El Carancho, peña literaria y gastronómica

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La visita

“La visita” un cuento de Alejandro Ramón

Es difícil imaginar qué me impulsó, sólo digo que sentí la necesidad de saber acerca de la suerte corrida por mi sobrino. Lo cierto es que fue lo suficientemente fuerte como para que decidiese visitarlos. No hay timbre ni llamador. Golpeo la puerta con los nudillos. Un ojo parpadea tras la mirilla. La puerta se entreabre apenas, como para que no queden dudas de que no soy bienvenido. Inmediatamente asoman los pelos revueltos de mi cuñada. Bueno, mirá quien llegó, hace rato que no se te ve por estos lados. Tiene una voz hiriente, es demasiado alta. Venís solamente para traer desgracia como los pájaros de mal agüero, dice, ¿la última vez fue cuando murió el viejo, no? No se mueve, sigue bloqueando la entrada con su cuerpo, falta que diga: No pasarán.

Está igual que cuando la conocí: Huraña, sucia, con cara de susto. Tan solo por su actitud y por ese tono irónico, impiadoso, se hace merecedora de los castigos que por lo general caen sobre ella y los demás de la familia, un poco por maldad y otro poco por estupidez. Pero tiene razón, los veo muy de tanto en tanto. Por una serie de decepciones y frustraciones afectivas me he vuelto un animal solitario.

Ojo que yo no traje ninguna desgracia, aclaro, la cosa pasó antes de ayer. ¿Está mal que haya venido para saber cómo está mi sobrino? Ella pone los brazos en jarra, sus ojos relampaguean. ¿Andás con ganas de pelear?, mirá que me vas a encontrar, dice levantando aún más el tono de voz. Una frasecita de nada alcanzó para enfurecerla, o quizás haya sido mi sola presencia. Estoy confundido, no sé cómo actuar.

Me enteré por la tele y vine, trato de explicarle de la mejor manera. Todavía no se sabe si zafa de esta, dice ella. ¿Tu marido no está?, pregunto antes de que cierre del todo la puerta. Sí, pasá. Después se da vuelta y grita: Che, vení que te quieren ver.

La cabeza de mi hermano brota por el hueco de la cortina a medio correr que hay en el fondo. Es un sesentón bajo de piel cetrina, mirada parca y cuerpo trabajado que viste de entrecasa. Tiene los pelos enmarañados como ella. De seguro no se ha lavado la cara ni cambiado de ropa en varios días. Se me queda mirando como si no pudiese creer que sea yo el que tiene enfrente. Vos sí que no tenés cara, venís a gozarnos, dice a los gritos. En esa casa todos gritan menos la nena. Tiene alrededor de diez años y permanece sentada en un rincón, en silencio, con la mirada fija no se sabe en qué.

Siento como si algo me oprimiese la cabeza, tal vez porque no estar acostumbrado a tan alto nivel sonoro. Mi cuñada desaparece por el mismo hueco oscuro de donde surgió mi hermano. Pero che, solamente quiero saber cómo está mi sobrino y si puedo ayudar en algo, protesto. Desde ya te digo que sé quiénes son, los voy a buscar y cuando los encuentre los voy a quemar a uno por uno, ¿me entendés?, hay que dejar bien claro quién manda, no sea cosa que otros se sientan con derecho y se nos animen. Ahora, si estás tan interesado en ayudar te puedo conseguir otra igual para que me acompañes, dice el otro señalando la 9 mm que lleva en la cintura. Entonces la mujer que hasta allí había estado al acecho tras la cortina como una cazadora, grita: Dejalo, no ves que es un cagón. Siempre fue un cagón.

Sabés hermanito, digo, todo parece estar a la vista y sin embargo, no, hay muchas cosas que no entiendo de ustedes. A tu mujer, por ejemplo, que enfureció de sólo verme. A vos, invitándome a matar. A tu hija más chica, que no habla y casi ni pestañea, condenada a escucharlos gritar todo el día. A propósito, ¿la hicieron ver?, parece autista.

