El Carancho, peña literaria y gastronómica

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LA PALABRA ESCRITA

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Autor: Héctor Scaglione

Es como las semillas arrojadas al aire, a algunas se las lleva el viento, otras caen para alimentar a los pájaros, otras, como causa y efecto prenden en tierra fértil, echan raíces, crecen, se hacen árbol, dan sombra, alimentan con sus frutos.

A partir de la memoria colectiva, como necesidad y sin solución de continuidad hará que otros muchos siembren semillas, palabras que, al verlas impresas penetren intelectos ávidos de conocimiento, y así lograr la libertad de elección a través de métodos analíticos propios de la imaginación de cada uno, en suma serán formadoras.

La palabra escrita puede ser incisiva, a veces lacerante. Cuando los objetivos a lograr son claros, no tiene límites de penetración y es más poderosa que las armas.

A veces el texto, sin intención del autor, puede dar lugar a interpretaciones diversas. Pero, acompañado del calificativo apropiado será convincente, provocador, obligando al ensayo de quien lo escucha o de quien lo lee. La profundidad de su llegada será imposible de ocultar.

La contrapartida es, cuando se manipula intencionalmente o se modifica por el rumor, provoca pánico, enciende pasiones y pervierte ideas, muchas veces al sublimarlas a través de la manipulación intelectual, por ley del menor esfuerzo, esas mismas ideas son tomadas sin ahondar por el vulgo, como una cuestión de fe, y cumplen el objetivo de llevar a cabo acciones planificadas por otros.

Cuando las palabras son expresadas en prosa embellecen, se convierten en arte, son caricias para el alma, despliegan la esperanza, conmueven, enamoran, arrancan sonrisas, provocan lágrimas e igual que el fuego transmiten calidez, impulsan la comunicación entre los hombres de buena voluntad para fusionarlos en la primacía de la cordura, que aleja la violencia, por ende y como consecuencia, la destrucción de la humanidad. Esa sabiduría intangible e inocultable, puede verse transmitida como el humo provocado por ese fuego que cubre el horizonte.

Desde la antigüedad brota la voz de Séneca, el gran pensador romano que dijo: “Solo el arte en cualquiera de sus manifestaciones salvará al mundo”

HÉCTOR SCAGLIONE

UN SER

AUTOR: Hugo Portillo

Cuando lo vi por primera vez, me pareció, por su mirada, que no pertenecía a esta dimensión. La expresión era la de un pez recién llegado a la pecera. Trataba de comprender qué era todo lo que lo rodeaba.

Sus ojos desorbitados pasaban del terror al asombro con una frecuencia vertiginosa. Daba la sensación como si su entorno lo traspasara desde todas las direcciones, es decir era absolutamente permeable.

Tuve la impresión de que su existencia duraría muy poco, desaparecería aplastado por tanta información.

Sin embargo, en lo material como en lo mental, para tener referencia es necesario que exista un punto fijo, por lo menos.

Su instinto, lo único que pudo conservar, tal vez porque era lo más elemental que tenía, comenzó a hacerse cargo de sus siguientes acciones.

En algún momento se dio cuenta que tenía párpados. Poco tardó en comprender que respondían a sus órdenes, que desde el cerebro llegaban como una súplica que clamaba por terminar con ese aluvión de imágenes que no comprendía. No dudó, los cerró y comenzó a disfrutar de la calma que, llegó a continuación,.

Imposible que conociera el tiempo que permaneció en ese estado ya que, como dije, carecía de valores de referencia, no saber cuánto es mucho o poco tiempo tampoco lo preocupaba.

Sí, sabía que en esa oscuridad estaba relativamente seguro, aunque los sonidos penetraban sin misericordia por los oídos. Las manos, por sí mismas, los encontraron y trataron de contener esa invasión.

Hasta allí llegó.

¿Cómo era que se encontraba en esa situación? Ignoraba todo sobre su situación anterior. Imposible saberlo sin recurrir a algún recurso que le trajera los valores necesarios para ubicarse en tiempo y espacio. Su instinto se lo decía pero a la vez le recomendaba que permaneciera en ese estado indefinidamente..

¿Qué pasa, si los puntos de referencias son equivocados y no tiene nadie que le dé límites de cualquier índole?

Comenzó a reaccionar ante determinados estímulos o sensaciones, por ejemplo percibió que cerca existía algo que si se acercaba a él la temperatura del aire aumentaba, era agradable, si seguía en esa dirección pasaba a algo agresivo, optó por desandar el camino y al variar la sensación descubrió un límite y un método para conocerlo.

No sabía que ese método le traería muchas experiencias dolorosas.

Pasaría por todo lo que un humano adquiere con la ayuda de sus padres y otros seres que lo rodean y contienen.

