¿USTED NO ME CREE?

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AUTOR: Hugo Portillo

—!Yo le digo que en el único momento que un pescador dice la verdad es cuando asegura que otro pescador está mintiendo!

—reconocía Don Jorge con una mirada maliciosa. Ya nos estábamos por ir del puente porque el viejo estaba buscando la forma de comenzar con sus exageraciones habituales. Algunos aseguraban que eran todas mentiras, pero las decía con tal convicción que provocaba la duda de quienes caían en su trampa. Nos detuvimos cuando estábamos a punto de escapar por la escalera y no desaprovechó la oportunidad que ese instante le brindaba.

—Una vez, abordo del “Maximo”, durante la noche, estábamos al garete sobre un banco que hay al sur de Necochea, había una calma chicha que aprovechábamos para dormir y, a la vez reponer fuerzas. Yo también me fui a dormir. El camarote del capitán, es decir mi camarote, como en todos los barcos estaba junto a la timonera. Como a las tres de la mañana me desperté porque el barco rolaba mucho. Pensé que ese balanceo tan pronunciado se debía al mar de fondo pero al mirar por el ojo de buey vi que no había ningún tipo de onda. Un ruido raro me sorprendió, era parecido a un bufido, salté de mi cucheta y fui al puente. Al no ver nada hacia proa me dirigí rápido hacia el costado de estribor y al llegar a la borda vi una nube de agua vaporizada que subía, cerca de la proa. Era una gran ballena que estaba con su lomo pegado al casco. En ese momento pude oír otro ruido igual pero en la otra banda. llegué al costado de babor y pude ver que teníamos otra, también con su lomo pegado al casco. El Máximo medía sólo veinticinco metros y esos monstruos parecían tener las mismas dimensiones. Bajé a la cubierta y asombrado vi que eran ellas las que provocaban los rolidos al frotar su lomo contra el casco para desprender los mejillones y otras incrustaciones que se les adhieren en el lomo. A las dos horas, se fueron y yo me fui a dormir tranquilamente— Mi miró fijo con sus ojos celestes de descendiente de dinamarqueses y se acerco hasta que su gran nariz estuvo a veinte centímetros de la mía y me desafió:

—¿Usted no me cree? Realmente, con el tiempo, ya no le dedicábamos demasiada atención al viejo, nos había cansado con tanta tomadura de pelo, pero parecía que necesitaba tener público a su alrededor, más bien creo que no podía estar solo mucho tiempo y es por eso que trataba de lograr su propósito asombrando o indignando a cualquier tripulante que estuviera cerca. En otra ocasión, estábamos pescando cerca de la costa y con un fuerte viento que venía de esa dirección. En esas ocasiones era común que diversos tipos de aves, cansadas de volar, se refugiaran en el barco. El mozo, un gordito alto e inocente estaba en mi camarote cambiando las sábanas de la cucheta. Por el ojo de buey, que obviamente estaba abierto entró un pajarito que comenzó a chocar contra los mamparos en un vuelo enloquecido tratando de encontrar una salida. Carucha, tal era el sobrenombre del mozo, se asustó y quedó inmóvil con la sábana extendida en sus manos. Fue sólo un instante, el pájaro encontró la salida y desapareció. Don Jorge justo pasó por allí y al ver al gordito en esa posición le preguntó:

—¿Qué te pasa Carucha?

—¡Don Jorge, entró un pajarito por el ojo de buey… la verdad… me asustó!