Tenés razón, che, dice mi hermano antes de desaparecer por el hueco de la cortina, es un cagón que se las da de filósofo y de médico. Por mí te podés morir.

La paz es un imposible, quizás sea sólo un sueño. Si el hombre llegó a la luna contra todos los pronósticos, de la misma forma algún día la paz podría reinar en el mundo, quién puede decirlo.

A la opresión que siento en la cabeza se le ha sumado una sensación nauseosa. No sé si podré seguir manteniéndome en pie. Me siento junto a la nena y pongo la cabeza entre las rodillas para que fluya más sangre al cerebro.

Después de unos minutos me incorporo. Ya no tengo náuseas. La opresión ha desaparecido quizás porque han dejado de gritar. La niña sigue sentada a mi lado, inmutable. Rodeo sus hombros con mi brazo. Ella apoya la cabecita contra mi pecho. Comienzo a acariciarle los cabellos.            

                                     Alejandro Ramón

La onda fugitiva, carta al poeta

 Autor: Héctor Scaglione

En aquel patio de Sevilla donde transcurrió tu infancia, desentrañaste el misterio de los recuerdos hasta convertirlos en magia, ahí apareció la belleza y te brotaron las palabras en manantial inagotable.

Después, esas mismas palabras, como el orfebre en búsqueda de la forma, lastima sus manos al batir los metales, vos con la pluma te desgarraste el alma en cada verso, y brotó la musicalidad de la prosa. Convertida ahora en obra de arte como ofrenda y sacrificio, para penetrar en el alma de quien le llegue.

En soledad encontraste el camino lejos de la pompa y el boato, único capital que pagó tu alimento y tu vestido, no acumulaste riquezas, a nadie debes. Solo, en compañía de las palabras, comprendiste que quien acumula atesora, y quien atesora pierde el bien más preciado, la libertad.

Intuyes que una vida no alcanza para expresar la vastedad de los instantes, e Intentas capturar la onda fugitiva para eternizarla. Aunque la trágica España de tus amores no te de tregua. Desde el exilio piensas en esa tierra que se desangra y, en marcha macabra silencia la voz de los poetas, ora encarcelados, ora fusilados ora muertos de tristeza.

Cuando el horror, rodeado de destrucción y muerte te haga olvidar de la belleza, los bramidos de la guerra ocuparon con intensidad la prosa, y antes de que acaben los recuerdos, las voces de tu mente brotarán en torrente, y la pluma volará con urgencia hasta agotar la tinta y el papel.

Desterrado y enfermo de agonía, cuando llegues al fin de tu camino y estés casi olvidado, desde una España redimida, libre, tus versos vibrarán plenos, hechos música en boca del trovador, y renaciendo en cada estrofa en los labios frescos de alguna muchacha enamorada.

                                              Héctor Scaglione

 


Boca arriba

        Boca arriba

Un cuento de Alejandro Ramón

Era perturbadora con esas facciones tan hermosas y ese cabello despeinado. Los ojos perforaban el aire como dos pájaros negros. Qué mirada revulsiva tenía ¿te acordás? Parecía sin compasión, sin sentimientos. Algunos la creían inhumana, arrogante, egoísta. Vos, como hermana, tendrías otra visión de ella, pero para mí era fascinante.

Volví de uno de mis viajes de trabajo. Había estado afuera unos cuantos días. Tardó una semana y media en decidirse. Estábamos sentados en el jardín esperando que se hiciera la noche. El silencio era tal que podían escucharse respirar a los insectos. De repente, sin decir nada, empezó a llorar. Lloró un rato largo, era como si se desahogase. Después me agarró de la mano y arrancó. Te confieso que la noticia me tomó completamente por sorpresa. Al principio me resultó difícil descifrarla pero poco a poco fue adquiriendo coherencia. Explicó lo mucho que le costó decidirse, lo que sintió en el momento, la horrible sensación de pérdida, lo sola que se había sentido y cómo pudo llevarlo a cabo en medio de tanta soledad. Lo había hecho así para no “comprometerme” o “herirme”, no recuerdo exactamente cuál de estas palabras empleó.

