylha. El viejo me miraba, y yo también lo miraba, y nuestras miradas parecían forjar una alianza en contra de los hijos que no paraban de hacerse señas a nuestras espaldas, cargándonos a los dos con exigencias muy difíciles de satisfacer.

En eso intentó decirme algo, pero el hijo volvió a interrumpirlo:

-Finíshela Viejo… El doctor está apurado.

No bien terminé, la hija, con esa forma automática del estoicismo que por momentos parecía a punto de estallar, lo volvió rápidamente al rodado; ella siempre se mostraba ansiosa por escuchar comentarios míos que, supuestamente, yo no podía o debía hacer delante del paciente. Unos segundos después, y muy despacio, el viejo se fue retirando hacia su destierro:

-Fajlatii… Fajlatii…

Cuando pasó por debajo de la arcada volvió a detenerse, giró con dificultad su cuerpo lo más que pudo, suficiente como para mirarme de frente y a los ojos y, con la última gota de tenacidad que le quedaba en sus entrañas, por tercera vez intentó la comunicación conmigo:

-¡Pero déjelo hablar! ¡Por Dios, déjelo hablar!

El hijo se sorprendió por lo intempestivo de mi reacción. Y yo también. Unos segundos después, el abuelo lo volvió a intentar pero, a pesar de mi esfuerzo, no pude rescatar de su jerigonza infantil más que una musicalidad de pregunta. Entonces la hija, que se dio cuenta, me lo tradujo:

-Pregunta mi papá si no quiere un helado… Que sólo le quedan de frutilla y de chocolate.

¿Después? Después no lo vi nunca más.

Bicho Raro

Bicho raro

El sol ya estaba alto, pero no llegaba al piso terroso de las callejuelas angostas del asentamiento. Los espacios se estrechaban, separando las casillas levantadas con materiales puestos como se podían para simular una pared. Quedaba lugar para el paso de una persona, y un poco más. El suelo se tajeaba con un hilo. Más que un hilo, una cinta de líquidos pútridos de los que emanaba un molesto olor.

La figura desgarbada del muchacho, apenas arropado con vestidos que no eran suyos, que habrían cubierto antes otros cuerpos, se desplazaba por aquel laberinto. Su cara tenía las marcas del cansancio de sus dieciocho años mal vividos. De sus ojos se desprendían -bien marcadas- líneas de un camino que trazaban una duda, una inquietud. Recién había dejado el lugar familiar, un único cubículo, cocina—dormitorio, compartido con la madre y los tres hermanos. Él, Federico, era el mayor. No se veía gente. El alba había despertado a los pocos que tenían trabajo y se habían alejado. Otros recién comenzaban sus sueños. La noche les había servido para revolver residuos, recogiendo comida si la había; elegir, con capacidad de expertos, meta-les para negociar o amontonar cartones pensando que cada trozo, sumaba los treinta centavos por kilo. Trabajaban hasta que la claridad del día, extrañamente, les quitaba las calles, porque a esa hora la ciudad comenzaba su afiebrada actividad. Algunos dormían, porque siempre dor-mían.

En un impreciso vértice que señalaban dos callejuelas, alguien lo reclamó a los gritos. Era un chico conocido, Sosita le decían, desfachatado, desprendido de formalidades, la de los códigos de la gente común. Quiso saber adónde se dirigía Fede. En ese lenguaje apocado de aquel mundo, él contestó tratando de no decir nada. El otro insistió, reclamó saber a dónde iba. Nuevas palabras para perderse en un indescifrable destino. Ante el desconcierto, el nuevo per-sonaje invitó a una excursión al centro.

—Algo se rasguña — dijo.

Ahora, casi sin palabras, el interrogado repitió su actitud. Se entendió que volvía a su negativa. Sus ojos sostenían la línea de su destino: la sala de primeros auxilios. Continuó firme punto por punto, hasta llegar a su fin. Quería desprenderse de la molesta compañía, y se despidió con un “chau”. El lugar despertó la curiosidad del acompañante. Dedujo que entrar allí, era para declarar una enfermedad. Los códigos duros se suelen ablandar, ser solidarios: Sosita entró también. Quería saber qué tan enfermo estaba su amigo. Cuánto había callado, qué se negaba decir. Había dado mil vueltas en su cabeza durante la noche. No lo dejó dormir. Lo había dejado impresionado, una charla que un profesional les dio a los muchachos de la nocturna, el día anterior sobre el SIDA. Había razones. En la soledad de la casilla que se levantaba frente a la suya, cuando todos trabajaban y Ana estaba sola, después de enredarse en abrazos, terminaron en la natural conjugación de los dos cuerpos. A partir de las palabras del doctor, nació la duda, el miedo del muchacho. Y si hubiera contagio, y si se muriera, tan dolorosamente como se mueren esos enfermos, como explicó el médico en la nocturna, ¿qué sería de su madre, de sus hermanitos? Las indicaciones del médico aplacaron un tanto la ansiedad: le ordenó análisis y nuevas visitas. Salió de la sala de consultas. Allí estaba su tenaz perseguidor, queriendo conocer resultados. Escueto, con una sola palabra (—Nada) canceló la pregunta.