Como los puntos de referencias serán distintos, con seguridad terminará siendo un espécimen extraño que entrará en colisión con el medio que lo rodea, ¿Qué pasará cuando llegue el amor?

La primera sensación que vino desde el interior fue el hambre, algo desagradable que lo obligó a llevar sus manos al vientre por lo que se vio obligado a dejar de taparse los oídos. En ese instante, los ruidos penetraron a raudales rebotando en las cavidades interiores de su cráneo, su reacción fue gritar algo que no pudo oír pero que sirvió como un recurso emocional de defensa.

Muchas veces acudiría a él en el futuro.

                                         HUGO PORTILLO

La oscuridad de la luz

AUTOR: Alejandro Ramón

Fue en diciembre, mes de altas temperaturas y múltiples efervescencias callejeras que interrumpían con frecuencia la vida cotidiana. El sol se moría como una gran hoja seca cuando sucedió el apagón. La amenaza de dificultades para conservar los alimentos, la falta de agua, de ascensores y ventiladores exacerbaba el mal humor general.

Pero a él, ajeno a estas o cualquier otra elucubración, lo único que lo impacientaba era el hecho de no poder ver la tele. Ni siquiera se le cruzó por la cabeza el drama de los electro dependientes.

¿Cuánto tiempo estaría a oscuras?, se preguntó mientras marcaba el número de la compañía eléctrica. La caída de una torre afectó la red de alta tensión. Estamos empleando todos los recursos a nuestro alcance para restablecer el servicio, respondió una voz de mujer a su requisitoria. El tono y la manera de enfatizar las frases dejó en él, como un vago espejismo, la impresión de que ella misma había interrumpido las tareas de reparación para atenderlo personalmente y de que todos los recursos humanos, infraestructura y logística disponibles estaban siendo afectados a su servicio. ¿En cuánto tiempo cree que el problema quedará resuelto? Volvió a preguntar. En aproximadamente tres horas, contestó la mujer y colgó el receptor, quizás temiendo una andanada de preguntas que no estaba dispuesta a contestar por falta de capacidad, tiempo y ganas.

No era un hombre hábil ni astuto, jamás se había destacado ni tenido interés especial por nada. Llevaba apenas una vida monótona, puritana y virtuosa al extremo. Si hubiese desaparecido nadie lo hubiera notado. Crédulo por naturaleza, con tendencia a dar por cierto lo que le decían sin desconfiar, no soportaría vivir poniendo permanentemente en duda cada afirmación. Para él, no era razonable que alguien mintiese respecto a su nombre, a su trabajo, a su origen o a sus gustos y costumbres. Tal vez esta fuese la explicación para su falta de curiosidad por el porvenir, por el mañana y el pasado mañana, su escepticismo ante lo inesperado, como si lo inesperado no pudiese ocurrir, al menos no a él.

Por supuesto que aceptó la explicación, no tenía por qué dudar de ella. Tres horas tendría que esperar, ni más ni menos. Se sintió como en medio de una densa niebla, haciéndose conjeturas, alternando pesimismo con optimismo, pensando que todavía todo podía ocurrir. Sin embargo, pese a las especulaciones y las incertidumbres, pese a la posibilidad de estar en un error, sabía, sentía en lo más profundo de su ser, que la señorita le había dicho la verdad: Estaban empleando todas las fuerzas y recursos disponibles para “solucionarle el problema a él”. Recién entonces consideró la posibilidad de que los alimentos podrían alterarse, pero la descartó rápidamente: En tres horas la cadena de frío no resultaría demasiado afectada y se sentó a esperar armado de paciencia. Los electro dependientes seguían fuera de su radar.

Cuando el televisor volviese a funcionar sería porque la situación se había normalizado. En ningún momento consideró la posibilidad de que una brusca caída o un golpe de tensión podrían dañarlo, por ende tampoco se le ocurrió desenchufarlo hasta que se restableciese el servicio.

Estando solo, imposibilitado de hacer nada, no le quedó otro remedio más que pensar al pie del candelabro. Sin que fuese una decisión tomada por propia voluntad, más pronto que tarde se encontró hurgando en el pasado. No resulta fácil ni placentero interrogarse sin testigos, mirándose al espejo o aun sin espejo. Nuestro yo no es de dejarse engañar, de aceptar excusas ni de comerse amagues.

Acababa de cumplir 50 y no se había acostado con una mujer desde hacía al menos tres años. No tenía amigas. Las veía cuando las cruzaba por la calle o donde quiera que las encontrase pero las miraba sin ningún deseo, ni sano ni malsano. Sus expectativas y sus ímpetus se habían ido deteriorando, admitiendo rebajas y dejando de lado exigencias. Además había olvidado cómo relacionarse con otros seres humanos mirándose a los ojos, a través del diálogo. Lo cierto era que, por la razón que fuese, no estaba en él considerar que hubiese sido bueno tener alguien que lo acompañase, con quien hablar, con quien compartir. Si fuese del sexo opuesto quién sabe qué más se les hubiese ocurrido hacer.