«Antes de que me lo hicieran —dijo— me fui sumergiendo en una especie de sueño, lejos de todo. Sin embargo, pese al estado soporoso en el que me encontraba, sentí que me desgarraban por dentro. Pero no quiero amargarte con detalles desagradables, sin contar con lo mucho que me duele remover esos escombros. Vos sabés, uno nunca termina de enterrar esta clase de muertos. No estoy tratando de ocultarte nada, sos el único a quien podría confiarle algo así. Cuando el tiempo haya suavizado mis llagas te contaré con más precisión. Ahora no puedo expresarlo bien con palabras.

»No sé si soñé o aluciné por efecto de los medicamentos. Sin embargo, tengo un recuerdo muy nítido del momento, como un fogonazo. Boca arriba, inmóvil, aterrada, sintiendo la noche metiéndoseme hasta los huesos. Tal vez fuese porque en completa oscuridad cada movimiento, cada vibración, suenan amplificados.

»Pero no me arrepiento, tengo muy claro que no había otra solución. Me desespera no poder explicar todo lo que siento. Cada día doy gracias a la vida por tenerte, sos capaz de comprenderme, de estar a mi lado hasta el final aunque nunca vuelva a ser la misma».

Pedía que la ayude y yo no sabía cómo. De qué forma podía consolarla si estas cosas no tienen consuelo. Traté al menos de tranquilizarla. Le dije que siempre la apoyaría, que le haría bien soltar lo que llevaba adentro, que lo hiciera sin apuro, cuando se sintiese con ánimo. Me sentí mal. ¿Por qué no compartió conmigo semejante determinación? Dijo que no quería comprometerme ni herirme, sin embargo yo era parte del problema tanto como ella. Disponer libremente de su cuerpo no le daba derecho a elegir por mí. Si estábamos juntos en esto, debimos decidirlo entre los dos. Sin dudas había muchas cosas que no sabía de ella y eso me desequilibró. Pero no dije nada, la vi tan afectada que hubiese sido cruel de mi parte pedirle explicaciones.

Qué sería eso que no era capaz de explicar bien con palabras, que superaba sus fuerzas. Para expresarlo tendría antes que comprenderlo. Mientras tanto ese algo, ese fragmento de pensamiento, flotaba en el espacio a la espera del destello que lo borrase para siempre. El tiempo pasaba y ella no se decidía. Hasta que por fin un día habló.

«No te dije nada ni vos me dijiste nada a mí. La cabeza se me fue vaciando. Me sentí una piedra seca en el medio del desierto, sin savia ni sangre ni jugo de ninguna clase.

»Al principio me consumía lentamente una mezcla de ira y tristeza que no podía descargar ni ahogar ni controlar. Estaba triste, cansada de estar triste, pensaba constantemente en el tiempo perdido, en los que me abandonaron, en el ser muerto, en los sentimientos que jamás volverían. Tanto me afectó que dejé de verme, me volví invisible a mis ojos. Vivía pero era como si nada. Lo que me estaba sucediendo era incomprensible. A veces me sorprendía sacudiendo la cabeza en la oscuridad. Y de repente, como si de golpe una ráfaga de viento hubiera abierto una puerta, me pregunté: ¿dónde estoy, qué diablos estoy haciendo? Y volví a la realidad. Mi mundo no había sufrido mayores cambios excepto porque en mi mente había una parcela vacía, llena de maleza, rodeada de alambre de púas, donde jamás podría construir nada.

»Me di cuenta de que disponer de mi cuerpo libremente era exigirle a otro que matase a mi propio hijo, un ser que no había sido ni jamás podría ser, mientras que yo seguiría siendo. Esa clase de pérdida es tan patética, tan brutal, que no hay palabra para describirla ¿me entendés? Es terrible ser la única responsable de una decisión así.