Ahora caminaban por la tierra que separaba la sala de la villa. Sólo yuyales que escondían sus cuerpos, dejando espacio a los montículos de restos arrojados. Fede, comprendió que hasta no saber resultados ciertos, la angustia persistiría. Por eso seguía tan callado como antes. El ensimismamiento se rompió cuando el acompañante abrió su campera, y mostró, escondidos entre sus ropas, los efectos que le había robado al doctor. Un espejo, una pinza quirúrgica y un bisturí. Con el rostro cerrado, duro, convertido en una furia amenazante, le reclamó al ladrón devolver a su dueño todo lo robado. El otro se negó. Las manos que reclamaban apretaban los bra-zos del otro y hurgaban buscando los útiles del médico. Se enredaron en una pelea. Las plantas se tumbaban empujadas por los cuerpos trabados en lucha. Primero, Fede se hizo del espejo, forcejeó y quito la pinza al ladronzuelo, ahora las manos ladronas tomaron firmes el bisturí, hacían fuerza para retenerlo, el otro peleaba para recuperar todo el botín y reintegrarlo. La lucha los llevaba a pisar trastos desparramados entre los yuyos. Tropezaban, caían y volvían a levantarse. Sosita se aferraba al bisturí. Fede sintió como un puntazo en el abdomen, vio que la camisa de su acompañante se manchaba de rojo. A él las piernas lo abandonaban, se tum-baba, miró allí donde el dolor se hacía más agudo: un tajo abierto por el bisturí volcaba abundante sangre. Ya no pudo más, se tomó con las manos la carne herida y cayó de rodillas. El acompañante – contrincante palideció, lo ayudó a incorporarse, lo sostuvo y le pidió fuerzas para llegar hasta la Sala de Primeros Auxilios.

Entre los yuyales quedaron el espejo, la pinza y el bisturí.

El Soltero

El soltero

El pueblo no era ni grande ni chico, era una población formada por familias tradicionales, dueñas de negocios ancestrales y hábitos costumbristas. Muchas de ellas se encontraban regularmente los domingos a la salida de misa de las once, momento en que  los hombres se separaban de las mujeres, yendo al bar de la esquina principal, frente a la plaza y la Iglesia, para consumir juntos su semanal vermouth: Cinzano con Fernet  acompañado de maníes y las infaltables papas fritas, elaboradas, a decir verdad, con nabo frito.

Las esposas y los niños partían alegres hacia la confitería a comprar el consabido postre Imperial Ruso de los domingos, que no tenía nada de ruso y daba el cierre goloso a los ravioles con estofado, tan arraigado en los gustos de todos.

Joaquín había llegado a los veintiún años, y una vez cumplido el servicio militar ya no participaba de estos rituales. Se había reintegrado a la vida social, dedicado de lleno a terminar con su carrera de abogado para lo cual debía viajar frecuentemente a la Capital.

Su edad, don de gentes y elegancia le habían transformado en uno de los jóvenes más codiciados por las solteras locales, inclinación que alcanzaba a alguna de sus compañeras de estudios. Las actitudes de Joaquín hacían acrecentar esas esperanzas ya que -convencido de sus atractivos y cómodo en su soltería- la iba de galán y se hacía desear.

Tenía en su haber varias relaciones fugaces que no prosperaron porque las candidatas -alertadas por sus madres- se negaban a entregar el premio mayor, cuyo billete debía adquirirse frente a un sacerdote y un notario. No obstante disfrutaba ocasionalmente de algunos premios menores, de parte de algunas más veteranas y más experimentadas, circunstancias basadas en aquello de que una mano lava la otra y las dos lavan la cara, aseos que se desarrollaban en el mayor secreto y una muy cuidada intimidad, para que el pueblo no se enterara. Pero el pueblo se enteraba con solo mirar la cara de felicidad que tenía Joaquín, aunque no pudiera –por la prudencia que guardaba en tales casos- descubrir quién se había lavado las manos con él.