La energía eléctrica es una materia árida y poco atractiva pero, claro, su falta afecta a millones de personas. Entonces todos esos millones, o casi todos, sin saber un ápice del asunto, se largan a opinar, a pontificar, a profetizar tan pronto ella deja de fluir por los cables. Así fue como cayó en un estado de ensimismamiento. Su mente deambulaba sin destino cuando una reflexión la iluminó: Lo que estructura la vida cotidiana es la luz.

Él, una persona poco interesante y sin prestigio, él solo, sin ayuda de nadie, por primera vez había sido capaz de elaborar un pensamiento abstracto. Sonrió satisfecho de sí mismo. Hacía mucho tiempo que no lo hacía y mucho más que no reía. Ese pequeño soplo de orgullo le produjo una ignota sensación nunca antes experimentada.

¿Cuánto tiempo puede aguantar una persona sin luz?, se preguntó a continuación. Y quedó atascado. No recordaba haber vivido un episodio así, en solitario. Si no se sabe lo que es la ausencia de luz no se puede opinar sobre tamaña ruptura del equilibrio vital. Sus consecuencias son mucho más que un tropiezo. Hasta podría morir alguien, supuso, sorprendido por la ocurrencia.

Ese día, justamente ese, vino a producirse el corte. Toda la población estaba aterrorizada. Fuera de los electro dependientes que veían acercarse la muerte a paso redoblado, la mayoría pensaba en lo terrible que sería si se pudriesen los manjares y se calentasen las bebidas a tal punto que se llegaran a tronchar los festejos de la Noche Vieja y el Año Nuevo. Sin embargo, nada de eso lo preocupaba. Para él las fiestas tradicionales carecían de atractivo, sólo pretendía ver la tele y eventualmente tomarse una cerveza helada. Ni siquiera pensó en abrir la ventana para oír las sirenas o salir a la calle a ver los fuegos de artificio.

Al cumplirse las tres horas volvió a llamar a la empresa de electricidad. Esta vez fue una máquina la que contestó estimando en tres horas el tiempo de normalización. Las tres horas transcurridas más otras tres hacían una demora de seis horas.

Las cosas estaban peor y eso descorazonaba, si cabía.  Entonces la señorita había asegurado algo que no era cierto. Tal vez en ese momento no lo sabía o no se lo habrían informado correctamente o la empresa, en su afán de mantener bajo control las ansias reivindicativas de los usuarios, trataba de evitar convertirse en profeta de una maldición. Sin embargo, lo dijo muy convencida. Es posible que ocurriese algo imprevisto o cometiesen un error de cálculo, esas cosas suceden. Además, ¿por qué ponían una máquina a responder?, se preguntó. La explicación que halló a la mano fue porque sería inhumano que una persona repitiese miles de veces el mismo discurso.

La espera se le hacía interminable. Sin cerveza fría vaya y pase, pero sin tele la vida era insoportable. Y el miedo. Aquella oscuridad sin luna lo atemorizaba. No sabía bien por qué, pero lo atemorizaba. La luz da certezas y su pérdida las quita. Quizás la sensación de vacío que experimentaba no fuese otra cosa que el temor a lo desconocido.

Su mente regresó a aquel día. Ya no quedaba ni una mísera esquirla de luz cuando, sin elevar la voz pero con cierto tono imperativo, ella dijo: No preguntes, ni jamás vuelvas a hacerlo. Eso le bastó para entender que si quería que siguiera estando a su lado tendría que olvidar, que mantenerse como a ciegas. Qué suerte negra seguir recordándolo, hubiese querido olvidar.

No pudo levantarse y allí quedó, envuelto por ese olor acre que impregnaba el sillón, mezcla de sudor viejo y moho viejo, en posición fetal, a media agua, sin saber bien si dormía o estaba en estado de vigilia.

                               ALEJANDRO RAMÓN

 

Una leyenda demasiado real

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Autor: Héctor Scaglione

Norte de Puerto Rico, Cayo Hueso y el archipiélago de Bermudas. Allí convergen rutas marítimas desde y hasta la costa este de EE.UU. Quienes solíamos cruzar habitualmente por el llamado Triángulo de las Bermudas, redoblamos la atención a los cambios climáticos. Aunque siempre subyacen sentimientos encontrados, pese a los adelantos de navegar con instrumental preciso y contar con máquinas confiables, eran de un valor relativo. Llegado el caso no alcanzaría para contrarrestar los avatares de un destino implacable.