—¡Eso no es nada!—le respondió el viejo

—A mí, una vez, me entró un delfín, eso sí, era de los chiquitos

—y se retiró tratando de contener la risa. Creo que esta costumbre de llamar la atención ya era patológica, y no parecía importarle las consecuencias ya que su credibilidad había llegado casi a cero. Sabía que el tiempo se terminaba. La jubilación se acercaba y en su fuero interno sentía el dolor de dejar una vida que transcurría entre el puerto y el mar, rodeado de gente igual a él. Lo único que le quedaría serían los recuerdos y las anécdotas. que ciertas o no, ya eran famosas en todos los bares de la ribera. Sentía que se iba quedando sin oyentes, sus historias ya no las repetía por temor a quedarse solo. Para él sería morir en vida y luchaba contra eso tratando de seguir siendo importante, o al menos así lo creía. Su sueño era pescar algo extraordinario, que lo hiciera pasar a la inmortalidad, algo que lo acompañara en los años de soledad que le esperaban. El invierno nos llevó al norte, a la altura del Río de la Plata, pero muy al este de su desembocadura. En esta zona es muy común los cambios de la corriente ya que allí se mezclan la cálida que llega del Brasil y la fría de las Malvinas. Por eso había días que en lugar de merluzas, pez de agua fría, aparecía una bolsa de peces de todos colores propios de las aguas tropicales. Cuando esto sucedía los marineros manifestaban su descontento con una silbatina generalizada. Esto hacía que Don Jorge desapareciera de la ventana del puente donde siempre se apostaba para dirigir las maniobras de pesca. Esperaba que llegara algún pez que por lo raro o lo grande lo hiciera más famoso sin tener que mentir o exagerar, como cuando dijo que, a bordo del “Roldán” había pescado una merluza ¡que en lugar de escamas tenía plumas! O la vez que dijo que pescando en la bahía de Samborombon había tantos mosquitos que al golpear una palma de una mano contra la otra se obtenía una pelota maciza de mosquitos. Se notaba su ansiedad por las recomendaciones que me hacía.

—¡No olvide decirme si ve algo raro! Finalmente sucedió que al traer la red se notó un bulto muy grande, Don Jorge gritaba como un poseído. Me gritaba

—¡Quiero ver lo que trae!

—¿Qué es?… ¿Qué es?— vociferaba sacando medio cuerpo por la ventana.

Era un pez espada, gris azulado, todavía vivo, que al moverse impresionaba a los marineros a pesar de estar acostumbrados a estas cosas.

—¡Es un pez espada! le grité desde la popa.

Comenzó a caminar por el puente gritando

—¡Yo sabía!…¡Yo sabía!

—y volvía a la ventana para ordenar que nadie se atreviera a tocar el pescado. Que era suyo, sobre todo la espada. Los marineros, con ayuda de dos aparejos lo corrieron a un costado, quedó medio oculto detrás de una red de repuesto y continuaron con su trabajo. El pez medía casi cinco metros, con la espada incluida. Era impresionante. Para mis adentros pensé “quién lo aguanta al viejo ahora” Mientras se preparaba el siguiente lance Don Jorge bajó a cubierta con aire triunfal, no faltó el obsecuente que lo aplaudió. Él sonreía dichoso mientras iba hacia la pieza tan esperada. Al llegar se frenó de golpe. abrió la boca muy grande, como para gritar, pero de su garganta no salió sonido alguno. Se dio vuelta hacia los marineros que lo miraban intrigados. Después de algunos sonidos confusos consiguió decir:

—¡Me…me afanaron la espada!— Corrimos a ver ese hermoso animal que ahora se veía ridículo, Todo su aire imperial había desaparecido y con sus ojos enormes y perplejos parecía que tampoco podía creer lo que le habían hecho.

—¡Seguro que fueron los maquinistas!¡La puta que los parió!— Gritó con todas sus fuerzas.

Para colmo la espada la habían cortado mal, realmente era una lástima. El viejo, desconsolado se fue yendo despacio hacia el puente. Algunos creímos ver lágrimas en sus ojos. ¡Le habían robado la ilusión! su sueño tan buscado había terminado en una inmensa frustración. Un silencio mortal cayó en la cubierta. Todos quedaron estáticos, nadie sabía qué hacer ni qué decir. Unos pocos maquinistas que subieron a ver la maravilla pusieron cara de yo no fui. Don Jorge se refugió en su camarote, abrió una botella de vino y cerró la puerta. No salió hasta la madrugada del día siguiente. Continuó trabajando pero triste, terriblemente triste. No volvió a contar historias, el brillo de sus ojos se apagó. El buque siguió pescando pero faltaba algo, era como una comida sin condimento, no tenía sabor, faltaba lo principal. Llegamos a puerto, Don Jorge se despidió mansamente y se fue caminando por el muelle camino a su jubilación. Nunca más volví a saber de él, solamente me quedó el infortunio de que, a mí también, me despojaron de la espada que le robé.