Alertado por sus amigos casados, quienes le prodigaban una admiración peculiar, había decidido conservarse suelto –“soltero” proviene de la palabra “suelto”- como los caballos cerriles, indomados, como los tiburones y demás peces en el mar abierto, como los animales de la selva, como las hojas caídas del otoño. Esos experimentados le habían puesto sobre aviso acerca de las caras agrias y desconfiadas de las futuras suegras que dudan de todo lo que el candidato dice y aún de lo que muestra. También le dijeron sobre lo pesado que resulta tener que compartir lo que uno gana con el  sudor de su frente y el argumento de las viejas, que lo querrán convencer con aquello de que la llave no sirve para nada sin la cerradura, ni el tornillo sin la tuerca.

No fue una sola vez que lo invitaron a cenar “las maravillas que cocinó la nena”, con una previa reunión en el living frente al padre, la madre y la abuela de la aspirante, donde le sirvieron una copita de licor, sospechoso de incluir algún menjunje o hechizo extraño, para hacerlo caer. Pero siempre iba advertido de las tretas. Sabía que el anillo de bodas reemplazaba a la argolla que le ponen al animal en el hocico, para que vaya donde lo lleva el que tiene la correa.

Recibido de abogado se incorporó durante un año a un bufete de otros letrados, para hacer sus primeras prácticas y quiso la casualidad que su primer caso resultó un litigio por un divorcio vincular. El peticionante resultó un hombre de unos cuarenta años, buena pinta, apenas unas canas que le daban un aspecto muy atractivo, que llevaba quince de casado y aludía “incompatibilidad de caracteres” con su esposa. Ella, de similar edad que su oponente marido, entrada en carnes, de mal temperamento, alegaba que la diferencia de genios aludida, era de única y exclusiva responsabilidad de aquel varón, dado que se ocupaba exclusivamente de su empleo como selector de personal femenino en una empresa de modelos, desatendiendo sus deberes conyugales.

El magistrado, comprensivo, entendió las razones laborales del marido, miró a la mujer y sonrió. Durante la Audiencia de Conciliación, el hombre pidió la disolución de la pareja en los términos del artículo 47 bis, es decir de común acuerdo con su esposa, y la división de los bienes en partes iguales, condición que dejaba a criterio del señor juez. Un “común acuerdo” con esa señora era prácticamente imposible, ya que la incompatibilidad de caracteres demostraba en sí misma, el desacuerdo. El juez intimó a la esposa a buscar una forma de arreglo, caso contrario sentenciaría a favor de peticionante.

Las alternativas que Joaquín presenció en aquel caso, le convencieron aún más de que debía permanecer soltero.

Terminó siendo un buen amigo de aquel afortunado divorciado, a quien frecuentemente acompañaba en los momentos de la selección del personal femenino.  No le interesaba la selección del personal de modelos masculinos, que estaba a cargo de otro personaje, nacido varón –uno cuyo padre se vanaglorió de tener un hijo macho- hasta que ingresó a una dudosa pubertad y comenzó a hablar con ese tono inconfundible del tercer sexo y a usar tangas en lugar de calzoncillos, para que se le notaran más las nalgas y porque tenía muy poco que ocultar en la parte de adelante.

Joaquín, hay que admitirlo, quedaba al borde del abismo cada vez que alguna estrella fugaz lo convencía de repetir los encuentros amorosos en forma permanente, bajo un mismo techo y otros compromisos. Él dudaba, como era normal en esos fogosos momentos cuando un maravilloso cuerpo de ondina lo distraía de sus objetivos, pero alcanzaba a razonar con la cabeza fresca al tener frente a sí a algún amigo casado,  “cazado” en verdad, que le decía alguna frase salvadora:

—El matrimonio es el único lugar donde uno está obligado a dormir con el   enemigo.

—Desde que me casé, lo único que vi libre, fue la banderita de taxi desocupado.

—El hombre soltero está incompleto pero el casado está terminado.

—Los pueblos se hacen matar por la libertad y vos se la querés regalar a la primera que te  calienta.  Pensalo mil veces antes de meterte.

La honesta realidad era que él lo pensaba dos veces solamente. Y seguía feliz su vidurria sin preocuparse, era dueño de sus ingresos, vivía con su mamá que le conocía los gustos y jamás le cocinaba lo que no le agradaba, la casa lucía un gran orden y el padre era un admirador suyo, tal vez por aquello de que él también era casado. La madre de Joaquín estaba decididamente de su parte ya que no quería perder al “nene”, su único hijo y pensando que ya habría tiempo para que se casara y le diera nietos, especulando con sus conveniencias más que con las del “nene”.