El Triángulo del diablo o el limbo de los perdidos, así se lo denominaba, al decir de más de un historiador alocado, emitía líneas de fuerza que arrojaban rayos desde las profundidades donde, supuestamente estaba sumergido el continente desaparecido, la Atlántida. Otros lo llamaron coto de caza de alienígenas. Cada autor incluía su propia teoría, de dudosa o imposible verificación. La cuestión es que estaba en nuestra ruta y en unas pocas millas más comenzaríamos a atravesarlo por la parte sur. En broma pero no tanto, nos encomendamos al dios Neptuno, y el capitán, como todos los capitanes de buques mercantes, llevaban monedas de cobre antiguas para arrojarlasal mar por barlovento para calmarlos y, a veces lo lograban.

En una noche de charlas de sobremesa, uno de nuestros ingeniosos oficiales comenzó a contar historias de viejos naufragios, tema tabú porque podría atraer a la mala suerte, pero él pareció ignorarlo y se refirió precisamente al Triángulo de las Bermudas, donde nos dirigíamos. Peroraba como al desgano, pero en seguida atrapó a la audiencia:

El número de naufragios es mayor al conocido, porque hay temor entre los armadores. Si se supiese la verdad elegirían otros puertos para recalar (22) sus buques.

Nadie respiraba, esa aseveración era creíble.

Las fuerzas del mal, dicen, están concentradas en ese punto geográfico y de tanto en tanto cobran víctimas, como si fuesen criaturas destinadas a ser inmoladas.

Afirmando sus dichos con gestos ampulosos como si estuviese en un escenario y actuase para nosotros, sonreímos solo para la foto, pero en los rostros había un gesto de zozobra, el mismo que se manifestaba al iniciar cada cruce. Aunque el resto de la audiencia dijera no creer en hechizos y fantasmas, quedamos reflexionando. Estaba cansado y no quise seguir escuchando. Me retiré a decansar. En la intimidad del camarote, quedé mirando las figuras fantásticas que la fosforescencia del mar reflejaba en el techo. Demoré en dormir imaginando criaturas que surgían de las profundidades para devorar barcos y hombres, no pude conciliar el sueño.

Habíamos zarpado del puerto de Montevideo en agosto del setenta y seis, rumbo a New Orleans. En el comedor de oficiales, después de la cena, mientras nos acompañaba el ronroneo lejano y amigo de las máquinas, hacíamos planes para el arribo al próximo puerto: comunicarnos con nuestras familias a través del radioteléfono, visitar algunos puntos de interés y disfrutar del buen jazz en la Bourbon Street.

Navegando en ruta se nos fue acercando un buque que había zarpado de Buenos Aires y se dirigía a Norfolk. Al tomar contacto radial nos enteramos de que era de bandera panameña y latripulación uruguaya. Luego quedaron a vista de prismáticos. Nos deslizábamos suavemente en un mar bastante calmo. Navegaríamos juntos el largo trecho de nuestras rutas coincidentes, hasta los límites del triángulo. Eduardo, nuestro capitán era conocido del otro, así que haríamos el viaje en compañía las casi dos semanas que demandaba. Sincronizamos velocidades para igualarnos o quedar próximos. La travesía se haría más corta. Intercambiamos diarios y revistas viejas, discos de tango y de jazz, bien embalados para que no se mojaran y atados a una boya que desde un buque se arrojaba al mar y, al aproximarse el otro, lo recogía con un gancho. Nos separaban 7200 millas náuticas de nuestro destino, gran parte insumidos en el rodeo del territorio de Brasil, hasta llegar al Mar Caribe con sus brisas cálidas. A lo lejos las Antillas Menores eran como joyas engarzadas en un mar esmeralda, en contraste con el cielo azul profundo. ¿Ante semejante espectáculo quién podía pensar en tempestades? El otro buque picó máquinas para adelantar camino, y nos despedimos con pitadas prolongadas, deseándonos buenos vientos en la travesía y buenos arribos a puerto. Ese atardecer tomamos sol en cubierta mecidos por el suave y acompasado rolido. Más adelante corregimos rumbo para pasar por el norte de Puerto Rico. Navegamos sin novedad en un mar apacible cuando apareció el jefe de radio, corriendo al encuentro del capitán que se encontraba en cubierta.

¡Capitán, el último parte indica que un huracán se está formando al sur del triángulo!