»Cuando ocurren estas cosas parece que no tienen solución y no es cierto, siempre hay al menos una, pero te negás a considerarla. Después, cuando la conciencia empieza a acosarte, cuando te das cuenta de que el que firma la condena tiene las manos tan ensangrentadas como el verdugo que la ejecuta, es demasiado tarde.

»No hay vuelta que darle, una es lo que es su conciencia. Son cosas que no enorgullecen a nadie. Ni las de “genio libertario” quieren escuchar, ni saber, ni recordar nada del asunto, ellas también se sienten contaminadas, sucias, aunque digan lo contrario.

»¿Me empujó el destino? ¿Tomé la decisión por voluntad propia? Creo que ni lo uno ni lo otro. Fue una fuerza externa disfrazada de “libre albedrío”, que utiliza esta clase de vandalismo como emblema de su insurrección. Eso hizo que se transformara en un deber. Si pensás un poco te das cuenta de que las cosas que se deciden de motus propio son pavadas sobre las que, en realidad, no hay necesidad de tomar ninguna decisión. Hemos dejado de ser seres individuales, somos como esos reyes que firman y le ponen el sello a todo lo que sale de la pluma de un oscuro regente, que en definitiva es el que detenta el poder real.

»Decí la verdad, ¿alguna vez sospechaste que te contaría estas cosas? Qué extraña es la mente humana ¿eh? Lo hago obedeciendo a un deber de conciencia. Me debía un acto de contrición así, en voz alta, frente a vos, y frente a mí. Estoy arrepentida de muchas cosas que debí hacer y no hice y de muchas otras que no hice debiendo haberlas hecho, pero esta es la que más me atormenta, la que no me deja ni a sol ni a sombra».

Llevaba metido en su cabeza todo el horror de la situación. Cada persona, por serena e inteligente que sea, lleva oculta otra persona a la que aterroriza la muerte, la suya o la de los seres queridos. En algún momento, a veces por breves instantes, nos encontramos con esa segunda persona. Experimentar la transición, enfrentar a un ser tan desdichado, produce un impacto terrible. No sabía cómo actuar. Le dije que era una persona talentosa que no pensaba como el común de los mortales, que las ideas le brotaban naturalmente y varias cosas más sin pie ni cabeza.

Nunca sospeché. Lo tuvo todo escondido y sin embargo nada había estado oculto. Ese peligro que hasta ayer fue una palabra, ocurrió, es real. Lo cierto es que la amaba y ya no tengo a quién decírselo.

Andá nomás, por mí no te preocupes, voy a estar bien, gracias por venir.

                                     Alejandro Ramón

Somos

      Somos

en la dificultad por absorbernos

como un dibujo grosero

disfrazado con adornos.

Como en las fotos,

con los ojos

mirando a la cámara,

ocultando, en el intento,

las fases protagónicas

de lo imperfecto.

Tan fuertes

como no nos vemos.

Tan débiles

como negamos.

Buscando los escondites

de las palabras

para guardar alguna verdad

(vista vaya a saber desde dónde).

Ahí estaremos

juzgando a las sombras,

entendiendo lo necesario

y haciendo lo posible por dudar

cuando nos despiertan

las ganas de reír.

               Carlos pili

UN BUQUE AL ATARDECER

Clip_12

 

Autor: Héctor Scaglione

En medio del mar, al atardecer, sin amarras que le limiten movimientos, un buque flota en libertad sobre las aguas.

En las entrañas de ese acotado universo, vidas y bienes conviven. Late la vida en su interior.

Al acortar distancias hacia las lejanías comienza la aventura y llega a destino. Es su trabajo y razón de ser.

Con el perfume del amor que quedó en tierra, seguido por la estela que dejará su popa, pone rumbo a las aguas profundas, formando camino al navegar hasta perderse tras el horizonte.

Los toques de sirena que emite cuando se aleja suenan apagados, traslucen tristeza, dejos de nostalgia.