                                       HUGO PORTILLO

YO SOY TU INSOMNIO

 

Autor: Hugo Portillo

¿Ya estás ahí? Pregunté temeroso y con la esperanza de recibir un silencio como respuesta.

Sí, como todas las noches. Por algo soy tu insomnio, sé que no soy bienvenido y no me importa— Su respuesta, siempre es así, me cayó como una trompada al hígado.

Ya sé que no te importa. No me hago ilusiones, no vas a dejar de venir sólo porque yo lo desee.

Exacto— Su respuesta sonó jactanciosa.

¿Cómo será la noche que nos espera? Pregunté sin poder contener el odio hacia mi enemigo.

Nada especial. Lo de siempre. Te vas revolcar hasta casi ahorcarte, o quedar maniatado de pies, o manos con las sábanas, antes que percibas que sólo llegaste a un pequeño estado de vigilia, que no te alejó de la realidad. Tu angustia me asegurará varias horas de tu deambular por la habitación hasta que llegue el sol. Vas a recorrer con tu mirada todas y cada una de las manchas de la pared, las rajaduras y también las telarañas.

Sólo me vas a dejar en paz cuando me vuelva loco o termine con mi vida ¿no?

No me respondió, siempre que llegábamos a este punto su silencio era la réplica habitual. Creí que ya no tenía nada que decir.

Él sabe que mis demonios, siempre inquietos, con su navegar perpetuo en mi mente torrentosa, me someten a la percusión desenfrenada de mi corazón. Oigo cómo los golpes rebotan por cada uno de los rincones de mi cuerpo maltrecho por el cansancio. Ellos se encargan de no dejarme entrar a la región de los sueños

Todavía estás vivo— me dice cada tanto — ¡Todavía estás vivo!— repite sarcástico, disfrutando de tenerme a su merced. — Y todavía te falta ver llegar el amanecer, la noche se te hizo lenta ¿verdad? Tanto como pude demorarla para que no escapes tan fácil de mi.

¡Maldito hijo de puta!, otra noche en vela que debo agregar a la cuenta.

                            HUGO PORTILLO

COMUNICACIÓN VISUAL

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   AUTOR: Héctor Scaglione

Hay miradas de ojos entornados, miradas mansas, amigables.

Hay otras de curiosidad, interrogantes y con los ojos muy abiertos, complementadas con la proyección gestual del mentón hacia el objeto de interés como señalándole.

Las hay libidinosas en desacuerdo con quienes no están receptivos y que rechazarán.

Si la capta un receptor afín y la devuelve, es mirada pasional.

Hay miradas que se cruzan, se enfocan directo a los ojos, bajan de la nariz a la boca, el cuello, vuelven a subir. Recorren al otro como una caricia, ambas miradas se envuelven una y otra vez, cumpliendo un código culminan en los ojos del otro, quedando liados en mutua atracción. Las palabras que seguidamente brotan, sin ser empalagosas complementan la aproximación del primer encuentro.

La mirada del violento en busca de un contrincante, es vector y arma. Quien la cruza y la devuelve, si carece de la carga emocional agresiva con que cuenta el otro, es lazo de realimentación que le transmite el miedo, y se presta al sometimiento del agresor. En las artes marciales se recomienda evitar la mirada directa de quien está en actitud belicosa.

Se miran, se estudian, pueden tener historias compartidas o diferentes y en ese intercambio, si no hay aceptación pueden resultar inquisitivas, molestas.