El oficial, al entregar el parte, delató un leve temblor en sus manos, que no pudo ocultar. Con el papel en mano se le pintó un gesto de preocupación. Sin responder, subió al puente en cuatro zancadas, quitó el piloto automático e hizo caer al buque ciento ochenta grados el cual, con muy buen tino modificó el rumbo para llevarlo a fondear a sotavento (23) de Santo Domingo y aguardar el tiempo necesario a que amainara. Mientras, esperaríamos fondeados y al reparo. El buque panameño al cambiar de rumbo nos sacó una ventaja de varias horas, y ya estaría atravesando el triángulo mucho más profundamente. Eduardo se comunicó con él, pese a los ruidos de la estática y las malas condiciones atmosféricas. El uruguayo contó que navegaba en medio de una calima (24) profunda, y por momentos, cuando aclaraba un poco no podía distinguir la línea del horizonte. A babor de una de las Antillas mayores, que estaba ante su vista, le pareció que flotaba en el aire. Ilusión óptica que, sumada a la lectura del barómetro que precedía a los huracanes. Él, conocedor de estas señales bien podía haber evitado quedar atrapado y dentro de sus posibilidades intentar resguardarse en las islas, pero el armador, por cuestiones económicas, lo había instado a apurar la marcha para llegar a tiempo para la descarga. Después se desvaneció la comunicación con nuestro buque pero, nos quedó la esperanza de que la hubieran podido captar y ajustarse al mensaje meteorológico. El tiempo pasa,inexorable.

Eduardo, a los gritos ante el micrófono, trata de continuar una comunicación, evidentemente imposible. Los nudillos de su mano derecha están blancos de tanto apretar el pulsador del micrófonodel BLU (25), y las venas de su cuello a punto de reventar cuando fuerza la voz. Después de un débil contacto, la mala emisión del capitán del buque uruguayo se desvanece totalmente y otra vez la estática surge más ruidosa.

Pasan las horas, el cielo se torna plomizo, y comienza a soplar el viento en un acompasado incremento hasta convertirse en una máquina infernal. Con las dos anclas de proa firmemente fondeadas, el buque bornea (26) hasta alinearse con la proa al viento. El agua del mar, pese a estar al reparo de la isla, volaba de las crestas de la olas y se mezclaba con el viento formando una cortina impenetrable.

Cruzamos una mirada con Eduardo y un gesto de desaliento se pintó en su rostro. —¡Si así estamos al reparo!… La radio dejó de emitir chirridos y después de un turno de guardia sin novedad, la voz del colega uruguayo, salió con toda potencia, emitiendo el pedido de auxilio que da escalofríos escuchar. Se hundía:

¡MAYDAY MAYDAY MAYDAY!

Al no contar con la información exacta de su posición geográfica, transmite el pedido de auxilio con datos estimados.

¡Estamos en medio de una tormenta, los instrumentos dan marcación confusa!

¡No puedo precisar rumbo… ni posición!! ¡¡No tengo visibilidad!

¡Estamos envueltos en un torbellino de agua y vientos endemoniados!

¡¡Tenemos una vía de agua en las bodegas de proa, se estáninundando!!

La última vez que pudo escucharse la voz del amigo uruguayo, fueemitiendo el pedido internacional de socorro, con fuerza y desesperación:

¡MAYDAY MAYDAY MAYDAY!

La voz se distorsionaba y empequeñecía. Por momentos se corta unos instantes y después se silenció por completo.

En el puente del B/M ¨Luis Ferro¨ contuvimos la respiración. Rodeados por la inmensidad oceánica, ante los designios de la naturaleza o de Dios nos sentíamos más pequeños e impotente. Hubiésemos sido preferible seguir escuchando, aunque sea el patético pedido de auxilio, pero desde los parlantes solo brota un zumbido sordo alterado por la estática. Un silencio de sepulcro se instaló en el puente de mando, nadie, ni siquiera Eduardo se animó a arriesgar una hipótesis sobre lo que pudo haber ocurrido. En la intimidad todos lo presentimos.

Esa noche continuamos fondeados y al reparo, con la vana esperanza de que los uruguayos hubiesen alcanzado a resguardarse en alguna isla. Mantuvimos el VHF y BLU encendidos y sintonizados en su frecuencia a todo volumen. Solo se escuchaba el molesto chirrido atmosférico. Después el capitán, con pesar, decidió dejar habilitado solamente el canal 16 usado para emergencias.

A la mañana siguiente, con un vibrante reporte radial de la Guardia Costera norteamericana, levantaban las restricciones a la navegación en la zona. Dando aviso del posible naufragio de un buque de bandera panameña y comunica la posición estimada. Aviones y buques de la misma guardia salieron en su búsqueda, rastrearon la zona en cuadrículas y no encontraron sobrevivientes. Solo algunos restos sin identificar.

Cada cual permaneció sumido en sus propias reflexiones. Nos fue difícil aceptar el mandato del destino. Se habían perdido las vidas de nuestros colegas. Jamás serían encontrados como sucedió casi siempre con las víctimas de triángulo. Nos recogimos en silencio como elevando un responso por los camaradas que ya no estaban. La vida continuó pero no fue la misma, el antes y el después la habían modificado.

Con una leve y desganada resaca el huracán perdía fuerzas como si nunca las hubiese tenido. Levamos anclas para continuar rumbo a nuestro destino. Ahora el mar parecía inocente.