Ahora la inmensidad marina, sin calles ni señales, lo acoge en su seno. Es el misterio a descubrir y el arte de navegar guiado por los astros. Día a día el avance en ruta se manifiesta en las cartas náuticas, que marcan los cambios geográficos y los vuelca al libro de bitácora.

En medio de la nada el sol avanza o va quedando atrás, el sextante que ayuda a trazar el rumbo, es el testigo fiel ante sus habitantes.

Durante las travesías y en cada entrada o salida de puerto, las esperas de quien no está como la de quien queda, intentan atenuarse, pero la nostalgia omnipresente ejerce una pulsión afectiva que se volcará en las cartas de amor, narrando el transcurrir de la vida, los hijos, los afectos, lugares comunes con vivencias rememoradas, leídas y releídas una y otra vez.

Al cabo de un tiempo ante la dulce espera del próximo regreso, los sueños renacerán.

Al arribar a puerto, ante la proximidad del reencuentro con el amor, los toques que emite ahora son estridentes, suenan alegres, transmiten el preludio del goce por venir.

Las distancias ya no existen, se desvanecen, engrosarán sí las páginas de lo vivido y de las ausencias. Abrazos, copas que entrechocan, risas, placer con gusto a mar que se derrama sin límites.

                                                                                      Héctor Scaglione

¿USTED NO ME CREE?

Clip_9

AUTOR: Hugo Portillo

 ¡Yo le digo que en el único momento que un pescador dice la verdad es cuando asegura que otro pescador está mintiendo!

—reconocía Don Jorge con una mirada maliciosa. Ya nos estábamos por ir del puente porque el viejo estaba buscando la forma de comenzar con sus exageraciones habituales. Algunos aseguraban que eran todas mentiras, pero las decía con tal convicción que provocaba la duda de quienes caían en su trampa. Nos detuvimos cuando estábamos a punto de escapar por la escalera y no desaprovechó la oportunidad que ese instante le brindaba.

—Una vez, abordo del “Maximo”, durante la noche, estábamos al garete sobre un banco que hay al sur de Necochea, había una calma chicha que aprovechábamos para dormir y, a la vez reponer fuerzas. Yo también me fui a dormir. El camarote del capitán, es decir mi camarote, como en todos los barcos estaba junto a la timonera. Como a las tres de la mañana me desperté porque el barco rolaba mucho. Pensé que ese balanceo tan pronunciado se debía al mar de fondo pero al mirar por el ojo de buey vi que no había ningún tipo de onda. Un ruido raro me sorprendió, era parecido a un bufido, salté de mi cucheta y fui al puente. Al no ver nada hacia proa me dirigí rápido hacia el costado de estribor y al llegar a la borda vi una nube de agua vaporizada que subía, cerca de la proa. Era una gran ballena que estaba con su lomo pegado al casco. En ese momento pude oír otro ruido igual pero en la otra banda. llegué al costado de babor y pude ver que teníamos otra, también con su lomo pegado al casco. El Máximo medía sólo veinticinco metros y esos monstruos parecían tener las mismas dimensiones. Bajé a la cubierta y asombrado vi que eran ellas las que provocaban los rolidos al frotar su lomo contra el casco para desprender los mejillones y otras incrustaciones que se les adhieren en el lomo. A las dos horas, se fueron y yo me fui a dormir tranquilamente— Mi miró fijo con sus ojos celestes de descendiente de dinamarqueses y se acerco hasta que su gran nariz estuvo a veinte centímetros de la mía y me desafió:

—¿Usted no me cree? Realmente, con el tiempo, ya no le dedicábamos demasiada atención al viejo, nos había cansado con tanta tomadura de pelo, pero parecía que necesitaba tener público a su alrededor, más bien creo que no podía estar solo mucho tiempo y es por eso que trataba de lograr su propósito asombrando o indignando a cualquier tripulante que estuviera cerca. En otra ocasión, estábamos pescando cerca de la costa y con un fuerte viento que venía de esa dirección. En esas ocasiones era común que diversos tipos de aves, cansadas de volar, se refugiaran en el barco. El mozo, un gordito alto e inocente estaba en mi camarote cambiando las sábanas de la cucheta. Por el ojo de buey, que obviamente estaba abierto entró un pajarito que comenzó a chocar contra los mamparos en un vuelo enloquecido tratando de encontrar una salida. Carucha, tal era el sobrenombre del mozo, se asustó y quedó inmóvil con la sábana extendida en sus manos. Fue sólo un instante, el pájaro encontró la salida y desapareció. Don Jorge justo pasó por allí y al ver al gordito en esa posición le preguntó:

—¿Qué te pasa Carucha?

—¡Don Jorge, entró un pajarito por el ojo de buey… la verdad… me asustó!

—¡Eso no es nada!—le respondió el viejo

—A mí, una vez, me entró un delfín, eso sí, era de los chiquitos

—y se retiró tratando de contener la risa. Creo que esta costumbre de llamar la atención ya era patológica, y no parecía importarle las consecuencias ya que su credibilidad había llegado casi a cero. Sabía que el tiempo se terminaba. La jubilación se acercaba y en su fuero interno sentía el dolor de dejar una vida que transcurría entre el puerto y el mar, rodeado de gente igual a él. Lo único que le quedaría serían los recuerdos y las anécdotas. que ciertas o no, ya eran famosas en todos los bares de la ribera. Sentía que se iba quedando sin oyentes, sus historias ya no las repetía por temor a quedarse solo. Para él sería morir en vida y luchaba contra eso tratando de seguir siendo importante, o al menos así lo creía. Su sueño era pescar algo extraordinario, que lo hiciera pasar a la inmortalidad, algo que lo acompañara en los años de soledad que le esperaban. El invierno nos llevó al norte, a la altura del Río de la Plata, pero muy al este de su desembocadura. En esta zona es muy común los cambios de la corriente ya que allí se mezclan la cálida que llega del Brasil y la fría de las Malvinas. Por eso había días que en lugar de merluzas, pez de agua fría, aparecía una bolsa de peces de todos colores propios de las aguas tropicales. Cuando esto sucedía los marineros manifestaban su descontento con una silbatina generalizada. Esto hacía que Don Jorge desapareciera de la ventana del puente donde siempre se apostaba para dirigir las maniobras de pesca. Esperaba que llegara algún pez que por lo raro o lo grande lo hiciera más famoso sin tener que mentir o exagerar, como cuando dijo que, a bordo del “Roldán” había pescado una merluza ¡que en lugar de escamas tenía plumas! O la vez que dijo que pescando en la bahía de Samborombon había tantos mosquitos que al golpear una palma de una mano contra la otra se obtenía una pelota maciza de mosquitos. Se notaba su ansiedad por las recomendaciones que me hacía.

—¡No olvide decirme si ve algo raro! Finalmente sucedió que al traer la red se notó un bulto muy grande, Don Jorge gritaba como un poseído. Me gritaba

—¡Quiero ver lo que trae!

—¿Qué es?… ¿Qué es?— vociferaba sacando medio cuerpo por la ventana.

Era un pez espada, gris azulado, todavía vivo, que al moverse impresionaba a los marineros a pesar de estar acostumbrados a estas cosas.

—¡Es un pez espada! le grité desde la popa.

Comenzó a caminar por el puente gritando

—¡Yo sabía!…¡Yo sabía!