Ante un par de ojos escrutadores, penetrantes, hay dos caminos, o se baja la mirada a ras del suelo, en otra dirección o se desafía al mirón/mirona.

¡Qué te pasa! ¡Te debo algo!

No, nada, simplemente te miro porque me despertaste la curiosidad.

¿Tengo algo raro que te llama la atención? ¿O pretendés algo más?

No, mirá es simple, me resultaste parecida al personaje de una historia que estoy escribiendo

y aparentemente tenés sus características.

La idea parece interesarle.

Escuchame bien lo que te voy a preguntar la tipa de tu historia, digo, de qué la va, es una mina piola o ¿simplemente una atorranta?

La toma amigablemente de los hombros y, con delicadeza la aparta.

Vení que te explico.

                                   Héctor Scaglione

 

VEA…JUEZ

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Un cuento de Hugo Portillo

Vea… juez: Yo tuve muy fundadas razones para hacer lo que hice. Cuándo apareció ante mi vista ese papel, me di cuenta de que lo que yo había construido con el sacrificio de toda mi vida, corría el riesgo de derrumbarse para siempre.

Lo reconozco, lo que logré fue por la vía, digamos…”directa”. Sé que el común de la gente toma otras rutas. Rutas más largas, honestas… dicen. Eso nunca lo entendí muy bien.

Lo que sí estoy seguro, es que el hijo de puta de mi padre, estaría orgulloso si pudiera ver a dónde llegué.

Digo que era un hijo de puta porque no hizo nada en la vida. Se la pasó hablando mal de todo y golpeando a mi madre cada vez que le pedía dinero para la comida o para mandarme a la escuela. Decía que todo eso no servía para nada. Que lo único importante era aprender a no dejarse cagar por los demás y, por supuesto, si se podía tomar ventaja, a no dudarlo. Sí, como usted estará pensando, mi viejo era todo un “cagador”.

A duras penas aprendí a leer, pero después no me paró nadie. Leía todo lo que se me ponía por delante. Aún hoy cualquier inscripción me llama la atención, ¡por eso me detuve a leer ese papel!.Terminé descubriendo el diccionario y me fascinó la cantidad de palabras difíciles de pronunciar que tenía. Para mí, fue como un juego de trabalenguas. Muchas palabras difíciles pertenecían a la medicina y me detuve mucho tiempo en ellas. Con el tiempo llegué a pronunciarlas muy bien. Además, cuando estuve enfermo en el hospital, reparé en la cara de admiración de la gente -¡especialmente de las mujeres!- que quedaban fascinadas con ese aire doctoral de lo médicos.

Quise ser uno de ellos y debía buscar el camino más corto.

Utilicé influencias y conseguí entrar a trabajar en el hospital más grande que había en la ciudad. Limpiaba pisos, pero estaba cerca de mi objetivo, que era lo que yo quería.

Copiaba sus gestos, sus expresiones y también la forma como trataban a los pacientes , enfermeras, residentes y familiares de los internados. No perdía ningún detalle. Cuanto más pasaba el tiempo, más me convencía de que ese sería mi futuro. ¡Yo sería uno más!

Usted se dará cuenta, Juez… de cuánto esfuerzo deposité en mi proyecto de vida. Es por eso que creo, es más, estoy convencido, de que este ensañamiento con mi persona es absolutamente injusto y apelo a su comprensión y sentido común.

Como decía, un residente se fijó en mí y trabamos una amistad que llegó a ser muy íntima. Acepté su propuesta homosexual y me fui a vivir con él . Para mí, era una experiencia ya vivida, la conocí a través de mi propio padre y no consiguió alejarme de mi cometido. Sólo era un paso necesario para mis fines. Convivimos hasta que llegó el día en que terminó su residencia.

Esa noche lo maté.

Usurpé su lugar y finalmente le pude decir a mi madre que su hijo ya era médico. Tuve algunos tropiezos cuando me integraba a mi profesión, pero, con los años, mi vida se fue volviendo un éxito. Hasta puedo decir que se me murieron pocos pacientes. Disfruté del status, y del dinero que llegaba en abundancia.