                 Publicado en “MAR, historias de vida”

                                                                         Héctor Scaglione

La visita

“La visita” un cuento de Alejandro Ramón

Es difícil imaginar qué me impulsó, sólo digo que sentí la necesidad de saber acerca de la suerte corrida por mi sobrino. Lo cierto es que fue lo suficientemente fuerte como para que decidiese visitarlos. No hay timbre ni llamador. Golpeo la puerta con los nudillos. Un ojo parpadea tras la mirilla. La puerta se entreabre apenas, como para que no queden dudas de que no soy bienvenido. Inmediatamente asoman los pelos revueltos de mi cuñada. Bueno, mirá quien llegó, hace rato que no se te ve por estos lados. Tiene una voz hiriente, es demasiado alta. Venís solamente para traer desgracia como los pájaros de mal agüero, dice, ¿la última vez fue cuando murió el viejo, no? No se mueve, sigue bloqueando la entrada con su cuerpo, falta que diga: No pasarán.

Está igual que cuando la conocí: Huraña, sucia, con cara de susto. Tan solo por su actitud y por ese tono irónico, impiadoso, se hace merecedora de los castigos que por lo general caen sobre ella y los demás de la familia, un poco por maldad y otro poco por estupidez. Pero tiene razón, los veo muy de tanto en tanto. Por una serie de decepciones y frustraciones afectivas me he vuelto un animal solitario.

Ojo que yo no traje ninguna desgracia, aclaro, la cosa pasó antes de ayer. ¿Está mal que haya venido para saber cómo está mi sobrino? Ella pone los brazos en jarra, sus ojos relampaguean. ¿Andás con ganas de pelear?, mirá que me vas a encontrar, dice levantando aún más el tono de voz. Una frasecita de nada alcanzó para enfurecerla, o quizás haya sido mi sola presencia. Estoy confundido, no sé cómo actuar.

Me enteré por la tele y vine, trato de explicarle de la mejor manera. Todavía no se sabe si zafa de esta, dice ella. ¿Tu marido no está?, pregunto antes de que cierre del todo la puerta. Sí, pasá. Después se da vuelta y grita: Che, vení que te quieren ver.

La cabeza de mi hermano brota por el hueco de la cortina a medio correr que hay en el fondo. Es un sesentón bajo de piel cetrina, mirada parca y cuerpo trabajado que viste de entrecasa. Tiene los pelos enmarañados como ella. De seguro no se ha lavado la cara ni cambiado de ropa en varios días. Se me queda mirando como si no pudiese creer que sea yo el que tiene enfrente. Vos sí que no tenés cara, venís a gozarnos, dice a los gritos. En esa casa todos gritan menos la nena. Tiene alrededor de diez años y permanece sentada en un rincón, en silencio, con la mirada fija no se sabe en qué.

Siento como si algo me oprimiese la cabeza, tal vez porque no estar acostumbrado a tan alto nivel sonoro. Mi cuñada desaparece por el mismo hueco oscuro de donde surgió mi hermano. Pero che, solamente quiero saber cómo está mi sobrino y si puedo ayudar en algo, protesto. Desde ya te digo que sé quiénes son, los voy a buscar y cuando los encuentre los voy a quemar a uno por uno, ¿me entendés?, hay que dejar bien claro quién manda, no sea cosa que otros se sientan con derecho y se nos animen. Ahora, si estás tan interesado en ayudar te puedo conseguir otra igual para que me acompañes, dice el otro señalando la 9 mm que lleva en la cintura. Entonces la mujer que hasta allí había estado al acecho tras la cortina como una cazadora, grita: Dejalo, no ves que es un cagón. Siempre fue un cagón.

Sabés hermanito, digo, todo parece estar a la vista y sin embargo, no, hay muchas cosas que no entiendo de ustedes. A tu mujer, por ejemplo, que enfureció de sólo verme. A vos, invitándome a matar. A tu hija más chica, que no habla y casi ni pestañea, condenada a escucharlos gritar todo el día. A propósito, ¿la hicieron ver?, parece autista.

Tenés razón, che, dice mi hermano antes de desaparecer por el hueco de la cortina, es un cagón que se las da de filósofo y de médico. Por mí te podés morir.

La paz es un imposible, quizás sea sólo un sueño. Si el hombre llegó a la luna contra todos los pronósticos, de la misma forma algún día la paz podría reinar en el mundo, quién puede decirlo.

A la opresión que siento en la cabeza se le ha sumado una sensación nauseosa. No sé si podré seguir manteniéndome en pie. Me siento junto a la nena y pongo la cabeza entre las rodillas para que fluya más sangre al cerebro.

Después de unos minutos me incorporo. Ya no tengo náuseas. La opresión ha desaparecido quizás porque han dejado de gritar. La niña sigue sentada a mi lado, inmutable. Rodeo sus hombros con mi brazo. Ella apoya la cabecita contra mi pecho. Comienzo a acariciarle los cabellos.            