—y volvía a la ventana para ordenar que nadie se atreviera a tocar el pescado. Que era suyo, sobre todo la espada. Los marineros, con ayuda de dos aparejos lo corrieron a un costado, quedó medio oculto detrás de una red de repuesto y continuaron con su trabajo. El pez medía casi cinco metros, con la espada incluida. Era impresionante. Para mis adentros pensé “quién lo aguanta al viejo ahora” Mientras se preparaba el siguiente lance Don Jorge bajó a cubierta con aire triunfal, no faltó el obsecuente que lo aplaudió. Él sonreía dichoso mientras iba hacia la pieza tan esperada. Al llegar se frenó de golpe. abrió la boca muy grande, como para gritar, pero de su garganta no salió sonido alguno. Se dio vuelta hacia los marineros que lo miraban intrigados. Después de algunos sonidos confusos consiguió decir:

—¡Me…me afanaron la espada!— Corrimos a ver ese hermoso animal que ahora se veía ridículo, Todo su aire imperial había desaparecido y con sus ojos enormes y perplejos parecía que tampoco podía creer lo que le habían hecho.

—¡Seguro que fueron los maquinistas!¡La puta que los parió!— Gritó con todas sus fuerzas.

Para colmo la espada la habían cortado mal, realmente era una lástima. El viejo, desconsolado se fue yendo despacio hacia el puente. Algunos creímos ver lágrimas en sus ojos. ¡Le habían robado la ilusión! su sueño tan buscado había terminado en una inmensa frustración. Un silencio mortal cayó en la cubierta. Todos quedaron estáticos, nadie sabía qué hacer ni qué decir. Unos pocos maquinistas que subieron a ver la maravilla pusieron cara de yo no fui. Don Jorge se refugió en su camarote, abrió una botella de vino y cerró la puerta. No salió hasta la madrugada del día siguiente. Continuó trabajando pero triste, terriblemente triste. No volvió a contar historias, el brillo de sus ojos se apagó. El buque siguió pescando pero faltaba algo, era como una comida sin condimento, no tenía sabor, faltaba lo principal. Llegamos a puerto, Don Jorge se despidió mansamente y se fue caminando por el muelle camino a su jubilación. Nunca más volví a saber de él, solamente me quedó el infortunio de que, a mí también, me despojaron de la espada que le robé.

                                       HUGO PORTILLO

YO SOY TU INSOMNIO

 

Autor: Hugo Portillo

¿Ya estás ahí? Pregunté temeroso y con la esperanza de recibir un silencio como respuesta.

Sí, como todas las noches. Por algo soy tu insomnio, sé que no soy bienvenido y no me importa— Su respuesta, siempre es así, me cayó como una trompada al hígado.

Ya sé que no te importa. No me hago ilusiones, no vas a dejar de venir sólo porque yo lo desee.

Exacto— Su respuesta sonó jactanciosa.

¿Cómo será la noche que nos espera? Pregunté sin poder contener el odio hacia mi enemigo.

Nada especial. Lo de siempre. Te vas revolcar hasta casi ahorcarte, o quedar maniatado de pies, o manos con las sábanas, antes que percibas que sólo llegaste a un pequeño estado de vigilia, que no te alejó de la realidad. Tu angustia me asegurará varias horas de tu deambular por la habitación hasta que llegue el sol. Vas a recorrer con tu mirada todas y cada una de las manchas de la pared, las rajaduras y también las telarañas.

Sólo me vas a dejar en paz cuando me vuelva loco o termine con mi vida ¿no?

No me respondió, siempre que llegábamos a este punto su silencio era la réplica habitual. Creí que ya no tenía nada que decir.

Él sabe que mis demonios, siempre inquietos, con su navegar perpetuo en mi mente torrentosa, me someten a la percusión desenfrenada de mi corazón. Oigo cómo los golpes rebotan por cada uno de los rincones de mi cuerpo maltrecho por el cansancio. Ellos se encargan de no dejarme entrar a la región de los sueños

Todavía estás vivo— me dice cada tanto — ¡Todavía estás vivo!— repite sarcástico, disfrutando de tenerme a su merced. — Y todavía te falta ver llegar el amanecer, la noche se te hizo lenta ¿verdad? Tanto como pude demorarla para que no escapes tan fácil de mi.

¡Maldito hijo de puta!, otra noche en vela que debo agregar a la cuenta.

                            HUGO PORTILLO