Sólo me faltaba tener una familia y la tuve. Era la cobertura perfecta

Si no hubiera llegado a mis manos aquel anónimo, todo hubiera sido perfecto

Eran sólo dos palabras, pero envenenaron mi existencia. Un miserable papelito, de esos cuadrados, de colores, que están en todos los escritorios. Decía “Yo sé”. Recuerdo que al tomarlo miré nerviosamente hacia todas partes. Mis manos temblaban incontroladas. Me sentí desnudo, despojado de todo lo que era mío. Me indignó esa forma cobarde de atentar contra mi persona.

A partir de ese momento esa frase comenzó a perseguirme. Llegué a verla escrita en paredes, puertas, en vidrios empañados o sucios, de las ventanas o de los autos, también en los lugares más extraños. La veía borrosa, a veces casi ilegible, a veces en colores, pero era ella. ¡Estaba en todas partes!.

Quien quiera que fuese que sabía algo sobre mí, se había propuesto perseguirme sin piedad.

Más adelante comencé a sobresaltarme con la mirada de la gente. El “Yo sé” lo veía en el brillo irónico y burlón de los ojos de todos los que me miraban. ¡Hasta creí verlo en los de mi mujer!.

Angustiado trataba de saber si en mi historia podía haber quedado algún hilo suelto. Repasando mi vida descubrí muchas desprolijidades y estas, sin duda, me delataban, pero no pude saber quién estaba tras mis pasos.

Una tarde, en la soledad de mi consultorio, mientras escuchaba llover, llegué a una conclusión: Debía eliminar a la persona que más me conocía, esa era mi secretaria que también era mi amante. Sin duda era quién estaba en mejores condiciones de delatarme. Creí estar seguro de que el papel lo había escrito ella. Después de todo sentía cierto despecho, porque yo demoraba un prometido divorcio, al que no tenía intenciones de llegar.

Esa tarde de lluvia, estábamos solos y apreté con mis manos su delicado cuello hasta que dejó de respirar y murió. Usted comprenderá que era un problema en ciernes y lo solucioné. Sin embargo el “Yo sé” seguía apareciendo por todas partes.

Mi mujer siguió el camino de mi secretaria. Cuando dejó de respirar me di cuenta que no tenía nada que decir.

A mis hijos sólo los salvó Dios.

Créame…Juez, Después de esto yo llegué a pensar en morir, pero mi cerebro no me lo permitió porque no encontró una causa para hacerlo.

Aún así insisto en que la culpa de todo la tiene esa maldita frase.

Todavía la sigo viendo en todas partes.