                                     Alejandro Ramón

La onda fugitiva, carta al poeta

 Autor: Héctor Scaglione

En aquel patio de Sevilla donde transcurrió tu infancia, desentrañaste el misterio de los recuerdos hasta convertirlos en magia, ahí apareció la belleza y te brotaron las palabras en manantial inagotable.

Después, esas mismas palabras, como el orfebre en búsqueda de la forma, lastima sus manos al batir los metales, vos con la pluma te desgarraste el alma en cada verso, y brotó la musicalidad de la prosa. Convertida ahora en obra de arte como ofrenda y sacrificio, para penetrar en el alma de quien le llegue.

En soledad encontraste el camino lejos de la pompa y el boato, único capital que pagó tu alimento y tu vestido, no acumulaste riquezas, a nadie debes. Solo, en compañía de las palabras, comprendiste que quien acumula atesora, y quien atesora pierde el bien más preciado, la libertad.

Intuyes que una vida no alcanza para expresar la vastedad de los instantes, e Intentas capturar la onda fugitiva para eternizarla. Aunque la trágica España de tus amores no te de tregua. Desde el exilio piensas en esa tierra que se desangra y, en marcha macabra silencia la voz de los poetas, ora encarcelados, ora fusilados ora muertos de tristeza.

Cuando el horror, rodeado de destrucción y muerte te haga olvidar de la belleza, los bramidos de la guerra ocuparon con intensidad la prosa, y antes de que acaben los recuerdos, las voces de tu mente brotarán en torrente, y la pluma volará con urgencia hasta agotar la tinta y el papel.

Desterrado y enfermo de agonía, cuando llegues al fin de tu camino y estés casi olvidado, desde una España redimida, libre, tus versos vibrarán plenos, hechos música en boca del trovador, y renaciendo en cada estrofa en los labios frescos de alguna muchacha enamorada.

                                              Héctor Scaglione

 


Boca arriba

        Boca arriba

Un cuento de Alejandro Ramón

Era perturbadora con esas facciones tan hermosas y ese cabello despeinado. Los ojos perforaban el aire como dos pájaros negros. Qué mirada revulsiva tenía ¿te acordás? Parecía sin compasión, sin sentimientos. Algunos la creían inhumana, arrogante, egoísta. Vos, como hermana, tendrías otra visión de ella, pero para mí era fascinante.

Volví de uno de mis viajes de trabajo. Había estado afuera unos cuantos días. Tardó una semana y media en decidirse. Estábamos sentados en el jardín esperando que se hiciera la noche. El silencio era tal que podían escucharse respirar a los insectos. De repente, sin decir nada, empezó a llorar. Lloró un rato largo, era como si se desahogase. Después me agarró de la mano y arrancó. Te confieso que la noticia me tomó completamente por sorpresa. Al principio me resultó difícil descifrarla pero poco a poco fue adquiriendo coherencia. Explicó lo mucho que le costó decidirse, lo que sintió en el momento, la horrible sensación de pérdida, lo sola que se había sentido y cómo pudo llevarlo a cabo en medio de tanta soledad. Lo había hecho así para no “comprometerme” o “herirme”, no recuerdo exactamente cuál de estas palabras empleó.

«Antes de que me lo hicieran —dijo— me fui sumergiendo en una especie de sueño, lejos de todo. Sin embargo, pese al estado soporoso en el que me encontraba, sentí que me desgarraban por dentro. Pero no quiero amargarte con detalles desagradables, sin contar con lo mucho que me duele remover esos escombros. Vos sabés, uno nunca termina de enterrar esta clase de muertos. No estoy tratando de ocultarte nada, sos el único a quien podría confiarle algo así. Cuando el tiempo haya suavizado mis llagas te contaré con más precisión. Ahora no puedo expresarlo bien con palabras.

»No sé si soñé o aluciné por efecto de los medicamentos. Sin embargo, tengo un recuerdo muy nítido del momento, como un fogonazo. Boca arriba, inmóvil, aterrada, sintiendo la noche metiéndoseme hasta los huesos. Tal vez fuese porque en completa oscuridad cada movimiento, cada vibración, suenan amplificados.

»Pero no me arrepiento, tengo muy claro que no había otra solución. Me desespera no poder explicar todo lo que siento. Cada día doy gracias a la vida por tenerte, sos capaz de comprenderme, de estar a mi lado hasta el final aunque nunca vuelva a ser la misma».