Así llegó a pasar largamente la treintena, su padre se jubiló y dejó el negocio, su madre comenzó a padecer de los achaques propios de la edad y a atacarle la urgencia de tener nietos a quienes mimar y a partir de allí los consejos de sus mayores cambiaron de rumbo. Le hablaban de la estabilidad necesaria para una vida más adulta, de lo maravilloso que era contar con una descendencia en la que se vería reflejado, lo ventajoso que era tener a su lado alguien que se ocupara de él y lo horrible que resultaba una vejez en soledad. Y todo esto debía considerarlo teniendo apenas treinta y tantos años. De noche, la intimidad de su cuarto de célibe le permitía pensar sin presiones ni influencias y comenzó a cavilar sobre el tema.

En su primera cita con Agustina, una de sus compañeras de bufete, se sintió atraído por la erudición que le demostró sobre temas sicológicos, de arte y sociología. Tenía, tras los gruesos lentes, una mirada posesiva y al desarrollar los temas fijaba la vista en los ojos de él, sin pestañar. Joaquín estaba como hipnotizado, pero la verdad –en buen romance- era que estaba idiotizado. La cita terminó en el living del sencillo y desordenado departamento de ella, con café de por medio y una botella de whisky. La trampa estaba montada.

Primerearon los besos ardientes, seguidos por apasionadas caricias y en el punto culminante de la contienda, la negativa de ella de entregarse al sexo. Él, extrañamente, lo tomó como una demostración de castidad, de feminismo honesto. Y aceptó dejar de lado lo que realmente perseguía, se apartó de su ruta y como todo aquel que deja sin motivo el camino indicado, se perdió.

Pasados unos días, estuvo expuesto a recibir el tiro de gracia, cuando la invitó a almorzar con sus padres y la sicóloga-socióloga conquistó a la madre, ahí se sintió perdido. Al día siguiente comentó la situación a Carlos uno de sus mejores amigos.

He quedado cautivado por Agustina y me impactaron sus conocimientos sobre arte y temas psicológicos.

No sos el primero Joaquín, ya ha habido varios que han intentado conquistarla y parece que solo aflojará después de casada.

Tal vez sea cierto por que parece muy recatada.

Abrí bien los ojos hermano, ella es experta en psicología, cono las reacciones de los hombres y sabe lo que pretenden. Si queres que sea tuya primero te tenés que casar y una vez casado la que manda es ella y vos tenés que obedecer.

Mi vieja me dice que ya es hora de que me case, que no se quiere morir sin tener nietos y que ya tengo edad de independizarme de ellos.

Te vas a independizar de ellos y te vas engayolar con Agustina, el casamiento es una cárcel Joaquín, te lo digo por experiencia.

¿Te parece?

No me parece, estoy seguro. A vos te queda cuerda todavía, aprovechala.

Joaquín como otras tantas veces se quedó pensando en los consejos de su amigo y se puso a comparar la vida independiente que llevaba y la condicionada que significaba estar casado. Y tomó una medida terminante, se alquilaría un departamento para vivir solo.

Cuando se le comunicó a sus padres, esto reaccionaron de maneras diferentes. El papá estuvo de acuerdo y lo tomó como una decisión asumida pro un hombre adulto como era su hijo y él estaba conforme. La mamá echó a llorar y le dijo que sentía que su hijo la abandonaba y que tal actitud era consecuencia de que el hijo no estaba feliz en vivir junto a su madre.  Joaquín la miró con una sonrisa y le dijo:

Mamá, ayer mismo me dijiste que ya tenía edad para independizarme de ustedes.

Lo que yo te decía es que tenías edad para casarte.

Bueno, entonces hacé de cuenta que me caso.

No es lo mismo.

No, es cierto, pero igual yo te voy a venir a ver todos los días, no me voy al extranjero, me voy a vivir a unas cuadras de acá.

La madre lloriqueaba porque se notaba impotente para cambiar la situación y su marido la convenció cuando le dijo:

Dejalo que ya es grande para hacer su vida. Así es probable que al no tenerte al lado, busque casarse, que es lo que vos querés.

Y Joaquín se mudó, momento a partir del cual el desfile de aspirantes a convertirse en esposa del galán, se hizo interminable y los intentos para conseguirlo, fueron imposibles.