                                      Hugo Portillo

PASOS

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PASOS

Un cuento de Alejandro José Ramon

Me siento amparado en medio del silencio. La oscuridad es tan cerrada que los andamios parecen flotar en el vacío.
Por estos barrios la ciudad ya no palpita bajo los pies, ni se ve el resplandor de las luminarias ni se escucha el barullo de las calles. El tipo se metió en una obra en construcción y se quedó detrás de la cerca. Como arrastrado por la brisa le llega el sonido opaco de sus pasos breves. Al oír los primeros la descarga de adrenalina lo pone en estado de alerta máximo, tenso como la cuerda de un violín. Aguza los sentidos, se le seca la boca, siente como si le clavasen miles de agujitas por todo el cuerpo.
Sí, son inconfundibles. Tantas veces los he escuchado que tengo registrados hasta los más mínimos detalles. Sé qué cadencia y qué ritmo tienen, con qué fuerza impacta cada taco, que con el derecho raspa el piso cada dos pasos, los reconocería entre una multitud a ojos cerrados. ¿Entonces por qué tanta excitación, qué duda hay que son los de ella? Ninguna, tal vez se deba a que hoy será un día distinto a todos los demás.
A los pasos se le suma un roce contra la cerca. Supone que alguien debe haberse recostado para encender un cigarro. Se acuclilla junto a las tablas y vuelve a esforzar el oído. Ahora distingue una respiración contenida mezclándose con el minúsculo “fru fru”. Supone que se trata de un hombre porque a ninguna mujer se le ocurriría emboscarse en medio de una negrura tan honda.
Espía por una hendija y lo ve, allí está, apenas están separados por una delgada tabla de madera. Tiene un abrigo oscuro, hasta puede oler el tufo a sudor viejo, a tabaco y a humedad mixturados. Haciendo memoria se da cuenta de que cuando llegó no estaba. Entonces debió llegar después. Sin embargo tampoco había oído sus pasos. Tal vez use calzado con suela de goma. Aunque fuese así, por qué no produjo el menor ruido de hojas secas o baldosas flojas, se pregunta. Deduce que debe ser alguien muy sigiloso, que no quiere delatarse, quizás un asaltante.
Él no sabe que estoy aquí, por lo tanto no se oculta de mí. Pero se oculta. ¿De quién? No sé, quizás esté asechando a una presa.
En medio de semejante oscuridad en la que no se distinguen formas ni colores, su presencia resulta al menos inquietante.
Atraviesa la noche con el mismo ritmo, a la misma velocidad. La oscuridad no le produce esa clase de aprensión que suele despertar en las mujeres, y en no pocos hombres. Siempre pensé que era una piba segura de sí misma y esto lo confirma. Va despreocupa, no debe haber visto al tipo que está afuera y que quizás la esté asechando. Podría ser un conocido que no le despierte temores. Aunque, si fuese así, no tendría por qué esconderse. ¿Y si la ataca? Por lo pronto trataré de que no me vea, al fin y al cabo no es más que una extraña con la que no mantengo ninguna relación. Por otra parte no podrán acusarme de no haber actuado porque nadie sabe que estoy aquí. Aunque a decir verdad no se trata de una absoluta desconocida, además de conocer sus pasos sé cómo se llama, dónde trabaja, sus horarios, el micro en que viaja y unas cuantas cosas más.
¿Y si se tratarse de un secuestro? En ese caso llegarán los cómplices, la amordazarán, la subirán a un vehículo y desaparecerán en un santiamén. Frente a varios no podré defenderla, me matarían, quizás los dos terminemos muertos. Tampoco podré ir por ayuda, sería inútil, le perdería el rastro dejándola librada a su suerte. Yo, que pensaba pasar desapercibido, voy camino de convertirme en protagonista. Está visto que muchas veces no se puede decidir nada antes de que las cosas y las situaciones lo hagan por sí mismas. Llegado el momento tendré que improvisar. A la mierda, ¿qué fue ese ruido?
Vuelan varias tablas. Por el hueco abierto entran trenzados dos bultos rodando, forman una sola sombra que para contra el montículo de arena.
—Dejame, no, por favor te lo pido, socorro.
Demasiado tarde para chillar, ya la pasó del otro lado. A esta hora no anda ni un alma por la calle. Nadie la va a escuchar.
—Ayúdenme, alguien que me ayude, me están asaltando.
Resiste por instinto. La pobre está a su merced. Sin embargo forcejea. Es brava la piba.
—Si no te callás te corto.
Qué voz rasposa tiene el desgraciado. Cuando siente el filo del cuchillo contra la cara se larga a llorar.
—No me mates, por favor no me mates.
Suplicando no va a conseguir gran cosa.
—Te dije que no grites, ¿querés que te desfigure? Ya vas a ver que te va a gustar, a las putitas como vos les encanta.
Le refriega la boca babosa por el cuello, la oreja, los labios. Es asqueroso. Se siente dominador. Le hace saltar los botones de la camisa. Desde aquí los pechos parecer cenicientos. Qué majestuosos son y qué indefensos están al manoseo.
La piba se está agotando, apenas suelta una especie de graznido. Concentra la poca energía que le queda en juntar las piernas a riesgo de que la maten. El otro no afloja. Le levanta la falda y le arranca la bombacha de un tirón.
Hasta ahora aguantó, pero cuando ve que el tipo se baja el cierre de la bragueta se le acerca por detrás. Apenas si puede contener la excitación. Otro chorro de adrenalina entra en su sangre. Los latidos se le aceleran, siente punzadas en las sienes.
Lo agarro con una mano por esos pelos grasientos que tiene y tiro hasta que la cabeza queda de costado, le apoyo el caño de la pistola en la nuca y disparo.
La pobrecitas ni parpadea, se queda con la mirada fija, perdida, ni siquiera atina a cubrirse. El terror la tiene paralizada. No veo en sus ojos repugnancia ni sed de venganza ni desolación, solamente miedo en su estado más puro. La entiendo, el tiro, el cuerpo aplastándola, la sangre mojándole la cara, la desnudez expuesta, es demasiado para ella.
De un empujón se lo saco de encima. El cuerpo rueda y queda boca arriba con una mueca grotesca dibujada en su cara.
Le separo las piernas. No se resiste, se queda quietita sin soltar un solo lamento. Al fin a eso vine.