Pedía que la ayude y yo no sabía cómo. De qué forma podía consolarla si estas cosas no tienen consuelo. Traté al menos de tranquilizarla. Le dije que siempre la apoyaría, que le haría bien soltar lo que llevaba adentro, que lo hiciera sin apuro, cuando se sintiese con ánimo. Me sentí mal. ¿Por qué no compartió conmigo semejante determinación? Dijo que no quería comprometerme ni herirme, sin embargo yo era parte del problema tanto como ella. Disponer libremente de su cuerpo no le daba derecho a elegir por mí. Si estábamos juntos en esto, debimos decidirlo entre los dos. Sin dudas había muchas cosas que no sabía de ella y eso me desequilibró. Pero no dije nada, la vi tan afectada que hubiese sido cruel de mi parte pedirle explicaciones.

Qué sería eso que no era capaz de explicar bien con palabras, que superaba sus fuerzas. Para expresarlo tendría antes que comprenderlo. Mientras tanto ese algo, ese fragmento de pensamiento, flotaba en el espacio a la espera del destello que lo borrase para siempre. El tiempo pasaba y ella no se decidía. Hasta que por fin un día habló.

«No te dije nada ni vos me dijiste nada a mí. La cabeza se me fue vaciando. Me sentí una piedra seca en el medio del desierto, sin savia ni sangre ni jugo de ninguna clase.

»Al principio me consumía lentamente una mezcla de ira y tristeza que no podía descargar ni ahogar ni controlar. Estaba triste, cansada de estar triste, pensaba constantemente en el tiempo perdido, en los que me abandonaron, en el ser muerto, en los sentimientos que jamás volverían. Tanto me afectó que dejé de verme, me volví invisible a mis ojos. Vivía pero era como si nada. Lo que me estaba sucediendo era incomprensible. A veces me sorprendía sacudiendo la cabeza en la oscuridad. Y de repente, como si de golpe una ráfaga de viento hubiera abierto una puerta, me pregunté: ¿dónde estoy, qué diablos estoy haciendo? Y volví a la realidad. Mi mundo no había sufrido mayores cambios excepto porque en mi mente había una parcela vacía, llena de maleza, rodeada de alambre de púas, donde jamás podría construir nada.

»Me di cuenta de que disponer de mi cuerpo libremente era exigirle a otro que matase a mi propio hijo, un ser que no había sido ni jamás podría ser, mientras que yo seguiría siendo. Esa clase de pérdida es tan patética, tan brutal, que no hay palabra para describirla ¿me entendés? Es terrible ser la única responsable de una decisión así.

»Cuando ocurren estas cosas parece que no tienen solución y no es cierto, siempre hay al menos una, pero te negás a considerarla. Después, cuando la conciencia empieza a acosarte, cuando te das cuenta de que el que firma la condena tiene las manos tan ensangrentadas como el verdugo que la ejecuta, es demasiado tarde.

»No hay vuelta que darle, una es lo que es su conciencia. Son cosas que no enorgullecen a nadie. Ni las de “genio libertario” quieren escuchar, ni saber, ni recordar nada del asunto, ellas también se sienten contaminadas, sucias, aunque digan lo contrario.

»¿Me empujó el destino? ¿Tomé la decisión por voluntad propia? Creo que ni lo uno ni lo otro. Fue una fuerza externa disfrazada de “libre albedrío”, que utiliza esta clase de vandalismo como emblema de su insurrección. Eso hizo que se transformara en un deber. Si pensás un poco te das cuenta de que las cosas que se deciden de motus propio son pavadas sobre las que, en realidad, no hay necesidad de tomar ninguna decisión. Hemos dejado de ser seres individuales, somos como esos reyes que firman y le ponen el sello a todo lo que sale de la pluma de un oscuro regente, que en definitiva es el que detenta el poder real.

»Decí la verdad, ¿alguna vez sospechaste que te contaría estas cosas? Qué extraña es la mente humana ¿eh? Lo hago obedeciendo a un deber de conciencia. Me debía un acto de contrición así, en voz alta, frente a vos, y frente a mí. Estoy arrepentida de muchas cosas que debí hacer y no hice y de muchas otras que no hice debiendo haberlas hecho, pero esta es la que más me atormenta, la que no me deja ni a sol ni a sombra».

Llevaba metido en su cabeza todo el horror de la situación. Cada persona, por serena e inteligente que sea, lleva oculta otra persona a la que aterroriza la muerte, la suya o la de los seres queridos. En algún momento, a veces por breves instantes, nos encontramos con esa segunda persona. Experimentar la transición, enfrentar a un ser tan desdichado, produce un impacto terrible. No sabía cómo actuar. Le dije que era una persona talentosa que no pensaba como el común de los mortales, que las ideas le brotaban naturalmente y varias cosas más sin pie ni cabeza.

Nunca sospeché. Lo tuvo todo escondido y sin embargo nada había estado oculto. Ese peligro que hasta ayer fue una palabra, ocurrió, es real. Lo cierto es que la amaba y ya no tengo a quién decírselo.

Andá nomás, por mí no te preocupes, voy a estar bien, gracias por venir.

                                     Alejandro Ramón