                                                       Alejandro José Ramón

 

El Falcon azul

El Falcon azul


RUBEN y el Falcon azul

Hoy mi amigo y colega Rubén Dipaula envió estas fotos relacionadas con aquel hecho, fueron tomadas por su papá, Rubén Alberto en el año 1969. Amante de la fotografía y filmes en las viejas super-8 que, en el lugar indicado sirvió para inmortalizar estas tomas de valor histórico.

Fragmento publicado el 17 de mayo de 2016:

¨El conductor, a bordo del Falcon azul tomó distancia para asegurarse una buena velocidad final y, aferrado fuertemente al volante como para acentuar la resolución tomada…                                                                                                                                             Aceleró a fondo, dejando a su paso un chirrido de neumáticos y olor a goma quemada. En alocada carrera cuando sobrepasó el borde de la pared de piedra del muelle, el auto voló por los aires, en un momento pareció detenerse en el espacio como una marioneta que realiza su última contorsión y cayó al agua en un estrépito silencioso¨
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                                                        Héctor Scaglione

El niño y la cabra

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EL NIÑO Y LA CABRA
Un cuento de 
Alejandro José Ramon

Nadie piensa que cada comida puede ser la última. En esta guerra es mejor no pensar. En cualquier guerra es mejor no pensar, ni hablar. Cuanto menos se sabe del que está al lado, menos se sufre su muerte. De tanto tenerla cerca, el soldado cree que no le teme. Pero no es verdad. Al comienzo llora, pero las lágrimas se secan pronto y deja de llorar. El soldado termina por habituarse, no se despierta con las bombas, anda con la muerte al lado sin darse cuenta porque se le hace costumbre, como los viejos, pero el miedo no deja de perseguirlo, es tan profundo, está tan dentro que parece un gusano anidado en los tuétanos. La diferencia es que los viejos saben con certeza cuál será el lugar donde se volverán polvo.
Su capitán le ordena tirar sobre el que intente entrar o salir del edificio, cualquiera sea. Él se niega. El día anterior vio un niño, no tendría más de diez años, pálido como un ángel, casi transparente, que llevaba una cabra atada con una soga. Al fin acató, el soldado siempre acata, no piensa, no interpreta, se convierte en un extraño animal, el único que no huye del dolor.
Antes de amanecer, se situó en el punto de observación y esperó quieto. Tres horas después estaba muerto. Bastó un solo disparo. Cayó con un hueco sangriento que le agrandaba un ojo.

Dispara con precisión, es uno de los mejores. Ha raspado el pulpejo del índice hasta dejarlo casi sin piel, para que las terminaciones nerviosas apoyen directamente sobre el gatillo, para que el acero se convierta en una prolongación de su propia carne. Aprendió a utilizar la inmovilidad y el silencio. Su vida se ha convertido en la suma de solitarios e intratables momentos. Un gesto, un ruido, un reflejo y no se cuenta el cuento. Los francotiradores llegan a congelarse luchando estáticos contra el frío y contra el sueño.
Al edificio, tan lastimado, ya no le queda techo. Pese a estar lleno de boquetes y tener las columnas quebradas, se refugia gente. No se las ve pero hay gente escondida. La mira telescópica recorre los agujeros. De vez en cuando un movimiento fugaz, ligero. No se distingue si es un hombre o es el viento. Oscuramente palpitan las incógnitas. Ayer el niño dejó la cabra atada a un hierro, cruzó la calle y desapareció tras un tanque deshecho.
Nieva sin cesar. Una colcha blanca lo cubre todo por completo. El frío lo aletarga. Entorna los ojos, sólo eso. Por alguna razón siente que se ha abierto su cabeza, como si los huesos se hubiesen separado. Alka entra como un chorro de luz helada. Lleva ropa liviana y guantes, los que usa cuando poda los rosales. La brisa le hunde la falda entre las piernas. Tiene los cabellos derramados sobre la cara. Mirko juega en el parque, lleva un cesto. Mirko, su pequeño. Han saltado desde el sueño a la penumbra del escondite, con esa extraña habilidad que tienen los muertos.
Como siempre que Alka lo mira, un resplandor le anda por la sangre. Se pregunta si será su pelo, su cara redonda o sus ojos celestes. Se pregunta qué hace Alka frente a él, que acecha a un niño camuflado entre los escombros. Qué hace con un sobrero de paja, caminando entre las flores, arrancando hojas secas. El sol ya abandonó su escondite tras la tierra, ha trepado en el cielo. Alka no habla. Por lo visto, ella también sabe que no debe hablar ni moverse. Sin embargo, se mueve, ahora viene hacia él con Mirko, que arrastra el cesto de los juguetes. El niño lo ha visto y agita su mano. Todo es tan extraño… Abre los ojos y se sorprende. Vuelve a ver el edificio lleno de agujeros. Parece como si nada hubiese pasado, sin embargo ve la cabra atada a un hierro. El niño no está. “Puede que haya salido -piensa-. Acaso haya ido tras de Alka. Eso no es posible porque Alka está en… ¿Dónde está Alka? ¿Dónde está Mirko? No son soldados ni son prisioneros. Ellos no forman parte de esta guerra, están lejos, están en el verano, los he visto en el parque, bajo el sol”.
Espera a que el niño vuelva. Esa es la orden. No quiere mirar. Si lo descubre deberá dispararle, y no quiere. Abre los ojos, porque ese es su deber, y se queda inmóvil, agobiado, aguardando que aparezca de un momento a otro. Se tornaba más dudosa, más fantástica y a la vez más real la aproximación a la muerte. Vuelve al lugar donde había dejado sus pensamientos. Ese niño flaco no es Mirko. Los dos tienen el pelo negro, pero Mirko no es flaco. Ellos comen, Alka y Mirko comen todos los días, él les manda dinero, el que le pagan por matar albaneses, o croatas, o servios. Ni recuerda a quienes debe matar. El mata a los que le mandan. No sabe si son musulmanes, o católicos, o judíos. No se fija sin son jóvenes o viejos. Pero a los niños no, no quiere hacerlo. Todos los niños se parecen entre ellos, se parecen a Mirko. Estos niños son flacos, pero se le parecen.
Alka apoya la cabeza en su pecho, es como de piedra. No puede acariciarla con sus dedos tiesos. Las ruinas están cubiertas por una bella alquimia de luz y nieve, sin tiempo. Mirko cruza corriendo. Lleva la cabra con una soga atada al cuello. Siente que comienza a morir, que la muerte va metiéndosele, lenta y fría, adentro. En medio de ese momento de incandescencia grita
––Mirko –Su grito retumba en el silencio de los bombardeos.
Suena un disparo. Un ojo se le transforma en hueco.

                           Alejandro José Ramón